Mi hermana se llama Dolores pero su hija, Estefanía. A mi hermana le correspondió este nombre por ser la primogénita. Mi madre, que fue hija única, también se llamó así: Dolores. Es ley no escrita, pero asaz respetada por la comunidad, que todas las familias de Talbania que tengan una niña al primer nacimiento le endosen este sonoro y anticuado nombre. En casi todas las casas de la ciudad hay una mujer que se llama Dolores, cuando no dos: entre abuelas, hijas, nietas y bisnietas. Esto, oí decir cuando chiquito, procede casi desde los tiempos de la segunda fundación de Talbania. Dizque hubo un grande terremoto en la comarca y en Talbania sobrevivieron nada más que siete mujeres y todas se llamaban Dolores. De modo que este nombre significa, para la mentalidad de la gente y la cultura de la vida, la perpetuidad segura de la especie humana.
En los últimos tiempos, quizá por la influencia del cine y la televisión, donde apenas sale una mujer que se llame de tal guisa, muchos matrimonios jóvenes querían romper la tradición onomástica. Se ve que el paso del tiempo sin problemas anubla los temores de la memoria. Y los tumores. Los más respetuosos con los antepasados propugnaron que si su primogénita no pudiera llamarse, por ejemplo, Ainoa, Chenoa o Rosiíto, pudiera llamarse Lola. El nombre de Lola, argüían los padres y abuelos, no dejaba de ser una falta de atención a lo debido. Decirle Lola a quien por derecho propio debe ser Dolores no deja de transgredir la tradición. Es de mala educación. Una irreverencia a la fortuna.
Para compensar la ruptura de la sacra obligación, debido a la presión de los jóvenes encabezados por el nuevo alcalde, la asamblea de ancianos reunida bajo la gran copa del Mesto de las Rosas, allá en el campo, adoptó la siguiente resolución: Si un matrimonio que tenga del primer nacimiento una niña y no quiera llamarle Dolores, no podrá tener macetas en la puerta de su casa. Porque esta es otra: todas las casas de Talbania estaban, hasta el día de aquel arreglo, hornadas de geraneos y claveles y yerbagüena, y ese era el orgullo elemental que los diferenciaba de los demás pueblos de la comarca. Solamente no había macetas en las fachadas cuyas casas, por desgracia, no dieran cobijo a una mujer llamada Dolores. La ausencia de flores a la vista suponía un agravio en el amor propio de la población.
De modo que esa fue la condena. Por lo que cada vez hay menos casas que adornen las calles de Talbania con las flores del abolengo.