De ese modo me invitó un amigo a la boda de su hijo, de reserva.
¿Y sabes tú lo que hice yo? Me vestí con mi chaqueta y mi corbata, vaya que me puse el traje como pa ir a la boda sabiendo que la madre del Borles no se había muerto ese día, y me planté en la puerta del salón. Como te lo estoy contando. Pedí una silla y allí me estuve sentao hasta que salieron los amigos de comer.
Después se fueron todos, con sus mujeres, a tomar café an cá el Leoncio, pero yo, como estoy soltero, tiré para otro sitio. ¿Me comprendes?

Silvestre: ¿Y esto quieres tú que publiquemos?
Juan Luciano: ¿Por qué no? ¿No te parece suficientemente original?
Silvestre: La verdad es que no. Más me parece a mí esto un chiste de taberna, una de esas tantas anécdotas que cuenta la gente para pasar el rato, la gente ingeniosa o sin nada nuevo que decir pero que no quieren estar callados nunca y hablan por hablar.
Juan Luciano: ¿Quieres decir que no tengo nada nuevo que decir?
Silvestre: Quiero decir y digo que esto no es literatura, ni siquiera invención. Que es una anécdota que te ocurrió a ti y la cuentas sin contraste ni arista alguna.
Juan Luciano: ¿Piensas de verdad que mi relato, a fuer de corto, no supera el hecho anecdótico, ocurrente, raro?
Silvestre: Repito que esto no se equipara con las historias fabulosas que queremos contar para que Talbania crezca. ¿Dónde está aquí la magia, dónde la poesía, dónde el entrañamiento de la memoria?
Juan Luciano: ¿Y tú que dices, Pruden?
Pruden (bebe de su vino).
Silvestre: Si al menos hubieses puesto la foto de tu boda…