Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

lunes, 4 de febrero de 2008

El caso del Aocho


A Manuela y Francisco Reyes Gómez


Su nombre es Francisco, y ha tenido desde chico una inteligencia vivaz, un temperamento atrevido, un carácter desastroso, abierto, mundano. Más bien, callejero. Fue siempre un muchacho típico de pueblo pobre, simpaticón, travieso, extrovertido. De padres jornaleros, pasó más de media niñez en los cortijos y en las eras poniendo liria pa los jilgueros. Medio analfabeto y resuelto jugador de toda suerte de lances, ya de chaval tuvo el primer Mini Morris que entró al pueblo cuando aquel singular deportivo solo lo veíamos en la televisión, en la propaganda o en las calles de Córdoba si es que íbamos. Si le preguntaban por qué se había comprado ese tipo de coche respondía con su sonrisa segura:

─Pa un tío chudo un coche chudo.

Él se consideraba así mismo un tío chulo, por lo tanto había de lucir el modelo más en boga. El frenillo en el habla le da todavía más el perfil de un actor secundario de las comedias de acción y desastres personales.

Cuando fue joven, tenía tres novias al mismo tiempo en pueblos distintos, pero una noche que los comunistas tiraron papelillas por las calles lo detuvo la Guardia Civil. Tenía fiebre aquel día y cogió su coche para ir a ponerse la inyección en ca la Niña Cabrera. La Niña Cabrera, nunca jamás bastantemente loada, era la matrona y practicante del pueblo, y como entonces no había ambulatorio ni na, había que ir a su casa a ponerse las inyecciones, si ese menester era por la tarde-noche.

Francisco, es decir, el Aocho, ya que estaba en la calle con su cochecito, en lugar de ir directamente a casa de la practicante, tiró pa la calle Ancha, donde están las tabernas, claro. Por la calleja Toribio lo detuvieron Cabeza Cajón y el Gitanillo que iban como locos buscando comunistas, o sus proclamas, por los portales y debajo de los coches. Detuvieron al Aocho y comenzaron a culparlo de que él era uno de los que tiraban octavillas, pero él se defendió diciendo lo contrario, que estaba malo y que iba a ponerse una inyección. De seguido los dos guardias civiles se montaron en el coche del Aocho y comenzaron a insultarlo y a pegarle. Le pegaron al Aocho estando malo y sin haber participado en la tirada clandestina. Le pegaron allí mismo, dentro de su coche. Coscones y guantazos en la cabeza.




Él me lo cuenta con su desenfado propio y el del tiempo transcurrido, con ausencia de malicia profunda. Pienso que estoy viendo una escena de Torrente, el brazo tonto de la ley, pero no: estoy recordando algo vergonzoso y miserable que ocurrió de verdad. Una vejación en toda regla rayana con la tortura, con el abuso de autoridad, no les quepa duda. Eran aquellos tiempos, y podían hacerlo a plena luz…

Le ordenaron que arrancara el coche y tirase la calle abajo, sin dejar de insultarlo y amenazarlo. Le ordenaron que tirase por la carretera de Montilla.

─A este lo fusilamos ahí en el campo y lo dejamos tirao, dijo uno de los guardias.

Pero el Aocho es más listo que lo fue Cabeza Cajón, el sargento maníaco aquel de pésimo recuerdo, y yendo por el Llano del Calvario, al llegar a la calle Nueva tiró parriba.

─Yo pensé: a ver si está mi padre en la puerta y me ve que me lleva la guardia…

Su padre no estaba, y él siguió conduciendo la calle arriba soportando las amenazas, los golpes, y desatendiendo las órdenes de Cabeza Cajón. Al llegar a la calle del Agua torció a la izquierda, en cuya esquina final vivía la Niña Cabrera. El Aocho repetía que iba a ponerse una inyección, así que sin detener el Mini Morris abrió la puerta con la rapidez de su pícara juventud y se bajó rápidamente, dejó el coche andando con los guardias dentro y comenzó a correr. Se escapó. El Mini chocó contra la pared de enfrente y ahí Cabeza Cajón y el Gitanillo pudieron bajarse, pero para entonces el Aocho había desaparecido de su alcance.

El desenlace de aquel suceso aberrante que provocó el estúpido sargento chusquero de la Guardia Civil (¿o era solamente de cabo su graduación?), al que todos los mayores recuerdan con una sensación entre amarga y jocosa, por su manía torpe de perseguir comunistas y salir siempre burlado, merece capítulo aparte. Tal vez otro día nos pille el cuerpo a propósito y lo contemos.

Salud y República

sábado, 2 de febrero de 2008

Escorgaízo

El lunes de la feria le pidió su madre que saliera del encierro. Para conformarlo sospechó que sería bueno decirle que ella se había ido ya del pueblo. Tal vez enton­ces Andrés lo vio todo más concreto; quizá con la noticia de que Andrea se había ido para siempre, se sintió más aban­donado que nunca. Despavorido, enérgico, terriblemente unánime en su decisión, corrió casi desnu­do por las calles hasta salir al campo. Él conocía bien los olivares, los arroyos, los cortijos ocultos. Huyó durante horas de fuego de sus perseguidores. Querían detenerlo porque sabían que en sus manos y en su mente, sin duda atribulada, delirante, llevaba la desgracia: llevaba, además del hiscal atrabiliario, la falta sin la cual de nada le servía ya la vida. Pero lo hallaron muerto, varias horas después. ¿Dónde está?, inquirió el juez que asistió al levantamiento del cadáver. Ahí detrás, en el escorgaízo de la leña, informó circunspecto el aperaor.

Escorgaízo. Habitáculo rústico en el corral o en el patio, por lo general nada más que techado, sin paredes. Pudiéramos considerarlo por cobertizo. Maguer antiguo, el palabro no tiene desperdicio. (Definición de La república hablanera)