Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

viernes, 7 de marzo de 2008

Las manos de mi madre


8 de marzo, día de reflexión y lucha como cualquier otro de nuestra vida. Todos los días de la vida son de lucha y reflexión para la mujer. Ese es su trabajo múltiple: luchar, luchar, y pensar en los demás.

Foto de Alfonso Alonso

Fragmento de El Mesto de las Rosas

Recuerdo en el vestido el negro, y en sus manos vencidas estaba el agua, la mañana. Las manos eran negras: iban por la cocina y por las cuadras, por las flores del patio con el mismo nervio, fermentaban la leche para el queso, moldeaban los quesos en recias esterillas y eran negras, y al lavarme suavitas sin embargo.

Recuerdo el patio siempre con trasiego, el agua del aljibe con bichitos, los montones de blanca yerba, su lenta luz de noche en los veranos. Una fosforescencia con la yerba segada se esparcía en el patio entre lo negro. Las canciones también eran así:


Hay verdes hermosísimos si mayo
retiene al sol cautivo entre las nubes,
si la lluvia persiste en la campiña
con sus charcos y sus manantiales.
Pero existen las duras primaveras
zahiriendo el olivar y la nostalgia.

Recuerdo algunas cosas, sus olores; cosas elementales, como el patio, el aljibe recóndito, la yerba con sus brillos, y la luz. La luz de sus vestidos negros, y sus manos, moviendo siempre el ámbito y la espera.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Del chominoso achominao



En el palabrario de La república hablanera de Montalbán (2º edición. Universidad de Córdoba, 2006) se incluye la siguiente definición:

Chominoso, achominao. Persona cuya conversación es muy pesada y poco sustancial y que, por si fuera poco, no se da cuenta de que está dando la tabarra. La cosecha que se recoge de esas personas son las chominás, dicho o cosa tan baladí como desperdiciado es el tiempo que se le dedique. ─¡Déjate de pamplinas y vamos al grano! ¿Acaso hemos venido aquí a escuchar chominás? También se dice que tiene muchas teclas y que es muy tecloso, tal vez por equiparación con la música monótona que se ejecuta a piano.



Rogamos excusen nuestros escasos lectores que recurramos con frecuencia a este texto, pero estamos en campaña electoral y, pese a lo caldeado del ambiente carnavalero o teatral, puede que alguno de ustedes haya tenido que soportar la perorata de candidatos con esas particularidades expresivas. Con el deseo de achispar un poquito el cotarro agregamos lo siguiente.


El derivado más implícito y degradante del chominoso y tecloso lo hallamos en achominao. −No le hagas caso que está achominao, se suele decir. Y puestos a discurrir, si acaso pecaminosamente, el achominao deber ser: que está pegado como lapa a la querencia de su dama, esa concavidad del medio ambiente; que está obsesionado y embebido, con el seso atribulado, por gozar de esa parte y darle su menester, su condimento. Que con ese cerco que le ha puesto a sus cuitas pierde la capacidad de hilvanar dos razones seguidas con el ritmo normal de una conversación al uso. Porque tenga la mente puesta en esas humedades y las neuronas que a tal ejercicio dispensa disminuyan su capacidad de discernimiento y acción.

Eso pudiera ser lo que achomine al personal, como en otros casos lo haga el fútbol o determinados programas televisivos. Lo que viniera a ser, en conclusión, que la persona no está completa porque dirige la parte más sustanciosa de su caletre a un solo objetivo, a una única ambición y diana: el órgano genital que le da vida. Porque esta es la contradicción: ¿cómo el chomino, o la vulva, o el coño, o el rojo amanecer de la bahía, o como se le quiera llamar, que tiene tanta importancia en el devenir de la humanidad, por donde se concibe un ser y ve la luz, puede producir un concepto tan insustancial como chominoso, un estado de ánimo tan decaído y risible como el que muestra el achominao? Esa persona así muestra una actitud individual que da pena oírla, trapajosa y pastosa y peguntosa, cuando ese armonio vital lo que desprende y requiere es precisamente lo contrario: el lucimiento personal activo y engrasado y vivaracho.




lunes, 3 de marzo de 2008

La memoria perdida


Era hermoso cruzar el río por el Puente Romano todas las mañanas. Por el lado de arriba llegaba el agua remansada, y entre las pilastras producía una música suave pero extraña, lenta pero profunda; al salir del puente el río se aligeraba entre piedras, meandros y arboledas, su música entonces era más rítmica y violenta, pero igual de extraña para el muchacho aquel de la lechera. Un soldado sin uniforme militar, ataviado con un mono militar que llevaba la leche a la vieja viuda de un sargento allá en unas viviendas cochambrosas del Campo de la Verdad. Era muy hermoso cruzar el río todas las mañanas con la lechera, oyendo las dos músicas del río, cada una distinta a la anterior y las dos envolventes para el muchacho aquél.


El joven soldadito de los recados quería ser escritor, y se dejaba sentir por la envolvente magia entre la Mezquita y la Torre de la Calahorra, pero ahora no recuerda apenas si la vieja tenía nombre o pelos en la lengua. Aquel joven soldado era yo, Juan Luciano, que hice la mili en Sementales cuando ya ese cuartel de caballería de raza reproductora estaba desmantelándose como cuerpo militar para quedarse como ornato de la vieja ciudad donde nací. La pobre mujer aprovechaba los escasos minutos de mi visita diaria para contarme cosas. No recuerdo bien de qué me hablaba, pero sí que su tono era histérico y la expresión desaliñada, como su indumentaria matinal, pero debería hablarme de lo poco que la quería su hija, de lo poco que la quiso su marido muerto, de lo olvidada que la tenían los amigos del sargento, de la miseria que le pagaba el gobierno por ser viuda de un militar... No sé, no retuve las esencias de aquellos amaneceres tan hermosos, del patetismo de aquellas viviendas militares, la desesperación de la pobre mujer.



Juan Luciano Jiménez,
por cortesía de Remedios Rojas