El Pítrico era un hombre regordete y encorvado, casposo, más avejentado que viejo que vendía libros por las calles y en la plaza de Talbania. Nunca se supo su procedencia, de dónde venía o cuál era su lugar de origen, si Montalbán o La Rambla, Montilla o Écija, o si su deambular insólito y decimonónico arrancaba de otros pueblos o ciudades más grandes y lejanas. Por su aspecto y la materia de su venta, parecía venir de otros mundos, si acaso mágicos o desaparecidos, ajenos al devenir afanado bajo el calor de esta población a la orilla de un río casi seco.
Portaba su mercancía de escrituras en una valija que tenía más de morral que de maleta. Era de lona carcomida, deshilachada por algunos puntos. No se le veía bicicleta, ni gusi ni borrico con el que llegara al pueblo. Me dicen que en ocasiones lo vieron bajarse de la Catalana, pero también lo vieron a través de los caminos del desierto en dirección a Santaella, ese pueblo solitario y místico que se recrea en la beatitud de sus campanas. Pero allá en Talbania se hizo famoso El Pítrico con la venta de libros usados y tebeos y revistas ilustradas ya pasadas de moda.
Algo vendería el hombre cuando volvía con frecuencia y sin atenerse al ritmo regular de las estaciones. El principal artículo de su negocio era la traída de novelas por entregas, a las que tenía suscritas mujeres de talante hacendoso, cultivado y soñador. Por las mañanas, durante las horas en que estaban los puestos de mercado abiertos, exponía en el suelo de las baldosas, sobre un paño de color impreciso por las manchas, novelas del oeste, libros de santos, diversos números del Capitán Trueno o de Sissi y revistas mensuales de gran tamaño, cuyo nombre desapareció de la historia antes de la muerte del dictador. Por las tardes paseaba el pueblo de punta a punta, parándose en las esquinas y en la puerta de los bares, y discutía con algunos hombres que se hacían los interesantes el precio de algún libro de historia de España. El Pítrico lo valoraba como si se tratase de la mejor carga de melones o de un buen traje para lucir las fiestas de Navidad, pero el lugareño, desconfiado, lo sopesaba pareciéndole caro por eludir directamente su desinterés por el libro.
Un día el vendedor de libros sufrió el mayor de los desprecios. Un señorito mamarracho, famoso por sus agravios a jornaleros, criadas y taberneros, y famoso por el mal trato con los perros de la calle, con los utensilios del casino y con la devoción de sus hijas, al que la gente le reía las gracias más por ser bravuconadas insolentes que gracias originales, un día ese pueblerino, dueño de cortijo y casa solariega, siguiendo la norma salvaje de su proceder, pasó pisoteando los libros y revistas que El Pítrico tenía expuestos en una acera de la plaza. El labrantín soez, prepotente, pasó como si tal por encima de las escrituras encuadernadas, pisoteándolas, y haciéndolas a un lado con el ultraje de su bastón.
El vendedor de libros no pudo defenderse más que con la humildad de su palabra, porque aquel bicho grosero, como señorito adicto al régimen, estaba a salvo de cumplir la honestidad ciudadana. Pero la humillación pública hizo que el Pítrico despareciera para siempre del aire de Talbania.

