En memoria de Cristóbal Luque
Entre los naranjales, donde el agua es tan dulce y arenosa, hubo aquí aquel poblado cuyo nombre se pierde en el umbral de las quimeras,
un oasis de párvula belleza,
entre Astigi y Ulía, mirando el horizonte donde Munda, he aquí los vestigios si de Roma tributos, he aquí las catacumbas, sus ajuares, contemplad esta joya de piedra carmesí, es un collar de novia, desposada y amada y sepultada que fuese cuando rosa en esta cueva:
estas son las monedas que sus padres le dieron para el fin, para el viaje por el que regresamos al camino.
Hoy es Tentecarreta su topónimo, donde bebe la infancia su leyenda, agua y arenas frescas, si ayer inauguradas, todavía en defensa de la historia, olivares que miran la salida del sol cenizamente, como el anacoreta que es dueño de sí mismo, que es dueño del collar y de la cueva, del agua, de la arena queridamente abierta, descubierta la huella y ya sin dioses.
El tiempo ha trasnochado con su magia los poderes de ayer, sus credos de infortunio, y el hombre solitario en su delirio, el dueño de la cueva que contempla las salidas del sol y el gran nogal, se extraña cada día del suceso, se sorprende con la solemnidad de un eco inaprensible
y ante la magnitud de la tristeza que adora y desconoce
muestra orgulloso en turbio lo que tiene, trozos de una vasija sin sorpresa, retazos de la historia con su niebla, ilusión de guijarros, nada al fin, calaveras / vacías de esplendor y compostura.
Y así, como un equívoco del tiempo, como réplica torpe de aquel enterrador shakesperiano, jocoso el ermitaño desentierra y muestra el devenir de un cráneo ausente, igual que quien expone la hermosura del universo y sus imperfecciones:
con una certitud sin patria revela el proceder del alma, su misterio, la anacrónica huella de una sombra en el agua del subsuelo.