Ángel el Recovero
A mi querido Luis por su solidaridad.
de Aguilar a Montalbán.
Andaba con su recova,
con su recova y su afán.
Era buen mozo y discreto.
Padre de más de diez hijos,
y padre de otros asuntos
serios como crucifijos.
Trajinaba con los huevos,
con la paja, con las telas;
esas cosas de justicia
que son la vida y las pelas.
Allegaba a los cortijos
y a las casas señoriales.
Al irse dejaba un algo
de amor en patios y umbrales.
Chalán rumboso, refieren,
y amador de fino estambre.
Manejó la seducción
para combatir el hambre.
Cuanto se sabe de un hombre
se dice, si es que hay motivos;
por eso es que lo recuerdo
con alma de nervios vivos.
También fue tratante ducho
de fincas, mulos y aperos,
y no se le resistían
señoritos ni traperos.
Labia y palique del Ángel
que quisiera un rey gitano:
diez palabras, y unas copas,
y el trato estaba en la mano.
Gracia de pana sin plancha,
riqueza sin pan de sobra,
genios que viven un día
prolongándose en su sombra.
Iba a caballo y volvía
con el serón siempre lleno.
Siempre volvía a su casa
borracho, triste o sereno.
De Aguilar a Montalbán
él y su entero, seguros,
por barrizales y cuestas
trasnochando en los apuros.
Tenía el temple y la clase
de estirpe de aguardienteros:
gentes del sur que embestían
al sol y a los aguaceros.
Callada llaga la viva
que lo tuvo entretenido.
Vida sabida su llaga
que no acallará el olvido.
Que nunca fue renegado,
ni pendenciero, ni oscuro.
Eso escuché por los tajos,
y en ello estoy tan seguro
Republicano a su modo:
fue en la guerra cocinero
de las tropas nacionales
no por voluntad ni fuero.
Fue porque un día en su pueblo
reventó el verano a oscuras,
y al joven, despavorido,
lo alistaron de premuras.
Tan generoso en su sangre
y tan bello en el camino.
Padre de padres y madres
pero no de su destino.
Iba a caballo y volvía
de la faena a su lecho.
Mas traía una sonrisa
y un aire de insatisfecho…


