Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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sábado, 31 de agosto de 2013

Agüerfao



El autobús llega a la parada final del hospital Reina Sofía de Córdoba y cuando hubieron bajado todos los viajeros el conductor apaga el motor y también se apea. Se apea el conductor, cierra las puertas y desaparece, pero el vehículo continúa emitiendo unos resoplidos sordos parecidos a escapes de aire momentáneos y a ronquidos profundos y rítmicos. Unos paisanos nuestros esperan que vuelva el conductor para subirse al coche que los llevará hasta la estación de autobuses para regresar al pueblo. Pasados unos quince minutos de espera regresa el hombre que se dispone a subir a su vehículo y ponerlo en marcha. Durante ese rato, los estertores del cacharro no han cesado en su emisión acompasada. Un montalbeño le dice con sorna solapada al chófer: «Amigo, parece que el autobús está agüerfao». El chófer simplemente se limitó a preguntarle que qué es agüerfao.

Este extraño adjetivo, agüerfao, es uno de los muchos términos que no recoge nuestra República hablanera en su palabrario singular, cuyo significado se le aplicaba a los mulos, caballos o burros que, por su edad o por alguna enfermedad no bien curada, padecieran de los pulmones, por lo que tosían de modo estentóreo y preocupante. Como los resoplidos sordos que, durante todo el rato que estuvo parado, no dejó de emitir el autobús del cuento.

viernes, 19 de octubre de 2012

Usos elementales de la Gramática Española




Muy recomendable para evitar confusiones hablando, para no meter pestillos al presentar una tesis o simplemente en la conversación, y para enviar mensajes virtuales con decoro. Nuestra lengua lo merece, que es ya muy viejecita... 

sábado, 31 de diciembre de 2011

Neologismo y minirrelato



1.- Practicaba el sincericidio y por eso, a la postre, ya no le quedan amigos


2.- Ejercía la sinceridad hasta el límite, y los amigos tomaron como sincericidio sus palabras. Por eso, el día menos pensado, también se le murió Manuela 




Para Ana, que aún sigue junto al mar de Málaga

viernes, 12 de agosto de 2011

Un balón "bombeao"


A las cinco semanas llegó Haydée para ver a su esposo Saturno que se había instalado en Soto de Agues, del consejo de Sobrescobio, para pintar la Ruta del Alba en todas las posibles perspectivas. Un peliagudo ascenso del alto Nalón donde perviven acorralados por el turismo ciertos bichos autóctonos desde pretéritos siglos, algunos peligrosos como sus condiciones de vida les exigen.

Debieras de cortarte las uñas, le aconseja, también las de los pies, sobre todo tendrías que cortarme las uñas de los pies para no seguir rompiendo calcetines.

Saturno asiente sin participar de las recomendaciones sobre su higiene personal mientras sigue preparando las mezclas de pinturas para el día siguiente. Haydée lo contempla y le habla con distancia de amor manoseado. Deberías de cortarte un día las unas de las manos y de los pies, Saturno, y también limpiarme los dientes, cepillármelos, digo. Tienes mal olor de aliento. Y esas pelusas blancas de las mejillas que se escapan del redil de tus barbas, esas te hacen más viejo, deberías quitártelas por tu bien, ya sabes, “por si se te presenta un balón bombeao”.

Me gusta la carga de ironía cuando Haydée le dice esa expresión a su sexagenario esposo en soledad, la del balón, ¿sabes? Es muy ocurrente esta mujer andaluza para decir las cosas con doble sentido. De tal guisa se payasea de él, ¿tú me entiendes?






miércoles, 10 de agosto de 2011

Una de las (muchas) palabras que faltan en La república hablanera



Telera

Tras nueve explicaciones en las que se discurre sobre asuntos y cosas ajenas a la buscada, en la décima acepción el DRAE dice lo siguiente de la palabra telera:


10. f. And. Pan bazo grande y de forma ovalada que suelen comer los trabajadores.


Por bazo dice que es de color moreno y tirando a amarillo, y de pan bazo una bestialidad nunca vista por un servidor: pan que se hace de moyuelo y una parte de salvado.


Pero en cuanto a telera, nada extraño para nosotros, ¿verdad? Pues por eso, como nosotros lo tenemos claro es de suponer que en Cantabria y en las Maldivas, donde probablemente haya algún montalbeño haciéndose entender con los nativos de allá, es normal que cuando uno va a comprar el pan pida una o dos teleras. La cosa se complica cuando el lugareño cántabro o maldivo se queda con la boca cazando moscas y las orejas en tensión intentando adivinar qué le estás pidiendo. Y tan difícil no es, carajo: una telera o dos de pan.

Pero la curiosidad del dependiente, que no parte de estar medio sordo sino de ser ignorante de la palabra, como me aclaró a posteriori, y acaso aturdido por el sonido que la pronuncia, te pide que por favor le repitas lo que quieres comprar. Una telera, hombre, una barra de pan.

Entonces, como fue en mi caso que di con un guasón, que también los crían los prados de las vacas entre montañas horadadas de carreteritas cimbreantes, asiente con ironía y dice señalando al mostrador: Una barra como esta ¿no? Y me guiña un ojo.

Tal vez un chasco similar daría lugar a las pinturas rupestres de estas célebres cuevas de Altamira.

viernes, 15 de julio de 2011

LA INVENCIÓN DE TALBANIA




Fuente en las cercanías de Calamorros y Tabarra*


En la cabecera del blog denominado Talbanés (http://talbanes07.wordpress.com/) se inscribe la siguiente cita:

 
TALBANÉS Gentilicio de Talbania, querida y legendaria patria chica. Mi pequeño rincón en el ciberespacio… es también el vuestro.

La satisfacción personal que uno siente por el uso difusivo de este topónimo imaginario no se cumple del todo en mi orgullo puesto que se elude la procedencia del sustantivo Talbania.

Este nombre apareció por primera vez en la primera edición de La República Hablanera, Córdoba 2005, y posteriormente comencé a usarlo en este mismo blog que usted contempla ahora.

Tras la publicación de La República Hablanera, salió mi libro de cuentos y relatos titulado genéricamente así: Talbania, Editorial El Páramo, Córdoba 2009. En espera de su publicación queda redactada la novela que lleva por título Talbania 1942, cuyo desarrollo versa sobre el modo de vida en un pueblo rural en aquel año de la postguerra.

Subida actual al cerro de Calamorros*

Ya que el amigo Andrés Ruz Pérez, autor del blog Talbanés, a quien le agradezco su “apropiación” aun sin habérmelo solicitado, puesto que así se hace más extensivo el neologismo local, copio aquí literalmente la entrada correspondiente a «Talbania» de la tercera edición de La Rapública Hablanera.

Talbania. Nombre legendario de Montalbán de Córdoba, cuyo significado es “tierra blanca de luz”. En tiempos del Imperio Romano se especula que,  en este lugar, hubo un asentamiento conocido como Segovia, al que se atribuye la catacumba descubierta no hace mucho en Tentecarreta(v), pero que no prosperó en el periodo visigodo. Por su lado, la creación de la supuesta Talbania ocurriría en el lapso del primer medioevo, pero situada más al sur del enclave actual, en el cerro conocido como Calamorros (ver Escarramolo), rico en manantiales, donde los arqueólogos siguen hallando vestigios del pasado no más remotos que el rey Wamba. Tal vez no sea casual el topónimo de Tabarra, con el que se nombra a un cortijo próximo de allí. Sus escasos moradores provinieron de algún rincón de la lejana cordillera cantábrica no romanizada; hablaban una lengua dispar y rudimentaria llamada ebut, que al parecer quería decir agua, y en torno a ese campo semántico se formaban todas las palabras, por lo que su embrollo no se avenía con el bajo latín en continua evolución de aquellas fechas y se extinguió sin pena ni gloria. La fugaz Talbania se calcula que fue dispersa con la llegada de los árabes a la Península sin haberse constituido nunca en verdadera población. Se desconoce, igualmente, el motivo del éxodo o migración que los trajese a estos cerros de monte bajo que fuese nuestra campiña entonces, pero, por tradición oral, se considera que algunos descendientes errantes de aquel poblado volvieron como carboneros desde Aguilar de la Frontera y como arrieros y vendedores de ganado desde Écija, y fueron conformando, junto con otras familias de moriscos conversos, el pueblo que hoy se conoce.


El término ha sido acogido con relativa simpatía por los montalbeños, y esto que cuento es un dato apreciable: durante esta estación, verano de 2011, un matrimonio se dispone a abrir un comercio en Montalbán. Con manifiesto deseo y respeto me piden que les autorice a que su tienda lleve el nombre de Talbania. ¿Verdad que es para sentirse orgulloso de haber inventado una leyenda?

* Fotos de Rafael Soler Salces



sábado, 2 de julio de 2011

DOS EJEMPLOS DE CÓMO ES LA REPÚBLICA HABLANERA

En lugar de explicar nada, para los que la desconozcan, damos dos muestras de cómo están redactadas las entradas en este libro.


Acemite. El acemite es, entre otras menudencias, un «potaje de trigo tostado y medio molido» que ningún lector, entrado en años, de este glosario desconocerá. Fue recurrente para engañar el hambre porque, al parecer, se componía más de las granzas del trigo que del propio cereal. No se trata pues de una palabra peculiar, sino de un hecho social en una época determinada de la historia local. Un hecho que afectó en mayor medida al grupo de la población más pobre. El acemite, tal vez como las algarrobas y otros productos de escaso valor, pero nutrientes y fáciles de conseguir, restauraron los estómagos, aplacaron mucha gazuza en épocas de escasez. Tanto es así que hasta los niños, tan receptivos de las costumbres como moldeados por el medio, se hacían eco de sus propiedades en sus juegos y en las canciones ingenuas. Como la que sigue:

                             Hay pipas saladas
                             no mantienen pero entretienen
                             el que las prueba repite
                             la barriga no engorda y el estómago lo admite
                             el que las quiera las compre y el que no
                             que se vaya a su casa y coma acemite.



Angarillas. La angarilla es un instrumento que pertenece al español absoluto, con sus distintas modalidades y usos para el transporte, por lo que no ofrece nada de particular al habla montalbeña sino por la sutil e inexplicable expresión echar las angarillas, que nos conduce al hecho de cubrir un hombre a su mujer. Cubrirla no con el paraguas bajo la lluvia, sino en el mejor sentido bíblico, lo que es decir ni más ni menos que hacerle el amor. Esta extrañísima manera de mencionar la relación carnal se suele emplear a modo de chanza, sin presunción, entre amigos de confianza, y más que para resaltar la virilidad de uno, con el sentido de haber de cumplir una obligación, la matrimonial. De modo que si estando en la taberna la charla se alarga demasiado y alguien pide otra ronda, puede que a un contertulio se le ocurra decir: ─Venga hombre, vámanos ya, que todavía tenemos que echar las angarillas. Por lo que la expresión contiene asimismo un matiz de cordialidad más que de alarde varonil. Así como si otro llega tarde al trabajo se le endilga socarronamente: ─¿Qué, que te has parado a echar las angarillas, no? Esta enigmática manera de renombrar el acto sexual, infiere pensar que proceda de cuando se barcinaba por la noche, pues que igual el hombre tendría que dejar la briega del tálamo para echar las angarillas a los mulos e ir por las gavillas de la parva siguiente. Empero, la invención es harto rebuscada. Otras maneras expresivas de esta jaez vienen siendo: ponerla mirando para Antequera; darle carena; ir a Canillas; azumbar castañas(v)... Por demás, otra expresión local bien distinta es decir de alguien que le caben las angarillas cuando goza de buena disposición para recibir bromas, que tiene las espaldas anchas y buen temple. Por el contrario, no le caben las angarillas al individuo que tiene mal humor, que no admite bromas, ni pesadas ni de las buenas. Que es un tipo repeloso. ¿Qué relación buscarle a ese instrumento de transporte con tan dispares comportamientos humanos?

martes, 23 de noviembre de 2010


La niña tendrá unos ocho años y se desenvuelve sola de maravilla hasta para ir a comprar un regalo para su padre. Es osada y tranquila, a más de simpática y su manera de expresarse revela una madurez plausible, pero lo que de más encomio le encuentra el cronista es el regalo específico que quiere para su padre: un libro interesante. Hay que resaltar lo de interesante por el propio concepto en sí y por el sustantivo al que sigue.

El cronista sabe que muchos padres leen libros, y que todos los libros (o casi todos) son interesantes, pero no es caso tan audaz y común que criaturas de esa edad regalen justamente libros. Este adjetivo es un modelo de comodín lingüístico que se vende solo y, según donde se exponga, viste bien. Resuelve muchas situaciones donde la imaginación y el conocimiento no echaron raíces. Pero la niña, pese a su edad, o por sus años precisamente, no dice quiero un libro interesante para mi padre por quitarse de encima el moscardón de la ignorancia ni, mucho menos, el de la chata cursilería. Veamos, y acabamos.

La dependienta, halagada por su peculiar cliente, le ríe la gracia piropeándola mientras le muestra varios libros hasta poder dar con el que pueda ser interesante para su padre. Y la niña, para que la mujer no se sienta embarazada en su averiguación, resuelta y con las ideas claras explica: Es que a mi padre solo le gustan los libros interesantes, ¿sabe usted?, porque cuando le he regalado otros y está leyendo le pregunto: ¿Te gusta?, y él me responde siempre: Sí, hija, es muy interesante.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Canguro es la palabra más absurda que se pueda encontrar en todo el diccionario, según Marcelo Arduz Ruiz publica en el diario argentino La Prensa (2 de octubre de 2010), ya sea el de la Real Academia Española o en cualquier otro idioma. Tomada de la versión inglesa, la palabra canguro es considerada fiel traslación de la lengua australiana.



Pero veamos qué curiosa traslación.

Cuando en 1770 el navegante inglés James Cook desembarcó en el hasta entonces desconocido continente australiano, al avistar tan exótico animal y preguntar a uno de los nativos cómo se llamaba, guturalmente pronunció Kangoroo. Acompañaba a la tripulación el mozalbete naturalista Joseph Banks, y en su cuaderno de notas prestamente apuntó la palabra, sin sospechar que en el futuro el animal sería conocido por aquel nombre.

Pasado los años, los británicos descubrieron que kun-u-ru, en una de las más de 250 lenguas nativas de la isla, significaba simplemente «no entiendo», pero ya nada se pudo hacer para cambiar su nominación, pues la especie nominada de aquel modo era ya famosa a escala universal.

De modo que antes que se lo conociera en el llamado mundo «civilizado», el canguro era el animal más extraño del planeta: daba enormes saltos de hasta diez metros de largo, impulsados por sus robustas patas traseras, desmesuradas con relación al resto del cuerpo y las atrofiadas delanteras, valiéndose de su larga y gruesa cola para mantener el equilibrio, cual si se tratara de una tercera pata. Además, las hembras contaban con una bolsa exterior a la altura del vientre, en la cual transportaban a sus crías.

lunes, 5 de julio de 2010

Cuenta el narrador de El viajero del siglo que «la gente silenciosa tiene mucho que decir, sobre todo cuando no habla. Existen muchas clases de silenciosos. El silencioso avaro, que se reserva sus opiniones para repasarlas con mordacidad y detalle en cuanto se queda a solas. El silencioso resignado, que jamás se plantea la posibilidad de tomar la palabra porque está convencido de que no tiene nada que decir. El silencioso perverso, cuyo mayor placer es disfrutar de la curiosidad que su mutismo despierta en los demás. El silencioso impotente, que quisiera decir algo pero nunca encuentra el momento y es, en realidad, un hablador frustrado. El silencioso estricto, que ni siquiera cede a la tentación de confesarse a sí mismo sus secretos. O el silencioso precavido, como era quizá el señor Levin. El señor Levin había aprendido a callarse ante las opiniones ajenas para no resultar incómodo. Esta disciplina de silencio le había resultado mortalmente aburrida, de no ser porque le daba la ventaja de conocer qué pensaban los otros sin que ellos supieran lo que pensaba él».

Andrés Neuman. El viajero del siglo, página 352. Alfaguara 2009




Decía yo hace unas entradas que «El placer de evocar y de mirar contiene la belleza del silencio», que «la memoria se expande y surge la creación de los recuerdos». Bueno, eso era algo poético, metafórico o retórico en comparación con las inteligentes definiciones de Andrés Neuman en el libro citado. Yo contemplaba la belleza de una foto de Daniel Mordzinski ante la pose de un García Márquez casi de maniquí, fotografía cuyos colores y detalles escénicos dicen, tal vez, más que el propio retratado. El retratado, de perfil y blanco, mira ausente hacia la calle, o la pared, y entonces yo pensé lo que creí que él pensaba, y así está escrito: «Los sueños existieron, la crisis atenúa las marismas, mas quedan las palabras, su silencio esperando».

Tengamos en cuenta que se trata de un hombre ya muy mayor pero cuyo cerebro siempre está celebrando las auroras que ha de traerle la esperada carta al coronel.

Eso era todo. El silencio no existe nada más que para que la palabra se signe y signifique. Son muy parecidos estos dos conceptos (signar y significar) pero ambos existen para bien nuestro.


domingo, 13 de junio de 2010

El gurrumino y la osteridá


El cliente pide un vaso de agua, por favor, y el camarero, solícito, se la sirve al punto. Pero el vaso no viene lleno del todo, a bebe ratón, a rebosar, lleno hasta los bordes, sino que le faltaban dos o tres dedos.


─¡Mira cómo me pones el vaso, medio vacío! ¡Y eso qué es agua!


Además de solícito es guasón el camarero y mientras limpia unos vasos con el paño que ustedes conocen contesta impasible que estamos en crisis, que hay que ser austero.


─¡Ostero! ¿Qué palabra es esa, Agustín! ¿Dónde has aprendido tú a emplear palabras raras? ¡Ño, ostero!


─Austeridad, que quiere decir no gastar más que lo necesario ─responde, además de solícito y guasón, con prosodia y formalidad risueña. El cliente continúa la lección.


─¡Osteridá! ¡Eso es ser gurrumino en toas las tierras de garbanzos! ¡Apañaos estamos con la osteridad y la crisis!





Ofrezco a los lectores esta real y ejemplar conversación porque, amén de simpática, contiene dos palabras de las muchas que no están presentes en La república hablanera: «ostero» y «austeridad». Para que calculemos cuán inagotable es el filón del habla popular. Inagotable pero también disparatada por más de creacionista, pues si bien que el calificativo «gurrumino» tiene licencia académica no deja de ser un término esencialmente apueblado, restricitivo en el uso de las personas que se hacen aspavientos ante neologismos o cultismos, la osteridá y sus derivados, sin embargo, suponemos que obtendrá su entrada en el Diccionario años después de que pase la crisis y las personas hagan chistes recordando las privaciones sufridas. Como viene ocurriendo ahora con los tiempos de la jambre.


sábado, 22 de mayo de 2010

CUALQUIER "EVENTO"


Los atentados contra el habla son imparables y cada día más chirriantes. Cada petimetre y cada inculto engreído, es verdad que manipulado por la estulticia sin medida de los extranjerismos y los modismos que avienta la prensa, que hacen habituales los presentadores incorrectos, se convierte en un fatuo propagador de la desvergüenza idiomática. Esos términos “comodines” de los que tan a gusto se aprovechan los políticos al uso, ese vocablo que pasa de boca en boca como un signo de distinción o modernidad, pero que muy pocos consultan en el diccionario antes de aclarar su significado, se aplica por igual a un casamiento, a un funeral o a la cojera de un perro. Dicho hasta la saciedad por los comunicadores lo recoge con altivez uno de mis visitadores médicos y, para agradecerme los tres minutos que le he dedicado con atención, me emboca como una ofensa pestilente: «…este evento de magníficos clientes y clientas que yo tengo aquí…».

La próxima vez ¿también lo recibiré de buen grado?


Me he quedado tan perplejo como herido y no sé con qué imagen poder ilustrar esta nota. ¿Alguien me echa un cable?



jueves, 20 de mayo de 2010

Sobre la Final de Copa


Hay un señor de Costa de Marfil llamado Christian Koffi Ndri Romaric que juega en esta competición y, en consecuencia, en la Liga Española de fútbol. Como no sé de lenguas, ignoro si su apellido se pronuncia con terminación aguda, Romaríc, o en esdrújula, Rómaric, pero lo que agradecería a los locutores que radian los partidos de fútbol es que se lo preguntasen a él y, si le hacen caso, quizá nos aclaremos.


Bien, dicho esto que creo importa poco para el buen funcionamiento del deporte, se juega la Final de la Copa del Borbón y comienza el partido. El locutor define el encuentro como «la fiesta del fútbol español», y queda bien. Hay mucha expectación, bastante más que en la otra fiesta llamada genuinamente Nacional.


Una vez comenzado el encuentro el realizador de la retrasmisión televisiva va seleccionado imágenes en las que aparecen autoridades. Muchas autoridades. Las cámaras enfocan al hijo del Borbón, es decir al marido de Letizia ausente, el príncipe, y a su lado se ven otros señores. A dos de ellos los conozco y el locutor dice el nombre de uno de ellos: el presidente de la Generalitat, José María Montilla. El otro era Miguel Ángel Moratinos, ministro de lo suyo.


Siguen las jugadas.


La cámara muestra otras autoridades y el locutor nos da sus nombres: Esperanza Aguirre, presidente de la Comunidad de Madrid y, a su lado, el alcalde de Madrid señor Gallardón.


El futbolista Diego Capell, del Sevilla, cuela un gol. Creo recordar que fue después de este suceso, que calladamente celebro, cuando siguen apareciendo segundos de autoridades. En este plano un servidor conoce a uno de ellos pero no al que está al lado, con barba cana, que lo recoge la cámara haciendo un gesto. Me aclara el locutor que se trata de Alfredo Sánchez Monteserín, el alcalde de Sevilla. Del que yo conozco no dice el nombre.


Y aquí, yo, un andaluz afectado por la omisión: Cataluña tiene su presidente de la Generalitat y se llama Fulano de Copas; la Comunidad de Madrid tiene su presidente y se llama Mengana la Rubia; …y Sevilla tiene un alcalde con su atractivo nombre. ¿Y Andalucía? ¿No tiene Andalucía un presidente para sus andaluces? Pues sí, lo tiene, se llama como sabemos y estaba ahí, ante la cámara que lo enfocó al lado del alcalde entusiasta.


«Ahora se lo advertirá el realizador, o el coordinador, o el acomodador…, o se lo soplará uno de los otros dos comentaristas», pensaba yo, esperando la rectificación de la omisión, u olvido, del locutor. Pasaron los minutos y nada. José Antonio Griñán ni fue nombrado ni volvió a salir. Y eso que iba ganando el Sevilla.


Pero ¿acaso soy yo un regionalista presumido o qué? ¿Te vas a molestar tú por eso, hombre? ¡Si no es más que un político!


En el descanso sí se enmendó el entuerto. Una señorita entrevista al alcalde, potencialmente ganador de la Copa, y al término de la entrevista el locutor me tranquiliza. «Por cierto, el alcalde, al que acompaña en su tribuna José Antonio Griñán, presidente de la Comunidad Andaluza». Bueno, ya está dicho. Para que veas que todavía hay vergüenza en TVE. Haya paz. No seas mal pensado ni sigas creyendo que Andalucía es la hermana pobre de España, que las hay peores.


Pero claro, estamos tan “jeirítos” desde aquellos tiempos en los que Andalucía era postergada ante otras regiones que… ¿No será tu resentimiento casposo, un complejo de inferioridad colectivo? ¿No sabes que ahora la laman la subsidiada?

¡Envidias cochinas!



miércoles, 24 de marzo de 2010

HOMBRE Y MUJER



EL LATÍN DEL DÍA


hic et haec homo

«Éste y ésta son hombres». Se emplea en Derecho para aclarar que la palabra hombre se emplea para designar tanto hombres como mujeres. Se podría usar hoy para señalar cuán desatinadas son expresiones como «todos y todas» o «los alumnos y alumnas».

LA PALABRA DEL DÍA
Por Ricardo Soca
http://www.elcastellano.org/palabra.php
Martes, 23 de marzo de 2010


El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice:

hombre.

(Del lat. homo, -ĭnis).

1. m. Ser animado racional, varón o mujer.

2. m. varón (‖ ser humano del sexo masculino).


mujer.


(Del lat. mulĭer, -ēris).

1. f. Persona del sexo femenino.




Y para esta semana santa, disfrutad y sed felices, que probablemente Dios no exista.


miércoles, 24 de junio de 2009

LA CONVERSACIÓN MÁS CORTA

Augusto Monterroso, el escritor guatelmateco que se hizo muy famoso en nuestros lares por el hecho crucial de haberse muerto en 2003, está considerado de ser el autor del cuento más corto de la historia de la literatura en habla hispana, ya saben, aquel que dice: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Sin embargo hay quien le gana: El Emigrante. El emigrante es otro microcuento del escritor mexicano Luis Felipe Lomelí, a quien no conocemos personalmente, que supera la fama del famoso guatelmateco. Helo aquí:

─¿Olvida usted algo?

─¡Ojalá!

Recuerdo que mis hermanos emigrantes nunca olvidaron ni siquiera los pasodobles de Juanito Valderrama.

Pero yo he oído esta mañana, de un borracho de vuelta de Alemania, casualmente, la conversación más corta que pueda darse en nuestro idioma popular. Puede tomarse, sin remilgos ni prejuicio alguno para quien lo cuenta ahora, como eso: como un chiste de taberna con su arista de risa y escatología, con su alambre de mala educación y desvergüenza.

Uno lo trae aquí como un fleco de lo que fue La república hablanera, esa forma concreta y peculiar de expresarse y entenderse las personas sin más prosodia ni prosopopeya que la de darle al habla, a la palabra, lo que el tiempo requiere: el entendimiento humano. Dice así:

Uno está cagando en el retrete de un lugar público. Alguien empuja la puerta para entrar y el que caga gruñe:

─!Eh!

Y el otro contesta:

─Ah



miércoles, 15 de abril de 2009

Contactos




Por antonomasia y lo absurdo y lo incomprensible de nuestras reales leyes, hoy día no se puede contactar con los infantes. No me refiero a los infantes reales, ya sabemos: esos parásitos borbónicos, sino a nuestros propios hijos. No se les puede ni acariciar ni pegar. Ni los padres ni los maestros pueden ponerles una mano encima, porque tienen la potestad de denunciarte por malos tratos o por acoso sexual.
Veamos lo que dice el Diccionario del verbo contactar.
«1. intr. Establecer contacto o comunicación con alguien.»
Y de contacto podemos leer, entre otras acepciones:
«(Del lat. contactus).
1. m. Acción y efecto de tocarse dos o más cosas.
(…)
4. m. enlace (‖ persona que tiene relación con otras, especialmente dentro de una organización).
5. m. Relación o trato que se establece entre dos o más personas o entidades.»
Pues bien, uno piensa que el contacto físico, el tocarse, es la manifestación más idónea para expresar el afecto o la repulsa hacia la persona inmediata. Ya sea nuestro hijo o nuestro alumno. Quiero decir que si a tu hijo o alumno has de mostrarle la simpatía por sus aciertos le hacemos una carantoña, una caricia o le damos un beso, pero si hay que reprenderle su actitud dañina es conveniente darle un cachetazo a tiempo. Eso está admitido no solo por las pedagogías y sicologías apropiadas para que un individuo en crecimiento sienta la protección y la existencia del “otro”, sino también por las mejores maneras sociales que nos vienen de antiguo, y familiares, para que un individuo en crecimiento tome consciencia de lo que significa responsabilidad.
Pero hete aquí que hoy día (y a partir de ahora me ciño solo al ámbito escolar) si un maestro de escuela (perdón: un profesor) es riguroso con sus alumnos y con su ámbito docente y, al mismo tiempo, es “cariñoso” (¡fíjense ustedes qué palabra más antigua!) y de cuanto en cuanto les premia sus cualidades con una caricia, oído al parche, si el alumno es femenino (es decir, una niña o una chica doceañera o por ahí) puede caerle la gorda al profesor. La ley protege a los infantes contra todo contacto llamado físico. No se les puede ni pegar ni acariciarlos. Con lo cual, piensa uno pobremente, estamos creando individuos simplemente ajenos a los afectos individuales, a las sensaciones del tacto y a las emociones repentinas del corazón.
¡Malos tiempos para la docencia, maestro amigo! Después que no te culpen si se convierten en criminales o personajes de similar calaña.

martes, 20 de mayo de 2008

El olor de la ajucema



Recién casados han estado allí, fueron a pasar las Navidades sin predisposición para los hallazgos. La juventud tiene sus reglas, o carece de ellas, pero el amor les da la condición de formas imprevistas. Su esposo, hijo de emigrantes de Talbania pero alemán de formación y espíritu, quiso que conociera a sus padres. Hutta no conocía el sur de España, ni conocía España sino por la nostalgia empalagosa que a menudo recordaba Antonio como una evocación no siempre colorista.

C
omo una bienvenida transitable percibió la suavidad del clima en esa época, tan distinto al de su lugar de procedencia. Al volver de nuevo al norte, a su ciudad del norte con cristales y nieve en los aleros, le preguntaban cómo era aquel lugar remoto, ese pueblo sin señas en la cartografía universal. Ella contestaba sonriente, pero distante, sin desmenuzar matices sobre lo que allí había visto que su mejor recuerdo lo traía en el olor de la ajucema. La ajucema, contaba Hutta, es una planta aromática cuya semilla, al calentarse y quemarse en el brasero de picón, o sobre el fuego de una palmatoria, produce un olor voluptuoso, casi parroquial, hechicero.

Rito si primitivo que apreció como la exaltación de la familia a los encuentros.

Hutta aprendió a decir el nombre de la alhucema del mismo modo que su suegra
pronunciaba. Ajucema. Como en Hamburgo no se usa esa práctica casera, la consunción de esa planta perenne, mediterránea y púrpura, cuyo aroma es igual y es enervante y, por lo tanto, desconocía, se lo quedó como reliquia en la memoria, emparejado con el alma de Talbania: silvestre, mas penetrante.

lunes, 21 de abril de 2008

Fructuoso y Fertuosa



Ha muerto sin descendencia y fue la última mujer que, en Talbania, lució el nombre de Fructuosa. Si acaso también la única. Mas lo que son las cosas: el pueblo la recuerda por el nombre de Fertuosa la del cubano. Sin duda que ese equívoco turbulento de la pronunciación fue aceptado por ella misma desde chica, y hasta que no fue al juzgado a casarse no supo su verdadero nombre.

─Mujer, que ese nombre no existe ─le advertía el funcionario.

─Pues así me puso mi padre, Fertuosa, por mi abuelo el cubano.

Su abuelo sí fue cubano, y se vino a vivir allá en Talbania tras la pérdida de la colonia. El hombre arrastraba los dejes bembones de los mulatos caribes y puso un negocio de café para buscarse la vida. Iba también por los pueblos de la comarca con su paciente burrito y su mercancía de ultramar: Montalbán, La Rambla, Santaella, pero fue en Talbania donde los niños tomaron a burla su pregón callejero. En los otros pueblos lo vendía en grano y molido; en el suyo propio lo ofrecía ya para tomar trasportándolo en ambas damajuanas sobre el serón de su borrico. Por su modo lento de hablar, tardaba mucho rato en emitir las dos palabras con las que llamaba la atención de los vecinos. Los niños le cogieron el punto: cuando anunciaba un larguísimo «¡Cafeeé...!», le preguntaban desvergonzados: «¿Cómo está tu mujer?», terminaba él sin sentirse aludido el final de su pregón: «¡… caliente!»


Fertuosa estuvo casada con un hombre canijo y correoso y pálido que volvió perdonado, pero enfermo, de los campos de trabajo forzoso cinco años después de terminar la guerra. Durante el largo periodo de servicio militar primero, de soldado a continuación y de preso político por último, no dejó de escribirle cartas a su novia cada vez que pudo. En la dirección postal siempre puso el consabido nombre: Fertuosa Ramírez Bildasola, y nunca se le devolvió ni una porque el mismo cartero sabía que Fertuosa no había otra en toda Talbania.

Su marido murió sin haberle dado el don de la maternidad, pero al menos, el casamiento, le sirvió para descubrir cómo se escribía y pronunciaba su nombre. Realidad ortográfica y santoral que ni ella misma, ni toda la población, procuró corregir en lo adelante.

sábado, 19 de abril de 2008

Blogosfera


Sólo tengo un diccionario escolar de inglés-español que no contiene la palabra blog. No sé, por ahora, el significado de este término internetario (hasta que un buen amigo me lo diga o tenga yo la voluntad de indagar por mejores documentos), pero sí me gusta el compuesto blogosfera.

Este neologismo me suena a como hablo y entiendo yo: blogosfera. ¿La esfera de los blogs? El lugar común, abstracto sin embargo, donde todos los blogs confluyen. Supongo. También supongo que puede denominar la unión de dos, o varios mundos de distintos pelajes.

Uno, que es muy de su pueblo aunque presuma de ser “ciudadano del mundo”, le tiene cierta antipatía a la abundancia de anglicismos en nuestra lengua matria. Por otro lado, un tal licenciado que no ejerce de tal pero que presume de saber más de lo que enseña, me aleccionó un día de que lo correcto, en español del bueno, es decir bitácora, no blog, a este tipo de publicación en que andamos. O en que estamos.

Cuando iniciamos la andadura a tres para contar historias de Talbania, al desaparecido Juan Luciano le daba igual el nombre de la zona; Silvestre sugería que le llamásemos blog por corresponderse con su cometido actual, pero yo prefería el nombre de bitácora por más sonoro y literario. Pero una bitácora, dice el DRAE, no es más que una «especie de armario, fijo a la cubierta e inmediato al timón, en que se pone la aguja de marear». Otro animal bien distinto y más parecido a esto es un cuaderno de bitácora.

Pero blogosfera me evoca la posibilidad de la casa de una amiga rica, tolerante y culta, en la que uno entra sin protocolos y allí encuentra de todo lo necesario.

Ya ven que no es fácil quitarse la caspa de romántico.

miércoles, 16 de abril de 2008

Una conversación fluvial

Entre las muchas palabras y expresiones locales que no fueron recogidas en La república hablanera, por considerar que su uso es del español universal y no restringido a éste ni a otro pueblo igual de dicharachero, está el verbo zambucar. ─Zambúcame otro medio, dice el parroquiano al tabernero; u otra cerveza o copita de aguardiente, que no todo consumo bucal y estomacal, y por extensión sensitivo, lo es en favor del negocio de la campiña Montilla-Moriles. Este modo de pedir otra consumición se oye con frecuencia entre las personas de más de 40 y 50 años, y se dice bajo el significado de que zambucar es verter un líquido en un recipiente, o vaciarlo, pero he aquí lo que nos dicta el DRAE: «zambucar. 1. tr. coloq. Meter de pronto una cosa entre otras para que no sea vista o reconocida». Totalmente despistados, el docto o el pueblo. El María Moliner, Diccionario del Uso del Español, resulta algo más explícito en su definición: «zambucar. Escamotear. Esconder rápidamente una cosa entre otras; especialmente, las cartas de la baraja». Nada que ver con volver a llenar las copas, ni a llenar o vaciar un cántaro de agua, como es nuestro entendimiento de este sonoro verbo cortijero.



Hace unos días, en una de nuestras tascas y sin cuidar lo que los demás oíamos de su discusión, tres paisanos debatían sobre el lugar donde el río Genil se une al Guadalquivir. Dos de ellos razonaban con geográfica justicia que no era otro que en Palma del Río, pero el famoso Pepeaya insistía que no, que donde los dos ríos se juntan es en Sanlucar de Barrameda. A mí me parecía que Pepeaya, en su estado de semi embriaguez que le caracteriza con frecuencia, sabía lo que decía, es decir, que le estaba dando largas al asunto fluvial en aras nada más de mantener por tiempo una conversación sin sentido, a menos que, en verdad, se le hubiera ido el santo de la situación al cielo y creyera lo que no había podido ver nunca ni en un atlas ni de viaje por Andalucía. De modo que uno de los otros dos, algo ya exaltado concluyó con determinación:

─¡Que no, Pepeaya, que en Sanlucar lo que pasa es que zambuca! ─cambiando así el sentido local de la acción de zambucar por otro más novedoso y arriesgado: desembocar.