Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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miércoles, 12 de septiembre de 2018

Mis primeras lecturas


Por la salida sur del pueblo, en una ampliación de la vereda, estaba el vertedero municipal. Antes todos los residuos iban a parar al muladar que había en el corral de cada casa. Allí se pudrían, mezclados con las defecaciones de los animales, y con el tiempo se hacía estiércol. En nuestra casa, como había mulos y bastantes cabras, se sacaba cada año una buena cantidad de estiércol que se utilizaba tanto para abonar los olivos como para venderlo cuando sobraba. Todos los años sobraba porque los olivos no eran muchos: apenas una hectárea en la que había sembrados tan solo 52 ejemplares de diversa especie. Igual los había hojiblanca como picual y lechines. No se obtenía una gran producción de aceituna, pero la suficiente para producir el aceite que se consumiera en la casa para todo el año. Pero llegó el tiempo de recoger la basura con un carro tirado por un mulo. Una modernidad. No se utilizaban bolsas de plástico entonces. Los residuos, tanto biológicos como materiales, se echaban en un cubo grande que se dejaba a la puerta de la casa y el basurero los iba vertiendo sobre el carro. Así se pasaba el día entero, recogiendo los cubos de todas las calles y dando viajes al vertedero. Como quiera que el vertedero era tan solo un montón de sobrantes de todo tipo y estaba a campo abierto, los días que hacía viento se cubría la vereda de periódicos y de hojas sueltas de todo tipo. Hasta una carta me encontré una vez. Una carta de una novia a su novio en la que no le hablaba de amor, sino de cosas referentes al melonar desde donde se la escribiera. Por lo tanto, lo más provechoso que yo sacaba de aquel vertedero eran los periódicos. Los periódicos viejos que yo recogía del vertedero municipal fueron de gran ayuda para mis inicios de cabrero, pues todos los días salía por esa vereda con la piara de cabras a carearlas por los padrones en invierno y primavera y por los rastrojos durante el verano. De esos periódicos, o en ocasiones solo hojas sueltas, aprendí grandes cosas de las que no pude instruirme en la escuela ni en instituto alguno. Ahora que lo pienso, tal vez de esa curiosidad mía por leer los periódicos viejos, junto con unas revistas católicas (cuyo nombre no recuerdo) que mi hermano Valentín traía del seminario donde estudiaba, fueran la espita que despertó mi interés por la literatura. Por aquellas fechas de mi adolescencia yo tenía mucho respeto por todo lo escrito, pero en mi casa no había libros, excepto un Quijote resumido, tal vez con destino a escolares. Dudo que mi padre comprase ese libro, y se me ocurre pensar que tal vez lo comprara mi hermano el mayor, Currito, que al parecer fue un joven aplicado. Por supuesto que esa edición incompleta del Quijote la conservo yo. También recuerdo que en la casa había una historia novelada del bandolero José María el Tempranillo. Pero ese librito se perdió.
            Pues bien, siguiendo con los periódicos que recogía del vertedero municipal que estaba al lado de la vereda, en un lugar llamado La cuesta blanquilla, yo leí artículos del ABC tanto de José María Pemán como de Azorín. No recuerdo bien si a Azorín lo leí en ese diario, pero sí que de él leí por primera vez algo sobre el estilo en la literatura. Y eso me llamó mucho la atención: que para escribir había que tener estilo. Yo leía por igual las páginas que hablaban de política como las de cultura, que eran menos, pero que a mí me sustanciaban más que las primeras. Leía las noticias igual que las críticas a libros. Esto último creo recordar que era lo que más llamaba mi atención: el conocer nombres de escritores y aprenderme los títulos de sus libros. Libros que no podría leer de ningún modo, pues ni tenía dinero para ello ni en el pueblo había librería alguna. Lo que ocurrió fue que de mis hermanos mayores, que antes que yo habían vendido la leche, aprendí a sisar algunas pesetas diarias de esa venta que se realizaba por las mañanas. Era lo primero que hacía todos los días apenas me levantaba, ordeñar y vender la leche en presencia de las mujeres que iban a comprarla a nuestra misma casa. Como quiera que las puertas de la calle se abrían apenas se levantaban mis padres, recuerdo que el primer cliente todos los días era un viejo impaciente que se ponía al pie de la escalera que daba a la cámara donde yo dormía y todos los días me echaba la misma monserga para que me levantara, que no era otra que el siguiente refrán: Al hombre pobre la cama se lo come. De modo y manera que como mi hermano Gaspar o mi hermano Ángel me advirtieron, yo podía quedarme con algunas pesetas cada día y así tener mis propios ahorros. Mi madre no las echaría de menos, aunque si lo notaba nunca me dijo nada al respecto. Y con esos ahorrillos, fue como comencé a comprarme algún que otro libro.

domingo, 20 de octubre de 2013

EL ÚLTIMO SOLDADO, IN MEMORIAM



PIEDRA, SIMIENTE Y PUEBLO
En honor de Alfonso Cañete Jiménez
ex deportado nº 3.872 del campo de exterminio de Mauthausen




España quedó atrás, perdida, y roto
el ser de su república temprana.
En otro anochecer, sin paz, remoto,
estuvo Alfonso fiel cada mañana.

España quedó atrás, la guerra sigue
ciñendo en toda Europa muerte y pena,
guerra que avasallando le persigue
la derrota y el ansia y la condena.

Allá de las fronteras, con valor
siguió la suerte Alfonso del latido
que la guerra propaga hasta el horror.

En campos de exterminio, resistente,
luchó contra sus huesos. De haber sido
piedra y pueblo, ahora es pueblo y simiente.



Detalle del monolito recién inaugurado en memoria de los montalbeños víctimas del exterminio nazi
(Foto de Alfonso Alonso)

Todo el mundo sabe lo que hicieron los nazis. Lo que no puede olvidarse es que la responsabilidad de lo ocurrido con los republicanos españoles en Mauthausen fue del Gobierno del Franco. Alfonso Cañete (Entrevista en el diario Córdoba del 3 de febrero de 2002)

miércoles, 10 de octubre de 2012

El diluvio




Fragmento de "Talbania 1942"



Al día siguiente fue viernes. Había nublados broncos y veloces y los viernes por la tarde tocaba dar clase de religión. A las más pequeñas les puso una muestra para que fuesen copiándola de la pizarra. El tema correspondiente era el diluvio universal y a las mayores tenía que explicárselo siquiera con la dilatación que exponía el libro. Ella fue leyendo y comentando metódica lo que las niñas mayores ya sabían de otros años: que Dios quiso castigar a los hombres porque obraban mal. Dios ideó la manera de castigarlos a todos con la muerte menos a uno y su familia. Ese que se salvaría se llamó Noé. Micaela Miranda se sabía bien la historia bíblica y, tras explicar lo de la construcción de la grande arca y la recogida de los animales, comenzó a llover sobre la escuela. Comenzó a llover de forma inesperada y torrencial, como suele ocurrir algunos días tormentosos de primavera, y el patio de la escuela se llenó de granizos gordos y ranas y culebras pequeñas. De golpe había oscurecido porque las nubes eran grandes y negras y volaban bajas y hubo que encender la luz, pero la luz se había ido, como solía ocurrir los días de tormenta. Llovía y granizaba y tronaba con tan aterrador estruendo, que el techo de la escuela parecía moverse. Algunas niñas pequeñas comenzaron a llorar llamando a sus madres. Algunas otras de las mayores y audaces, no pudiendo contener la curiosidad, se asomaron al patio para mirar por los cristales de la puerta. Se reían viendo las ranas atolondradas dando saltos como locas y señalaban con el dedo las culebritas que caían revueltas con los granizos y la lluvia. El sumidero quedó pronto atorado por la descarga torrencial que no cesaba y el tomo de granizos fue subiendo hasta el nivel del sardinel. El agua comenzó a entrar a la escuela. Por la rendija de la puerta que no encajaba bien se colaron varias culebritas que se arrastraban siguiendo la base de la pared. Viendo aquella trapisonda que formó la oscuridad, los relámpagos, los truenos, el llanto de unas niñas, el alboroto de otras por matar los reptiles, el sonido pavoroso sobre el techo y el agua entrando por la puerta, Micaela Miranda se asustó y obligó a que todas las alumnas se metiesen en la cocina*. Arrebujadas, como quien recoge con urgencia una serie de objetos desordenados en una manta, las metió a todas en la cocina en un plis plas. Una de las mayores, llamada María Luisa, que por su naturaleza temperamental y nerviosa se comportaba a diario más traviesa que otras, comenzó a rezar el rosario a media voz. La maestra la miró sonriente, con delicadeza de amiga y le guiñó un ojo. La niña también sonrió primero y a continuación se le soltaron una serie de hipidos ahogados en el pecho y la garganta como queriendo contener el llanto. Antes de rezar todo el rosario comenzó a reírse de verdad. Una compañera se enfadó con ella.
            ─Mira que eres mala, María Luisa. Con lo que está cayendo y te pones a reír. ¿No te da na, viendo como lloran estas niñas?


            ─¿Queréis que recemos el rosario o que cantemos que llueva que llueva? ─preguntó Micaela Miranda. María Luisa comenzó a cantar:
                                    ¡Que llueva que llueva, la virgen de la cueva,
                                    los pajaritos cantan, las nubes se levantan!
            Como la acompañara de inmediato la voz de la maestra, otras niñas se sumaron al coro para desafiar la tempestad.
                                   ¡Que sí! ¡Que no! ¡Que llueva a chaparrón!
                                   ¡Que quiebre los cristales de la estación!
            Duró más la tormenta que el repertorio de canciones infantiles que sabía Micaela Miranda, pero casi todos los padres y madres fueron a la escuela con paraguas, impermeables y prendas de vestir grandotas a recoger a sus hijas. Gracias al diluvio, aquella tarde la clase terminó antes de tiempo.  

Al quedarse sola, el granizo ya no caía; los truenos dejaron de oírse y los relámpagos de verse. Pero seguía lloviendo y Micaela Miranda se puso triste de pronto. Le entró una tristeza sin pena que la llevó a recordar a doña Carmen Ruz en su exilio. No había vuelto a saber de ella, ni de su esposo el pedagogo y político Eloy Vaquero. Recordó con nostalgia a doña Carmen Ruz porque con ella vivió una tarde de tormenta parecida. Ella fue quien le enseñó el truco de entretener a los niños que se asustan con los relámpagos y los truenos. Cantaban canciones divertidas y hasta pedían a los alumnos que supieran a que contasen chistes. Pero ahora la lluvia seguía cayendo despacio y ella ignoraba el paradero de los exiliados. Se sentía triste porque la lluvia y la soledad son una buena yunta para arrastrar las almas sentimentales y conducirlas a la añoranza, a la ternura, a los deseos y los sueños que se viven fuera del tiempo. La melancolía le hizo también desear que su madre estuviera a su lado y poder abrazarla. 


Ella escribía a su madre todas las semanas una carta pero Trini no lo hacía con la misma regularidad. Se pasaba un mes y no le enviaba noticias de su estado, ni le contaba nada de cómo vivía, aunque Micaela Miranda no tuviera que hacer esfuerzos de imaginación para recordarla igual que la dejó al venir. Su madre se acordaría de ella pero era una mujer descuidada para los afectos; creyente y compasiva y buena madre que nunca le hizo daño, que la cuidó bien y quería a su esposo, pese a ser tan distinto. Eran muy distintos de carácter sus padres pero Trini se vio desangelada al saber que Marcelo había muerto. Se vistió de luto, y al poco de estar en La Carlota ya no hablaba de él ni lloraba su desamparo. Buscó trabajo para seguir viviendo y soportó las penurias como si nada, con la paciencia translúcida que le otorgaba su fe. Podía pasarse un mes sin escribir a su hija con la tranquilidad en el corazón de que nada malo le ocurriría. Micaela Miranda le achacaba casi siempre sus largos silencios, le costaba entenderlos y admitirlos, por eso, cuando recibía carta de su madre, se estaba tres días sin salir a la calle nada más que a lo preciso. Se ponía a escribirle de seguido y después repasaba todas sus cartas anteriores, saboreándolas con placer porque su madre escribía siempre sin asomo de dolor ni lamentaciones. Las releía como agarrándose al vínculo febril y débil y amenazado por las vicisitudes que pudiera romperse por el vacío de palabras. Después de su madre, ¿qué le quedaba de consistencia y perecedero? No se fiaba de los deseos de los otros. No quería creer en los sueños de los demás. Tenía grabada una incertidumbre en el pensamiento: la sospecha oclusiva de que el amor le dañaría más en su situación que felicidad pudiera obtener de compartirlo. Porque ella sabía que el amor le rondaba el cuerpo y le solicitaba el corazón.

*Era una casa-escuela y la maestra vivía allí, sola. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Curiosidad de la memoria




Cuando estalló la guerra su padre viudo y su hermano de 15 años estaban en un melonar, cerca de Andújar. Los dos eran analfabetos. Y muy pobres. También pobres de espíritu, como se entiende con esa frase de raigambre y hechura confortativas. Ella, huerfanita, vivía en Talbania con unos primos mientras tanto, y no supo más de ellos hasta pasados los tres años de enfrentamiento civil. Cada lugar quedó en una zona de distinto color. El rojo y el azul. Ella apenas lloraba; solamente, cuando alguien le recordaba la posible existencia de sus dos familiares, sentía la desolación de su adolescencia prestada. Casi tres años enteros sin saber de ellos. Los sentía cercanos, pero también los daba por perdidos.
Esto no es una leyenda, ni ejemplar ni maniquea ni tristemente heroica. Es un suceso más de aquella España que es menester seguir rememorando para que nuestros antepasados, por humildes y analfabetos, vencedores con miedo y anónimos derrotados, retornen a las conversaciones con sentido.

domingo, 22 de enero de 2012

Antonio Sillero Espinar, Miracielos*



De Las marcas del chacal (fragmento)



*Antonio Sillero Espinar, llamado Miracielos, fue hermano de José Sillero, conocido por Piturri, y padre de Angelita la del Fachi, (q.e.p.d.)

Dedicado a quien fue su amigo José Gutiérrez España, El Cartero



─Le hice una pregunta que no me respondió, capitán ─continuó Belarmino─. Pero ya no tiene importancia; era sobre la cosecha de aceituna. Ahora sí quiero que me responda a la siguiente. Usted sabe que yo en política soy, como se suele decir aquí en Talbania, un boquiabierto, ¿me comprende? Pero dadas las circunstancias actuales, estas de vencedores y vencidos que tanto alardea el nuevo régimen que usted contribuyó a instaurar, me sorprende que Manuel de Prado y usted sean amigos, quiero decir que hasta se den bromas sobre la guerra, como he comprobado hace un momento.
Fue, sin detenimiento, Manuel de Prado quien habló primero.
─Pese a la diferencia de edad nos llevamos bien desde siempre. A este, como se fue quedando sin amigos porque todos se casaron antes que él, buscaba compañía entre los más jóvenes y hubo un tiempo en que tuvo que pegarse a mi pandilla. No sé si sabes que Moisés no buscaba novia: la tenía ya y estaba esperando que creciera, ¿lo sabía usted, Belarmino?
─Sí, lo sé. Me lo contó él mismo. Gran fortuna la suya…
 ─De modo que después de perder la guerra no me pareció sensato perder también su amistad. No sé si hubiera seguido siendo un represor, como otros…, lo que seríamos ahora. Pero está aquí. Él vino en mi busca y me echó una buena mano cuando me detuvieron. Esto tiene un gran valor para mí, irrenunciable, como las mismas ideas republicanas que ahora no puedo manifestar.
─Pues ¿sabes, Belarmino? ─intervino el capitán Cañete─ y oiga usted también esto, señorita. Puede interesarle para que lo cuente a sus alumnas. Pese a haber ganado en la guerra, me ha quedado un gran desgarro, una pérdida inolvidable. En una guerra comprenderéis que se pierde mucho, aunque la ganes al final. Se pierden muchos amigos y grandes compañeros de armas. Pero ninguno tan dolido por mí como lo sigue siendo Antonio Sillero Espinar. Manuel lo conoció antes de irnos al ejército. Era un amigo de verdad, de los de la infancia, de esos con los que te crece el afecto a medida que el tiempo te va transformando en joven y luego te hace responsable de tu comportamiento. Antonio y yo éramos buenos amigos y, llegado el momento crítico, cada uno de los dos fuimos responsables de nuestras decisiones. Él permaneció fiel a la República y yo fui leal a mí mismo. Esta es la diferencia de su mérito: el altruismo para con su país contra mi interés personal, ¿comprendéis? Éramos buenos amigos incluso con las ideas contrarias. De cualquier modo, y Manuel lo sabe bien, ninguno de los dos teníamos el criterio político desarrollado mucho más allá de lo que el sentido de la justicia nos hacía comprender. No teníamos propiamente ambición política, y lo que hizo que cada uno cayésemos en lados contrarios fue la honestidad. Para mí es fácil decirlo ahora, pero quiero que comprendáis que si lo digo ante vosotros no es para ganarme un aplauso, sino en honor de mi amigo Antonio, que fue un hombre íntegro. Él fue un hombre honesto a la hora de escoger, y sabíamos que cualquier decisión nos podía llevar a la muerte por el mismo camino. Si preguntáis por él, no solamente os dirán que fue valiente y honesto hasta morir por una causa; os dirán también que su bondad resplandecía hasta en su manera de andar y de mirar.
─¿Cómo murió? ─preguntó Micaela Miranda.
─Luchando. Defendiendo Madrid. En aquel terrorífico mes de noviembre del treinta y seis en que Madrid estuvo cerca de caer. Era sargento. Murieron junto a él, en la misma campaña, otros siete paisanos nuestros y, los que sobrevivieron, cuentan que fue un luchador valiente y honrado hasta la médula. Uno de esos mandos que infunden a la tropa la confianza y el coraje necesario para atacar sin miedo, y si les alcanza una bala mueren con el mismo orgullo con que defienden sus ideas y su patria. Yo no lo olvidaré. Le llamaban Miracielos. ¿No os parece un sobrenombre hermoso?
Se callaron los cuatro. Continuaban andando despacio y el dorado sol de poniente teñía las lomas peladas de sombras reverenciales, oscuras de color sobre los cerros y luminosas nubes bajas en el horizonte, creando una imagen sensorial y lejana que pudiera equipararse a la evocación de Miracielos que había hecho el capitán Cañete. En la taberna de Joaquín los invitó a un refresco. (...) El tabernero les sacó un velador de madera y las sillas a la puerta. El gozo de la vida presente palpitaba sereno en el corazón de Micaela Miranda y le traía a la memoria el recuerdo abatido de su padre. Era como una tristeza balsámica lo que sentía en esos momentos, tras reconocer la empatía por la que esos dos hombres, ricos y poderosos a su manera, podían seguir compartiendo el tiempo y la amistad y la sencillez sin menoscabo de lo que habían perdido: uno, una guerra; el otro, un amigo. 

viernes, 23 de diciembre de 2011

MÁS QUE CARNE VIOLADA


De Las marcas del chacal
(Fragmento)

            A mi madre la repudiaron sus padres por haberse quedado embarazada antes de casarse. Era tan inocente como buena lo fue siempre. En su vejez aún nos decía no haber sentido nunca nada satisfactorio en la cama con su marido. Era tan confiada como inocente y buena a sus dieciocho años, cuando le sucedió aquello y se defendía diciendo que ella no había hecho nada malo para estar así, que solo había sentido dolor. Pensaba que, porque le hubiera dolido, no iba a tener efecto lo que su novio le había hecho. Mis padres eran todavía novios y, como jornaleros del campo, estaban de asiento en un cortijo que se llama La Laza para la recogida de la aceituna. Las cuadrillas, formadas por familias enteras, se trasladaban al cortijo y vivían allí mientras durase la recolección. Los matrimonios dormían juntos en una habitación grande, toda corrida, y solamente separaban, para preservar con decencia la intimidad de la noche, el espacio de cada cama con toldos o con sacos de yute cosidos unos a otros. Los hombres solteros también arrejuntados todos en otro cobertizo; las solteras asimismo dormían aparte en un cubículo adecentado para tal propósito. Los matrimonios se oían unos a otros sus trapicheos amorosos, controlando el pudor bajo las mantas lo más posible aunque de nada sirviese; todo quedaba sabido al día siguiente: quién había montado esa noche y cuántas veces. Era la comidilla general que mantenía vivo el ingenio y la alegría de las jornaleras dobladas bajo el olivo, recogiendo la aceituna en cuclillas. Aunque fuese de mentirijilla, cualquiera de ellas era buena para delatar socarronamente que fulana había sido beneficiada esa noche por su esposo tres veces. Las solteras seguían la broma con picardía y hasta con determinada envidia. Los mozuelos, por la noche, al estar visibles unos de otros en sus jergones de paja sobre el suelo, pero vigorosos y arrogantes pese a la dura jornada de varear olivos, repuestos por un buen plato de lentejas con morcilla, se engallaban con sus órganos genitales en la mano y hasta apostaban a ver quien conseguía llegar más lejos o subir más alto el chorro de su engreimiento viril. Estas delicias no pasaban, por lo común, a formar parte de las conversaciones del día siguiente, ni en el tajo ni durante las comidas, ya que ambas operaciones, la obligatoria y la necesaria, se realizaban en camaradería, con toda la cuadrilla a la escucha de chanzas y disparates. No se tenía a bien que se hablase de esas cosas delante de las mujeres y los chiquillos. Las chavalas, igualmente joviales, se acostaban haciendo travesuras entre ellas, exponiendo sus apetencias o sus sueños con tal o cual muchacho, ya fuese novio suyo o pretendiente o deseado. Siempre había quien contara chistes verdes para hacer reír a las demás, pero eso era todo. Si alguna se masturbaba lo hacía con la lentitud y la cautela y la complicidad de la oscuridad.
            En aquella aceituna de La Laza del año 37 mi padre estaba con sus hermanos en la cuadrilla, pero mi madre había ido sola, ya que era la única mujer de la casa. Mi abuelo tenía un taller de herrería en el que trabajaban sus hijos varones y no podía descuidarlo; conque mi abuela se quedaba en casa para hacer las debidas atenciones de la familia.
            Los días de lluvia que impedían la recogida de aceituna, los chavales y chavalas organizaban por la noche el baile de la cuchara. Si acaso había alguien en la cuadrilla que tuviese una guitarra y la tocara malamente haciendo chacarán chacarán para el acompañamiento, pero el ritmo lo marcaba la persona, joven o mayor, que tuviese mejor sentido musical dando golpecitos con una cuchara sobre una sartén grande o un cajón de madera. De tal percusión salían boleros y pasodobles que siempre había quien tuviese buena voz y supiese la letra entera y la cantaba. El baile era ya una bullaranga de policromía olivarera y una algarabía en la que la sensualidad rompía los límites del amor cortés, y hasta se sobrepasaba el amor ordinario, pues lo mismo formaban pareja dos mujeres, cuyos maridos se habían quedado jugando a las cartas, que una madre con su hijo para enseñarlo a bailar, o una parejita de niños que por en medio de todos iban topeteando como bolas de billar borrachas, a la deriva. Entre la chavalería sí se trincaban las parejas más adecuadas: los que eran novios, hacían como novios, y los que no lo eran se figuraban serlo con el mismo gozo y desenvoltura. Mis padres, como eran novios formales, bailaban agarraditos sin temor a que los vigilase algún familiar mayor. En el trasiego de uno de esos bailes, exaltado y fogoso e impulsivo, mi padre cogió de la mano a mi madre y sin decirle a dónde iban se salieron del baile con disimulo. «¿A dónde me llevas, Santi?» «Sígueme. No te preocupes, tonta. No seas miedosa». La llevó al pajar y allí la violó por primera vez. Sí, mi madre nos contaba siempre que la primera vez que lo hicieron fue allí en el pajar de La Laza y contra su voluntad. Fue también la primera vez que le pegó. Sin querer llamar la atención, sin dar voces ni gritar, ella se resistía pero mi padre la tumbó de un guantazo y ya no tuvo más remedio que dejarse subir el refajo y bajar los calzones y las bragas. Le bajó las bragas con las manos huesudas y ávidas y torpes de un ansioso, mientras ella contenía las lágrimas y soportó la embestida animal. Después de aquello, la usaba cada vez que a él le apetecía, ya estuvieran en el cortijo o en el pueblo cualquier noche o día de fiesta.
            Aun siendo joven, mi padre ya tenía fama en el pueblo de ser demasiado grosero en sus maneras, de formar gresca con los demás y en los tajos por cualquier motivo. Se le achacaba de no tener asentada la cabeza. Era alto y fuerte, rubio y con el pelo ondulado, tan atractivo en su juventud como provocador y jaranero. Por eso tampoco mis abuelos preferían a mi padre para yerno y despacharon a mi madre de la casa cuando supieron que estaba encinta. Le gritaron que era un balilla que no sabría cuidarla, que era un marrajo y un holgazán. Pero lo que más les dolía a mis abuelos era la situación moral de tener en su casa una mujer preñada siendo soltera. Eso suponía ponerse en entredicho su honradez ante toda la gente normal de Talbania. Un desprecio que todos los vecinos les restregarían con indiferencia y malicia. Que ya les restregaban como si ellos mismos hubiesen cometido el delito mayor que nos está prohibido por decencia. En las comidas, el padre hacía trozos del pan con su navaja y los repartía entre los hijos. Era costumbre ancestral que el padre tuviera el pan en su regazo durante las comidas; él lo distribuía con la equidad necesaria según edades y trabajos que tuviera cada uno. Desde el día que supieron de su indeseable estado, a mi madre se le negó su trozo de pan. Le hicieron todos los feos posibles para que soportara la vergüenza que había caído sobre la familia. Aunque mi abuela se opuso a la decisión que tomó mi abuelo, tabicaron por dentro la puerta de una habitación que daba a la calle y de la ventana hicieron la puerta para entrar. Allí la destinaron, sola, con lo mínimo para sobrellevar la carga y la vergüenza y el dolor: un camastro, una mesita con la silla baja, un espejito colgado de una alcayata y una escupidera y un cubo de agua para su higiene. Poco más. Le impidieron que para nada entrase por la puerta principal de la casa. No querían ni verla.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Inhabilitación y destierro de Micaela Miranda



De Las marcas del chacal (fagmento)

Recién titulada para ejercer el magisterio comenzó la carrera profesional de Micaela Miranda. No estaba la escuela muy lejos del centro de Córdoba pero sí algo retirada de su barrio. Ella vivía en el Alcázar Viejo y hacía el recorrido diario en bicicleta, llaneando por la ribera del río hasta llegar a Puerta Nueva y de ahí, pasando por la Mag­dalena, estaba en su lugar de trabajo con determinada facilidad.
            ─¿Vendrás cansada, verdad hija?
            ─Cansada pero contenta, madre. Cada mañana me sorprendo al llegar. Y cada día que paso allí me siento más satisfecha con mi trabajo.
            Aunque de corta duración, la Escuela al Aire Libre del Arroyo de San Lorenzo fue su primera y más grata experiencia de docente. Nada tenía que ver aquel centro escolar con el cuchitril húmedo y encajonado, sin patio de recreo, donde ella estuvo de niña y tantas escuelas agobiantes e insalubres que quedaban todavía en Córdoba.
            ─Pues mira que el sueldo no es como para tirar cohetes.
─Sí. El sueldo. Pero aquel lugar es amplio y se está muy a gusto allí. Te cuento, para que veas la diferencia. El espacio cubierto para las aulas se alumbra y se ventila con grandes ventanales, ¿sabes?, y la mayor parte de todo está descubierto y sembrado de jardín.
─¿Jardín? ¿Cómo en las escuelas de los ricos?
─Un jardincito, sí, pero no muy grande, ya comprendes. Es más amplio el huerto, donde los niños trabajan y aprenden cómo se crían los rábanos, por ejemplo. Les enseñamos a preparar la tierra, a poner las semillas y todo lo demás. La mayor parte de la escuela está dedicada a zona de recreo y ahí damos las clases los días permisibles. En el centro del recreo hay una alberca y un pozo. ¿Sabes cómo es una bomba de agua? Pues con esa bomba sacamos el agua del pozo y llenamos la alberca, y por una tubería conduce el agua a los retretes y lavabos. ¿Te imaginas una escuela para niños de obreros con retretes y con lavabos?
La expectación de la madre era tal vez mayor que el entusiasmo que Micaela Miranda ponía en sus explicaciones.
─En medio del huerto se ha emplazado una fuente rústica de agua potable, para que veas, madre, con un surtidor donde los alumnos se acercan a beber cuando se sienten cansados o sudorosos. ¿No te parece maravilloso?
A su madre le parecían bien todos esos adelantos y comodidades, pero no se guardaba los refunfuños al confirmarle que en las escuelas de Eloy Vaquero, «ese anticlerical y masón de Zapatones», gruñía, no se daba religión católica a los niños.
─Sí, madre, pero un día de cada semana llevamos a los alumnos de excursión, a ver los monumentos de Córdoba, los parques, el Soto de la Albolafia, y otros campos cercanos. Y además está prohibida la violencia entre alumnos, y mucho más estricto es que los maestros podamos pegarles.  
Don Eloy Vaquero Cantillo había dedicado todo un verano a viajar por Europa, por los países más adelantados y civilizados de Europa, que han sido siempre los mismos, y luego vertió su experiencia adquirida sobre las escuelas al aire libre en varias conferencias y después en un libro, le había contado su padre a Micaela Miranda.
─Se considera a sí mismo un maestro de acción, ave rara en la tierra, que dijera Juvenal en latín, si hoy en día nos ponemos a buscarlos. ─A Marcelo Miranda le gustaba usar el tono sublime cuando se trataba de ponderar la instrucción pública y a los pedagogos renovadores. Su vocación de maestro por la enseñanza laica, que propugna las escuelas sin crucifijos en las paredes ni escapularios colgados al cuello de los niños, como marca de borreguismo, le afirmaba a su hija, y el contacto de los alumnos con la naturaleza, le hizo sentir admi­ración por las prácticas de don Eloy. Se conocían desde antes de que el pedagogo innovador se dedicase por entero a la política. Orgulloso de sí y de lo que su hija pudiera ser en el magisterio, le contaba─: Se ha gloriado de una máxima que desmiente de modo radical el añejo exabrupto de que la letra con sangre entra, tan castizo y español como inútil para el aprendizaje de un niño. Su lema contrapuesto y alternativo es: enseñar deleitando. ¿Verdad que es admirable, hija? Es un maestro admirable que ha comprendido la didáctica de la enseñanza activa y la practica. Lástima que le haya picado el gusanillo de la política tan fuerte. Por un alcalde mediano, que puede serlo cualquiera, hemos perdido el mejor maestro.  
─Doña Carmen, su esposa, a la que parece que le he caído bien, considera que tiene una vocación imbricada en la poesía del espíritu. Pienso que es una consideración laudable. Que el individuo debe aprender por sí mismo pero en relación con sus congéneres y absorber los dones de la madre naturaleza.
El primer principio de las escuelas al aire libre que creó Eloy Vaquero en Córdoba para hijos de obreros ya suponía un refrigerio contra las tradiciones: la educación conjunta de niños de ambos sexos. El laicismo y la experiencia no sexista como instrumento fundamental para la salud del cuerpo y de la mente.
(...)
              ─La Escuela al Aire Libre contribuirá a formar caracteres recios, hija; alumnos bien templados, enemigos de todo lo que es bajo y mezquino. Personas que gozarán de la plenitud de sus facultades y saldrán en condiciones de dar libre vuelo a su inteligencia.
Esa era la virtud que él difundía en sus clases, apenas se lo permitió la legalidad y fue la misma con la que instruyó a su hija al objeto de que siguiese su profesión. Marcelo Miranda no tuvo hijos varones, mas no fue un impedimento ni se amilanó en nada para dedicarle a su hija el amor por la ense­ñanza libre y por la superación de las costumbres bárbaras. Se deleitaba hasta el tópico, cuando le explicaba con paciencia y aspiración de filósofo aficionado, que la Iglesia y el caci­quismo habían infestado en la voluntad vulnerable del pueblo español las costumbres bárbaras y el temor a Dios. Aseguraba que esa era la ideología del poder y que la imponía con el objeto de anular la capacidad de discernimiento sobre el atraso secular del país. Le gustaba a Marcelo crecerse y oírse las palabras cuando le hablaba a su hija con una convicción fehaciente, casi apostólica, fervorosa. «Eliminada la obcecada influencia de la Iglesia en la instrucción pública», le repetía su discurso tremendo, «los niños y las personas mayores sanarán de sus mentes todas las supersticiones y miedos ante los descubrimientos de la ciencia, que es la ma­dre de todo conocimiento». Micaela Miranda escuchaba sin malicia las reiteradas alocu­ciones pasionales de su padre. Las comprendía con el comedimiento que solía poner ante sus enraizadas convicciones y las hizo suyas, pero ya no ne­cesitaba muchas más explicaciones básicas, ni del proselitismo militante para percibir el valor de la enseñanza sin prejuicios. Le bastaba la sensibilidad personal y el orgullo heredado. Entró de la mano de su pa­dre al servicio de doña Carmen Ruz y le abrió las puertas a la felicidad entre la penuria de su tiempo y las agitaciones de la calle que llegaban hasta la casa paterna. La madre no compartía ni por asomo las ideas y la militancia del esposo con redaños de anarquismo, porque era creyente y consideraba un despropósito hacer sarcasmos de Dios. Aunque los dijera con la delicadeza de enseñarle a la hija el camino que él considerara adecuado para ser maestra de escuela. «Harás de la niña una atea como tú, Marcelo, pero no olvides que nos casamos por la iglesia con la bendición de Dios, y un respeto hay que tenerle a la bendición de Dios, vamos, digo yo, si no ¿cómo se iba a sustentar, cómo iba a perdurar esta unión nuestra, y cómo iba a estar yo tranquila conociendo tus idealismos, tus idas y venidas a reuniones sospechosas por las noches, que vete a saber en lo que pararán un día, sino fuese porque Dios nos protege?» «Dios nos protege, según tú crees; pues bendito sea Dios. Pero la Iglesia mientras tanto, con sus aberraciones, su poder y su enviciado tronco por la manipulación, nos deja con el culo al aire. Nos intimida, nos prohíbe la facultad intelectual de no creer en Dios único y trino. Ese concepto indescifrable. Eso tampoco es justo, mujer».
No duró mucho la alegría y la profesión a Micaela Miranda. Córdoba cayó pronto en manos del ejército faccioso que dio al traste con la República y con tantos proyectos humanos, y apenas comenzó la guerra civil aquellas escuelas fueron clausuradas y ella inhabi­litada para la enseñanza pública. Le temblaron las manos al coger el sobre timbrado con el nombre de Gobierno Civil de Córdoba, Comisión Depuradora de Enseñanza, y le fueron temblando después las piernas al abrirlo y leer el Pliego de Cargos que se formula contra la maestra de la llamada Escuela al Aire Libre, doña Micaela Miranda Ortiz, y que deberá resolver esta Comisión. Dejó de leer un momento porque le faltaba el aire. No quiso llamar a su madre ni mostrarle el amenazador aviso del Gobierno Civil. Nada menos que la temible Comisión Depuradora de Enseñanza, que actuaba bajo el dictamen de los que habían ganado a Córdoba para la rebelión de los militares, la llamaba a careo, la imputaba en su oficio. Respiró profundo para controlar las pulsaciones agitadas de su corazón pero no pudo contener los nervios ni el temblar de manos y de piernas. Tenía que saber al menos de qué se la acusaba y volvió a respirar tres veces antes de leer los cargos: Desobedecer las órdenes de presentarse a las autoridades de Córdoba durante el asedio; manifestar ideología izquierdista; haber hecho propaganda a favor de la causa roja; orientar la enseñanza en sentido izquierdista, enseñando a los niños y a las niñas conceptos inmorales; haber arremetido en la escuela contra los ideales de Religión, Patria y Moral.
Aun sin perder la ira se fue quedando más tranquila mientras leía los cargos porque con casi todo estaba de acuerdo. Entonces comprendió que si por eso se le quitan a una maestra sus atribuciones, qué no sería de aquellos que defendieron con uñas y dientes los valores fundamentales de la República. Pero ¿cómo se iba a presentar voluntariamente ante las autoridades rebeldes que estaban asesinando a tanta gente? La envolvió la pena al comprobar en su conciencia el efecto real de quedarse sin trabajo, sin escuela… Asumida la evidencia, se lo comunicó a su padre, quien no mostró ni un gesto de sorpresa viendo lo que estaba ocurriendo en la calle y en el cementerio cada madrugada. Amargo y prudente se calló para no dar motivos de justificaciones a su mujer y se desahogó dando un fuerte golpe en la mesa con el puño cerrado. Padre e hija se miraron con tristeza, se acariciaron porque sabían que una caricia consuela más que las palabras sin futuro. Casi sin hablar redactaron un pliego de descargo diciendo en primer término que no se había presentado a las autoridades porque no se enteró a tiempo, que estaba enferma esos días y cuando se enteró mandó a su madre en su lugar. Se defendieron también de que en la escuela se limitaba a impartir los programas de docencia establecidos por la dirección y que era falso que a los niños se les inculcara nada inmoral ni antipatriótico ni de ideas izquierdistas, sino laicas. Pusieron otras razones a sabiendas de que no iban a ser leídas siquiera. Se limitaron a enviar el pliego de descargo a la tenebrosa e impasible Comisión Depuradora de Primera Enseñanza de Córdoba y procuraron resignarse primero y guardarse las espaldas de ahora en adelante.
De poco les sirvió las precauciones a tener en cuenta. Aquella misma noche, Marcelo Miranda corrió peor suerte cuando las huestes del comandante Zurdo, que disponía para matar a todo el que no aceptara la rebelión militar, fueron a por él y se lo llevaron a la fuerza. Entraron a la casa como chacales por una presa indefensa. Ni lo encarcelaron ni lo sometieron a juicio. Abando­naron su cadáver al pie de las tapias del cementerio de La Salud, muy cerquita de la casa donde vivían. Eloy Vaquero, acompañado de doña Carmen, dio con sus empeños en el exilio.

Las marcas del chacal es la primera novela escrita por el autor de este blog. 
Inédita. Sucesivamente se irán colgando algunos fragmentos de capítulos.
Narra la vida desterrada de una maestra de escuela en Talbania durante posguerra,
acosada sexualmente por el alcalde, observada inquisitorialmente por el cura y las beatas, y calumniada al fin por ejercer su libertad personal en la docencia y con el novio 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Toribio de Salces, el primero de la estirpe




Sus padres se llamaron Pedro de Salces y María García. A principios del siglo XVII Reinosa pertenecía del Arzobispado de Burgos, pero ahora es una hermosa ciudad del sur de Cantabria, por donde el río Ebro pasa creciendo en armonías y verdes rutilantes. Allí, en Reinosa, nació también Toribio, luego vecino de Montalbán al casarse con Juana María de Quadra el 17 de febrero de 1658. Este es el primer Salces de la ascendencia de mi abuelo Juan Luciano Salces de la Cruz, “Juan el de la Recua”, padre de Ángel “El Recovero” y de cuatro hijos más.

Pero los datos obtenidos por el genealogista Francis Morales (Mis páginas de genealogía, http://mis_paginas.pagesperso-orange.fr/) nos dicen que ya en 1612 se registró en Montalbán el matrimonio entre Alonso de Salces y de Brígida de Lucena, probablemente parientes de Toribio de Salces, mas cuya rama descendiente sigue por cauces de familias distintas.

Dicen los anales de la historia que Montalbán, en 1530, tenía un total de 586 pobladores; que en 1603 Felipe III creó el Marquesado de Montalbán para favorecer a uno de sus súbditos llamado Pedro Fernández de Córdoba-Figueroa. Esa denominación de marquesado favorecería, probablemente, la llegada de nuevos pobladores foráneos para cultivar el cerro de greda y bujeo mediante la agricultura de subsistencia y sujeta al diezmo.

Pero son escasos los datos históricos del siglo XVII que nos digan cómo se desenvolvía Montalbán en el ámbito de la economía y cuáles las vivencias de sus pobladores; cómo y de qué colores las estampas sociales que nos dieran razón de su memoria. ¿Qué condiciones de subsistencia y acogida hallaría aquel viajero Toribio de Salces y García, al llegar a este lugar desde el Reino de la Osa? ¡Cómo me gustaría haberlo visto llegar desde tan lejos! ¿Con qué motivos, con qué heridas, con qué esperanzas ofrecería sus manos y para qué trabajos con que poder vivir de isla en isla hasta procrearme a mí?

Pero es hermoso, pese al imperio de la ignorancia, ver su nombre y el de sus hijos (Juan de Salces, padre de Martín de Salces, padre de Juan de Salces, padre de Alonso Felipe de Salces, padre de Juan de Salces, padre de Antonio Nemesio de Salces, padre de Juan Luciano Salces de la Cruz…) y sus fechas ciertas extraídas de los libros antiguos, y figurarse sus cuerpos atropellados y con los ojos abiertos mirando estas campiñas y los arroyos secos. Sí, hermoso es sentir sensaciones perdidas y legibles de nuestros ancestros extranjeros, como la que ahora me sobrecoge. Una sensación de amor debido que rasguña mis ojos y que mi pensamiento quisiera convertir en realidad palpable y explicable, abrazable como si se tratara del encuentro con un antiguo familiar que vuelve de países remotos y quisieras preguntarle qué sé yo de cosas de la vida.

lunes, 29 de agosto de 2011

Vacacionales. VIII

Evocación de una "enemistad" fraterna, la de Pereda y Galdós


Y junto a la cajiga de alimonando temple castellano y su color de sombra o ámbar, el laurel sempiterno, de manos de Pereda y de Galdós plantado, demiurgos de Atenas en Cantabria, sembrado aquellos tiempos y elevándose aún, leve rumor de estío, semillas por el suelo, sabor de tierra rancia, olor de dioses paganos, mudez de verso anchísimo entre montes.

            Los dos mirando al campo, tal vez hay un río desnudo entre los árboles del valle, quietud de hermanos dispares que en el cielo se dan la mano amiga, con naturalidad de brisa. Imperceptiblemente se rozan y se dejan de rozar por el juego del viento en sus alturas. La cajiga y el laurel se buscan, se separan como el hombre y el dios de Miguel Ángel en la creación de la Capilla Sixtina.

            José María Pereda; Benito Pérez Galdos; aquí en Polanco, monumental presencia de los árboles junto a la piedra tallada, modelada, humanizada para que yo lo supiera. Y que tú no lo olvides.

            Una campana humilde da las doce y media del mediodía mientras contemplo, siento, recuerdo y anoto. Campanada imprevisible ―¿ya son las doce y media?―, inesperada, anunciadora no obstante para el vermut rosado en el Bar Resquerín ―eso fue entonces, cuando ellos―, esa reliquia de casa, primor limpísimo, pintoresco palacete, brillante en la soleada humedad de hoy, donde ayer, entonces, aquellos dos genios bebieron, riñeron y rieron después de haber plantado el laurel al lado de la cajiga vieja.

lunes, 22 de agosto de 2011

Hallazgo. Jesús Cancio, Poeta del Mar



1


En Polanco
el día que llegué
se me ha perdido algo,

algo de la memoria
transmigrante, un árbol
del mar ciego, su poeta
cántabro,

qué he perdido en Polanco,


qué me hallé
por sus calles anónimas, silencio, paz, despacio,
piedras florales, casas
diciéndome que antaño
murió un poeta ciego,
de su mar desterrado


2


Me hallé en la estancia verde, evanescente,
del placer, la inquietud, su quebranto,
sin saber que existiera
la soledad de un árbol
que, antiguo, ha resistido
para darme la luz en un abrazo


Me quedaré en Polanco,
calmo de espíritu,
pueblo de espíritus calmos,
me quedaré a respirar
la penúltima vida, oscura en lecho blanco
que segada viviera
Jesús Cancio


18-20 de agosto de 2011


Jesús Cancio. De su libro Bronces de mi costa.




Pobres de los ahogados,
de los hundidos en la niebla inmensa,
en la ancha tumba anónima
sin una cruz ni una cordial leyenda,
Pobres de los ahogados,
día y noche rodando por la arena
sin una mano amiga
que les cierre los ojos y les prenda
en el hinchado pecho
la cruz que lleva a Dios al que la ostenta.
Pobres de los ahogados,
día y noche rodando entre las peñas
al empujón sin alma
de resacas, corrientes y mareas.
Señor, si los dejaste
a merced de la trágica galerna,
concédeles al menos,
en un gesto, no más, de tu clemencia
que descansen en paz bajo unas flores
igual que sus hermanos de la tierra.

domingo, 21 de agosto de 2011

Vacacionales. V

A la memoria de Jesús Cancio, Poeta del Mar
(Comillas, 1885-Polanco, 23 de agosto de 1961)


Cada 20 de agosto el matrimonio vuelve de Madrid a visitar el pueblo de sus padres. Traen sus dos hijas rubias ya mocitas, un gran ramo de flores y cinco avemarías. Tienen su hermosa casa aquí en el pueblo de la montaña, una casa heredada, registrada, reformada de piedras trabajadas y maderas nobles y cercada a cal y canto. La casa, como el coche del que se bajan y ellos mismos, sus gestos aprendidos, sus miradas de vuelo rasante, luce la ostentación y el poderío recaudado allá en Madrid. Acrecentado probablemente desde su juventud de abogados sin tacha, o constructores impolutos, o acendrados artistas de primera, o médicos sin vergüenza ni respeto por las personas que de verdad padecen y pagan la Seguridad Social. Tal vez no sean más que unos de tantos altos administrativos leales a su trabajo y dignos en su profesión. De cualquier modo, todos los 20 de agosto vuelven orgullosos, silenciosos, paradójicamente huidizos, a su rica casa del pueblo que les vio nacer.

La casa, su belleza hasta en las altas verjas que la guardan, es céntrica y respetada por todos los del lugar, aunque ellos, el matrimonio de Madrid, ya no conocen a nadie y con casi nadie se saludan. Las miradas altamente distantes; tal vez las sonrisas las guarden, o se les acabaran, viendo el Intermedio del Gran Wyoming, su programa más odiado de la televisión. Sí, la casa está cerquita de la iglesia colegiata sustentada sobre sillares y recubierta de moho y musgo oscuro que hacen de las piedras y la torre aún más venerables: delgados ventanales de colores, su primoroso retablo dentro, y ahí, en el costado izquierdo del templo, a la vista del mundo mundanal, intocable y erguido y ofendedor del tiempo transcurrido y ocurriendo, el monumento facha, franquista, victorioso. La gran cruz y, debajo, los nombres grabados con el odio endémico de aquel cincel.

A eso viene el cauteloso matrimonio de Madrid con sus hijas rubias y bonitas, con su ramo de rosas y sus avemarías entre dientes y resentido orgullo: a rezar y volver a exaltar sus Caídos por Dios y por la Patria…

jueves, 18 de agosto de 2011

Setenta y cinco años del crimen, en su Granada, y sin pedir perdón



a un hombre que cantaba estas cosas:

  
EROS CON BASTÓN – Serenata
 
 Por las orillas del río
se está la noche mojando
y en los pechos de Lolita
se mueren de amor los ramos.
 
Se mueren de amor los ramos.
 La noche canta desnuda
sobre los puentes de marzo.
Lolita lava su cuerpo
con agua salobre y nardos.

Se mueren de amor los ramos.

La noche de anís y plata
relumbra por los tejados.
Plata de arroyos y espejos,
anís de tus muslos blancos.

Se mueren de amor los ramos.

   Federico García Lorca

miércoles, 17 de agosto de 2011

Notas de un vacacionero en la humedad. III

Se vuelve uno a enamorar infelizmente y ves que la belleza que te absorbe, esta belleza externamente en paz de piedras y paisaje, de casas y de árboles que abstraen del espíritu su intensa curiosidad, su pena y su tormento, esta belleza, oh dios de los Aqueos, está manipulada, poseída, pisoteada por sus pobladores, nido de víboras insomnes que ofenden la memoria de mis ojos.

Lo contaré otro momento en que no me domine el asco a la Iglesia, sus hombres y mujeres, sus religiones dueñas del retiro que sueño, su obstinación obscena en el alarde de la barbaridad impresa en piedras dóciles, magníficas, todavía ostentando que el crimen fue en Granada y que los asesinos fueron estos: ¡Presentes! No puedo soportar la infamia y desvergüenza tanto tiempo acusándome de ser un perdedor, el derrotado de aquella pesadilla que azuzan con sus burlas estos hombres ruines, estas mujeres pálidas de tanta misa en ristre.

Lo contaré. Pero ¿qué habré de contar que no esté dicho y olvidado por estos semejantes más que azules, amarillentos, pardos de no querer mirar la sangre derramada, las cárceles que fueron puro infierno para tantos Hernández y hermanos humillados, que no quieren saber que las ejecuciones perpetradas tantos años después de su victoria siguen en las cunetas sin justicia. Detritus de sus obras.

A veces, me duele vivir imbuido en esta belleza todavía (¡cada día!) horadada por los escupitajos de la historia. Me duele España, sí, es mucho más que unas notas musicales que la representa en los juegos olímpicos, es mucho más que un trapo de dos o tres colores a la gresca: Hija de Yago. Madre y madrastra mía por la que Blas de Otero volvería a morir, con los ojos abiertos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Miguel Hernández, otra vez profanado



Ha sido en San Sebastián de los Reyes, Madrid, en la madrugada del viernes 12 de agosto, la hora de las ejecuciones.

http://www.cronicanorte.es/profanan-monumento-miguel-hernandez-en-san-sebastian-de-los-reyes/15277

Pero ya lo dijo él mismo, el Poeta: Quién amuralla una voz. Con la suya no podrán

jueves, 24 de marzo de 2011

Lágrima antes enjuta que llorada

Luis de Góngora



A José Javier Colmenero Avellanal,
que busca por los pasillos del destino un verso cuya lágrima no llore.

Y a Matilde Cabello, poeta, que sabe de las fuentes que atropelló la infamia.




Tijeras de esquilar los mulos en manos de animales
nos pelaban, chaz chaz chaz
por los senos rodaban los cabellos cortados
chorros de negra ira con las manos atadas a la silla
y en mi ropa el destrozo de mi morenidad
nos pelaban, se burlaban
por el suelo, a despecho del odio a las sonrisas
bucles rubios rebeldes que gimiendo
caían ya sin alma de su dueña
a golpes en la sienes, a tirones macizos nos pelaron
y decían, bravas mujeres rojas, putas de sus cornudos
pedir tierra y libertad
en la calle, al salir, la vergüenza, y el dolor, aquí adentro
chorreandito de púrpura callando, sosteniendo el verano
un dolor tan distinto del de el hambre
una vergüenza impura por el vientre
de mujeres hundidas, cuando España fue múltiple y aroma
y entonces la cosecha de la barbaridad


Pelaron a tu abuela, bien lo sabes
no me viste llorar porque aún entonces
no existía tu nombre en lontananza
pero sí aquí en mi fuente de atragantadas lágrimas
silentes
donde bebes las hieles de tu clara memoria


 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

PRIMERA EXPOSICIÓN CONJUNTA DE PINTORES Y POETAS CORDOBESES
 EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÓRDOBA
CON LA COLABORACIÓN DE LA FUNDACIÓN PACO NATERA

Palacio de la Merced. Julio de 1983

 
En la fecha y el lugar indicados, hubo una muy sonada exposición de pintores y poetas cordobeses. Cada poeta describía un cuadro o viceversa: el pintor ilustraba el poema de su compañero. Yo coincidí con Luis Celorio, a quien apenas conocía de oídas. En pocos días nos llevamos bien. Él pintó sobre el poema que aquí aparece y ese fue el cuadro con que mi Juego de tres se empareja en el Catálogo de la Exposición.

 Cuadro de Luis Celorio. Técnica mixta. 53 x 70



JUEGO DE TRES


Hay una cantinela obscena en mi cerebro: no es Dios.
Hay un terco repique cual si muriera un ángel
en cada corazón del mundo: no es Dios.
Hay un jolgorio vago en las tabernas pero ocluye
los senderos de mi alma por las tardes límpidas
cuando la soledad me mira: no es Dios.

No es Dios quien me atenaza los impulsos.
No es Dios quien me rebulle por la sangre.
No es Dios quien llora en mí como un naufragio.

Dios nunca amenazó mi pensamiento:
soy pecador porque soy libre.
Dios nunca interrumpió mis sueños:
en mí las pesadillas eran mar y madre muerta.
Dios nunca hundió en mi pecho alguna espada:
me enamoré y amé y después me abandonaron.

No cuestiono el tormento de mi sino
en la influencia abstracta de un temor
que no me escribe cartas
ni me abrazó en la soledad primera.
                               No está Dios en mis dudas.
No se funda el nervioso malestar
del corazón ya viejo
en una celestial insuficiencia
que ilumine mis pasos vagabundos.
                               No está Dios en mi espera.
No creo que el dolor y la tristeza
de esta criatura pobre casi piedra
se acaben algún día con un fuego
de espanto y simbolismo.
                               No está Dios en mi fe.

Ni amor ni paz mi espíritu sosiegan,
y aunque el temor de Dios me aborde un día
perecerá mi cuerpo en una ola.

Cuadro de Aguilera Amate. Oleo 100 x 73


Otro pintor amigo mío de aquellas fechas, y que igualmente participó en la Exposición conjunta, lo fue Francisco Aguilera Amate  http://wikanda.cordobapedia.es/wiki/Francisco_Aguilera_Amate, para quien escribí un soneto para su cuadro titulado El asesinato de Julián Grimau, que estuvo expuesto (aproximadamente en 1980) en un edificio vetusto y bello de la Plaza San Felipe. Aguilera Amate murió en 1989. Sea para aquel  generoso amigo este sentido recuerdo. Este paisaje puntillista, sobrecogedor, fue su aportación a la Exposición y al Catálogo de pintores y poetas cordobeses. Su pareja de marras lo fue la poeta Mercedes Castro.