Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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lunes, 17 de octubre de 2016

OJOS TRISTES



Ojos tristes
corazón sangrante,
alma en pena,
frío en el semblante,
su amada ha muerto.
Nadie se lo dijo
él se lo oyó al viento,
respiró el perfume
de su último aliento.
Adiós, alegría,
volarás muy lejos
siempre al lado de ella.
¿Volverá ese día en que a su lado
de nuevo retornes?


Era estudiante de bachillerato en el Instituto Góngora de Córdoba. Su nombre femenino y raro, de esos nombres abruptos que hacen llorar a las adolescentes que no quisieran tenerlo (Ramona, Leovigilda, Fertuosa) sin por ello ser desmérito ni fealdad, fue usado después por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad en dos de sus personajes proverbiales. Eran los últimos años 60 cuando hallé en el periódico de la provincia (solo había uno entonces) las poesía que se cita, «Ojos tristes». No recuerdo si tenía otro título ni dónde pudo haber parado aquel recorte de papel que se puso pálido antes de haberlo perdido: en mi memoria aparecen ahora todos los versos tal y como me los aprendí entonces por las veredas del sueño. La muchacha había ganado un concurso de poesía en su pueblo, Posadas, y una feria estuvo en el nuestro con sus amigas. No he vuelto a saber de ella. ¿Vivirá? ¡Claro que sí! ¿Pero dónde? ¿Leerá aquí su poesía de juventud? Me gustaría saberlo: daría un puntapié de alegría sobre el muro del tiempo para derribar no sé qué cosa y descubrir vete tú a saber qué discordia de la fantasía.


lunes, 17 de marzo de 2014

Don Antonio Machado, ¿con el corazón dormido?


Es de ley que todos los lectores que, en algún momento de nuestra edad, nos hemos sentido arrobados por el genio y la figura de don Antonio Machado, le rindamos tributo de continuo; máxime si este año de 2014 se cumple y conmemora el setenta y cinco aniversario de su muerte. Una muerte ligera de equipaje, como él mismo predijo, pero pesada y honda por la circunstancia en la que le sobrevino.

Una de las últimos fotos de Machado

Para su evocación, para rendir memoria al gran Machado, un servidor escoge este poema místico y misterioso que se titula “¿Mi corazón se ha dormido?” Sí, con interrogación. Porque ese fue uno de los preceptos del maestro: el poner al lector inocente frente a la sencillez profunda del poeta. Esta composición pertenece, en sus Poesías Completas de la Colección Austral, al apartado titulado “Humorismos, fantasías, apuntes”, y la escojo de entre toda su obra porque pienso en la vitalidad presente de su contenido. 
Que el lector lo considere con arreglo a su sensibilidad y al momento en que nuestro país se desenvuelve.

¿Mí corazón se ha dormido?
Colmenares de mis sueños,
¿ya no labráis? ¿Está seca
la noria del pensamiento,
los cangilones vacíos,
girando, de sombra llenos?

No; mi corazón no duerme.
Está despierto, despierto.
Ni duerme ni sueña, mira,
los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha
a orillas del gran silencio.


Antonio Machado. Poesías Completas. Colección Austral, Madrid 1971.

martes, 4 de febrero de 2014

Soneto, de Valerio Gálvez López



Este que sigue es un soneto ambivalente, amigo Prudencio. Nació en mí y, apenas vista la luz de su existencia, fuiste tú el primero en tenerlo entre las manos, en escucharlo ─como siempre, apasionado─, en aceptarlo y sentirlo como tuyo. Salvo en el terceto final, del que me permití la licencia de hacerle una segunda versión, que para ti era más personalizada.
Sea como fuere, con profunda admiración a tu pluma te lo dedico. Un abrazo.
Valerio

¿He de pedir perdón en cada día
y arrancarme esta losa de mi pecho,
he de llorar el daño que haya hecho
como sucio ladrón de una empatía?

He perdido la estima que tenía
y el respeto ganado por derecho,
cambiado torpemente por despecho
a causa de mi loca fantasía.

Si pudiera borrar de mi existencia
las horas que en silencio ya he sufrido
aún no habría cumplido penitencia.
  
1) Y si vuelvo a ganar cuanto he perdido,
feliz daría premio a mi conciencia
que ama tu amistad y odia tu olvido.

2) Y es que debo ganar lo que he perdido,
ver de nuevo la luz de la inocencia,
y dar lustre y honor a mi apellido.
 Febrero de 2014

viernes, 18 de enero de 2013

Valle-Inclán y las máscaras




                ¡Cuántas veces en el rictus de la muerte se desvela todo el secreto de una vida! Hay un gesto que es el mío, uno solo, pero en la sucesión humilde de los días, en el vano volar de las horas, se ha diluido hasta borrarse como el perfil de una medalla. Llevo sobre mi rostro cien máscaras de ficción que se suceden bajo el imperio mezquino de una fatalidad sin trascendencia . Acaso mi verdadero gesto no se ha revelado todavía, acaso no puede revelarse nunca bajo tantos velos acumulados día a día y tejidos por todas mis horas. Yo mismo me desconozco y quizá estoy destinado a desconocerme siempre. Muchas veces me pregunto cuál entre todos los pecados es el mío, e interrogo a las máscaras del vicio: Soberbia, Lujuria, Vanidad, Envidia, han dejado una huella en mi rostro carnal y en mi rostro espiritual, pero yo sé que todas han de borrarse en su día, y que solo unas quedará inmóvil sobre mis facciones cuando llegue la muerte.

Ramón del Valle-Inclán, La lámpara maravillosa

jueves, 13 de diciembre de 2012

El hecho de escribir



Uno piensa que no es necesario escribir cuando lo que desea decir lo aprecia en la voz de otro y se considera incapaz de superarlo, o de igualarlo al menos. Uno piensa que es excesivamente gratuito, e incómodo para un supuesto lector, la estupidez o la vanidad  reiterativa, o reiterada, mediocre en sumo caso y, consecuencia, inútil. Ya sea un calco de Borges o la suplantación de un soneto de Quevedo. El Libro del frío de Antonio Gamoneda es para mí una exquisitez ante la que me quito el sombrero de los sentidos cada vez que me aproximo a uno de sus poemas. Cualquiera. Una vez más lo doy todo por hecho. Esa especie de veneración me atenaza las alas del deseo. Quizá esta creencia de no desear escribir nada si no se hace igual o mejor que los maestros responda a la mera incapacidad para hacerlo; igual es que, aunque se tenga algo que decir, no se halla el modo de sentir. La originalidad. ¿Para qué voy a escribir otra novela si Cien años de soledad ya explica maravillosamente todo lo que a mí se me pueda ocurrir? O lo que haya ocurrido en mi experiencia.
Antonio Gamoneda, “uno de mis mayores”, a sus 81 años acaba de publicar un nuevo libro titulado Canción errónea, en el que dice haberse «sentado a esperar a la muerte como quien espera noticias ya sabidas». Pero vuelvo al Libro del frío para compartir contigo, querida lectora, o lector subyacente, uno de sus poemas preferido por mí.

He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio
y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.
Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro,
pero tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura, yo te
siento en mis labios al ir hacia la muerte.  

(Antonio Gamoneda. El libro del frío)

Por demás, os recomiendo este blog en el que las historias y los poemas vuelven a surgir con delirio de gozo y desamparo: http://al-juarismi.blogspot.com.es/

viernes, 16 de noviembre de 2012

Canción última



Miguel Hernández. Juan Manuel Serrat




El vergonzoso apaño del gobierno ante el drama de los desahucios no es la solución a la desesperanza de los pobres. Pero la belleza de este hermoso poema en la voz de Serrat siempre emociona y consuela. O enardece la ira...

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una cita



En estos tiempos en que España padece, emanada de sus gobernantes, de miseria ética, de dudas transcendentes y de futuro amable, rememoro y hallo unas palabras, lúcidas de dolor, de Franz Kafka. Son las siguientes:

«Teme que la vergüenza le sobreviva».

Pertenecen a Carta al padre, edición de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2000.

En las notas del editor correspondientes a esta obra, se aclara: Kafka cita, aunque no literalmente, la última frase de su novela El proceso; véase el volumen I de estas Obras Completas, p. 662, donde se lee: «Fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo».

jueves, 20 de septiembre de 2012

Pinceladas de una emoción



Rafael Álvarez Merlo, del libro Abriendo mi cajón


Pincelas de una emoción

Qué callado está el huerto
por las mañanas cuando todo es mío.
Hay un silencio que se escucha,
delicias del jardín,
próximos horizontes de la vida
(el árbol siempre en pie)
Aquí no hay otra paz que la costumbre
de hacerse cada día.
Parece que otro mundo no existiera,
pienso que otra verdad no es necesaria.


Rafael Álvarez Merlo, cordobés nacido en Málaga (1945).
Abriendo mi cajón, Aristas de cobre, Fernán Núñez – Córdoba, 2006

viernes, 13 de abril de 2012

Génesis, de Fernando Serrano

VI


Y caminas
                   y huyes
y hasta quieres volar
pero manos te atrapan,
te retienen,
                    y entonces
sientes cómo las alas
se te funden
y un calor de verano
se derrite
sobre tu propio cuerpo.

Genesis, de Fernando Serrano, acaba de ver la luz en la colección ´Ánfora Nova, nº 47, habiendo obtenido el accésit del premio Rosalía de Castro 2011


miércoles, 7 de marzo de 2012

Laborare stanca, dijo Pavese

No tengo prejuicios para ir con mujeres de alquiler, lo que sí tengo son problemas para hacer el amor, me confesó aquella tarde mi amigo Cesare Pavese. El cielo de Turín era inconsútil, sin costuras ni arrugas que indicaran presagios adversos, sin relieve de nubes ni pájaros oscuros bajo el inmenso azul plomizo. Yo quise comprenderlo pero mis mejores palabras tampoco le servían. Me extrañó la confesión de un hombre tan apegado a su intimidad brumosa. Tan solo me permitió que pagara yo las copas de ginebra.

Tres días después de aquella tarde, el 27 de agosto de 1950, me llegaron escritas sus últimas palabras de amistad. Lo dejo todo, Pruden: el amor y sus problemas, el pensamiento y la lucha antifascista, Einaudi (la editorial donde trabajaba) y los libros que aún me queden por escribir. Mi vocación de soledad interior, también la dejo ya. Pues no es lo mismo mirar al mar desde la orilla, que sumergirse en él.

Y así se fue,



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

Cesare Pavese. Versión de Carles José i Solsora


Constance Dowling, la mujer de la voz ronca

viernes, 10 de febrero de 2012

Cuado llega la noticia


 
Siempre me entero tarde de la muerte
de gente como tú, Wislawa,
y he de sentirlo al menos tantas veces como días
transcurran entre el hecho y la noticia.
No sé si es que la muerte, algunas veces,
desdeña mi existencia,
desprecia el interés que tengo
por lo que aprendí contigo viviendo al suroeste del secreto.

Wislawa Szymborska, poeta polaca 
(Kórni, 1923 - Cracovia, 1 de ferero de 2012)
Premio Nobel de Literatura 1996



CONVERSACIÓN CON UNA PIEDRA

Llamo a la puerta de una piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
Quiero penetrar en tu interior,
echar un vistazo,
respirarte.

-Vete -dice la piedra-.
Estoy herméticamente cerrada.
Incluso hecha añicos,
sería añicos cerrados.
Incluso hecha polvo,
sería polvo cerrado.

Llamo a la puerta de una piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
Vengo por mera curiosidad.
Sólo la vida permite satisfacerla.
Quisiera pasearme por tu palacio,
y luego visitar una hoja y una gota de agua.
No me queda mucho tiempo.
Mi mortalidad debería ablandarte.

-Soy de piedra –dice la piedra-
Imposible perturbar mi seriedad.
Vete,
no tengo músculos risorios.
Llamo a la puerta de una piedra.
Soy yo, déjame entrar.
Me han dicho que encierras salas enormes y vacías,
nunca vistas y bellas en vano,
mudas, donde nunca han retumbado los pasos de nadie.
Confiésalo: ni tú misma lo sabías.

-Salas enormes y vacías –dice la piedra-.
Pero no hay espacio disponible.
Bellas, quizá, pero no para el gusto
de tus limitados sentidos.
Puedes verme pero nunca catarme.
Mi superficie te da la cara,
pero mi interior te vuelve la espalda.

Llamo a la puerta de una piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
En ti no busco refugio para la eternidad.
No soy desdichado.
Ni carezco de techo.
Mi mundo merece el regreso.
Quiero entrar y salir con las manos vacías.
La prueba de haber estado en ti
se limitará a mis palabras
en las que nadie creerá.

-No entrarás –dice la piedra-.
Te falta el sentido de la participación.
Y no existe otro sentido que pueda sustituirlo.
Incluso la vista omnividente
te resultará inútil si eres incapaz de participar.
No entrarás; ese sentido, en ti, es sólo deseo,
mero intento, vaga fantasía.

Llamo a la puerta de una piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
No puedo esperar mil siglos
para entrar en tus paredes.

-Si no crees en mis palabras –dice la piedra-,
acude a la hoja, que te dirá lo mismo que yo,
o a la gota de agua, que te dirá lo mismo que la hoja.
Pregunta también a un cabello de tu cabeza.
Estoy a punto de reír a carcajadas,
de reír como mi naturaleza me impide reír.

Llamo a la puerta de una piedra.
-Soy yo, déjame entrar.

-No tengo puerta –dice la piedra.

Wislawa Szymborska

Wislawa Szimborska joven

Para la amiga aquella que me regaló el primer libro de esta autora

miércoles, 4 de enero de 2012

Casa tomada. ¿Una premonición de Julio Cortázar?


[Cuento. Texto incompleto]



Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

[…]

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Julio Cortázar

La alegoría que Carmela considera en su comentario de este cuento es el mismo motivo por que el he elegido ponerlo aquí: pienso que la crisis económica actual no es más que un ruido portentoso, amenazador, que poco a poco va eliminando los derechos humanos conseguidos a lo largo de la historia por la lucha de clases, por la lucha reivindicativa de las mujeres, por la lucha de los ecologistas y pacifistas y otros movimientos que minan las estructuras del capitalismo. Pero él, con su poder subyacente, nos empuja hacia afuera, a que tiremos la llave de nuestra dignidad y nos veamos en la calle.Gracias, prima Carmela.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La intercepción


El pasado día 28 de septiembre, viernes, en la Muy Ilustre Ciudad de  La Rambla, o Limosa, como gusta llamarla a su poeta José Luis Parra Jurado, tuvo lugar la presentación de un libro escrito por uno de sus talentos más prometedores: José Antonio Jiménez Sánchez. Su obra: La intercepción, de Ediciones Atlantis.

Cada vez que en La Rambla se da un nacimiento literario mi espíritu se siente recompensado. Y ya he asistido a varios alumbramientos públicos, pero, en verdad os digo que cada uno de ellos me vuelve a sorprender con nuevas dimensiones más halagüeñas. Y este último, si cabe, con una satisfacción más que extraordinaria, benigna, porque me allega un nuevo amigo. Y pienso que tal vez lo extraordinario de la situación vivida no fue solo el percibir las cualidades de peso del autor, de José Antonio Jiménez, sino que también el hecho, nada fortuito, de que casi la mitad del personal que llenábamos el teatro éramos montalbeños. Eso, para mí, dice mucho también del hombre joven que convoca a sus amistades para decirles que ha escrito y publicado un libro.


Portada de nuestro pintor Demetrio Salces, Deme


Como es mi costumbre en estos casos de divulgación de libros, me remito a la sinopsis, que dice así.

¿Somos conscientes de todo lo que nos rodea o, por el contrario, tenemos un punto de vista algo atrofiado? ¿No es demasiado pretencioso arrogarnos el máximo grado de inteligencia dentro de un universo tan vasto como el que habitamos? ¿Existen otros universos igual de probables que el nuestro con posibilidades de ser percibidos de alguna forma? ¿Todo se termina con la muerte? ¿Pueden las últimas teorías físicas poner un poco de luz a los enigmas que el hombre lleva arrastrando consigo desde que se reconoce como tal?
            Las vidas ─en un principio inconexas─ de cuatro personajes, irán confluyendo paulatinamente en un punto que dará explicación a los interrogantes anteriores. Cada uno de estos personajes centrales estará en el lugar adecuado en el momento preciso, empujados por un cúmulo de factores aparentemente casuales que hacen que todos dirijan su atención a un fenómeno astronómico relacionado con la constelación de Orión. En realidad, todo formará parte de un plan orquestado por tres figuras históricas que nunca han dejado de estar con nosotros.

El autor en el centro de la foto, sentado y de negro. Se apreciará que la mayoría de los presentes somos conocidos en el Pueblo de Bujeo, Talbania, llamado Montalbán de Córdoba


Reitero solamente que el misterioso y atrayente libro se titula así, La intercepcióny que consta de un sustancioso prólogo y de otros apéndices esclarecedores que en total suman 834 páginas. El tamaño es grandote y la letra pequeñita…  

Brindo desde aquí por su caminata estelar y telúrica para que, además de los cien amigos del autor a los que, en principio, está destinado, Las intercepción de José Antonio Jiménez Sánchez quebrante las lindes de nuestros términos municipales y se haga escuchar y respetar allá donde la armonía de las estrellas humanas alcancen a llevarlo. Vale.

martes, 4 de octubre de 2011

Haití, país ocupado

Por Eduardo Galeano *




Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.

Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.

Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.

- - -

De todo eso, sabemos poco o nada.

Haití es un país invisible.

Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.

La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.

Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.

Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.

Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.

- - -

Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.

Nada de nuevo.

Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.

Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.

- - -

El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.

Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...

El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.

Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.

En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.

- - -

¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.

La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.

Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.

Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.

Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.

Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.

(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)

* Texto leído ayer por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional en el marco de la mesa-debate “Haití y la respuesta latinoamericana”, en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.

Tomado de Página12:
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-177742-2011-09-28.html

sábado, 24 de septiembre de 2011

Casas y amantes de un amoroso coleccionista



Sabemos que el gusto desmedido que Pablo Neruda tuvo por las casas es equiparable, si acaso, por su pasión por las mujeres. Habrá estudiosos que sepan con claridad qué poseyó más, si lugares o amantes. Sin entrar en detalles, con más sentimiento de pérdida que de regocijo, recordemos con estos dos motivos el día siguiente de su muerte 38 años después. Con gusto por su obra y pasión por no olvidarlo.

Patio en La Chascona, casa de Pablo Neruda en Santiago, Chile.



Canción del macho y de la hembra

¡Canción del macho y de la hembra!
La fruta de los siglos
exprimiendo su jugo
en nuestras venas.

Mi alma derramándose en tu carne extendida
para salir de ti más buena,
el corazón desparramándose
estirándose como una pantera,
y mi vida, hecha astillas, anudándose
a ti como la luz a las estrellas!

Me recibes
como al viento la vela.

Te recibo
como el surco a la siembra.

Duérmete sobre mis dolores
si mis dolores no te queman,
amárrate a mis alas
acaso mis alas te llevan,
endereza mis deseos
acaso te lastima su pelea.

¡Tú eres lo único que tengo
desde que perdí mi tristeza!
¡Desgárrame como una espada
o táctame como una antena!
Bésame
muérdeme,
incéndiame,
que yo vengo a la tierra
sólo por el naufragio de mis ojos de macho
en el agua infinita de tus ojos de hembra!

Para ti, por saber que aquel verso es de León Felipe

lunes, 22 de agosto de 2011

Hallazgo. Jesús Cancio, Poeta del Mar



1


En Polanco
el día que llegué
se me ha perdido algo,

algo de la memoria
transmigrante, un árbol
del mar ciego, su poeta
cántabro,

qué he perdido en Polanco,


qué me hallé
por sus calles anónimas, silencio, paz, despacio,
piedras florales, casas
diciéndome que antaño
murió un poeta ciego,
de su mar desterrado


2


Me hallé en la estancia verde, evanescente,
del placer, la inquietud, su quebranto,
sin saber que existiera
la soledad de un árbol
que, antiguo, ha resistido
para darme la luz en un abrazo


Me quedaré en Polanco,
calmo de espíritu,
pueblo de espíritus calmos,
me quedaré a respirar
la penúltima vida, oscura en lecho blanco
que segada viviera
Jesús Cancio


18-20 de agosto de 2011


Jesús Cancio. De su libro Bronces de mi costa.




Pobres de los ahogados,
de los hundidos en la niebla inmensa,
en la ancha tumba anónima
sin una cruz ni una cordial leyenda,
Pobres de los ahogados,
día y noche rodando por la arena
sin una mano amiga
que les cierre los ojos y les prenda
en el hinchado pecho
la cruz que lleva a Dios al que la ostenta.
Pobres de los ahogados,
día y noche rodando entre las peñas
al empujón sin alma
de resacas, corrientes y mareas.
Señor, si los dejaste
a merced de la trágica galerna,
concédeles al menos,
en un gesto, no más, de tu clemencia
que descansen en paz bajo unas flores
igual que sus hermanos de la tierra.

viernes, 22 de julio de 2011

José Raúl Fraguela, risoterapeuta hambriento





LA ELEFANTA GLOTONA



Lloraba con quejidos lastimeros
la elefanta de un circo, no podía
controlar el grosor de su trasero
que, casi de hora en hora, le crecía.


Pidió remedio a miles de doctores,
juró que se ajustaba a estricta dieta.
Un lunes fue al gimnasio, los dolores
le hicieron desistir de tal receta.


Dejó de trabajar sin previo aviso
y la manada en pleno, diligente,
temió por su salud y verla quiso.

Al llegar a su carpa… ¡qué sorpresa!,
la hallaron engullendo, en gran convite,
cien kilos de forraje y mayonesa.


Quien ha engordado sin ningún recato,
es porque lleno siempre tiene el plato.


Nacido de Pinar del Río, doce años después de la Revolución Cubana, José Raúl Fraguela fue soldado en Angola por los años 80 del siglo pasado. Deber era conciencia y ley. La antorcha iluminada de la torre Eiffel, vista desde el avión que atravesaba la noche y sus incertidumbres, fue lo más glorioso que pudo llevar a un soneto de aquella experiencia.

Ahora tiene nosecuantos libros publicados, uno de los cuales titulado De mi patio al monte, es un compendio versátil de décimas lucientes: cada una de ellas describe un animal (que aparece dibujado en la página) de los que corretean por los montes y los patios de Cuba, dejando el último verso abierto para que el lector contribuya con su conocimiento o ingenio de qué bicho se trata.

Oculto en lo más profundo
del monte pasa la vida,
bestezuela perseguida
la verde sombra es su mundo.
Alerta a cada segundo,
al menor ruido, asustado;
escapa por algún vado
o resquicio en la maleza
del cazador que hace presa
de su codicia al …

El doctrinario primordial de José Martí elaborado con el gusto por lo infantil y alegre y adivinancero para que el lector se divierta y participe conociendo elementos vitales de la patria, como son los animales con los que convivimos y de los que nos nutrimos.

De sorpresa en sorpresa y las vivencias salobres de la Isla, de libro en libro vive, de esquina en esquina y a medio respirar por las calles y plazas de la soledad y la esperanza prometida, este poeta del hambre aplica su energía espiritual como si de una risoterapia se tratara, así cuando escribe como cuando camina y conversa. Ahora edita otro maravilloso cuaderno no menos sustancioso que llevará por título el muy césarvallejiano Estómago y magín, donde ofrece un grupo de sonetos-fábula como el que encabeza esta entrada: «La elefanta glotona».

No dejan de sorprendernos los talentos que emplean los cubanos para ser diferentes, en originalidad y frescura expresiva, ya sea escribiendo, cantando y bailando o caminando. Y esperando. José Raúl Fraguela, este hambriento risoterapeuta que no cobra sus funciones al aire libre, como personaje híbrido de don Quijote y Kafka, es una muestra múltiple de la genialidad desconcertante que menea el Caribe.