Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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viernes, 1 de abril de 2016

Sinopsis de Barcelona Joyce

Sinopsis de mi novela Barcelona Joyce, de próxima aparición:


Este libro también pudiera titularse Extranjeridad, pues todos los personajes son de países distintos y la novela se desarrolla en un lugar indefinido que bien pudiera ser una ciudad cualquiera de Europa.

            Consta de tres partes o libros diferenciados cuyos dos primeros no guardan relación entre sí.

En el primero (Amores Bolívar) se cuenta la historia de un joven doctor y la relación entre sus cuatro hermanas. Al parejo de su profesión, su vocación literaria le lleva a redactar las peripecias de un hombre abandonado por su esposa por malos tratos e infidelidad. Las indecisiones del doctor para afrontar la novela que quiere escribir, le llevan a redactar mientras tanto cuentos de cada uno de los amigos con los que se reúne en un bar llamado Talbania.

En el segundo libro o novela, se describe cómo la mujer que abandona a su esposo desaparece con la hija recién nacida (Barcelona Joyce) sin dar cuenta de su paradero. La madre, Margot, cría a la hija haciéndole saber que no tiene padre y vive en un mundo subterráneo de apartamiento y de pasiones delirantes, que influyen en la hija un carácter desequilibrado y rebelde.

La tercera parte (El mundo de la sombras) es una síntesis de las dos novelas precedentes en donde transcurre el encuentro del padre con su hija, que se hace llamar Nona, pero sin reconocerse en realidad, y viven un apasionado enamoramiento que les conducirá a una situación extraña, onírica y feliz.

El incesto como fondo, basado en el encuentro del amor verdadero, es la trama de las dos novelas y su epílogo.


sábado, 12 de marzo de 2016

Fragmento de mi nueva novela

Próximamente se publicará una nueva novela mía titulada Barcelona Joyce. Quiero ofrecer aquí un pequeño fragmento para ir abriendo boca a quien pueda interesarle.


Lo ha llamado su hermana Blanca Remedios, la que tiene los ojos de nube derramada, para felicitarlo en su treinta y tres cumpleaños. Nunca se olvida la más pequeña de sus hermanas de llamarlo los días más significados de su vida. ¿Qué vas a hacer esta tarde? Él titubea ante la pregunta y no dice nada concreto sobre la historia de Barcelona Joyce que tiene sobre la mesa. ¿Quieres venirte a cenar con nosotros? El plural nosotros le retiene en el no más explícito porque ahí entra su cuñado Henry, un triunfador desde joven que mira con desdén la vida desperdiciada de Joao Silvestre, pero no quiere ser hiriente, no pretende desagradecerle a su hermana lo que él sabe que significa más que una cortesía. Quisiera celebrarlo junto a él. De modo que se disculpa, se ensimisma, estaba almorzando y no termina la comida. El estómago también suele ser muy sensible al recibir emociones contrariadas, pues a fin de cuentas no es más que un músculo, como el corazón. 

martes, 4 de marzo de 2014

Final y presentación: Las garras del chacal


Yo le hablo a Vicenta de Belarmino Bécquer y le digo que también se ha casado ya, pero si por algo me pone triste su recuerdo no es porque siga queriéndolo, aunque no lo he olvidado, sino por la desgracia en que lo han hundido las gentes de mi pueblo. Eso me cuenta mi amiga Lola Isabel, cuyo padre es un médico forastero que llegó después de la guerra y es un hombre que no se mete con nadie pero que se entera de todo y no va por ahí chismorreando. Don Vicente Calahorra se llama, igual que mi amiga del convento, y es muy amable con todos sus pacientes y con las amigas de su hija, pero no va al casino porque es de ideas distintas a las de mi padre y las de don Juan y don Crisóstomo. Sin haberlo visto con mis propios ojos, estoy por creer la versión que me ofrece Lola Isabel mejor que la de mi madre. Que se confabularon contra el proceder de la maestra y ha pagado también mi pobre Belarmino. Me avergonzaría que mis padres estuvieran también implicados en esa intriga que ha dejado a los recién casados en la calle, ofendidos por las mentiras de Santiago y por la mala voluntad de los demás. Sería como para no volver nunca más a ese pueblo. En el pueblo, Belarmino no sabe trabajar en otra cosa y allí no hay más oficinas que las que hay. Y no puede irse de Talbania porque Micaela Miranda está obligada a no salir de allí hasta que cumpla dos años. Desterrada. ¡Qué palabra más áspera y más fea! Se parece a los pinchos de una sierra. ¡Ave María Purísima!


viernes, 24 de enero de 2014

La primera novela publicada por un montalbeño





Con el deseo de invitar a todo el que le plazca.
Porque un jueves también puede ser un buen día



Talbania es el nombre de un lugar imaginario en la campiña cordobesa. Al finalizar la guerra, una maestra de escuela es destinada allí en situación de destierro. Intenta vivir recluida en sí misma pero el amor la aborda por dos frentes distintos: el secretario del ayuntamiento y un rico labrador con pasado republicano, como ella. Al mismo tiempo es acosada y requerida sexualmente por el poderoso alcalde. La vida se le hace opresiva y es acusaba de contravenir el orden social y su misión de docente por relacionarse públicamente con el hombre que ama.
            La historia discurre entre las pasiones pueblerinas y la añoranza melancólica de la ciudad de Córdoba, de donde proceden tres de los personajes principales. La evocación de las Escuelas al Aire Libre del Arroyo de San Lorenzo, la recreación del legendario Café La Perla de la calle Gondomar, el retrato del desaparecido hotel Regina, el Guadalquivir a su llegada al Molino de Martos y algunas calles señaladas de Córdoba se exponen con sus colores sepia y son vínculos enlazados al devenir de las vicisitudes ocurridas en Talbania el año 1942. 
               Paralela a la historia de la maestra de escuela, se cuenta la del guarda rural Santiago, hombre sin escrúpulos que asimismo maltrata a su esposa, efigie de la desposeída mujer campesina de entonces, como así mismo se convierte en el instigador de las infamias que truncan las ilusiones y la esperanzas de unas vidas hechas, o inventadas, para el amor.
Como complemento del fresco rural, unas personas reales y ficticias otras, o alteradas por el autor en estampas ocurrentes, los personajes viven jactanciosos, por un lado, y angustiados por otro, pero aferrándose a la vida cada uno con los sentidos puestos en la salvaguarda de sus propios valores. Entre todos confortan el relieve del drama desarrollado al abrigo del paisaje campiñés y de otro paisaje imaginario y desértico, divididos ambos por un pequeño río, inexistente en nuestra geografía si no que símbolo de las aspiraciones y desgracias humanas en el relato.

lunes, 30 de diciembre de 2013

El fugitivo y apresado Miguel Hernández


Fíjate, querida amiga, que me vine a este lugar a pasar las vacaciones para disponer de tiempo y continuar con la biografía sobre el poeta Miguel Hernández y, sin embargo, desvarío contándote cosas de mi pasado personal. Como bien sabes no soy una escritora ni pretendo serlo porque estudie y divulgue la obra del poeta oriolano: pues pienso que ese trabajo lo hago por pasión sencillamente. Una pasión enlazada a las pasiones de aquel hombre que fue desgraciado y nos dejó un legado poético tan hermoso. Hermoso y diferente. Figúrate hasta lo que se me ocurre pensar a veces, tanto cuando leo su obra como a medida que voy sabiendo más de su vida particular: pienso que si yo fuera hombre me hubiera gustado hacer lo que él hizo o le tocó hacer. No pienses que soy masoquista hasta el punto de desearme para mí misma el calvario de cárceles y sufrir una prematura muerte motivada por el abandono oficial de su persona. No, claro que no desearía eso para mí ni para nadie más, pero sí es cierto que en ocasiones me siento identificada con sus resoluciones pasionales más que convincentes. Claro está que no supo, o no pudo, darle una solución hermosa a su vida, por decirlo con sus propias palabras.  La suma de errores que cometió a la hora de querer salvar el pellejo, yendo y viniendo de Madrid a su pueblo y de su pueblo a Madrid y luego dirigirse hacia Andalucía buscando una salvación que no existía para él, no fue más que la pulsión al arraigo de su tierra y su esposa. Un arraigo de pasión más que de inteligencia, claro está.  Aquel imposible le hizo ser su propia víctima al verse sin dinero, fugitivo y solo en la frontera de un país vecino pero adverso para tus intenciones descalabradas, donde vino a ser detenido por sospechas infundadas de la policía portuguesa. Al parecer la policía de fronteras portuguesas recibía un miserable estipendio por cada español republicano que  entrase en su país sijn el correspondiente permiso. Miguel Hernández carecía de cualquier aval en su intento de fuga. No, claro que no quisiera haber vivido ni vivir esas peripecias de abandono y soledad y desamparo, porque ni él ni nadie mereció ser perseguido, torturado y asesinado después de haber sido primeramente derrotado de una guerra. Pero es que hallo una especie de conjunción entre sus pasiones vitales y su arrojo amoroso por la vida, por la defensa de la España republicana también, que quisiera yo ponerlo como ejemplo de poeta vital y de víctima particular. Mas que nada en ese periodo último de su existencia: desde la huida de Madrid hasta caer preso y ser torturado en una cárcel cuartelera de la Guardia Civil allá en Rosal de la Frontera. Mientras tanto no pudo escribir ni un verso que pudiera decirse suyo. Figurémonos hasta donde puede llevar la desesperación a un hombre que huye de la muerte y no encuentra nada más que vacío y malas caras.0


            Sé que a estas alturas, tras el primer centenario de su nacimiento, la vida y la obra de Miguel Hernández están expandidas por casi todas las bibliotecas de España. Mas sigo viendo, a veces, confusa y replicada su actitud, su presencia, por la testarudez de la ignorancia o la enemistad pautada que no pocos ejercen sobre este hombre. Por eso es para mí importante conocer y poder contar con su propia voz su último periodo de libertad: desde que acaba la guerra hasta que es detenido y torturado con saña y entregado, como cosa perdida y empero peligrosa a las autoridades del nuevo régimen. Es decir a los vencedores, a sus vengativos vencedores.
            Me replanteo una y otra vez cómo pudieron ser esos últimos días de fugitivo por tierras andaluzas sin encontrar a nadie que verdaderamente pudiera echarle una mano a su desamparo. Me replanteo imaginariamente y con los escuetos datos que ofrecen sus cartas, a veces “mentirosas” para no causar dolor a su esposa, cómo pudieron ser esos días de vagabundo. Un poeta vagabundo que no sabía dónde caerse muerto. Dónde dormiría, me pregunto. Cómo pasaría las noches y cómo afrontaría el nuevo día hasta poder cruzar la frontera. Cómo serían esos días desde Cádiz, donde el último amigo que buscó no estaba ya, hasta decidir buscar una salida por Lisboa. Todo ese periplo de lucha interior y esperanzada, pero sin amarre alguno para su seguridad personal, me seduce por lo desconocido y me intriga por saber cómo, de qué manera, haciendo qué dónde llegara, pasaría ese hombre, el poeta Miguel Hernández, presionado por la desdicha de hallar un lugar seguro para él mismo primero y pensando en su mujer y su hijo.
 Me replanteo en mi conciencia casi vacía, por los leves estudios sobre su peregrinaje, cómo trascurrió esos días hasta quedarse sin dinero alguno antes de poder llegar a Lisboa, qué soñaría el hombre sin destino alguno. Sin destino posible para la tranquilidad y el reencuentro con su familia. Quisiera imaginar, porque parece que no es posible saber a ciencia cierta, cada uno de sus ayes en soledad tras las negativas para encontrar la salida, quisiera imaginármelo haciendo de tripas corazón con su esfuerzo tremendista y osado para dejar atrás la muerte en manos de sus enemigos. Porque, querida amiga, imagino esos días sin registro eficaz y a veces me rebela mi propia incapacidad para encontrar datos ciertos y palabras que poner en su propia voz de hombre libre.

            Sí, quisiera continuar con este trabajo ofreciendo a un Miguel Hernández redivivo que cuenta su propia vida, porque así es como quiero imaginarlo: vivo y responsable de su capacidad  amorosa. Contando él mismo, no yo con voz de falsete, sino él mismo con su voz de tierras roturadas esos días transcurridos desde que abandonó Madrid por última vez hasta el momento de tener que vender el reloj para poder seguir comiendo. Tremendo. Todo ese periodo de su penúltima vida me parece tremendo e incluso aprovechado, a toro pasado, por algunos de los que injustamente le dieron la espalda. 

Fragmento de la novela inédita La mujer del marido ciego

jueves, 19 de diciembre de 2013

Talbania 1942


Fragmento de la novela en imprenta



            Pero él seguía siendo un niño echado aparte. En la escuela y en la calle se reían de él y lo maltrataban los demás con esa tiranía explícita que los niños demuestran ante los más débiles. Sobre todo se burlaban de sus ojos diciéndole como una ofensa “ojos de gato”, ya que en Bienlabrada todas las personas los tienen azules y él los tenía de un verde claro deslumbrante. Pero él heredó el nombre y los ojos de su madre muerta, Belarmina Campaña, que no había nacido en el pueblo de los repobladores alemanes, sino que su padre la conoció en Tarifa, cuando fue a esa ciudad a hacer la mili, y allí la hizo su novia y se la trajo al pueblo una vez que se casaron. Por todos esos desprecios que recibía Belarmino Bécquer, tomó la iglesia del pueblo como refugio ante las adversidades y agresiones diarias, y allí se encontraba a salvo y pasaba largas horas mirando el retablo y las demás imágenes sin que le dijeran nada. No se recluía en la iglesia por una vocación manifiesta, como pensaba el cura, sino sencillamente porque se encontraba más protegido y más a gusto que en su casa y en las calles del pueblo. Bienlabrada, una población aledaña a La Carlota pero con municipio propio, que continuaba a principios del siglo XX con su modelo de parcelación agraria adquirida desde sus inicios. Los pequeños labradores, por fuerza de las divisiones hereditarias contaban cada vez con menos tierras, lo que los obligaba a desarrollar una ambición intrínseca por el trabajo. Unos querían agenciar nuevas tierras para vivir holgadamente de ellas; otros sentían la seducción por emigrar a países de América. En los países de América se anunciaba el enriquecimiento sin necesidad de destripar terrones ni esperar las nubes durante los inviernos secos y las primaveras de lluvias desperdigadas. Justino Bécquer era de los de pensamiento primitivo. Su conciencia se había enraizado en el afán de poseer la tierra y cultivarla. Le gustaba, la amaba, la cultivaba con esmero y con esperanza siempre de obtener buenas cosechas. Tenía más que asumido que a las sequías no hay más que un modo de hacerles frente, y era tener siempre la alacena repleta. Algunos ahorros en el banco y la alacena repleta de carne de cerdo en orzas con pringue de manteca. Su espíritu austero le había desarrollado el sentido de la espera como el único remedio ante las adversidades de la agricultura. Pero cuando el año era propicio para labrar y sembrar porque la lluvia viniese en su tiempo y cayera en la medida que la tierra necesita, sus dos brazos eran poco para el desaforado empeño que las labores requerían. Necesito los brazos de Belarmino, pensaba, cuando el niño ya había cumplido la edad escolar, pero el niño dio pronto muestras de no servir para guiar la yunta de mulos ni sujetar con fuerza el arado al mismo tiempo. Se criaba muy endeble, cogía todas las enfermedades, crecía muy poco para su edad y siempre andaba solo y serio. Casi sin amigos. Viendo que en la iglesia se pasaba eternos ratos sentado, ensimismado, sin rezar o rezando ya fuese tras acabar la misa o cualquier otro día y a las horas menos previsibles, el cura le propuso al padre que lo enviase al seminario, considerando para su bien particular que igual el chico era místico. Quién sabe si al menos no conseguía un buen obispo de su Belarmino, porque para la escuela había demostrado ser listo, le aseguraba el cura al padre. El seminario era gratis y las clases también. Sólo tendría que preocuparse de su ropa y de las medicinas cuando las necesitase, igual que en casa. Esas pocas razones convencieron a Justino Bécquer de que si su hijo no le podía ayudar en el campo, que al menos pudiese buscarse la vida por su cuenta, aunque fuese a costa de conchabarse las beatas del lugar donde lo enviasen con el tiempo, si llegaba a ser cura. 

jueves, 31 de octubre de 2013

La mujer del marido ciego (novela inédita)



Fragmento del capítulo primero


1 La casita

Tengo un montón de cosas que contarte, ¿sabes? Esta  casita que he alquilado un año más está muy bien. El dueño no la considera meramente una cabaña, sino que la publicita como «un paraíso para ver la luz». Además de lo socarrón que es el hombre, tiene razón en ello, pues que la casa está orientada al monte por donde el sol se asoma ya bien tarde. A mí me gusta este lugar. No hace mucho fue una simple cabaña, sin más posibilidad de acceso que andando o a pezuña y sin aguan ni luz; la remodelación de su arquitectura y su acomodo para ser habitada la ha convertido en una casita como ves, agradable y bien ventilada. Es el tercer año que la alquilamos porque a Juanito le viene bien para sus caminatas por el bosque. Y al río. Algunos días llega hasta el río con los útiles de pesca y trae algún salmón. Pero el río está lejos y, aunque se puede llegar en coche, él prefiere siempre ir andando. Vuelve feliz y me besa. No ha perdido la costumbre de besarme aun sabiendo que no le correspondo la ternura y que a veces hasta me incomoda. Pero vuelve cansado y además satisfecho con su pescado y me lo ofrenda como una más de sus peticiones de cariño. Todo lo que posee o encuentra me lo ofrece. No me gusta la palabra desvivirse, pero mi primo se desvive por mí y eso, a las larga, me perturba. Su bondad, por llamarlo de alguna manera, obra en mí al revés: me produce un rechazo sentimental vertiginoso. Le hago daño, lo sé. Se lo dije un día, tras acordar que aunque vivamos juntos cada uno hará su vida particular sin alterar la del otro: Me besas y me regalas pero tu ternura no deja de ser un chantaje sentimental. Él no lo entiende así: me besa y me acaricia y me sirve porque es su condición de esclavo amoroso. Siempre espera ser correspondido con mis labios en su mejilla, como los mendigos que a la puerta de la iglesia te tienden la mano abierta al tiempo que te bendicen adulones. O los inmigrantes africanos que quieren venderte pañuelitos en los semáforos. Le compraste una vez y ya todos los días te saludan con una gentileza humillante que da lástima, ¿no te parece? Claro, lo hacen para llamarte la tención, para que no te olvides de que está pidiendo y que sigue esperando ser correspondido por tu gratitud de un día. Algo parecido es el comportamiento de Primo Juanito. Y es que cuando un hombre ama a una mujer sin saber hacer otra cosa, sin practicar otro tipo de sentimientos, se le paraliza el corazón en la imagen del primer beso recibido. El corazón y la mente. Primo Juanito tiene la mente anquilosada en el cautiverio de lo que considera amor. Su amor. Que soy yo.
            Con Martina, su difunta esposa, también se comportaba así de servicial y ella tampoco lo soportaba. Martina quería que Primo Juanito comprendiera sus dolores invisibles, que la ayudara en sus crisis de ansiedad, pero él solamente la veía seria y triste y apenada. Con prepararle la comida cuando ella no podía levantarse de la cama, creía que la hacía feliz. Él sí era feliz cuidándola, preguntándole a cada paso si estaba mejor, pegajoso y sumiso, porque no podía ver lo que sufría Martina.
            Ahora, conmigo, no ha escarmentado de su impasibilidad mortificante. Se viene conmigo aquí para que yo no tenga que preocuparme de ningún quehacer doméstico. Él compra, cocina, lava, arregla la casa, plancha la ropa, y cuando pesca algún pez me lo trae de regalo. No lo deja directamente en el frigorífico para arreglarlo en su momento, sino que me lo ofrenda con su satisfacción de boca a boca como si cada vez fuese la primera.
            Además hoy recibí el último mensaje del otro, de Segismundo, ya te hablé de él: no quiere seguir esta aventura con una mujer que vive con otro y que, por tanto, no piensa casarse. Lo lamenta, dice; mas le reprocho que escriba esa palabra cuando a continuación ha de poner el punto final. No hay que lamentar nada, hombre. Tú a tu búsqueda de la perfecta consolación por la felicidad. No, no le responderé. Es un hombre separado y busca una mujer como sucedáneo de la medicación contra el abandono y pensó que yo podría ser el paliativo de su ya no tan joven edad. Pero me gusta por su delicadeza. Se lo demostré y él arribó las velas de la ilusión en pos de cautivarme y conseguirme con esta proposición: separándome yo primero de Juanito y acurrucándome a renglón seguido junto al brillo de tu triunfo. Pero no haré eso. No lo haré porque ningún hombre, por mucho que me quiera o lo quiera yo, dejará incólume todo este universo o territorio que a mis treinta años cumplidos me ha caído como una tregua o un permiso para ser como me gusta ser. Independiente y libre. No niego haber deseado entregarme a sus brazos una tarde, una noche, un fin de semana juntos. Nunca en mi vida de casada ni en la actual se me había ocurrido esa cosa, la infidelidad, pero ahora, con este señor delicado, me lo estaba planteando como una exploración de la madurez indolente. Una visita al Niágara.
            Esas cosas que suelen ocurrir porque los gestos se nos escapan de la voluntad. Y se nos escapan porque la voluntad, a veces y en días decisivos, queda a merced de la intemperante curiosidad. Entró en la galería buscando una lámpara de los años cincuenta y de tales características. La había visto en nuestra página web, pero ya no la teníamos. Ese intercambio de información comercial se desarrolló sobre una parrilla de admiración recíproca a medio calentar. Él me miraba con una atención sorprendida y yo le correspondía la sonrisa con los ojos sobre los suyos. Me rogó que le buscase la lámpara y a los cinco días lo llamé para que viniese a recogerla. El hombre me traía un regalo. Se llama Segismundo y me traía un regalo para mi decoro. Soy de las mujeres que no aderezan su cuerpo con joyas ni con bisutería elegante. Solo muy de tarde en tarde uso discretos pendientes. Mi abuela me agujereó con toda su buena intención y amor tradicional las orejitas pero desde mi adolescencia, a petición mía, mi madre no me compró nunca unos y yo, ya de adolescente, me veía bien con los ojos y el gusto de mi madre. La alianza de casada sí la conservo en su estuchito en un cajón del armario. Habría pensado al verme sin alianza que soy soltera y tal vez por eso pensé que serían unos pendientes lo que Segismundo me quería regalar en ese momento. Pero era una pulsera de planta lisa, esta que desde entonces me ha dado por no quitarme ni para lavar los platos. Así vengo comprobando que es de buena ley, ¿no se dice así de los materiales preciosos? Ojalá y los jueces y fiscales y abogados también fuesen todos de buena ley. Pero eso es harina de otro costal, ya te digo.
Me regaló la pulsera con buena prosodia y mejor tono de voz y yo se la acepté gustosa, descubriendo que en sus ojos azules relampagueaba un secreto que punzaba por hacerse visible: el secreto de por qué un hombre ha de llorar por tan poca cosa como es sentirse feliz por hacer un regalo.
            Se llevó su lámpara y volvió al día siguiente. Los consabidos comentarios sobre los muebles y cuadros allí expuestos dieron paso, pronto, a la sutilidad del interés personal. Reconozco que por ambos lados. Segismundo olía muy bien y vestía con primor sus más de cuarenta años sin barriga. Un afeitado perfecto dejaba a las claras la salud de su piel tersa y morena. Su dentadura, otra atracción visual que se agradece.
            Además no es un repipi de la cultura general que despliega. Tiene su parte de buen humor y lo emplea al dedillo. Se ríe con soltura al referir que el estreno de alguna ópera famosa de Wargner fue un rotundo fracaso. Le hacen gracia las equivocaciones de la historia porque parece que así nos vemos más vulnerables de lo que somos en nuestro entendimiento. Eso dice con propiedad de haberlo meditado.
            No sé por qué he de darte detalle de su existencia si ya se ha ido por donde vino. Tal vez le abrí demasiado, o demasiado pronto, las alas de mi capricho femenino. Me sentía halagada por sus atenciones y buena dicción, por su conversación que vadeaba los asuntos comunes paladeando, por el contrario, el tema que nos hacía ir al bar tras cerrar yo la galería. El tema de la seducción encubierta en la ironía y en las citas culturales. Me hacía la interesante porque me gustaba ese hombre y me subyugaba ese juego de la inteligencia que no he practicado nunca, desde la tercera muerte de Ramiro, con Primo Juanito. Dijo en una ocasión que soy propensa a despertar el deseo en los hombres por mis contrastes: Cómo una mujer rubia, se sorprende a propósito Segismundo para que yo lo vea, tan delicada de cuerpo y piel, puede tener una voz tan ronca. Y añade: «Si a la vista eres una lechuga, el cogollo de una ternísima lechuga», le gustaba remarcar sus ideas al menos con dos oraciones superpuestas, «al oírte uno piensa que oye la voz de  la tierra, la voz honda de la tierra». No le faltaba tampoco la galantería superflua.
Segismundo, el día que se presentó con el tercer regalo, algo personal e íntimo que no se puede lucir a la vista de cualquiera, decidió también ofrecerme su brazo de compañero. Al estilo de don Antonio Machado en aquella su triste canción, sentí tu mano en la mía, tu mano de compañera, pero él no lo dijo con tristeza ni nostalgia alguna, al contrario, con su claro sonido gutural y sin ruborizarse.
            Yo tampoco me ruboricé, pero vi el momento justo de poner las cartas boca arriba. Le revelé la existencia a mi lado de Primo Juanito. Segismundo se manifestó orgulloso, soberbio, acaparador, y dispuso de esperarme hasta que yo quedase libre. Hasta me fijaba una fecha posible para el advenimiento de convertirme en golondrina. Eso no se lo dije yo; eso se lo inventó él, que yo quisiera volar. Es muy gentil, pero yo no necesito un hombre gentil porque esa virtud es el reverso de la moneda en cuyo anverso se inscriben los celos, o, cuanto menos, el ansia de posesión.
            No quise entonces aceptarle el paquetito rosa con la ropa interior que imaginé delicada, delicada pero con la advertencia traicionera de que puede ser como un chapuzón en una calita virgen. Puede haber socavones que tiren de tus pies hacia abajo. Puede que te falte la respiración incluso dentro de un agua tan limpia.
               Esta aventura o coqueteo nos ha durado cuatro semanas. Intensas de sensaciones engañosas y lucimiento personal. Yo me hubiera lanzado al agua de su cuerpo si no tuviera brazos para protegerme. No sé a qué sabe la infidelidad, pero lo voy presintiendo. ¿O acaso la he estado buscando?


domingo, 29 de septiembre de 2013

Talbania 1942


Fragmento del capítulo 4


Enfermizo desde el día que nació se crió con sus abuelos los primeros años Belarmino Bécquer Campaña. Sus ascendientes fueron pobladores alemanes que por instrucción de Carlos III colonizaron algunos predios despoblados del Valle del Guadalquivir. Fue siempre enclenque, ensimismado, un niño solitario y rubio cuyas caricias y preocupaciones paternas no percibió los primeros años de su vida, hasta que Justino, tras enviudar, se casó de nuevo y su esposa le dio otro hijo varón que nació hambriento por mamar bajo los fríos de enero y que pesó más de cuatro kilos. Su padre lo llamó a la cunita y le sonrió atrayéndolo por la nuca para que conociera a su hermanito. «Mira, Belarmino, ¿verdad que es bonito tu hermano? ¿Cómo quieres que le pongamos de nombre?» El niño miró a su padre con sus ojos muy grandes, tan verdes y grandes como heredó de su madre y confuso el ánimo por la pregunta, pero acertó con la respuesta tal vez por la propia timidez, por la sorpresa de que su padre lo llamara con suavidad y ternura como nunca hasta entonces había hecho. «Justino. Como tú. Igual que el abuelo».  
            ─Por lo menos se ve que tienes buen corazón, hijo mío. Claro, como tu madre. Por eso llevas su nombre y tienes sus mismos ojos ─concluyó el padre dándole el primer beso de su vida y dejándolo ir.

            Pero él seguía siendo un niño echado aparte. En la escuela y en la calle se reían de él y lo maltrataban los demás con esa tiranía explícita que los niños demuestran ante los más débiles. Sobre todo se burlaban de sus ojos diciéndole como una ofensa "ojos de gato", ya que en Bienlabrada todas las personas los tienen azules y él los tenía de un verde claro deslumbrante. Pero él heredó el nombre y los ojos de su madre muerta, Belarmina Campaña, que no había nacido en el pueblo de los repobladores alemanes, sino que su padre la conoció en Tarifa, cuando fue a esa ciudad a hacer la mili, y allí la hizo su novia y se la trajo al pueblo una vez que se casaron. Por todos esos desprecios que recibía Belarmino Bécquer, tomó la iglesia del pueblo como refugio ante las adversidades y agresiones diarias, y allí se encontraba a salvo y pasaba largas horas mirando el retablo y las demás imágenes sin que le dijeran nada. No se recluía en la iglesia por una vocación manifiesta, como pensaba el cura, sino sencillamente porque se encontraba más protegido y más a gusto que en su casa y en las calles del pueblo. Bienlabrada, una población aledaña a La Carlota pero con municipio propio, que continuaba a principios del siglo XX con su modelo de parcelación agraria adquirida desde sus inicios. Los pequeños labradores, por fuerza de las divisiones hereditarias contaban cada vez con menos tierras, lo que los obligaba a desarrollar una ambición intrínseca por el trabajo. Unos querían agenciar nuevas tierras para vivir holgadamente de ellas; otros sentían la seducción por emigrar a países de América. En los países de América se anunciaba el enriquecimiento sin necesidad de destripar terrones ni esperar las nubes durante los inviernos secos y las primaveras de lluvias desperdigadas. Justino Bécquer era de los de pensamiento primitivo. Su conciencia se había enraizado en el afán de poseer la tierra y cultivarla. Le gustaba, la amaba, la cultivaba con esmero y con esperanza siempre de obtener buenas cosechas. Tenía más que asumido que a las sequías no hay más que un modo de hacerles frente, y era tener siempre la alacena repleta. Algunos ahorros en el banco y la alacena repleta de carne de cerdo en orzas con pringue de manteca. Su espíritu austero le había desarrollado el sentido de la espera como el único remedio ante las adversidades de la agricultura. Pero cuando el año era propicio para labrar y sembrar porque la lluvia viniese en su tiempo y cayera en la medida que la tierra necesita, sus dos brazos eran poco para el desaforado empeño que las labores requerían. Necesito los brazos de Belarmino, pensaba, cuando el niño ya había cumplido la edad escolar, pero el niño dio pronto muestras de no servir para guiar la yunta de mulos ni sujetar con fuerza el arado al mismo tiempo. Se criaba muy endeble, cogía todas las enfermedades, crecía muy poco para su edad y siempre andaba solo y serio. Casi sin amigos. Viendo que en la iglesia se pasaba eternos ratos sentado, ensimismado, sin rezar o rezando ya fuese tras acabar la misa o cualquier otro día y a las horas menos previsibles, el cura le propuso al padre que lo enviase al seminario, considerando para su bien particular que igual el chico era místico. Quién sabe si al menos no conseguía un buen obispo de su Belarmino, porque para la escuela había demostrado ser listo, le aseguraba el cura al padre. El seminario era gratis, y las clases también. Solo tendría que preocuparse de su ropa y de las medicinas cuando las necesitase, igual que en casa. Esas pocas razones convencieron a Justino Bécquer de que si su hijo no le podía ayudar en el campo que al menos pudiese buscarse la vida por su cuenta, aunque fuese a costa de conchabarse las beatas del lugar donde lo enviasen con el tiempo, si llegaba a ser cura. 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Talbania 1942


Fragmentos del capítulo 3

Acabo de casarme con un hombre del que no sé si estoy locamente enamorada pero al que quiero porque sé que no me pegará. Mis hermanas se han casado todas bajo el imperativo de salir de la casa materna cuanto antes. Se han casado muy jóvenes, solo confiando en que no todos los hombres van a ser como nuestro padre, y usando el sentido común, el raciocinio, más que impelidas por los impulsos del corazón para escoger o entregarse a un hombre. A casi todas les ha salido bien el matrimonio, mucho mejor que a nuestra madre. Solo una de ellas ha tenido mala fortuna con su hombre, porque es vago y egocéntrico, pero ni punto de comparación con el tormento que mi padre supuso para toda mi familia. Cuando murió cirrótico y congestionado y ciego fue un alivio para todos. Mi madre se dirigió a su cadáver delante de sus diez hijos: «Has sido mi condena, pero lo peor es que has marcado a mis hijas para siempre. Que te perdone Dios, porque yo no puedo y que Él te dé lo que te mereces». No hubo lágrimas en aquel entierro, que si no fue celebrado sí agradecido, al que apenas asistieron dos de sus muchos hermanos; algunos ya habían muerto, pero otros es que no quisieron ni acompañarlo al cementerio. No hubo lágrimas en la muerte y entierro de mi padre por parte de su esposa ni de sus hijos porque nunca nos había motivado un sentimiento de ternura. Sí teníamos un resquemor extraño, parecido a la culpa, tal vez por no ser capaces de sentir la pérdida de un padre. Pero fue un alivio.

(…)

Sí, sé que estoy diciendo palabras muy duras contra mi padre pero no me arrepiento. Como no puedo arrepentirme de haberlo maldecido en vida. Será por eso que esta inquietante felicidad y esta música en volandas de la mano de Ángel y camino del mar y de la playa, donde nunca hemos estado ninguno de los dos, me produce no sentir culpabilidad alguna por haber ofendido un día a mi padre. Lo ofendí de corazón y me dispuse matarlo. No siento remordimiento por haberlo odiado en vida, porque a mí también me tenía ya acosada con su comportamiento inicuo. Yo sufría ya demasiado viendo a mi madre volverse loca y a mis hermanas en su desamparo. Porque hay que ser un cobarde y un cochino para hacer lo que hizo al terminar la guerra y marcharse a la mili. A medida que lo hemos ido sabiendo las hermanas se nos ha llenado el alma de vergüenza, porque siendo jornaleras pobres no nos merecemos tener un padre que fue capaz de cometer esa jangá en su plena juventud. «Cuando una era chiquilla y no sabía lo que hacía con madre y se te ocultaba la verdad», me cuenta mi hermana Lucía, la primera, «al verlo llegar a la casilla con su uniforme de alguacil, yo pensaba que padre era un señor importante en Talbania, un hombre respetable y del poder porque como él había muy pocos, y nada más que la Guardia Civil vestía uniformes más bonitos. Además, trabajaba en el ayuntamiento, no en el campo como la mayoría de los hombres». Pero era un facha, un fullero y había sido doblemente cobarde. Oportunista y traidor. Como hizo los últimos meses de la guerra con la República, una vez perdida y para librarse de condena alguna le ofrecieron alistarse voluntario a la División Azul estando haciendo la mili, y no perdió ni el paso para seguir la corriente de los vencedores. Pero no para ahí el grotesco chascarrillo. En agosto de 1941, los voluntarios de la División Azul fueron enviados al frente ruso. Los transportaron en tren hasta una ciudad de Polonia desde donde continuaron avanzando a pie. Llegaron a Leningrado y pasaron a formar parte del ejército alemán. Pero él no. Antes de entrar en lucha contra los soviéticos tuvo la sangre fría de pegarse un tiro en la mano izquierda. Se excusó diciendo que estaba limpiando la pistola. Regresó al mes siguiente como mutilado de guerra del ejército nacional y le dieron el puesto de soplón, o lo que era igual en aquellos tiempos de posguerra y dictadura, de alguacil; y después fue guarda jurado.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Sinopsis de Talbania 1942




Talbania es el nombre de un lugar imaginario en la campiña cordobesa. Al finalizar la guerra, una maestra de escuela es destinada allí en situación de destierro. Intenta vivir recluida en sí misma pero el amor la aborda por dos frentes distintos: el secretario del ayuntamiento y un rico labrador con pasado republicano, como ella. Al mismo tiempo es acosada y requerida sexualmente por el poderoso alcalde. La vida se le hace opresiva y es acusaba de contravenir el orden social y su misión de docente por relacionarse públicamente con el hombre que ama.

            La historia discurre entre las pasiones pueblerinas y la añoranza melancólica de la ciudad de Córdoba, de donde proceden tres de los personajes principales. La evocación de las Escuelas al Aire Libre del Arroyo de San Lorenzo, la recreación del legendario Café La Perla de la calle Gondomar, el retrato del desaparecido hotel Regina, el Guadalquivir a su llegada al Molino de Martos y algunas calles señaladas de Córdoba se exponen con sus colores sepia y son vínculos enlazados al devenir de las vicisitudes ocurridas en Talbania el año 1942. 
            Por otro lado, personajes reales y destacados de la época, como Eloy Vaquero, pedagogo y alcalde de la ciudad, el escultor Enrique Moreno llamado El Fenómeno, el librero Rogelio Luque y José Cruz Conde, perfilan la vida intelectual frente a un atento José Ortega y Gasset para dar basamento al espíritu de Micaela Miranda, la maestra de escuela, a Rosa Carmen Alcolea, la esposa del alcalde de Talbania, y a Belarmino Bécquer, víctimas del oscurantismo y la opresión.
            Paralela a la historia de la maestra de escuela y del secretario, se cuenta la del guarda rural Santiago, hombre sin escrúpulos que asimismo maltrata a su esposa, efigie de la desposeída mujer campesina de entonces, como así mismo se convierte en el instigador de las infamias que truncan las ilusiones y la esperanzas de unas vidas hechas, o inventadas, para el amor.
Como complemento del fresco rural, unas personas reales y ficticias otras, o alteradas por el autor en estampas ocurrentes, los personajes viven jactanciosos, por un lado, y angustiados por otro, pero aferrándose a la vida cada uno con los sentidos puestos en la salvaguarda de sus propios valores. Entre todos confortan el relieve del drama desarrollado al abrigo del paisaje campiñés y de otro paisaje imaginario y desértico, divididos ambos por un pequeño río, inexistente en nuestra geografía si no que símbolo de las aspiraciones y desgracias humanas en el relato.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Talbania 1942


6
 Llegada de la maestra

─Ahí lo tiene usted, señorita ─anunció el carrero con la voz venteada de las cinco de la tarde─, ese es el pueblo a donde viene.
Un pueblito agradable de ver, como una postal con los colores difuminados por la luz rutilante de la tarde, construido en la margen izquierda de un riachuelo bordeado de una gran alameda en la que prevalecen los sauces, apareció a su vista. Sus no más de diez calles parten de la principal, que va orillando el río, enlazadas por otras transversales. Las calles ascienden suavemente hacia un cerro ancho y redondo que, en torno a la cima, se ve poblado de olivares. Más abajo de los olivares y hasta las casas del pueblo, hay terreno de labor y también se ven algunas manchas de viñedos. El blanco de las casas enjalbegadas de cal reluciente predomina y resalta entre los diversos verdes de las arboledas. Micaela Miranda, al contemplar el pueblito desde un alto del camino en el carro tirado por un mulo que la transportaba desde La Rambla, sintió un pellizco de desasosiego primero, pero lentamente fue asumiendo la soledad que se le venía encima como un estado anímico para el fortalecimiento de su espíritu. En aquellos tiempos ni autocar de línea llegaba al pueblo. El modo de viajar hasta allí, ya que tampoco disponía de recursos para costearse un taxi, era ir hasta Montilla que no quedaba lejos y tenía estación de tren, pero luego habría que procurar y convenir el traslado en la diligencia del cosario que hacía la ruta diaria entre un pueblo y otro. El coche de línea desde la capital solo llegaba hasta La Rambla, que estaba más cerca; desde allí alquiló el carro de un alfarero que lo usaba para acarrear leña y paja para su horno y por siete pesetas tuvo la gentileza de llevarla a ella con su maleta de madera y otro bolso grande de tela hasta Talbania. Era principios de septiembre, a la entrada del pueblo el aire emanaba un penetrante olor a mosto procedente de un lagar que, con las puertas anchas de la calle abiertas, ofrecía la vista de un gran patio donde la uva se amontonaba. Más que como una posible utilidad, como resquicio de la nostalgia por su primer trabajo, y como aprecio personal que le tenía por ser regalo de su padre, se llevó la bicicleta.
            Contaba entonces veinticuatro años de edad y llevaba más de cinco sin ejercer de maestra. No era una mujer muy alta Micaela Miranda, pero sí bien definidas sus curvas femeninas. Llamaba la atención su fisonomía por los desinhibidos movimientos de sus caderas anchas y la mirada viva. Morena con el pelo ondulado más bien corto, brillaban sobre la claridad de su piel el juego de los ojos color miel con las pestañas largas y arqueadas y la sensualidad de los labios carnosos, cuya ligera elevación en las comisuras superiores denotaba su fuerte personalidad, su confianza en sí misma. Una criatura sensual y de su tiempo arrostrada por recuerdos y vivencias dolientes. Durante los estudios de bachillerato tuvo su primer y único novio, pero ahora no tenía más que los sentimientos de las vicisitudes que la sinrazón de la vida le estaba deparando. No la perseguía el apego de aquella ocasión amorosa. No era mujer de acunar fantasmas ni desgracias del pasado. La recibió en el ayuntamiento don Juan de Prado, el alcalde que estaba avisado de su llegada, y la acompañó hasta la casa escuela de niñas en la que habría de ejercer y vivir. La casita era la última de una de las calles centrales que nacía en la plaza donde estaban el ayuntamiento y la iglesia y la posada y dos tabernas, y terminaba en la serenidad y la polvareda de un camino ancho bordeado de un valladar con piteras, chumberas y espinos majuletos al otro lado de las casas, separando las tierras de cultivo. No era una casa exenta, rodeada de huerto, como quiera que ella había soñado o deseado, sino pegada a otra también de una sola planta y con la techumbre de teja moruna a dos aguas. Estaban tres banderas descoloridas, lánguidas por la quietud del viento, colgadas de sus mástiles clavados en la fachada. Solo reconoció la roja y gualda. Se oía el chirrido casi continuo de las últimas chicharras del verano, estridentes en los arbustos del vallado y lejos, en los olivos. Había un perro grande atado a una manilla clavada en la pared de la casa de enfrente que ladró amenazador y salió la mujer de la casa a callarlo. «Buenas tardes, don Juan, y la compaña». «Buenas tardes, Paca». «Buenas tardes, señora», correspondió también Micaela Miranda pensando que sin duda esa mujer iba a ser vecina suya. Por una portilla lateral de esa casa salían y entraban una camada de polluelos revueltos con gallinas y pavos que gorgoriteaban y escarbaban en el atardecer de la vereda colindante. Don Juan de Prado abrió la puerta de la casa, echó un vistazo primero y la  invitó a entrar. Dejaron sus cosas y después la invitó a tomar un refresco en el casino. Mientras caminaban le dijo que el pueblo tiene dos escuelas de niños y otras dos de niñas, pero que la otra es de pago.
            ─Como usted comprenderá, señorita Micaela, estoy al tanto de su devenir, de su carrera como docente y de las condiciones en que es destinada aquí. Lamento su situación, que usted se habrá buscado, pero si se aviene con nuestra manera pacífica de entender la vida no tendrá problemas. Lo malo ya ha pasado. Además de alcalde de este pueblo soy también su maestro, uno de sus dos maestros. El otro es como usted, rehabilitado; un hombre bondadoso que no nos crea problemas de ningún tipo. Estamos muy contentos con él además porque es un buen maestro, aunque aprecio que no somos correspondidos en igual medida por su carácter, o por sus ideas. Yo lo comprendo, pero él se lo pierde. Es un hombre muy culto y un buen agricultor, pues tienes unas fanegas de su propiedad en Bienlabrada, de donde procede. Bienlabrada es otro pueblecito, más o menos como éste, que queda cerca. Él mismo labra sus tierras en los días libres. Coge su moto y se va para allá. Ya te lo presentaré un día. Se llama Manuel Pino y quiere que construyamos una biblioteca, pero ya verá usted los lectores que hay aquí para ese desembolso tan grande. ¡Una biblioteca municipal!, pide mi hombre. Y yo lo comprendo, pero qué se le va a hacer. ¿Dónde vamos por el dinero?  
            Don Juan de Prado cesó su charla y tras tomarse el café pidió una copa de coñac. Micaela Miranda atendía sin gran inquietud lo que el alcalde le amonestaba y con atención disimulada lo que le dijo del otro maestro. El retrato fugaz de ese hombre, Manuel Pino, lo vislumbró ella como un posible asidero ante la soledad y la incertidumbre del temido desprecio que pudiera mostrarle la gente del pueblo. Se guardó de preguntar por él. Ya llegaría el momento de conocerlo. Se acercó un señor algo mayor que el alcalde, más grueso y con bigote ancho y con menos modales que ni siquiera se disculpó de interrumpirlos. Sin preámbulo alguno le dijo a don Juan de Prado si lo esperaban para jugar la partida, que ya había llegado el capitán Cañete. En el cansino se jugaba al tute subastado y otros juegos de envite con baraja española y ése debiera ser uno de los compañeros de mesa. Le respondió que tardaría una media hora y, con un gesto repentino, como quien acaba de acordarse de algo, se lo presentó a Micaela Miranda con el nombre de Gonzalo Estrada y con el distintivo de haber sido su antecesor en el puesto de regidor municipal. El hombre saludó a la maestra, sin quitarse un puro que fumaba de la boca, con una especie de gruñido intercalado entre unas pocas palabras que apenas entendió ella. Se retiró.
─No me alisté a defender España por no dejar abandonados a mis alumnos, figúrese, pero ya ve que estoy de acuerdo con el vuelco que ha dado la nación. A la Guardia Civil, que son tres números y un cabo nada más, les he advertido que no deben molestarla ni vigilar su casa mientras no dé muestras de que así tenga que ser. Aquí nos llevados todos bien, como si fuésemos de una misma familia, aunque sujetos de malas entrañas los hay como en cualquier lugar. Pero usted, con lo guapa y joven que es y a la misión que viene a cumplir, procuraremos que nadie la moleste, que no vayan a ofenderla los borrachos ni nadie por el estilo. Porque una mujer tan guapa como usted, y sola además, ya comprenderá lo que son los pueblos, no está libre de las algaradas y tentaciones de los mozuelos los días de juerga.
            Don Juan de Prado tendría algunos más de treinta años y era apuesto, bien peinado y vestido y perfumado, y a medida que le hablaba la miraba con aire seductor, abrillantando los ojos negros y tocándose la barbilla. Se quedó turbado cuando Micaela Miranda le preguntó de golpe.
            ─¿Está usted casado?
            ─Sí, cómo no. Tengo esposa y dos hijos. Los dos varones, de cuatro el mayor, el pequeño tiene un añito. Pero ya comprende…
            ─Oiga, don Juan, y todos esos campos al otro lado del río ¿por qué no están cultivados ni sembrados de olivos? ¿No es buena esa tierra?
            Desde el alto de camino donde divisó Talbania por primera vez, Micaela Miranda observó las tierras parduscas y de escasa vegetación grisácea, como resecas, que se extendían desde la margen derecha del río por el oeste hasta el horizonte. En ese gran espacio vacío apenas se apreciaban los cuerpos oscuros de algunas encinas separadas unas de otras. Todo aquel campo sobrecogedor, parecido a un terreno espacial con ondulaciones mansas que formaban los pequeños cerros sobreponiéndose en la perspectiva unos a otros, que abrasaba la soledad incandescente de un verano acabándose pero aún activo, contrastaba con la luz suave de la tarde verdosa que rodeaba al pueblo blanco. Don Juan de Prado le contó la historia de un incendio provocado por unos desalmados que se tomaron la justicia por su mano contra la propietaria de esas tierras que entonces estaban sembradas de trigales. Y con un tono de voz neutra que indicaba el haber olvidado o asumido el desastre, o que no le importaba la consecuencia presente, dijo que los dos años siguientes al incendio fueron de lluvias largas y tormentosas. Que el agua asquerosa de la lluvia se llevó toda la tierra de labor, dejando la piedra viva a la tostanera de los veranos.
            Tostanera, pensó Micaela para sí. Debe ser un localismo. Pero suena bien. Es bonito. De tostar o tostarse al sol.
            ─Aquello ocurrió hace ya varios siglos. Desde entonces le llamamos el desierto aunque no lo es porque algo produce. Produce hierbajos y matojos que vienen bien para el pastoreo del ganado. No le recomiendo que lleve a sus niñas por ahí de excursión, porque no hallará más que lagartos, alacranes y cernícalos. Y culebras y topillos. ¿Le gusta a usted contemplar bichos raros? Me han dicho que es muy amante de la naturaleza.
            Al decir esto último, don Juan de Prado parecía querer mostrarse cómplice e interesando por el amor a la naturaleza.
            ─Ya lo comprobará si me ve de excursión por ahí. Primero habré de conocerlo yo. Si es interesante para mis alumnas, tengo una buena guía de animales silvestres de la provincia. Es de la poca herencia que me dejó mi padre al morir.
            Ella lo desafío con la mirada al mencionar la muerte de su padre. Don Juan de Prado no la entendió al principio y algo así como conmovido a propósito le pareció oportuno darle el pésame. Con la apostura indicada para la falsa conmiseración intentó tocarle la mano por encima de la mesa. Micaela Miranda la retiró como un resorte que salta, casi violentamente; desvió la mirada y le pidió que la dejara irse para deshacer la maleta. En aquel momento entró al casino un hombre mal encarado, sudoroso, que vestía uniforme verde pálido de guarda jurado. Colgaba una escopeta a un hombro y un cestillo de anea al otro. Con su mirada torva se detuvo a escudriñarla descaradamente, como quien mira un escaparate, en tanto que con gesto servil dijo buenas tardes tengan don Juan y la compaña. De seguido se dirigió al mostrador como con sed. Era Santiago el que llegó. El alcalde no le respondió el saludo, solo pronunció su nombre como a regañadientes y sin mirarlo, como queriendo defenderla de aquel hombre. El alcalde volvió a su mueca cariacontecida al despedirla y se quedó clavado, de pie junto a la puerta, mirando su figura con avidez marcharse calle arriba.
Él se marcho también y se dirigió al ayuntamiento, donde estaba esperándolo el secretario que preparaba el acta de la sesión anterior y los puntos a tratar en el próximo pleno municipal. «¿Qué le ha parecido a usted la nueva maestra?». «¡Bah!. Es guapa, y joven, pero un plomo. Una señorita de la capital que se lo tiene creído». «Bueno, de todos modos ella viene aquí por un par de años a dar clase a las niñas, esperemos que no quiera también que la nombremos reina de las fiestas. ¿Si usted dice que da la talla?». 
(...)
Cuando don Juan de Prado terminó el papeleo pendiente con su secretario, se fue de nuevo al casino donde lo esperaban para jugar a las cartas. Era su único vicio visible.
            Había oscurecido pero la casita tenía luz eléctrica, una bombilla en cada lado. A la entrada a la derecha estaba el dormitorio y a la izquierda la cocina. No tenía tabiques de separación la cocina, y la puerta del dormitorio solo estaba cubierta por una cortina de grueso paño, con el color perdido por el polvo y el tiempo y la quietud. El tabique no llegaba hasta el techo, donde se veían las vigas sin pulir y el cañizo chorreado de yeso endurecido. Micaela Miranda sintió una pulsión por llorar antes de colocar sus cosas, pero no lloró. Tragó saliva pero no lloró. También hizo de tripas corazón para evadir la desesperanza y la opresión de angustia que había comenzado a sentir al salir del casino. Sintió la opresión como un abrazo infame de viento quemado, un viento rastrero que no existía en realidad sino en torno de su piel y sus costillas. «Su nombre lo dice todo: ¡don Juan! Y ese Santiago será su perro faldero. Y el del bigote: vaya educación». Quiso volver a ver la escuela con la luz crepuscular, con la luz amarillenta que despedía la bombilla colgada del techo, en el centro de la sala cubierta con una pantalla en forma de plato de latón niquelado puesto boca abajo. A continuación de la escuela, en la parte posterior de la casa que daba a otro corral paralelo y el fondo al campo, había un pequeño patio rectangular de no más de cinco metros de fondo. El recreo. El peso de la congoja fue desapareciendo pero al mirar el patio a oscuras se apoderó de ella la melancolía. Una melancolía empalagosa que quiso combatir con un sentimiento de ironía falaz. Esta escuela también es al aire libre, se dijo para sus adentros, casi moviendo los labios en una apuesta contra la desgracia. Siempre se había tenido en alta estima Micaela Miranda desde que su padre la indujo al maravilloso oficio de enseñar, desde que su pobre padre entusiasmado le ponderaba el valor de enseñar a los niños a leer y a escribir, a sumar y a dividir; tantas cosas del mundo y de los libros como el camino más digno y el que más virtudes pudiera ofrecerles. La personalidad no se conforta solamente del saber y del tener, sino del sentido de la generosidad y la participación que uno le de a la vida, a su propia vida. Ella había estado cesante más de cinco años, pero no había perdido el tiempo ni el entusiasmo ni el amor por la enseñanza. Ahora ya era otra vez dueña de una escuela. Más que un recreo es un pequeño corral, pensó, pero también pensó como queriendo consolarse que las niñas son menos expansivas en sus juegos que los chiquillos. El patio tenía un arriate seco, baldío, alrededor de toda la pared. Sembraremos geráneos. Entonces pensó en el agua. Estaba en una tinaja en la cocina. Lo que no había era ducha.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El diluvio




Fragmento de "Talbania 1942"



Al día siguiente fue viernes. Había nublados broncos y veloces y los viernes por la tarde tocaba dar clase de religión. A las más pequeñas les puso una muestra para que fuesen copiándola de la pizarra. El tema correspondiente era el diluvio universal y a las mayores tenía que explicárselo siquiera con la dilatación que exponía el libro. Ella fue leyendo y comentando metódica lo que las niñas mayores ya sabían de otros años: que Dios quiso castigar a los hombres porque obraban mal. Dios ideó la manera de castigarlos a todos con la muerte menos a uno y su familia. Ese que se salvaría se llamó Noé. Micaela Miranda se sabía bien la historia bíblica y, tras explicar lo de la construcción de la grande arca y la recogida de los animales, comenzó a llover sobre la escuela. Comenzó a llover de forma inesperada y torrencial, como suele ocurrir algunos días tormentosos de primavera, y el patio de la escuela se llenó de granizos gordos y ranas y culebras pequeñas. De golpe había oscurecido porque las nubes eran grandes y negras y volaban bajas y hubo que encender la luz, pero la luz se había ido, como solía ocurrir los días de tormenta. Llovía y granizaba y tronaba con tan aterrador estruendo, que el techo de la escuela parecía moverse. Algunas niñas pequeñas comenzaron a llorar llamando a sus madres. Algunas otras de las mayores y audaces, no pudiendo contener la curiosidad, se asomaron al patio para mirar por los cristales de la puerta. Se reían viendo las ranas atolondradas dando saltos como locas y señalaban con el dedo las culebritas que caían revueltas con los granizos y la lluvia. El sumidero quedó pronto atorado por la descarga torrencial que no cesaba y el tomo de granizos fue subiendo hasta el nivel del sardinel. El agua comenzó a entrar a la escuela. Por la rendija de la puerta que no encajaba bien se colaron varias culebritas que se arrastraban siguiendo la base de la pared. Viendo aquella trapisonda que formó la oscuridad, los relámpagos, los truenos, el llanto de unas niñas, el alboroto de otras por matar los reptiles, el sonido pavoroso sobre el techo y el agua entrando por la puerta, Micaela Miranda se asustó y obligó a que todas las alumnas se metiesen en la cocina*. Arrebujadas, como quien recoge con urgencia una serie de objetos desordenados en una manta, las metió a todas en la cocina en un plis plas. Una de las mayores, llamada María Luisa, que por su naturaleza temperamental y nerviosa se comportaba a diario más traviesa que otras, comenzó a rezar el rosario a media voz. La maestra la miró sonriente, con delicadeza de amiga y le guiñó un ojo. La niña también sonrió primero y a continuación se le soltaron una serie de hipidos ahogados en el pecho y la garganta como queriendo contener el llanto. Antes de rezar todo el rosario comenzó a reírse de verdad. Una compañera se enfadó con ella.
            ─Mira que eres mala, María Luisa. Con lo que está cayendo y te pones a reír. ¿No te da na, viendo como lloran estas niñas?


            ─¿Queréis que recemos el rosario o que cantemos que llueva que llueva? ─preguntó Micaela Miranda. María Luisa comenzó a cantar:
                                    ¡Que llueva que llueva, la virgen de la cueva,
                                    los pajaritos cantan, las nubes se levantan!
            Como la acompañara de inmediato la voz de la maestra, otras niñas se sumaron al coro para desafiar la tempestad.
                                   ¡Que sí! ¡Que no! ¡Que llueva a chaparrón!
                                   ¡Que quiebre los cristales de la estación!
            Duró más la tormenta que el repertorio de canciones infantiles que sabía Micaela Miranda, pero casi todos los padres y madres fueron a la escuela con paraguas, impermeables y prendas de vestir grandotas a recoger a sus hijas. Gracias al diluvio, aquella tarde la clase terminó antes de tiempo.  

Al quedarse sola, el granizo ya no caía; los truenos dejaron de oírse y los relámpagos de verse. Pero seguía lloviendo y Micaela Miranda se puso triste de pronto. Le entró una tristeza sin pena que la llevó a recordar a doña Carmen Ruz en su exilio. No había vuelto a saber de ella, ni de su esposo el pedagogo y político Eloy Vaquero. Recordó con nostalgia a doña Carmen Ruz porque con ella vivió una tarde de tormenta parecida. Ella fue quien le enseñó el truco de entretener a los niños que se asustan con los relámpagos y los truenos. Cantaban canciones divertidas y hasta pedían a los alumnos que supieran a que contasen chistes. Pero ahora la lluvia seguía cayendo despacio y ella ignoraba el paradero de los exiliados. Se sentía triste porque la lluvia y la soledad son una buena yunta para arrastrar las almas sentimentales y conducirlas a la añoranza, a la ternura, a los deseos y los sueños que se viven fuera del tiempo. La melancolía le hizo también desear que su madre estuviera a su lado y poder abrazarla. 


Ella escribía a su madre todas las semanas una carta pero Trini no lo hacía con la misma regularidad. Se pasaba un mes y no le enviaba noticias de su estado, ni le contaba nada de cómo vivía, aunque Micaela Miranda no tuviera que hacer esfuerzos de imaginación para recordarla igual que la dejó al venir. Su madre se acordaría de ella pero era una mujer descuidada para los afectos; creyente y compasiva y buena madre que nunca le hizo daño, que la cuidó bien y quería a su esposo, pese a ser tan distinto. Eran muy distintos de carácter sus padres pero Trini se vio desangelada al saber que Marcelo había muerto. Se vistió de luto, y al poco de estar en La Carlota ya no hablaba de él ni lloraba su desamparo. Buscó trabajo para seguir viviendo y soportó las penurias como si nada, con la paciencia translúcida que le otorgaba su fe. Podía pasarse un mes sin escribir a su hija con la tranquilidad en el corazón de que nada malo le ocurriría. Micaela Miranda le achacaba casi siempre sus largos silencios, le costaba entenderlos y admitirlos, por eso, cuando recibía carta de su madre, se estaba tres días sin salir a la calle nada más que a lo preciso. Se ponía a escribirle de seguido y después repasaba todas sus cartas anteriores, saboreándolas con placer porque su madre escribía siempre sin asomo de dolor ni lamentaciones. Las releía como agarrándose al vínculo febril y débil y amenazado por las vicisitudes que pudiera romperse por el vacío de palabras. Después de su madre, ¿qué le quedaba de consistencia y perecedero? No se fiaba de los deseos de los otros. No quería creer en los sueños de los demás. Tenía grabada una incertidumbre en el pensamiento: la sospecha oclusiva de que el amor le dañaría más en su situación que felicidad pudiera obtener de compartirlo. Porque ella sabía que el amor le rondaba el cuerpo y le solicitaba el corazón.

*Era una casa-escuela y la maestra vivía allí, sola. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Talbania 1942 (Continuación)





Al volver vio de nuevo a los dos chiquillos. Estaban recogiendo las trampas para zorzales que pusieran horas antes. Los sorprendió el guarda jurado que probablemente los hubiera estado acechando. Los abordó dándoles voces y los chicos se asustaron al principio, pero no corrieron. Micaela Miranda detuvo su caminar para observar la escena porque no sabía que estuviera prohibida la caza como el guarda les gritaba. Santiago los encañonó con la escopeta incitándoles a que les dieran los zorzales y las costillas, las trampas, pero los chicos se resistieron y se defendían. Sin más contemplaciones, Santiago se descolgó una vara que llevaba sujeta al cinto y comenzó a golpearlos. «O me dais los zorzales u os meto en la cárcel». Eso lo dijo tras la primera tanda de golpes. Uno de los chicos, el que llevaba las trampas en una talega, consiguió escaparse antes de que Santiago continuara apaleándolos. Al verse desamparado y en peligro, el otro le tiró la ristra de pájaros muertos a la cara y también huyó. Ante los despojos de su victoria, Santiago se arremangó los pantalones, se atacó la camisa, se ajustó el sombrero con sus distintivos oficiales y, satisfecho de su logro, cogió los zorzales del suelo y los guardó en su morral. Al salir al camino vio que Micaela lo observaba. «¿Y tú quién coño eres? ¿Qué coño haces aquí? ¿Buscas alguien que te monte?» Micaela no contestó, continuó su caminar en dirección al pueblo, agitada y temerosa por la condición y las palabras de aquel hombre. Él la seguía unos pasos detrás y volvió a hablarle como quien busca reconciliarse. «Ya te recuerdo, mujer. Tú eres la que estaba con don Juan hace unos días. Me han dicho que eres la maestra nueva. ¿Cómo te llamas? ¿No quieres decirme cómo te llamas? Descuida que ya me enteraré de tu nombre. ¿Te gustarán los tíos, no? Porque si necesitas uno, yo no tengo inconveniente en…» «Oiga usted, majadero, sinvergüenza, ¿quiere hacer el favor de dejarme en paz? ¿Acaso le he dirigido yo la palabra?» Estaban llegando al cruce por donde se entra al lavadero. Vio que allí había gente y comenzó a aligerar el paso en aquella dirección para protegerse.  

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Talbania 1942 (Fragmento)




Micaela Miranda tuvo problemas de insalubridad en su clase al llegar las primeras lluvias y enfriarse el tiempo. Hubo que desinfectar la clase de chinches y pulgas, lo que le llevó tenerla un día cerrada que ella aprovechó para llevar a las niñas de excursión. Las llevó a un paraje de altos relieves y tierras arenosas sembradas de frutales entre huertas y olivos. Un lugar pintoresco, conmovedor por su rareza quebradiza, conformado por altas laderas de pendientes bruscas, a cuyos bloques de arena maciza se enraízan lechines viejísimos y matas de esparragueras y de pitas. Laderas que descansan sobre estrechos cañones como ramblas fecundas. Conmueve encontrase ese lugar por la diferencia que marca en su entorno de llanos y cerritos cereales. Es abundante en agua de varios manantiales, en uno de los cuales había un lavadero de piedras grandes, desgastadas, cubierto por cañizo y tejas sueltas. Hasta allí llegaban las mujeres pobres, cargadas de grandes bultos de ropa para lavar y tender al sol. La tendían en los alambres sin púas que el dueño de la huerta había instalado sujetos a palos clavados en la tierra. Algunas mujeres iban acompañas de un hijo o un hermano que le transportaba la ropa en un burro pequeño.
Las niñas, sin cortapisas de otras obligaciones y sin límites de espacio el día de la excursión a Tentecarreta, correteaban de un lado para otro como animalitos dóciles, como gatitas curiosas que olisquean por doquier, admirándose al descubrir los huecos profundos al pie de los troncos de los olivos, haciendo conjeturas entre ellas sobre el origen y la utilidad de esos agujeros. Las mayores presumían, a veces con la intención de asustar a las pequeñas, diciendo que en esas cuevas vivían las culebras venenosas y los zorros salvajes, animales peligrosos de los que había que cuidarse. Micaela Miranda procuraba desdramatizar los hallazgos, diciendo que además de zorros y posibles culebras invernando, igual se trataba de simples rendijas por donde los conejos se meten y hacen largos y entremezclados túneles que se llaman madrigueras. «La madriguera es donde viven, y no los hacen solamente para vivir, sino también para despistar a sus depredadores». «¿Y qué son los depredadores, señorita maestra? ¿Son los ogros del bosque?» «Casi casi». «¡No, tonta» le contestó otra niña más grande y entendida, «los depredadores son las máquinas de los agricultores, los arados que rompen las camas de los conejos y por eso las hacen bajo tierra». La maestra reía con la imaginación de la segunda niña y aclaraba las dudas de la primera.

       Micaela Miranda había descubierto Tentecarreta en uno de sus paseos en bicicleta y le pareció precioso aquel lugar para las excursiones, pues además de las pitas y chumberas que colgaban de los terraplenes, también crecían algunas encinas y almendros agrios. Pero no era un camino apropiado para pasear en bicicleta, porque estaba cubierto de arenas sueltas y las ruedas se hundían y se dislocaba la dirección. Era más conforme para ir caminando y Tentecarreta no estaba lejos del pueblo. En aquel paraje al que se llega por un camino bordeado de altos terraplenes sombreados de olivos, un camino de hechizo y sobrecogedor, de impacto cinematográfico y bucólico, al que los vecinos habían bautizado como los callejones, tropezó Micaela Miranda por segunda vez con Santiago, el hombre áspero aquel que se plantó mirándola fijamente como un idiota el día de su llegaba a Talbania estando con don Juan en el casino. Antes vio por allí dos chicos apostados en lo alto de un montículo, bajo un olivo. Ella continuó su camino hasta más adelante, donde terminaban los callejones y el paisaje se abría con una magnificencia de relieves ondulados cubiertos de olivares y viñedos. Olivares y viñedos que ofrecían los únicos verdes del otoño, mezclados con manchas ocres y calizas de la tierra desnuda. Un espacio profundo que reverberaba en colores múltiples hasta los picachos azules de la Subbética. Los montículos pelados de la Sierra de Cabra se extendían desde el sur al este del paisaje como una muralla almenada que defendiera el valle fructuoso. Era embriagador aquel lugar alto, aquella altitud dominadora que la sorprendía siempre con su aparecer de repente, como el plano intencionado de una película, como un flash que se detiene de pronto y te deja una amplia perspectiva impresionante. Desde allí se divisaban grandes cortijos en las hondonadas y multitud de casillas blancas, contrastando con el negror de los olivos viejos en la lejanía.

martes, 21 de agosto de 2012

BARCELONA JOYCE (Novela inédita. Fragmento)






No podía irse sin comunicárselo al menos a su padre, Anton Joyce, hijo de irlandeses y alemán de nacimiento, hombre de pocas palabras y amante de los caballos. Entre Margot y su padre había prevalecido siempre la confianza y el entendimiento mutuo, un sustentado sentimiento de amor filial que ella concebía, desde siempre, como la salvaguarda para soportar sin daño sus cambios de carácter. En ocasiones inexplicables, se mostraba gentilmente espléndido por las mañanas y por las tardes su semblante se volvía hosco y su temperamento irascible; se convertía en una persona insociable. Pero ante ella se disculpaba si lo requería en algo y se mostraba dispuesto, aunque estuviera haciendo de tripas corazón y la tirantez de los músculos faciales no volviese a su estado natural. A su manera, Anton la había querido siempre y por ella se cambiaba hasta las cosas de mano. Así que ahora, al tiempo de huir con su hija, no podía dejar de informarle de la situación. Sin embargo, a Obdulia, la madre, Margot prefería no ponerla en antecedentes confiando en que Anton Joyce, advertido de esa imperativa necesidad, sabría mantenerla en la ignorancia así como en la esperanza de que un día regresaría con la niña. Le diría a su esposa que iban de viaje, un viaje del que solamente ella misma conocía el destino y nadie más el regreso. Había decidido abandonar a su esposo porque ya le había pegado varias veces y tenía la sospecha, si no fundada en la evidencia sí comprobada por la sazón de los indicios, de que la engañaba con otra. O vete a saber si con más de una, toda vez que el narrador de esta historia ha conocido la navegación amatoria de Anselmo Letelier Salvochea, por lo que es probable que los recelos de su esposa tuvieran fundamento. Es tan incontrolado como ambicioso: se cree muy hombre, pero no es más que un bruto, pensaba ella con el descubrimiento abrupto de su amargura. Margot no había sospechado durante su alegre y equilibrada vida que los celos y el maltrato la conducirían al estado sombrío del sufrimiento y que este la llevara a una situación extrema. Una situación a la que había llegado por el doblez de su esposo, por sus tardanzas y la violencia empleada con ella. El cambio de ser de Anselmo la inducía no solo a sospechar que la engañaba, también los silencios obtusos y el dolor de su carne eran un verdadero martirio y ya no quería seguir así. Se hallaba sobrepasada por la realidad. Su padre se ofreció primero para hablar con Jacobo e incluso denunciarlo a la policía a fin de obtener el divorcio rápido. Margot lo conminó. «Si te confío lo que voy a hacer es porque no deseo tomar otra alternativa». Anton Joyce no estaba de acuerdo con la decisión de su hija, pero no pudo impedírselo: ella siempre tuvo buen tino para sus decisiones y un convencimiento de clavo firme que hacía inútil intentar de persuadir.
Aquella misma tarde, voló al silenciado país y la niña con ella. 



Desde que Anselmo Letelier Salvochea llegó a este país, joven y arrogante, con sus ojos de isla mediterránea, de mirada sutil, luminosa y penetrante como la de un tuareg, considerado al cabo de los años por los demás de seductor en desgracia, no ha cambiado de trabajo ni de condición descuidada, espontánea, exhibicionista y risible. La mayoría de la gente que lo conoce lo ve ridículo. Un extranjero grotesco. Desde que su mujer lo abandonó llevándose a la niña, ha sido siempre así: con el alma colgada del vacío y la mirada persiguiendo a las muchachas. Ahora que cumple cuarenta y pico de años, se extravía sobre todo mirando las jóvenes que oscilan alrededor de los veinte, porque esa es la edad que debe tener su hija, a la que sigue obsesionado en buscar pero más en la imagen de las otras chicas que en la realidad donde quiera que viva. A los dos años de la separación sufrió amnesia transitoria tras un coma etílico y desconoce con exactitud el año que nació Barcelona Joyce. Su esposa se llevó el libro de familia y no ha vuelto a darle noticias de su paradero.
Margot se llevó, además de la niña y el libro de familia, su existencia total y lo dejó abandonado, solo, deshabitado, en la ignorancia, sin rastro donde poder hallarlas. Barcelona Joyce no había cumplido un año cuando su madre se separó de Jacobo por infidelidad y maltrato. Entonces no bebía con la compulsión desangelada e insaciable que le vino después; ni ahora, pasado aquel tranco, tampoco bebe hasta emborracharse, pero el virus de la violencia se le desbravó de golpe porque Margot le dijo, despechada, que ella también tenía un amante.

Notilla al lector. Anselmo y Jacobo son el mismo personaje, cuyo motivo del doble nombre se explica en lo sucesivo de la historia