Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

miércoles, 17 de agosto de 2011

Notas de un vacacionero en la humedad. III

Se vuelve uno a enamorar infelizmente y ves que la belleza que te absorbe, esta belleza externamente en paz de piedras y paisaje, de casas y de árboles que abstraen del espíritu su intensa curiosidad, su pena y su tormento, esta belleza, oh dios de los Aqueos, está manipulada, poseída, pisoteada por sus pobladores, nido de víboras insomnes que ofenden la memoria de mis ojos.

Lo contaré otro momento en que no me domine el asco a la Iglesia, sus hombres y mujeres, sus religiones dueñas del retiro que sueño, su obstinación obscena en el alarde de la barbaridad impresa en piedras dóciles, magníficas, todavía ostentando que el crimen fue en Granada y que los asesinos fueron estos: ¡Presentes! No puedo soportar la infamia y desvergüenza tanto tiempo acusándome de ser un perdedor, el derrotado de aquella pesadilla que azuzan con sus burlas estos hombres ruines, estas mujeres pálidas de tanta misa en ristre.

Lo contaré. Pero ¿qué habré de contar que no esté dicho y olvidado por estos semejantes más que azules, amarillentos, pardos de no querer mirar la sangre derramada, las cárceles que fueron puro infierno para tantos Hernández y hermanos humillados, que no quieren saber que las ejecuciones perpetradas tantos años después de su victoria siguen en las cunetas sin justicia. Detritus de sus obras.

A veces, me duele vivir imbuido en esta belleza todavía (¡cada día!) horadada por los escupitajos de la historia. Me duele España, sí, es mucho más que unas notas musicales que la representa en los juegos olímpicos, es mucho más que un trapo de dos o tres colores a la gresca: Hija de Yago. Madre y madrastra mía por la que Blas de Otero volvería a morir, con los ojos abiertos.

1 comentario:

Alfonso García Rivero dijo...

Cuando pasa un año de mis cincuenta, y he dejado atrás el abrazo cálido del mar donde todo empezó, miro a mi alrededor y veo jovenes que no oyen, como yo siempre las oigo, las voces de las mujeres ardiendo en la hoguera, el tormento de siglos inundado.Sangre seca, lagrimas frias. Las masas olvidan. ¿Hasta cuando clamando justicia? No hay oidos que oigan. El cortejo fúnefre sigue, no para. Nadie clama, nadie grita, nadir oye.