Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

jueves, 9 de mayo de 2019

HÚMEDO AGOSTO, de Prudencio Salces




Eduardo Moyano Estrada

Estamos ante una nueva novela de Prudencio Salces, la tercera en su ya larga y dilatada carrera como escritor, en la que ha combinado el quehacer poético con el del novelista.

No es fácil transitar desde la poesía a la novela, ya que responden a diferentes lógicas creadoras. La creación poética es más libre, yo diría que es la más libre de todas las expresiones literarias, sobre todo cuando  el poeta se libera de la “cárcel” del soneto y de las rimas. En la novela, por el contrario, el escritor tiene menos libertad al tenerse que ajustar a unas estructuras narrativas más rígidas, diseñar las vías por donde circulan los personajes, las casas donde viven, el escenario de los acontecimientos...

Me gusta decir que así como el trabajo creador del poeta se asemeja al del pintor, mezclando palabras en vez de colores, el del novelista se asemeja al de un arquitecto, dando forma a múltiples elementos que tienen que encajar en un todo coherente y verosímil (mejor cuanto menos real sea, y mejor cuanto más inventado).

Prudencio ha tenido la osadía, incluso la temeridad, de hacer ese tránsito, dejar de ser pintor de las palabras para ser arquitecto de personajes, de sus historias, de sus amores y desamores, de sus esperanzas, sueños, quimeras y frustraciones. Son sus lectores los que tienen que juzgar si ha logrado con éxito su propósito. En todo caso, como dice Carmen Martín Gaite, y el propio Prudencio señala, “…no se escribe para convencer a nadie de nada, sino para convencerse uno a sí mismo de que sigue en forma…” Y Prudencio lo está, tal como muestra la potencia narrativa de esta novela.

Es “Húmedo Agosto” una novela desconcertante, y es precisamente su principal virtud el desconcierto que produce en el lector, ya que hace atractiva su lectura hasta el final, esperando un acontecimiento, un desenlace, que nunca llega. Quizá esa expectativa no satisfecha puede causar en algunos lectores cierta frustración, pero no en mi caso, ya que conforme la leía iba desentrañando el juego de espejos que el autor desarrolla, su clara intención de generar confusión para así atraer la atención del lector. Como hace el mago con sus trucos, que nunca desvela, no seré yo quien le pida a Prudencio que desvele el enigma que hay detrás de alguno de los personajes, ya que, como buen novelista, deja que sea nuestra imaginación la que intente desentrañar su significado.

El primer desconcierto es el de la expectativa que causa la cubierta de la novela, un espléndido cuadro de Vanessa Lodeiro con la imagen de dos mujeres. Esa imagen, junto al título “Húmedo Agosto”, podría anunciar una relación erótica de carácter lésbico, pero que apenas se muestra en la narración y que sólo se apunta en las páginas finales, con ese beso rápido y fugaz, más compasivo, que libidinoso, entre Carmela y Camila (la dueña del bar “El Caravel”) cuando ésta le cuenta su agitada historia.

El propio título, “Húmedo Agosto”, es, como digo, otro elemento desconcertante, ya que no tiene que ver con ningún aspecto erótico, sino con el hecho de que uno de los personajes centrales de la novela pasa el mes de agosto en Cantabria, región húmeda por excelencia. Y es la humedad y el frescor del paisaje, en contraste con la sequedad y la calina de los pueblos del sur en agosto, lo que se convierte en uno de los ejes centrales de la narración. Uno de los personajes contrasta la humedad cántabra con “los cuarenta grados de calor oblicuo” del sur, disfrutando, como dice, de su “paisaje de agosto sin el sur, sin los pueblos expuestos al arbitrio del sol en las campiñas”, y recordando los versos de Blas de Otero “...pánica Iberia, silo de sol, haza crujiente”.

El tercer elemento que causa desconcierto en el lector es el que anuncia, por la lectura de la contraportada de la novela, que uno de los temas centrales será escribir una autobiografía del poeta Miguel Hernández, como si éste no hubiera muerto en 1940 y, ya viejo, decidiera escribir su propia biografía. Es una expectativa verosímil por cuanto es conocida la pasión de Prudencio Salces por el poeta de Orihuela, sobre el cual escribió hace años el conmovedor auto sacramental “Hernández”, ese poeta “de corta vida, pero de larga muerte”, como dice uno de los personajes de la novela.

Pero he aquí que, si bien ese empeño es la obsesión de Carmela (el personaje central de la novela), y es su propósito escribirla durante su estancia en Cantabria, resulta que apenas es un intento, mostrado en unas pocas páginas y diluido en un sinfín de otras escenas y hechos narrativos. Se cuentan, es cierto, cosas de la biografía de Miguel Hernández, pero que no pasan de ser lo que ya se sabe por boca de sus biógrafos más conocidos, como Eutimio Martín, o de la mano de Josefina Manresa, viuda del poeta.

En este sentido, el lector espera algo de ficción en esa autobiografía prometida, que, sin embargo, no encuentra, y que por ello puede sentirse algo frustrado. Parece como si Carmela, en vez de escribir la autobiografía de Miguel Hernández, muerto con algo más de 30 años, se esfuerce por relatar la de su abuela Andrea, también muerta joven. En ese relato biográfico, la muerte joven, siempre trágica, es el eje del mismo, ya que muchos de los personajes que aparecen mueren jóvenes: la citada abuela Andrea (de enfermedad cardiovascular); los tres Ramiros (uno, por enfermedad pulmonar, agravada por una paliza en el cuartelillo de la Guardia Civil de Talbania; otro, de accidente, cuando era estudiante de medicina, y el tercer Ramiro, de cáncer de huesos), y Martina, la mujer del primo Juanito (de una enfermedad degenerativa)… Todos ellos mueren con apenas cumplidos los 30 años, como el poeta de Orihuela.

Pero como digo, a pesar de ese triple desconcierto y de la frustración que pueda generar en algunos lectores, Prudencio Salces ha escrito una novela solvente y bien trabada, más en la línea sencilla de “Las garras del chacal”, que del atrevimiento de su “Barcelona Joyce”. Hay en esta tercera novela mucho de lo vivido por el autor, o al menos de lo que ha escuchado en boca de seres muy queridos por él. Por eso, sin ser una novela autobiográfica (ninguna buena novela lo es) tiene mucho de biografía contada por otros. La clave para entender el sentido biográfico de “Húmedo Agosto” hay que buscarla en la doble dedicatoria que hace Prudencio al principio de la novela: por un lado, a su mujer, “Lola, de cuyas vivencias se nutre el germen de esta novela” y, por otro lado, a sus hijos “África y Rubén, que no conocieron a su abuela materna”.

Mientras que “Barcelona Joyce” es una pura novela de ficción, urbana, valiente, atrevida, transgresora incluso en su estructura narrativa, ésta de “Húmedo Agosto” es una novela más realista, rural, con la que Prudencio vuelve a sus orígenes, al imaginario de su obra poética más señera, como “El Mesto de las Rosas”. Es rural no sólo porque los personajes que cuentan sus historias son personajes rurales (la familia de Carmela en Talbania, la gente con la que ésta trata durante su estancia en Cantabria, en torno al bar El Caravel…), sino porque el paisaje rural cántabro desempeña un papel muy significativo en la estructura de la novela.

La novela se estructura en varias voces. Una es la voz de un narrador oculto, que no desvela su personalidad (¿Es acaso la voz de Segismundo, viejo enamorado de la joven Carmela, pero no correspondido por ésta? ¿Es la voz del primo Juanito? ¿Es la voz del propio Prudencio que va buscando los orígenes de su apellido Salces por esas tierras del norte?). En todo caso, en esta voz puede adivinarse un alter ego del propio Prudencio, que va describiendo, con prosa poética de una gran belleza, el paisaje de los lugares por los que transita: Sopeña, Cervatos, Polanco, Comillas, Renedo, Tudanca, Reinosa, Fontibre, el valle del Saja, el nacimiento del río Ebro,… Es éste un personaje que se recrea contemplando los paisajes naturales y describiendo la frondosidad de la arboleda, pero que también se deleita con el paisaje arquitectónico que se le muestra en forma de palacetes o casas solariegas en una región de rango abolengo como es Cantabria.

Es un recorrido por los pueblos y comarcas cántabras más significativas, en las que el narrador va descubriendo sus encantos y trasladándolos al lector, de forma que se produce una simbiosis entre el paisaje, la voz que lo describe y el lector que lo lee, o escucha, porque esas partes de la novela se disfrutan más si son leídas en voz alta. La magia poética sólo es rota en los momentos en los que el narrador pone el contrapunto de los hechos históricos que rodean el paisaje de Cantabria, la memoria de la Guerra Civil y los restos del franquismo aún presentes en las fachadas de las casas, calles o plazas por las que transita.

La segunda voz es la de Carmela, el personaje central de la novela, y sobre la que gira toda la historia. Es, como he señalado, la voz de una mujer viuda joven (de sólo 30 años), restauradora de arte, pero que ahora regenta una galería/tienda de vintage en Madrid, y que regresa por tercera vez a Cantabria en verano, buscando la paz y el sosiego del paisaje y la placidez del clima suave, fresco y húmedo de las tierras del norte. Suele ir a “El Caravel” a tomar café y coñac, y allí conversa con Ana, la camarera, extrovertida y eficiente, y con Camila, la dueña, mujer enigmática e introvertida, siempre con un vaso de whisky en la mano, y que poco a poco le irá abriendo su corazón a Carmela.

Carmela va acompañada, muy a su pesar, por su primo Juanito, también viudo joven (su esposa Martina murió al poco tiempo de casados), existiendo entre ellos una extraña relación de protección mutua, asexuada y anodina. Mientras Juanito se busca la vida flirteando con María Sampuente, veterinaria, siempre acompañada de perros, mujer andrógina, y entabla una peligrosa amistad con el acosador Vidal (Macaco, de apodo), Carmela escribe una relación epistolar con una amiga a la que le va contando las peripecias de su viaje a Cantabria, al tiempo que le abre la puerta de su memoria derramando sus recuerdos de infancia y la propia historia de su familia a través de lo que le contara su madre.

Conmovedor es la última página, donde Prudencio narra el regreso al Sur de sus personajes tras los días pasados en Cantabria, el regreso “al temor de los días sucesivos bajo el imperio azul de la naturaleza adversa”. Muestra el contraste de las tierras húmedas del norte con los páramos y sequedad de la meseta. Al tiempo que describe el árido paisaje por el que transcurrió la vida de Don Quijote y Sancho (aprovecha para reivindicar la figura del fiel escudero), Prudencio hace un guiño a la actualidad con la mención a las “aldonzas jovencitas, mezcladas con jóvenes mujeres  inmigrantes, que limpian de maleza un parque periurbano junto a una charca y una estación de servicio abandonada…con la yerba ya perdida” en los alrededores de Villarta de San Juan. Observa la “gran soledad que pesa aquí…pesada y aturdida, como la impertinencia gris de los mosquitos y los cardos resecos entre yerbajos mustios”. Siente una melancolía pesarosa, y un deseo de morir, remedando el paisaje y su leyenda de pasiones temibles, “la leyenda de don Alonso Quijano, ebrio por esos páramos de un ideal nombrado por sus sueños, Dulcinea”. Mas se resigna y anhela regresar a su casa, “que lo es para vivir nostalgias…” o “para morir de nostalgia por algo que no vivirá” (Alessandro Baricco); en definitiva, el regreso a su casa de Talbania, donde “espera en mansedumbre su regreso” (Ernest Hemingway).

El amor, la soledad y la tragedia que siempre supone la muerte joven, son el eje de esta tercera novela de Prudencio Salces. Con el paisaje de Cantabria como escenario, Prudencio expresa, una vez más, la sensibilidad poética que nunca le ha abandonado en ese tránsito siempre difícil por el camino de la narración literaria.

martes, 19 de febrero de 2019

Húmeddo agosto




Sinopsis

Una viuda de mediana edad pasa sus vacaciones en una casita en un valle de Cantabria. Escribe epístolas a una amiga en las que va desentrañando los recuerdos desgraciados de su madre en el pueblo imaginario de Talbania, así como sus vivencias ocasionales en el lugar de residencia, que rayan la jocosidad y el patetismo de algunos personajes, y otras vicisitudes de su amor perdido. Paralelamente, se imbuye en la ambición de narrar una “autobiografía” del poeta Miguel Hernández, en un estilo narrativo en el que es el propio poeta quien cuenta su vida como si no hubiera muerto.

Húmedo agosto pretende ser una incursión en la memoria de esta mujer, tanto por la persistencia del amor profesado a su esposo muerto como a la belleza en su más amplio concepto del sentir. Decadencia y perseverancia se unen en su acontecer para ofrecer un fresco de teselas emocionales. Todo ello intercalado con las notas, a modo de diario, de otro viajero enamorado del paisaje cántabro y envuelto en el afán intrigante de una búsqueda errática.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Crónica del ultimo invierno






Crónica del último invierno es la cuarta novela del escritor Luis Quiñones. Una novela densa, hermosa y con carácter. Escrita con la pericia de tres voces, o tres registros narrativos que se van alternando, la del narrador omnisciente que nos presenta el tema argumental, la del cronista que nos introduce en el tiempo de la trama, y la del poeta que expresa los sentimientos de su propia memoria. Las tres voces o facultades narrativas nos trasladan a una España trágica y cambiante que no deja de estar en la actualidad: la de la llamada Transición. 
Una novela valiente que aborda los turbios sucesos sobre un joven anónimo que desaparece, cuya desaparición es soslayada por la policía, y un caso que pone en entredicho las artimañas de un estado que no se despoja de todas sus taras heredadas de la dictadura  franquista. Con un estilo directo y envolvente, la novela va creciendo en unos entresijos cada vez más alucinantes y verosímiles de un tiempo que el autor no quiere que pasen al completo olvido. La triste y trágica realidad de una juventud de barrios periféricos que se deja engatusar por los alicientes de la droga, desnaturalizándolos de sus congénitas raíces, y la ambición honesta de un periodista jubilado que desea poner en claro el porqué del comportamiento turbio de los herederos del franquismo. 
La concomitancia entre ficción y realidad engrandece esta novela bien escrita y, más aún, bien documentada con datos y hechos históricos que no desmerece su credibilidad. Ficción, realidad y memoria, los tres ejes de una historia para nada convencional sino más bien arriesgada tanto en el tema como en el estilo que bien quisieran tener muchos de los libros que aparecen (supuestamente apadrinados) en las grandes editoriales y que por lo tanto disfrutan de la atención de los medios. Por lo tanto, he aquí el mérito de un escritor sin avales mediáticos ni económicos que a despecho del poco tiempo que le deja su profesión y sus quehaceres diarios, se atreve sin tapujos ni guiños fáciles a escribir con el compromiso que la buena literatura merece. 
Crónica del último invierno (publicada por BohodónEdiciones) ofrece una lectura apasionante basada en la intriga, la verdad y la belleza donde el amor también tiene su cabida ambiental, nostálgica y vivificante. No en vano, cada una de las tres voces nos va interesando abrasadoramente en los factores propios de un tiempo que no es pasado sino presente continuo de la condición humana.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Hablando de la muerte




Uno va con sus cosas por la vida y el día menos pensando llega la muerte a tu cuerpo y ¡plaf!, al carajo la luz y la entrepierna.

Esto es lo que hay. Por el hecho de vivir, la obligación de morir.

Todos deseamos que nos llegue de pronto, con el menor dolor posible, pero si la parca se distrae unos meses (o incluso unos años) alterando las delicias de nuestro corazón, habrá que sobrellevarlo de la mejor manera, con la síntesis filosófica de saber que será el último dolor que nos allegue al insomnio. Es el aprendizaje que se nos pide durante la vejez, que no es resignación, sino de sencilla aceptación de lo que uno mismo es: materia desechable.

Antes fuimos hermosos y el vigor nos acaudaló de amor y de otras zarandajas futuribles. Pero fueron finitas. Mas en cualquier edad de nuestro devenir, la muerte nos conoce aun sin saber la talla que gastamos ni el vino que nos gusta.

Por todo ello yo me imagino muerto, cadáver silencioso y cadavérico en su caja. No debiera mi familia haber gastado tanto parné en una caja que ha de arder dentro de unas horas, conmigo dentro. Conmigo no, porque yo ya no existo; con el Prudencio aquel. Pobre hombre, con sus neurosis tantas, sus sueños perdularios, su empeño en ser poeta y novelista. Para nada.

Yo me imagino muerto y en mi caja y me reconozco en esta actitud obediente como yazgo. ¿De qué habría de protestar? ¿Para qué quejarme? ¿Acaso el llanto de los familiares hará más interesante al muerto? No. No debierais velarme en este tanatorio recién hecho. Ya muerto no me iré a ninguno de los cuatro bares cercanos. ¿Para qué? Aquí estoy bien. Iros todos a descansar o a vuestros menesteres.

Y la gente, los vecinos, los amigos, el tropel muchedumbre, que siga su camino habitual, que por una vez en la costumbre de este pueblo no monten el teatrazo de cumplir cariacontecidos. Es lo que me gustaría que hicierais, pero aun así haréis lo que os parezca oportuno. Tampoco protestaría aunque pudiera hacerlo. Pero pensar al menos qué gran coñazo es todo ese batiburrillo cordial para los dolientes.

Mi esposa y mis hijos, acompañados de mis muchos hermanos y cuñados, mis sobrinos hermosos que son gran cantidad, debieran cumplir mi voluntad adquirida: nada de ceremonias religiosas ni misas pedigüeñas. Es mi muerte y no las necesita, como tampoco en vida he comulgado más que con la incineración.
Votivo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

El fascismo que viene



En cierta ocasión escribí para mi libro El Mesto de las Rosas:

Hubo un tiempo una vez aquí en España que se llamó franquismo,
sinónimo de cárcel y de olvido.
No olvidarlo en la penumbra feliz de vuestros besos.

No era más que una opinión particular y un deseo emotivo para preservar la memoria de los jóvenes de un tiempo fatal que yo mismo viví y padecí. Pero cuando escribí eso los franquistas no estaban tan enardecidos ni mostraban su aversión a la democracia con la desvergüenza y el afán de taponar la verdad como hacen ahora. Ahora me resulta aberrante y hasta peligroso ver cómo las huestes del fascismo reivindican en la calle brazo extendido y cantando el Cara al sol como si exigiendo de nuevo el paredón para los que no piensan como ellos. Y la verdad es que me da miedo cuando los veo con su máscara de vengativos. Cada día son más y con gritos más delirantes. Son como la indecencia del horror personificada en gestos amenazadores. ¿Hasta cuándo esta desfachatez en un estado que se dice democrático? ¿No hay ley alguna que detenga tales exaltaciones de odio? Al parecer hasta la Comunidad Europea prohíbe cualquier reivindicación de la dictadura, pero en España sigue legalizada la Fundación Francisco Franco que es de donde se alimentan esas alimañas del pasado más negro de nuestra historia reciente. Es un lastre para la convivencia que me temo va a peor y cada días más fuerte.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Diez chascarrillos fáciles sobre El Pueblo de Bujeo




·        En el Pueblo de Bujeo se han implantado grandes logros civiles y avances sociales desde que se instauró la democracia en El Pueblo de Bujeo.

·         A ojo de buen cubero, no hay casi ningún infeliz ni desgraciado en El Pueblo de Bujeo.

·       Se han ensanchado las aceras de todas las calles estrechas de El Pueblo de Bujeo, de modo que se prioriza al ciudadano el derecho y la seguridad para caminar, restringiendo la velocidad y el ruido de los vehículos a motor que eran la hostia.

·         Todavía existe la fantasía en El Pueblo de Bujeo.

·      En El Pueblo de Bujeo las personas sensatas, que son la mayoría, se han desprendido de las obligaciones irracionales. Han dejado de asistir a comilonas de bautismos, comuniones, bodas y navideñas que no les apetezcan. Y nadie se siente ofendido en El Pueblo de Bujeo.

·         La concordia y la tolerancia, en El Pueblo de Bujeo, es un hecho imprimible.

·      Los días de fiestas patronales, patrias o religiosas, los ciudadanos de El Pueblo de Bujeo ya no ven la necesidad de concurrir bien afeitados, y las mujeres, excepcionalmente, han superado la neura de estrenar vestido, zapatos, bolso, collares y chismorreos para cada ocasión. Van como se las arreglan por El Pueblo de Bujeo.

·   Es un fruto sin par, y exportable, esta felicidad sencilla que se respira ahora en las congregaciones de El Pueblo de Bujeo.

·      Adelantándose a los demás pueblos de la república y del reino, los jóvenes de El Pueblo de Bujeo han dejado de usar las calles como circuito de carretas con sus motos y coches nuevos. Son unos hijos benditos.

·       En fin, todos votan sin rencor ni mala uva en El Pueblo de Bujeo cuando hay que elegir un nuevo alcalde que gobierne la amena civilidad que signa al Pueblo de Bujeo. Ni en prosa ni en verso existen ya partidos políticos, sino grupos ideológicos enraizados en perpetuar la convivencia de El Pueblo de Bujeo.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Mis primeras lecturas


Por la salida sur del pueblo, en una ampliación de la vereda, estaba el vertedero municipal. Antes todos los residuos iban a parar al muladar que había en el corral de cada casa. Allí se pudrían, mezclados con las defecaciones de los animales, y con el tiempo se hacía estiércol. En nuestra casa, como había mulos y bastantes cabras, se sacaba cada año una buena cantidad de estiércol que se utilizaba tanto para abonar los olivos como para venderlo cuando sobraba. Todos los años sobraba porque los olivos no eran muchos: apenas una hectárea en la que había sembrados tan solo 52 ejemplares de diversa especie. Igual los había hojiblanca como picual y lechines. No se obtenía una gran producción de aceituna, pero la suficiente para producir el aceite que se consumiera en la casa para todo el año. Pero llegó el tiempo de recoger la basura con un carro tirado por un mulo. Una modernidad. No se utilizaban bolsas de plástico entonces. Los residuos, tanto biológicos como materiales, se echaban en un cubo grande que se dejaba a la puerta de la casa y el basurero los iba vertiendo sobre el carro. Así se pasaba el día entero, recogiendo los cubos de todas las calles y dando viajes al vertedero. Como quiera que el vertedero era tan solo un montón de sobrantes de todo tipo y estaba a campo abierto, los días que hacía viento se cubría la vereda de periódicos y de hojas sueltas de todo tipo. Hasta una carta me encontré una vez. Una carta de una novia a su novio en la que no le hablaba de amor, sino de cosas referentes al melonar desde donde se la escribiera. Por lo tanto, lo más provechoso que yo sacaba de aquel vertedero eran los periódicos. Los periódicos viejos que yo recogía del vertedero municipal fueron de gran ayuda para mis inicios de cabrero, pues todos los días salía por esa vereda con la piara de cabras a carearlas por los padrones en invierno y primavera y por los rastrojos durante el verano. De esos periódicos, o en ocasiones solo hojas sueltas, aprendí grandes cosas de las que no pude instruirme en la escuela ni en instituto alguno. Ahora que lo pienso, tal vez de esa curiosidad mía por leer los periódicos viejos, junto con unas revistas católicas (cuyo nombre no recuerdo) que mi hermano Valentín traía del seminario donde estudiaba, fueran la espita que despertó mi interés por la literatura. Por aquellas fechas de mi adolescencia yo tenía mucho respeto por todo lo escrito, pero en mi casa no había libros, excepto un Quijote resumido, tal vez con destino a escolares. Dudo que mi padre comprase ese libro, y se me ocurre pensar que tal vez lo comprara mi hermano el mayor, Currito, que al parecer fue un joven aplicado. Por supuesto que esa edición incompleta del Quijote la conservo yo. También recuerdo que en la casa había una historia novelada del bandolero José María el Tempranillo. Pero ese librito se perdió.
            Pues bien, siguiendo con los periódicos que recogía del vertedero municipal que estaba al lado de la vereda, en un lugar llamado La cuesta blanquilla, yo leí artículos del ABC tanto de José María Pemán como de Azorín. No recuerdo bien si a Azorín lo leí en ese diario, pero sí que de él leí por primera vez algo sobre el estilo en la literatura. Y eso me llamó mucho la atención: que para escribir había que tener estilo. Yo leía por igual las páginas que hablaban de política como las de cultura, que eran menos, pero que a mí me sustanciaban más que las primeras. Leía las noticias igual que las críticas a libros. Esto último creo recordar que era lo que más llamaba mi atención: el conocer nombres de escritores y aprenderme los títulos de sus libros. Libros que no podría leer de ningún modo, pues ni tenía dinero para ello ni en el pueblo había librería alguna. Lo que ocurrió fue que de mis hermanos mayores, que antes que yo habían vendido la leche, aprendí a sisar algunas pesetas diarias de esa venta que se realizaba por las mañanas. Era lo primero que hacía todos los días apenas me levantaba, ordeñar y vender la leche en presencia de las mujeres que iban a comprarla a nuestra misma casa. Como quiera que las puertas de la calle se abrían apenas se levantaban mis padres, recuerdo que el primer cliente todos los días era un viejo impaciente que se ponía al pie de la escalera que daba a la cámara donde yo dormía y todos los días me echaba la misma monserga para que me levantara, que no era otra que el siguiente refrán: Al hombre pobre la cama se lo come. De modo y manera que como mi hermano Gaspar o mi hermano Ángel me advirtieron, yo podía quedarme con algunas pesetas cada día y así tener mis propios ahorros. Mi madre no las echaría de menos, aunque si lo notaba nunca me dijo nada al respecto. Y con esos ahorrillos, fue como comencé a comprarme algún que otro libro.

sábado, 25 de agosto de 2018

Despedida y encuentro





Digo adiós a la vida
y adiós a los zapatos que me ayudaron tanto.
Digo adiós al sombrero,
a todos los sombreros que me dieron
protección, sombra sobre mis ojos,
y al olmo de Machado digo adiós.
He venido a sentir
la vida en estas manos, la he sentido
también sobre tu piel, con estas manos
que a veces hasta ti llegara yo,
no sé si he llegado hasta ti, mujer
que me fue dada, dada: corazón incluido
para que yo tuviera
corazón con que amar con estas manos.
Ya sé que si dijera adiós,
si dejara de ser como un zapato,
llevaría tu vida con la mía
puesta como un sombrero, como parte
de mi pensar en ti.


viernes, 2 de diciembre de 2016

LOS VÉRTICES DEL AMOR


Félix Ángel Moreno Ruiz


Barcelona Joyce es la última producción literaria del escritor cordobés Prudencio Salces Jiménez (Montalbán, 1951). Autor de una interesante obra, que incluye cinco libros de poesía ―el más destacado, El mesto de las rosas, fue Premio Juan Bernier en 1998― y varios libros de cuentos, en esta ocasión ha elegido el género narrativo mayor y lo ha hecho con una novela extensa ―casi seiscientas páginas― y de compleja estructura.

Dividida en tres partes de desigual tamaño, está protagonizada por Joao Silvestre, un médico de treinta y ocho años con vocación literaria que está proyectando escribir una novela sobre las relaciones tumultuosas de una pareja que se rompe cuando la mujer, víctima de los malos tratos, abandona al esposo y huye con su hija pequeña, Barcelona Joyce. En la primera parte ―titulada Amores Bolívar―, se alternan el relato de la vida del doctor ―un hombre viudo, que amaba a su difunta esposa, pero cuyo verdadero amor ha sido siempre su hermana Blanca Remedios― , fragmentos de la novela que no avanza al ritmo que su autor quisiera y cuentos que escribe sobre personajes que va conociendo y sobre sus propios sueños como medio para exorcizar los demonios y buscar la inspiración. La segunda parte ―que da título al libro, es decir Barcelona Joyce―, que continúa con la trama de la novela en construcción, nos cuenta la conflictiva relación entre madre e hija, a la que le oculta la existencia de su progenitor. Finalmente, en El reino de las sombras, se produce el encuentro entre Barcelona Joyce y su padre, y ambos inician una relación sentimental, al tiempo que el lector percibe un claro paralelismo entre la vida de Joao y la de los personajes que ha creado e intuye que, a veces, la línea que divide realidad y ficción es tenue o inexistente.

Prudencio Salces ha escrito una novela que exige una gran complicidad por parte del lector. No se trata de una narración al uso, a la que estamos acostumbrados últimamente. Como argumenta uno de los personajes, “las obras de contenido solamente sentimental o dramático, redactadas así, linealmente desde la primera página a la trescientas, donde la historia concluye redondeada, no sé, me parece cosa manida”. En Barcelona Joyce, por el contrario, encontraremos una estructura caleidoscópica, repleta de pequeñas ventanas a la que asomarse, de historias que se conectan entre sí, que aparecen y desaparecen hasta conformar un hermoso mosaico, cuyas teselas ―los relatos― están dispuestas para conformar un dibujo valiente y maduro sobre las relaciones incestuosas y la pasión amorosa. Y todo ello en un continuo juego metaliterario, en el que vida y literatura se confunden, con inteligentes alusiones a grandes obras literarias de cuyas fuentes su autor bebe, con un estilo ameno y, a la vez, elegante y preciso, con un vocabulario rico y variado, que hacen aún más interesante y recomendable, si cabe, su lectura.

Autor: Prudencio Salces Jiménez
Título: Barcelona Joyce
Editorial: Ediciones Atlantis
Lugar de edición: Madrid                                           
Año: 2016


miércoles, 19 de octubre de 2016

La soledad también es un encanto



Ahora él se ha ido, se murió, la soledad también es un encanto como cualquier caricia, piensa ella sentada en la terraza. Compraron ese piso por la enormidad de la terraza que tanta ilusión le producía al marido, pero a ella le sobraba el espacio vacío de imprevistos. A las visitas las recibían en el salón y desde ahí se marchaban tras el café. Ningún amante escaló a la terraza en las horas precisas. Tampoco un niño correteaba por allí con su bicicleta de juguete. Aun sin darse cuenta de las sensaciones oclusivas que su mujer sentía en la gran terraza, el marido compró macetas de plástico duro y otras de cerámica verde y arriates largos de fibrocemento donde sembró tanto tipo de plantas como le vino en cuenta. Entonces ella se sentía más agobiada y pequeña en ese espacio que había que cuidar todos los días.


Si el lector condescendiente así lo aprueba, pasamos sin detallar qué plantas y flores de terraza compró y sembró y dejó al cuidado de su esposa el hombre. Ella también tenía su trabajo fuera de casa, y bien remunerado, pero él llegaba tarde y cansado y para entonces las flores de la terraza ya debían de estar regadas y cuidadas. Había que eliminar gusanos que taladran las hojas, insectos que se apoderan de todo, barrer las hojas secas que caían y ensuciaban el suelo a diario. Así trascurrieron unos años sin que un hijo u otros imprevistos ajenos al matrimonio ocurrieran en la vida de la mujer que digo. 

Y un día el hombre se murió: de algo, no recuerdo si de un infarto o de un dolor de huesos, solo sé que se murió de prisa, como venía viviendo. Ella se quedó tranquila y fue cuando dispuso eliminar todas las flores con las que el marido había invadido la terraza que la mujer debía mantener con decoro y con paralela desgana. Esa tarde de otoño, con la gran terraza vacía y abierta a las salidas del sol, sacó una silla del comedor y, tras encender su primer cigarrillo de viuda, se dijo para sí: «El dolor se lleva dentro, pero la soledad también es un encanto. ¡Qué leches!», puntualizó.