Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

viernes, 21 de diciembre de 2018

Crónica del ultimo invierno






Crónica del último invierno es la cuarta novela del escritor Luis Quiñones. Una novela densa, hermosa y con carácter. Escrita con la pericia de tres voces, o tres registros narrativos que se van alternando, la del narrador omnisciente que nos presenta el tema argumental, la del cronista que nos introduce en el tiempo de la trama, y la del poeta que expresa los sentimientos de su propia memoria. Las tres voces o facultades narrativas nos trasladan a una España trágica y cambiante que no deja de estar en la actualidad: la de la llamada Transición. 
Una novela valiente que aborda los turbios sucesos sobre un joven anónimo que desaparece, cuya desaparición es soslayada por la policía, y un caso que pone en entredicho las artimañas de un estado que no se despoja de todas sus taras heredadas de la dictadura  franquista. Con un estilo directo y envolvente, la novela va creciendo en unos entresijos cada vez más alucinantes y verosímiles de un tiempo que el autor no quiere que pasen al completo olvido. La triste y trágica realidad de una juventud de barrios periféricos que se deja engatusar por los alicientes de la droga, desnaturalizándolos de sus congénitas raíces, y la ambición honesta de un periodista jubilado que desea poner en claro el porqué del comportamiento turbio de los herederos del franquismo. 
La concomitancia entre ficción y realidad engrandece esta novela bien escrita y, más aún, bien documentada con datos y hechos históricos que no desmerece su credibilidad. Ficción, realidad y memoria, los tres ejes de una historia para nada convencional sino más bien arriesgada tanto en el tema como en el estilo que bien quisieran tener muchos de los libros que aparecen (supuestamente apadrinados) en las grandes editoriales y que por lo tanto disfrutan de la atención de los medios. Por lo tanto, he aquí el mérito de un escritor sin avales mediáticos ni económicos que a despecho del poco tiempo que le deja su profesión y sus quehaceres diarios, se atreve sin tapujos ni guiños fáciles a escribir con el compromiso que la buena literatura merece. 
Crónica del último invierno (publicada por BohodónEdiciones) ofrece una lectura apasionante basada en la intriga, la verdad y la belleza donde el amor también tiene su cabida ambiental, nostálgica y vivificante. No en vano, cada una de las tres voces nos va interesando abrasadoramente en los factores propios de un tiempo que no es pasado sino presente continuo de la condición humana.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Hablando de la muerte




Uno va con sus cosas por la vida y el día menos pensando llega la muerte a tu cuerpo y ¡plaf!, al carajo la luz y la entrepierna.

Esto es lo que hay. Por el hecho de vivir, la obligación de morir.

Todos deseamos que nos llegue de pronto, con el menor dolor posible, pero si la parca se distrae unos meses (o incluso unos años) alterando las delicias de nuestro corazón, habrá que sobrellevarlo de la mejor manera, con la síntesis filosófica de saber que será el último dolor que nos allegue al insomnio. Es el aprendizaje que se nos pide durante la vejez, que no es resignación, sino de sencilla aceptación de lo que uno mismo es: materia desechable.

Antes fuimos hermosos y el vigor nos acaudaló de amor y de otras zarandajas futuribles. Pero fueron finitas. Mas en cualquier edad de nuestro devenir, la muerte nos conoce aun sin saber la talla que gastamos ni el vino que nos gusta.

Por todo ello yo me imagino muerto, cadáver silencioso y cadavérico en su caja. No debiera mi familia haber gastado tanto parné en una caja que ha de arder dentro de unas horas, conmigo dentro. Conmigo no, porque yo ya no existo; con el Prudencio aquel. Pobre hombre, con sus neurosis tantas, sus sueños perdularios, su empeño en ser poeta y novelista. Para nada.

Yo me imagino muerto y en mi caja y me reconozco en esta actitud obediente como yazgo. ¿De qué habría de protestar? ¿Para qué quejarme? ¿Acaso el llanto de los familiares hará más interesante al muerto? No. No debierais velarme en este tanatorio recién hecho. Ya muerto no me iré a ninguno de los cuatro bares cercanos. ¿Para qué? Aquí estoy bien. Iros todos a descansar o a vuestros menesteres.

Y la gente, los vecinos, los amigos, el tropel muchedumbre, que siga su camino habitual, que por una vez en la costumbre de este pueblo no monten el teatrazo de cumplir cariacontecidos. Es lo que me gustaría que hicierais, pero aun así haréis lo que os parezca oportuno. Tampoco protestaría aunque pudiera hacerlo. Pero pensar al menos qué gran coñazo es todo ese batiburrillo cordial para los dolientes.

Mi esposa y mis hijos, acompañados de mis muchos hermanos y cuñados, mis sobrinos hermosos que son gran cantidad, debieran cumplir mi voluntad adquirida: nada de ceremonias religiosas ni misas pedigüeñas. Es mi muerte y no las necesita, como tampoco en vida he comulgado más que con la incineración.
Votivo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

El fascismo que viene



En cierta ocasión escribí para mi libro El Mesto de las Rosas:

Hubo un tiempo una vez aquí en España que se llamó franquismo,
sinónimo de cárcel y de olvido.
No olvidarlo en la penumbra feliz de vuestros besos.

No era más que una opinión particular y un deseo emotivo para preservar la memoria de los jóvenes de un tiempo fatal que yo mismo viví y padecí. Pero cuando escribí eso los franquistas no estaban tan enardecidos ni mostraban su aversión a la democracia con la desvergüenza y el afán de taponar la verdad como hacen ahora. Ahora me resulta aberrante y hasta peligroso ver cómo las huestes del fascismo reivindican en la calle brazo extendido y cantando el Cara al sol como si exigiendo de nuevo el paredón para los que no piensan como ellos. Y la verdad es que me da miedo cuando los veo con su máscara de vengativos. Cada día son más y con gritos más delirantes. Son como la indecencia del horror personificada en gestos amenazadores. ¿Hasta cuándo esta desfachatez en un estado que se dice democrático? ¿No hay ley alguna que detenga tales exaltaciones de odio? Al parecer hasta la Comunidad Europea prohíbe cualquier reivindicación de la dictadura, pero en España sigue legalizada la Fundación Francisco Franco que es de donde se alimentan esas alimañas del pasado más negro de nuestra historia reciente. Es un lastre para la convivencia que me temo va a peor y cada días más fuerte.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Diez chascarrillos fáciles sobre El Pueblo de Bujeo




·        En el Pueblo de Bujeo se han implantado grandes logros civiles y avances sociales desde que se instauró la democracia en El Pueblo de Bujeo.

·         A ojo de buen cubero, no hay casi ningún infeliz ni desgraciado en El Pueblo de Bujeo.

·       Se han ensanchado las aceras de todas las calles estrechas de El Pueblo de Bujeo, de modo que se prioriza al ciudadano el derecho y la seguridad para caminar, restringiendo la velocidad y el ruido de los vehículos a motor que eran la hostia.

·         Todavía existe la fantasía en El Pueblo de Bujeo.

·      En El Pueblo de Bujeo las personas sensatas, que son la mayoría, se han desprendido de las obligaciones irracionales. Han dejado de asistir a comilonas de bautismos, comuniones, bodas y navideñas que no les apetezcan. Y nadie se siente ofendido en El Pueblo de Bujeo.

·         La concordia y la tolerancia, en El Pueblo de Bujeo, es un hecho imprimible.

·      Los días de fiestas patronales, patrias o religiosas, los ciudadanos de El Pueblo de Bujeo ya no ven la necesidad de concurrir bien afeitados, y las mujeres, excepcionalmente, han superado la neura de estrenar vestido, zapatos, bolso, collares y chismorreos para cada ocasión. Van como se las arreglan por El Pueblo de Bujeo.

·   Es un fruto sin par, y exportable, esta felicidad sencilla que se respira ahora en las congregaciones de El Pueblo de Bujeo.

·      Adelantándose a los demás pueblos de la república y del reino, los jóvenes de El Pueblo de Bujeo han dejado de usar las calles como circuito de carretas con sus motos y coches nuevos. Son unos hijos benditos.

·       En fin, todos votan sin rencor ni mala uva en El Pueblo de Bujeo cuando hay que elegir un nuevo alcalde que gobierne la amena civilidad que signa al Pueblo de Bujeo. Ni en prosa ni en verso existen ya partidos políticos, sino grupos ideológicos enraizados en perpetuar la convivencia de El Pueblo de Bujeo.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Mis primeras lecturas


Por la salida sur del pueblo, en una ampliación de la vereda, estaba el vertedero municipal. Antes todos los residuos iban a parar al muladar que había en el corral de cada casa. Allí se pudrían, mezclados con las defecaciones de los animales, y con el tiempo se hacía estiércol. En nuestra casa, como había mulos y bastantes cabras, se sacaba cada año una buena cantidad de estiércol que se utilizaba tanto para abonar los olivos como para venderlo cuando sobraba. Todos los años sobraba porque los olivos no eran muchos: apenas una hectárea en la que había sembrados tan solo 52 ejemplares de diversa especie. Igual los había hojiblanca como picual y lechines. No se obtenía una gran producción de aceituna, pero la suficiente para producir el aceite que se consumiera en la casa para todo el año. Pero llegó el tiempo de recoger la basura con un carro tirado por un mulo. Una modernidad. No se utilizaban bolsas de plástico entonces. Los residuos, tanto biológicos como materiales, se echaban en un cubo grande que se dejaba a la puerta de la casa y el basurero los iba vertiendo sobre el carro. Así se pasaba el día entero, recogiendo los cubos de todas las calles y dando viajes al vertedero. Como quiera que el vertedero era tan solo un montón de sobrantes de todo tipo y estaba a campo abierto, los días que hacía viento se cubría la vereda de periódicos y de hojas sueltas de todo tipo. Hasta una carta me encontré una vez. Una carta de una novia a su novio en la que no le hablaba de amor, sino de cosas referentes al melonar desde donde se la escribiera. Por lo tanto, lo más provechoso que yo sacaba de aquel vertedero eran los periódicos. Los periódicos viejos que yo recogía del vertedero municipal fueron de gran ayuda para mis inicios de cabrero, pues todos los días salía por esa vereda con la piara de cabras a carearlas por los padrones en invierno y primavera y por los rastrojos durante el verano. De esos periódicos, o en ocasiones solo hojas sueltas, aprendí grandes cosas de las que no pude instruirme en la escuela ni en instituto alguno. Ahora que lo pienso, tal vez de esa curiosidad mía por leer los periódicos viejos, junto con unas revistas católicas (cuyo nombre no recuerdo) que mi hermano Valentín traía del seminario donde estudiaba, fueran la espita que despertó mi interés por la literatura. Por aquellas fechas de mi adolescencia yo tenía mucho respeto por todo lo escrito, pero en mi casa no había libros, excepto un Quijote resumido, tal vez con destino a escolares. Dudo que mi padre comprase ese libro, y se me ocurre pensar que tal vez lo comprara mi hermano el mayor, Currito, que al parecer fue un joven aplicado. Por supuesto que esa edición incompleta del Quijote la conservo yo. También recuerdo que en la casa había una historia novelada del bandolero José María el Tempranillo. Pero ese librito se perdió.
            Pues bien, siguiendo con los periódicos que recogía del vertedero municipal que estaba al lado de la vereda, en un lugar llamado La cuesta blanquilla, yo leí artículos del ABC tanto de José María Pemán como de Azorín. No recuerdo bien si a Azorín lo leí en ese diario, pero sí que de él leí por primera vez algo sobre el estilo en la literatura. Y eso me llamó mucho la atención: que para escribir había que tener estilo. Yo leía por igual las páginas que hablaban de política como las de cultura, que eran menos, pero que a mí me sustanciaban más que las primeras. Leía las noticias igual que las críticas a libros. Esto último creo recordar que era lo que más llamaba mi atención: el conocer nombres de escritores y aprenderme los títulos de sus libros. Libros que no podría leer de ningún modo, pues ni tenía dinero para ello ni en el pueblo había librería alguna. Lo que ocurrió fue que de mis hermanos mayores, que antes que yo habían vendido la leche, aprendí a sisar algunas pesetas diarias de esa venta que se realizaba por las mañanas. Era lo primero que hacía todos los días apenas me levantaba, ordeñar y vender la leche en presencia de las mujeres que iban a comprarla a nuestra misma casa. Como quiera que las puertas de la calle se abrían apenas se levantaban mis padres, recuerdo que el primer cliente todos los días era un viejo impaciente que se ponía al pie de la escalera que daba a la cámara donde yo dormía y todos los días me echaba la misma monserga para que me levantara, que no era otra que el siguiente refrán: Al hombre pobre la cama se lo come. De modo y manera que como mi hermano Gaspar o mi hermano Ángel me advirtieron, yo podía quedarme con algunas pesetas cada día y así tener mis propios ahorros. Mi madre no las echaría de menos, aunque si lo notaba nunca me dijo nada al respecto. Y con esos ahorrillos, fue como comencé a comprarme algún que otro libro.

sábado, 25 de agosto de 2018

Despedida y encuentro





Digo adiós a la vida
y adiós a los zapatos que me ayudaron tanto.
Digo adiós al sombrero,
a todos los sombreros que me dieron
protección, sombra sobre mis ojos,
y al olmo de Machado digo adiós.
He venido a sentir
la vida en estas manos, la he sentido
también sobre tu piel, con estas manos
que a veces hasta ti llegara yo,
no sé si he llegado hasta ti, mujer
que me fue dada, dada: corazón incluido
para que yo tuviera
corazón con que amar con estas manos.
Ya sé que si dijera adiós,
si dejara de ser como un zapato,
llevaría tu vida con la mía
puesta como un sombrero, como parte
de mi pensar en ti.


viernes, 2 de diciembre de 2016

LOS VÉRTICES DEL AMOR


Félix Ángel Moreno Ruiz


Barcelona Joyce es la última producción literaria del escritor cordobés Prudencio Salces Jiménez (Montalbán, 1951). Autor de una interesante obra, que incluye cinco libros de poesía ―el más destacado, El mesto de las rosas, fue Premio Juan Bernier en 1998― y varios libros de cuentos, en esta ocasión ha elegido el género narrativo mayor y lo ha hecho con una novela extensa ―casi seiscientas páginas― y de compleja estructura.

Dividida en tres partes de desigual tamaño, está protagonizada por Joao Silvestre, un médico de treinta y ocho años con vocación literaria que está proyectando escribir una novela sobre las relaciones tumultuosas de una pareja que se rompe cuando la mujer, víctima de los malos tratos, abandona al esposo y huye con su hija pequeña, Barcelona Joyce. En la primera parte ―titulada Amores Bolívar―, se alternan el relato de la vida del doctor ―un hombre viudo, que amaba a su difunta esposa, pero cuyo verdadero amor ha sido siempre su hermana Blanca Remedios― , fragmentos de la novela que no avanza al ritmo que su autor quisiera y cuentos que escribe sobre personajes que va conociendo y sobre sus propios sueños como medio para exorcizar los demonios y buscar la inspiración. La segunda parte ―que da título al libro, es decir Barcelona Joyce―, que continúa con la trama de la novela en construcción, nos cuenta la conflictiva relación entre madre e hija, a la que le oculta la existencia de su progenitor. Finalmente, en El reino de las sombras, se produce el encuentro entre Barcelona Joyce y su padre, y ambos inician una relación sentimental, al tiempo que el lector percibe un claro paralelismo entre la vida de Joao y la de los personajes que ha creado e intuye que, a veces, la línea que divide realidad y ficción es tenue o inexistente.

Prudencio Salces ha escrito una novela que exige una gran complicidad por parte del lector. No se trata de una narración al uso, a la que estamos acostumbrados últimamente. Como argumenta uno de los personajes, “las obras de contenido solamente sentimental o dramático, redactadas así, linealmente desde la primera página a la trescientas, donde la historia concluye redondeada, no sé, me parece cosa manida”. En Barcelona Joyce, por el contrario, encontraremos una estructura caleidoscópica, repleta de pequeñas ventanas a la que asomarse, de historias que se conectan entre sí, que aparecen y desaparecen hasta conformar un hermoso mosaico, cuyas teselas ―los relatos― están dispuestas para conformar un dibujo valiente y maduro sobre las relaciones incestuosas y la pasión amorosa. Y todo ello en un continuo juego metaliterario, en el que vida y literatura se confunden, con inteligentes alusiones a grandes obras literarias de cuyas fuentes su autor bebe, con un estilo ameno y, a la vez, elegante y preciso, con un vocabulario rico y variado, que hacen aún más interesante y recomendable, si cabe, su lectura.

Autor: Prudencio Salces Jiménez
Título: Barcelona Joyce
Editorial: Ediciones Atlantis
Lugar de edición: Madrid                                           
Año: 2016


miércoles, 19 de octubre de 2016

La soledad también es un encanto



Ahora él se ha ido, se murió, la soledad también es un encanto como cualquier caricia, piensa ella sentada en la terraza. Compraron ese piso por la enormidad de la terraza que tanta ilusión le producía al marido, pero a ella le sobraba el espacio vacío de imprevistos. A las visitas las recibían en el salón y desde ahí se marchaban tras el café. Ningún amante escaló a la terraza en las horas precisas. Tampoco un niño correteaba por allí con su bicicleta de juguete. Aun sin darse cuenta de las sensaciones oclusivas que su mujer sentía en la gran terraza, el marido compró macetas de plástico duro y otras de cerámica verde y arriates largos de fibrocemento donde sembró tanto tipo de plantas como le vino en cuenta. Entonces ella se sentía más agobiada y pequeña en ese espacio que había que cuidar todos los días.


Si el lector condescendiente así lo aprueba, pasamos sin detallar qué plantas y flores de terraza compró y sembró y dejó al cuidado de su esposa el hombre. Ella también tenía su trabajo fuera de casa, y bien remunerado, pero él llegaba tarde y cansado y para entonces las flores de la terraza ya debían de estar regadas y cuidadas. Había que eliminar gusanos que taladran las hojas, insectos que se apoderan de todo, barrer las hojas secas que caían y ensuciaban el suelo a diario. Así trascurrieron unos años sin que un hijo u otros imprevistos ajenos al matrimonio ocurrieran en la vida de la mujer que digo. 

Y un día el hombre se murió: de algo, no recuerdo si de un infarto o de un dolor de huesos, solo sé que se murió de prisa, como venía viviendo. Ella se quedó tranquila y fue cuando dispuso eliminar todas las flores con las que el marido había invadido la terraza que la mujer debía mantener con decoro y con paralela desgana. Esa tarde de otoño, con la gran terraza vacía y abierta a las salidas del sol, sacó una silla del comedor y, tras encender su primer cigarrillo de viuda, se dijo para sí: «El dolor se lleva dentro, pero la soledad también es un encanto. ¡Qué leches!», puntualizó. 

lunes, 17 de octubre de 2016

OJOS TRISTES



Ojos tristes
corazón sangrante,
alma en pena,
frío en el semblante,
su amada ha muerto.
Nadie se lo dijo
él se lo oyó al viento,
respiró el perfume
de su último aliento.
Adiós, alegría,
volarás muy lejos
siempre al lado de ella.
¿Volverá ese día en que a su lado
de nuevo retornes?


Era estudiante de bachillerato en el Instituto Góngora de Córdoba. Su nombre femenino y raro, de esos nombres abruptos que hacen llorar a las adolescentes que no quisieran tenerlo (Ramona, Leovigilda, Fertuosa) sin por ello ser desmérito ni fealdad, fue usado después por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad en dos de sus personajes proverbiales. Eran los últimos años 60 cuando hallé en el periódico de la provincia (solo había uno entonces) las poesía que se cita, «Ojos tristes». No recuerdo si tenía otro título ni dónde pudo haber parado aquel recorte de papel que se puso pálido antes de haberlo perdido: en mi memoria aparecen ahora todos los versos tal y como me los aprendí entonces por las veredas del sueño. La muchacha había ganado un concurso de poesía en su pueblo, Posadas, y una feria estuvo en el nuestro con sus amigas. No he vuelto a saber de ella. ¿Vivirá? ¡Claro que sí! ¿Pero dónde? ¿Leerá aquí su poesía de juventud? Me gustaría saberlo: daría un puntapié de alegría sobre el muro del tiempo para derribar no sé qué cosa y descubrir vete tú a saber qué discordia de la fantasía.


viernes, 1 de abril de 2016

Sinopsis de Barcelona Joyce

Sinopsis de mi novela Barcelona Joyce, de próxima aparición:


Este libro también pudiera titularse Extranjeridad, pues todos los personajes son de países distintos y la novela se desarrolla en un lugar indefinido que bien pudiera ser una ciudad cualquiera de Europa.

            Consta de tres partes o libros diferenciados cuyos dos primeros no guardan relación entre sí.

En el primero (Amores Bolívar) se cuenta la historia de un joven doctor y la relación entre sus cuatro hermanas. Al parejo de su profesión, su vocación literaria le lleva a redactar las peripecias de un hombre abandonado por su esposa por malos tratos e infidelidad. Las indecisiones del doctor para afrontar la novela que quiere escribir, le llevan a redactar mientras tanto cuentos de cada uno de los amigos con los que se reúne en un bar llamado Talbania.

En el segundo libro o novela, se describe cómo la mujer que abandona a su esposo desaparece con la hija recién nacida (Barcelona Joyce) sin dar cuenta de su paradero. La madre, Margot, cría a la hija haciéndole saber que no tiene padre y vive en un mundo subterráneo de apartamiento y de pasiones delirantes, que influyen en la hija un carácter desequilibrado y rebelde.

La tercera parte (El mundo de la sombras) es una síntesis de las dos novelas precedentes en donde transcurre el encuentro del padre con su hija, que se hace llamar Nona, pero sin reconocerse en realidad, y viven un apasionado enamoramiento que les conducirá a una situación extraña, onírica y feliz.

El incesto como fondo, basado en el encuentro del amor verdadero, es la trama de las dos novelas y su epílogo.