Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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lunes, 30 de diciembre de 2013

El fugitivo y apresado Miguel Hernández


Fíjate, querida amiga, que me vine a este lugar a pasar las vacaciones para disponer de tiempo y continuar con la biografía sobre el poeta Miguel Hernández y, sin embargo, desvarío contándote cosas de mi pasado personal. Como bien sabes no soy una escritora ni pretendo serlo porque estudie y divulgue la obra del poeta oriolano: pues pienso que ese trabajo lo hago por pasión sencillamente. Una pasión enlazada a las pasiones de aquel hombre que fue desgraciado y nos dejó un legado poético tan hermoso. Hermoso y diferente. Figúrate hasta lo que se me ocurre pensar a veces, tanto cuando leo su obra como a medida que voy sabiendo más de su vida particular: pienso que si yo fuera hombre me hubiera gustado hacer lo que él hizo o le tocó hacer. No pienses que soy masoquista hasta el punto de desearme para mí misma el calvario de cárceles y sufrir una prematura muerte motivada por el abandono oficial de su persona. No, claro que no desearía eso para mí ni para nadie más, pero sí es cierto que en ocasiones me siento identificada con sus resoluciones pasionales más que convincentes. Claro está que no supo, o no pudo, darle una solución hermosa a su vida, por decirlo con sus propias palabras.  La suma de errores que cometió a la hora de querer salvar el pellejo, yendo y viniendo de Madrid a su pueblo y de su pueblo a Madrid y luego dirigirse hacia Andalucía buscando una salvación que no existía para él, no fue más que la pulsión al arraigo de su tierra y su esposa. Un arraigo de pasión más que de inteligencia, claro está.  Aquel imposible le hizo ser su propia víctima al verse sin dinero, fugitivo y solo en la frontera de un país vecino pero adverso para tus intenciones descalabradas, donde vino a ser detenido por sospechas infundadas de la policía portuguesa. Al parecer la policía de fronteras portuguesas recibía un miserable estipendio por cada español republicano que  entrase en su país sijn el correspondiente permiso. Miguel Hernández carecía de cualquier aval en su intento de fuga. No, claro que no quisiera haber vivido ni vivir esas peripecias de abandono y soledad y desamparo, porque ni él ni nadie mereció ser perseguido, torturado y asesinado después de haber sido primeramente derrotado de una guerra. Pero es que hallo una especie de conjunción entre sus pasiones vitales y su arrojo amoroso por la vida, por la defensa de la España republicana también, que quisiera yo ponerlo como ejemplo de poeta vital y de víctima particular. Mas que nada en ese periodo último de su existencia: desde la huida de Madrid hasta caer preso y ser torturado en una cárcel cuartelera de la Guardia Civil allá en Rosal de la Frontera. Mientras tanto no pudo escribir ni un verso que pudiera decirse suyo. Figurémonos hasta donde puede llevar la desesperación a un hombre que huye de la muerte y no encuentra nada más que vacío y malas caras.0


            Sé que a estas alturas, tras el primer centenario de su nacimiento, la vida y la obra de Miguel Hernández están expandidas por casi todas las bibliotecas de España. Mas sigo viendo, a veces, confusa y replicada su actitud, su presencia, por la testarudez de la ignorancia o la enemistad pautada que no pocos ejercen sobre este hombre. Por eso es para mí importante conocer y poder contar con su propia voz su último periodo de libertad: desde que acaba la guerra hasta que es detenido y torturado con saña y entregado, como cosa perdida y empero peligrosa a las autoridades del nuevo régimen. Es decir a los vencedores, a sus vengativos vencedores.
            Me replanteo una y otra vez cómo pudieron ser esos últimos días de fugitivo por tierras andaluzas sin encontrar a nadie que verdaderamente pudiera echarle una mano a su desamparo. Me replanteo imaginariamente y con los escuetos datos que ofrecen sus cartas, a veces “mentirosas” para no causar dolor a su esposa, cómo pudieron ser esos días de vagabundo. Un poeta vagabundo que no sabía dónde caerse muerto. Dónde dormiría, me pregunto. Cómo pasaría las noches y cómo afrontaría el nuevo día hasta poder cruzar la frontera. Cómo serían esos días desde Cádiz, donde el último amigo que buscó no estaba ya, hasta decidir buscar una salida por Lisboa. Todo ese periplo de lucha interior y esperanzada, pero sin amarre alguno para su seguridad personal, me seduce por lo desconocido y me intriga por saber cómo, de qué manera, haciendo qué dónde llegara, pasaría ese hombre, el poeta Miguel Hernández, presionado por la desdicha de hallar un lugar seguro para él mismo primero y pensando en su mujer y su hijo.
 Me replanteo en mi conciencia casi vacía, por los leves estudios sobre su peregrinaje, cómo trascurrió esos días hasta quedarse sin dinero alguno antes de poder llegar a Lisboa, qué soñaría el hombre sin destino alguno. Sin destino posible para la tranquilidad y el reencuentro con su familia. Quisiera imaginar, porque parece que no es posible saber a ciencia cierta, cada uno de sus ayes en soledad tras las negativas para encontrar la salida, quisiera imaginármelo haciendo de tripas corazón con su esfuerzo tremendista y osado para dejar atrás la muerte en manos de sus enemigos. Porque, querida amiga, imagino esos días sin registro eficaz y a veces me rebela mi propia incapacidad para encontrar datos ciertos y palabras que poner en su propia voz de hombre libre.

            Sí, quisiera continuar con este trabajo ofreciendo a un Miguel Hernández redivivo que cuenta su propia vida, porque así es como quiero imaginarlo: vivo y responsable de su capacidad  amorosa. Contando él mismo, no yo con voz de falsete, sino él mismo con su voz de tierras roturadas esos días transcurridos desde que abandonó Madrid por última vez hasta el momento de tener que vender el reloj para poder seguir comiendo. Tremendo. Todo ese periodo de su penúltima vida me parece tremendo e incluso aprovechado, a toro pasado, por algunos de los que injustamente le dieron la espalda. 

Fragmento de la novela inédita La mujer del marido ciego

martes, 24 de diciembre de 2013

LAS ABARCAS DESIERTAS, Villancico de Miguel Hernández


Tal vez parezca broma, o coincidencia, o rabo de lagartija, pero no, es la voz de un poeta que trasciende de su tiempo hasta el tiempo nuestro en que tantas personas y tantos niños, por decreto del gobierno real y popular y sus manejos tantos, se quedarán sin la esperanza de recibir un regalo y con la única ilusión de compartir el fuego de los cartones que tiran los supermercados.


Villancico
LAS ABARCAS DESIERTAS

Miguel Hernández




Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas. 

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana,
para ver el calzado
de mi pobre ventana.


Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Miguel Hernández: usar y tirar


26.09.2013 | 05:15
Hace unos días, este periódico denunciaba el estado de algunas de las instalaciones creadas en Orihuela para conmemorar el centenario de Miguel Hernández. Se ha cerrado la tienda donde los visitantes podían adquirir algún recuerdo; se ha clausurado también la sala de exposiciones del Rincón Hernandiano y sólo sobrevive, entre dificultades que hacen temer lo peor, la Casa Museo. Incluso aseguraba el periodista la propia Fundación Miguel Hernández podría verse en complicaciones en un futuro próximo. Tres años después de celebrarse el centenario del poeta, la impresión es que su figura ha pasado a un segundo plano ante el desinterés general.
Culpar de la situación a la crisis económica es un recurso fácil. Es probable que la falta de dinero tenga que ver en todo ello y haya propiciado los cierres y el abandono de los edificios, pero la crisis, por sí misma, no lo explica todo. Hay algo más profundo, más ligado a nuestra forma de ser, que revela la falta de sensibilidad que, a menudo, se da la mano con la ignorancia de nuestros gobernantes. Y está bien que les reprochemos a nuestros gobernantes esa falta de sensibilidad que muestran, siempre que no olvidemos que ejercen el poder gracias a nuestro voto.
Basta repasar las hemerotecas de los últimos años para comprobar que Miguel Hernández nunca ha sido un poeta apreciado por nuestros políticos. La afirmación puede sonar paradójica, pero es real. No ha sido la obra del artista la que ha interesado a nuestros representantes, sino el símbolo que Hernández suponía. Todos los partidos han buscado, en un momento u otro, el acercamiento a su figura para ganar simpatías y obtener de esa manera unos votos. Ahí, se acaba el interés de esas personas por Miguel Hernández. Las políticas culturales que admiramos en otros países, capaces de anteponer los intereses nacionales a los particulares, no existen entre nosotros. En el caso de Hernández, todo se ha limitado a un toma y daca: tú haces esto, yo hago aquello; tú entras, pues yo salgo. La cosa no ha pasado de ahí, y ha supuesto malgastar el dinero del contribuyente con inventos que no han acabado en ninguna parte.
De todo cuanto se ha dicho y movido en torno a Miguel Hernández, en los años recientes, sólo una cosa merecía verdaderamente la pena: los archivos. Los archivos de un escritor son los que permiten a los investigadores construir su memoria futura, que es la base de su permanente. Por eso merecía la pena haber conservado entre nosotros esos papeles. Pero ya hemos visto dónde han acabado. No puedo opinar, porque lo ignoro, si lo que pedía por ellos la familia respondía o no a su valor. En cualquier caso, si se hubiera actuado con seriedad, desde el primer momento, es seguro que las cosas se habrían resuelto de otro modo. Pero nunca existió una voluntad real de abordar el asunto. Se actuó siempre de cara a la galería. Era la galería, y no el poeta, lo que en realidad importaba. Por fortuna, son sus libros, y no las pantomimas de unos políticos de paso, quienes preservarán su memoria.

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

domingo, 4 de agosto de 2013


Miguel Hernández contra todos

El actor Miki Molina encarna al poeta de Orihuela en un cortometraje basado en uno de sus textos más violentos

04.08.2013 | 13:13
Miguel Hernández contra todos
Miguel Hernández contra todos 

El actor Miki Molina encarna al poeta de Orihuela en un cortometraje basado en uno de sus textos más violentos, Los hombres viejos, con críticas al capitalismo, la religión, la sociedad y los políticos. La cinta se rueda a finales de mes en Alicante y la ciudad natal del poeta
Los hombres viejos es una denuncia contra todo y contra todos y un grito desesperado a la indignación, que expulsa la rabia de Miguel Hernández a pocos meses de su muerte. Unos versos escandalosamente vivos y reales hoy en nuestro 2013, y más de medio siglo después de su redacción, como si en este país poco o nada hubiera cambiado desde entonces.
Eso es en parte lo que ha motivado el cortometraje que lleva entre manos el actor Miki Molina, últimamente dedicado a las labores del teatro, y que a finales de mes le traerá a Alicante. El trabajo audiovisual adaptará la obra Los hombres viejos, uno de los textos más iracundos sin duda de Miguel Hernández, y en el que fija sus críticas contra el capitalismo, la religión, la sociedad o los políticos. Para ello, Molina será la voz del poeta, en un corto que reconstruirá los últimos años del autor de Vientos del pueblo, y que se rodará entre Alicante y Orihuela. Las celdas del castillo de Santa Bárbara, la casa del poeta y el barrio de Benalúa son algunas de las localizaciones seleccionadas, en un cortometraje dirigido por Paco Martínez y que podría contar en el reparto con el actor alicantino Fele Martínez, hermano del realizador.
«Pocos actores en un discurso desgarrador de Miguel Hernández cuando estaba en la cárcel. Eso es lo que tenemos pensado, aunque también tenemos la duda de si podremos rodar en la casa de Miguel Hernández, ya que hoy es un museo. Vamos a estudiar esta posibilidad», afirmó Martínez, director de la cinta.
Miki Molina no es la primera vez que encarna al poeta Miguel Hernández. Ya lo hizo tiempo atrás con su obra teatral, De Miguel a Miguel, y con la que recorrió España. Y ahora vuelve a ponerse en la piel del escritor oriolano pero con un texto más profundo y lleno de simbolismo.
«Miguel Hernández, por su mensaje, es el hombre que más vivo está. Y con sus versos, con Los hombres viejos, pone a cada uno en su sitio, porque Miguel era un hombre que hablaba directo, desde el alma y desde el corazón. Miguel es la parte más auténtica de España, porque va contra las injusticias y denuncia las barbaries, las vicisitudes o la mierda de esta gente que nos dice que está velando por nuestro bienestar. ¿Pero alguien se cree esto?», afirmó Molina, quien añadió: «A los políticos sus propias armas les van a reventar en la cara. Porque no puedes hablar de corrupción si eres corrupto; tampoco puedes hablar como un jefe de Estado si eres corrupto. Nada de esto es justo, y me duele, y me da miedo. No pueden dirigirnos gente corrupta».
«Vivimos tiempos de ausencia total de valores, y don Miguel es precisamente un hombre de valor y con valores. Eso es lo que tienen sus versos. Alguien que escribe sobre la verdad, que lleva muchos años anulado, y por eso hay que volver a gritar sobre Miguel», apuntó Molina. «Por todo ello es necesario volver a a hablar de Miguel, un visionario con su poesía, y una poesía que no pasa nunca de moda. Porque hay autores más vivos que nunca 100 años después, como Miguel», concluyó.

http://www.diarioinformacion.com/cultura/2013/08/04/miguel-hernandez/1402605.html

viernes, 16 de noviembre de 2012

Canción última



Miguel Hernández. Juan Manuel Serrat




El vergonzoso apaño del gobierno ante el drama de los desahucios no es la solución a la desesperanza de los pobres. Pero la belleza de este hermoso poema en la voz de Serrat siempre emociona y consuela. O enardece la ira...

lunes, 30 de enero de 2012

Cuando el momento ya no importa

Cuando el momento ya no importa

Alumnos de la Facultad de Bellas Artes de Granada rinden homenaje a Miguel Hernández a través de una muestra

domingo, 25 de septiembre de 2011

Meditaciones de Miguel Hernández en Porta Coeli

       


Puede que aquí se acabe lo que he venido en llamar mi periodo de “turismo carcelario”. De alguna manera cariñosa, poética y humilde tenía que llamar a esta vida mía de ir llevado de una cárcel a otra para que Josefina no se lo tomase como la mayor de las desgracias. Bastante desgraciada es su propia existencia conmigo para que además yo venga amargándosela aún más con llantinas indecentes por carecer de libertad. Esta residencia mía de ahora no es propiamente una cárcel aunque yo siga siendo un preso, sino que, al fin, me han trasladado al sanatorio para tuberculosos de Porta Coeli, en Valencia. Ahora tengo 31 años cumplidos, de los cuales he pasado los tres últimos en un total de 8 centros de los así conocidos como penitenciarios, más los días de retención en Albacete en mi último recorrido. Pero puede que aquí acabe ya este deambular insomne.
            Después de mucho perseverar por la salvación de mi alma, extraviada de sus propias manos cuando más dócil parecía, el Vicario de la Catedral de Orihuela ha consentido, sin bien que con la demora de diez días desde que me casé más la que haya devenido de los asuntos burocráticos, que este sobrante de lo que fue mi cuerpo recale aquí para ver si me curo los pulmones. Mucho se lo hemos solicitado en procura de mi salud, tanto yo mismo como Josefina y algunos de mis familiares, además de algún que otro amigo que aún se apiada, al menos, de este ninot de falla que dicen que parezco. Pero él, don Luis, insistiendo en lo de siempre, exigiendo mi arrepentimiento aunque fuese en falso. Porque de otro modo no lo va a conseguir; ni aún así. Cómo es posible que quien contribuyera, en parte, a levantar el edificio de mi personalidad con su orientación en las grandes lecturas dude ahora de los materiales que la confortan. Los clérigos siempre tan obcecados en sus principios de machamartillo. Se ve que para él el aporte intelectual que uno adquiera a partir de la adolescencia, en la reverberante juventud, está debido nada más que a lo doméstico, a lo que de niño se le impone a uno como senda por la que habría de andar siempre obediente a los designios del que llaman Padre. ¿Hasta dónde alcanza la capacidad de simplificación de algunos hombres cuando miran sólo intereses de dominio? Cómo es posible que todo un señor vicario, que con poco más puede llegar a ser obispo, habidas las influencias recabadas por su participación en la por ellos llamada Cruzada, dada su fuerte formación y su actitud beligerante para esas artes, invoque de mi palabra lo que él sabe que no existe. Ni el arrepentimiento ni Dios. Que no existe o que vete a saber si existiera para qué nos sirve a las personas un ente así de ambiguo en la lucha por la vida. Algo así tuve que decirle el día que me visitó para chantajearme una vez más. Me visitó no exento de escrúpulos y aun con el camino barrido por sus acólitos secuaces, como el sádico jesuita Vendrell que ya antes me había tomado el pulso con impúdica osadía en la enfermería del Reformatorio para Adultos de Alicante, donde me estaba muriendo. Si ya abandoné la confesión que practicaba cuando joven, ¿cómo voy a volver sobre mis propios desengaños? Bastante fue mi error con volver a este lugar donde nací y tan mal se me quiere. Este lugar de ensueños y palmeras donde bebí la luz de la poesía al que, una vez acabada la contienda he vuelto para vivir como si tierra, y sin embargo me ofende solo con delaciones y espinos. Solo le ha faltado al señor Almarcha poder abofetear mi convicción, mi tozudez, según se obstinaba él en reprocharme. Pienso que sí, que en sus ojos y en su gesto intranquilo se apreciaba el deseo y la soberbia por abofetearme, y quizá lo hubiera hecho si esto sobre la cama de la enfermería hubiera estado en condiciones de soportar la fuerza de su mano, así como mi conciencia ha soportado y repelido los envites de su ira católica. Cuando salvemos tu alma, que es lo que verdaderamente está en peligro, la enfermedad que padeces podrá curarse con la ayuda de Dios, fue su argumento más piadoso, o más despiadado, según se mire. Y Vendrell, que tampoco es moco de pavo, corroborando con su despotismo que si ellos no consiguen mi arrepentimiento no podré esperar nada de su compasión. ¡Valla compasión cristiana la de estos vencedores!
            Solo al saber que con las nuevas leyes de Franco el matrimonio civil queda anulado, comprendí que tenía que casarme por la iglesia, casarme otra vez bajo la bendición de su enviado más torvo. Pues aquel emisario de sotana y argucia no se esforzó en evitar que lo patético y triste del momento más pareciera la consumación de un óbito que un casamiento de conveniencia bajo la absurda bendición de un capellán represor. ¡Mierda de resignación! Tanto penar para morirse uno, cojones. Bueno, y para que Josefina tranquilice su espíritu, todo hay que considerarlo. Y también, por si al fin me moría, que ella pudiera cobrar la viudedad, esta fue otra de las argollas que pusieron a mi entendimiento. Y consentí, torcí mi brazo y al menos puedo recuperarme y recordar. Recordar, como mínimo, si a escribir no pudiera volver en un buen tiempo. Pero vivo, mi cuerpo debilitado todavía admite con sacra lentitud los medicamentos que le administran para su bien, y si esto sigue así también lo será para el bien mío y el de Josefina y nuestro hijo.
            Ahora, mínimamente recuperado, vuelto del umbral de la muerte donde me han tenido tantos días, ahora me queda la esperanza de poder volver a escribir, al menos, que es lo único que me está permitido aspirar en esta reclusión, vuelvo a reafirmarme en lo que comprendí un día, algo ya lejano, cuando aún podía discrepar con Sijé: Dios es sólo el hambre que cada hombre tenga de Dios. Paradójicamente, a ese vacío se le llama alma. ¿Y qué puede saber don Luis Almarcha de las almas cuando tan intransigente se muestra ante la decisión de un hombre en mis circunstancias, que sólo necesito de la salud? ¿Pero qué provecho espera sacar de un recluso en mis condiciones? ¿Cuánto ganará él para su Dios por cada conversión de un rojo que consiga, si ese Dios no le premia con el atributo de que dispone para ayudar a salvarme de la muerte temprana? Pero sé que en el fondo le incita otro interés más amargo para él que el simple hecho de que yo renuncie a mi pasado reciente de soldado, a mi obra más telúrica y vital; poco le importa en realidad, porque lo conozco, el asunto vulnerable de la fe, si yo me declaro creyente o no, si vuelvo a su redil; sólo se trata de doblegar mi voluntad de ahora para anotárselo como un don más de su capacidad redentora. Una entrada más para el reino de los hombres que han ganado una guerra. Un privilegio a tener en cuenta para que su renta de prelado crezca en derechos para su futuro atormentador. Por fortuna para mi atención, no sólo de él dependía mi traslado aquí desde la enfermería de la cárcel. Y sospecho que no debo desperdiciar el tiempo ni las energías en pedirle cuentas ni tampoco en agradecerle su ingratitud, su negligencia para con mi enfermedad. No me dejaré tentar por la soberbia ni el odio, y no porque siga siendo un enfermo dependiente, atribulado y algo confuso con todo lo que ha pasado en los últimos años de mi vida, sino porque, como casi siempre, iré al corazón de mis asuntos.
Antes que el olvido se ocupe por completo de mi obra escrita, como puede llegar a ocurrir, y por si la Eterna Sombra cubriera pronto y por entero mi cuerpo, quisiera dejar escritas para mi Manolillo las razones por las que he sido poeta y los motivos que han hecho de mí un poeta inadaptable o, cuanto menos, poco y mal aceptado entre el común de los hombres de mi tiempo. Sé que no he sido un genio. ¿Cómo pudiera yo atribuirme mención tan alta si mi gusto por la poesía y mi disposición entera no ha perseguido más que poner mi voz al lado de los sentimientos más hondos y junto a las cumbres más hermosas? Esto es, allá donde quiera que latiese la belleza, el sufrimiento y la necesidad del hombre. Y eso sabiendo y sin saberlo que la poesía no es una simple herramienta con la que arreglar los fallos del mundo, sino una predisposición del ánimo para abordar la vida.
Pese a que estoy encarcelado y enfermo, como soy un hombre inteligente sé que no todos se olvidarán de mí cuando haya muerto del todo. Y como quiera que he vivido por dentro, intensamente y sin complejos este periodo turbulento que ha sacudido la vida entera de mi país y de Europa, provocando mi propia destrucción y mi derrota, es posible que quienes procuren recordar mi vida y mi obra se hallen igualmente confundidos entre la realidad vivida por mí y la realidad de ellos. ¿Que por qué una suposición así de pretenciosa? Precisamente porque soy un hombre inteligente y bien dotado para la creación artística pero que, en el momento más crucial de mi derrota, equivoqué el camino a seguir. Otros muchos estaban igual de acosados que yo por la fatalidad del destino, pero escogieron el huir hacia fuera y yo lo hice hacia adentro.
Esto de huir hacia adentro pienso que es la fórmula más natural del idealista enamorado de su tierra que he sido siempre, y, en consecuencia, también la actitud de un hombre que no tiene nada que perder y vive confiado en la tranquilidad de su conciencia. Ahora, con el nuevo estado de cosas, con la insidiosa terquedad de Franco a la cabeza del país que aniquiló de varios modos y al cual con más vesania a los vencidos, con fusilamientos en masa, con cárceles y hambre, con el desasosiego del exilio masivo, con el olvido de los desterrados, ahora, repito, lo que queda de España no se luce con el valor de la honradez y ha perdido mérito, categoría, está devaluado por la precariedad del momento y la obligación de hallar una salida a la costumbre de vivir enquistado en el miedo. Y esta es la gran contradicción que me condujo al error, y de éste a la cárcel, y de la cárcel a la enfermedad progresiva: ser un hombre honrado y buscar la vida en la costumbre del calor materno; el mismo o similar calor que emana del vientre de la esposa, así como el que se percibe en el cuerpecito del hijo cuando se le abraza. Sí, se me puede acusar, por tanto, que ese error mío es la consecuencia de un proceder harto primario, cuando de lo que se trataba en aquellos momentos era simplemente y crudamente de salvar el pellejo. Así me lo hicieron ver grandes y otros confiables amigos. Cossío, María Teresa León, María Zambrano, Pablo, Vicente, Max Aub…Todos tenían razón y me invocaban: ¡sálvate! Pero yo había escrito unos cuentos versos, desde mi adolescencia hasta entonces, en los que iba configurando el hombre sin miedos que quería ser.
Ellos, en sus exilios y sus países de acogida, aún no sabrán que estoy salvado. No sé por dónde andará cada uno de los amigos y poetas y artistas que confiaron y avalaron mi presencia. Excepto Vicente, que no ha dejado de contribuir, junto con el embajador de Chile, para el condumio de mi pobre familia y de mi amor propio, todos están desaparecidos por el momento. Pero si consigo mejorar del todo y poder escribir, me reuniré con ellos otra vez.

Y seguiré escribiendo: con mi nombre, con mi voz, con la sangre que me dejen y con la libertad que me permitan estos nuevos dueños de España. De momento estoy solo, solo con Josefina y nuestro hijo, pero yo seguiré escribiendo versos y teatro, tal vez una novela autobiográfica para que mis amigos sepan que no he muerto. Sí, eso es, Miguel, apenas tenga fuerzas suficientes, aquí en el hospital, en la cárcel si me vuelven a encerrar o en nuestra humilde casita de Cox si allí me dejaran vivir tranquilo (ah, ¡cuánto hecho de menos ahora la casona de Tudanca que me ofreció José María de Cossío para mi refugio y consuelo cuando aún disponía de mis energías!), donde quiera que esté escribiré una historia donde los personajes no sean héroes de novela fantástica, sino los derrotados de mis amigos, los que murieron luchando, como el cubano Pablo de la Torriente Brau que me donó la tierra de sus brazos y su pecho ensangrentados como si de un tributo de los hombres valientes y decididos se tratase. ¡Pobre Pablo, tan bien que te reías y cantabas! Y serán también personajes de mi verdadera historia aquellos que fusilaron delante de mis narices mientras a mí me esperaba la pena capital, ese fusilamiento desmañado, a borbotones de prisa y sinsentido, casi a oscuras, en el que los propios soldados han de cerrar sus ojos para no ver en los brotes de sangre calientemente airada sobre el muro su misma muerte. ¡Pobres soldados que aniquilaron a la orden de fuego a tantos de mis amigos y compañeros, quienes sabían que yo también les seguiría otra madrugada cualquiera. ¡Pobres compañeros y amigos míos que por mucho que les recuerde en la historia que voy a escribir no sabrán nunca que he sobrevivido por la desfachatez afortunada de casarme por la iglesia con Josefina! Solo me abona el consuelo de que al estar muertos de verdad sus almas me han perdido de vista para siempre. Hasta incluso después que yo muera verdaderamente. Fuimos solidarios en la lucha y ante la derrota y yo escribiré sobre ellos para solidarizarme y solidarizarlos en el recuerdo de la esperanza y de los ideales grandes, hasta que el recuerdo mío estrujado hasta los tuétanos los convierta en memoria.
Sí, pienso que apenas pueda sentarme ante una mesa con un tocho de cuartillas lo más saludable para mi espíritu será escribir mi autobiografía. No la novelita autobiográfica que titulé La tragedia de Calisto que dejé inconclusa, porque aquel manierismo adobado de corral y sexo y sacristía me asfixiaba un poco y de ahí pasé a lo que mis amigos llamaron “la cárcel del soneto”. Como si ese signo represivo me estuviera destinado de por vida. Pues bien, superaré todas las cárceles, las reales y las que imponen las normas de la ficción, para estimular también el caudal de mi memoria como los medicamentos me alivian y recuperan los pulmones, porque comenzar con la poesía de nuevo podrá hacerme volver a la fiebre, a los dolores de cabeza y al desamparo que desquician mis nervios, y habrá que dosificar las energías según las vaya recuperando. Pues la poesía que hice hasta ahora no puedo dejar de mejorarla con la clarividencia y la plenitud vital que alcance un día. Cuando pueda escribir poesía será para seguir creciendo. Escribiré también las memorias de Ramón Sijé, como dejé dicho en mi alocución en el homenaje que Orihuela le rindió tras su muerte. Porque la memoria de Pepito, inevitablemente, ha de ser pareja de mis recuerdos mejores, y si no solo los mejores, los más verdaderos. Por nuestra singular amistad disfruté no solo de su talento, sino que también del amor de los suyos, y después, por nuestra confrontación amistosa yo realicé mi particular modo de vivir, de pensar y de escribir. Así que en mi autobiografía, él será parte congénita y sustancial, enraizada y elevada como él pensaba de sí mismo.
Cuando pueda ponerme a escribir lo haré hacia atrás, comenzando con el día que me trasladaron desde la enfermería de Alicante al hospital para tuberculosos de Porta Coeli en Valencia. Eso fue tan solo hace unos días, no sé cuántos con exactitud, tendría que preguntárselo a Josefina, pero no importa. Lo que oía decir a través de la fiebre y de la tos, a través de mi semiinconsciente voluntad, era que ya mi cuerpo no llegaría vivo. Se lo oía decir vagamente al personal sanitario, no sé bien si eran médicos de verdad o personas perversas que apenas me atendían las llagas ni la fiebre ni la herida del costado por donde me pusieron la cánula para evacuar el pus que mis pulmones manaban sin cesar. Qué de modo más insalubre se han portado conmigo esos vigilantes de la ley que me tenían olvidado en la yacija. Consentí el casamiento canónico el día 4 de marzo y hasta el 21 que se autoriza mi traslado. Desde el capellán más bajo hasta la autoridad militar más alta, el poderoso Máximo Cuervo, cuyo nombre da muestra de ser una alimaña sin corazón, nadie se preocupó de mí, ni siquiera en los días siguientes, todos como borrachos posesos de su poder seguían con su mala saña dejándome morir sin inquietarse por efectuar mi traslado. Solo puedo nombrar con buena honra la compañía y la abnegación de otro recluso como yo, Joaquín Ramón Rocamora, que se compadecía de mí el hombre y no dejaba de darme aire con un cartón cuando me veía asfixiándome por la tos y me cogía las manos para que no desesperara en esa tribulación viendo que todo parecía venirse abajo. Pero el día del traslado, le oí decirle al capellán que traía la autorización del Vicario que ya era tarde, que ya para nada, que me moriría en el camino. El personal sanitario de la enfermería murmuraban algo parecido: que no me movieran que me moriría. Josefina lloraba y se cuidaba de hacerme aire con un cartón, a modo de abanico, para que pudiera seguir respirando. Y mi hermana Elvira allí con ella, sobrecogida de ver el modo en que respiraba mi cadáver más que mi persona misma. 
Me subieron en aquel vehículo y Josefina se puso a mi lado, sin dejar de llorar. Nunca he podido entender cómo esta mujer es capaz de producir tantas lágrimas y, sin embargo, nunca berree ni dé gritos de llanto. Solamente lágrimas y el calor de sus manos, porque besarme pienso que no se atrevería a besarme siendo ya más un cadáver lívido que su marido. Pero también me besaba la carátula que formaban mis quijadas, de tan delgado como he llegado a estar y sin cerrar los ojos. Yo no podía cerrar los ojos y la miraba fijamente a ella, sin poder hablarle nada. Lloraba con los ojos y con el pecho, con una mano me abanicaba y con la otra me limpiaba continuamente el pus que no dejaba de gargarear por la cánula que días atrás me habían puesto para que evacuaran los pulmones.
Entonces, pese al malestar del viaje, yo me sentí seguro, y luchando por esparcir de mi inconsciencia las palabras de los enfermeros y  capellanes que anunciaban el imposible, reconocí que aún no estaba muerto porque sentía el frescor del campo entrar por las ventanillas y porque escuché que el chófer le dijo a Josefina:
«Aquí tengo más paños por si los necesita para seguir limpiando». Entonces comprendí que ya no me moría, que no estaba dispuesto a desaprovechar esta ocasión que me llegó, aunque tarde, de una cárcel a otra pero por la carretera. Noté que recuperaba un fluido de fuerza y pude decirle:
«!Ay, hija, Josefina, qué desgraciada eres!»
Ella se lo tomó como un agravio, como una ofensa a su fortaleza de mujer estragada pero fuerte y se limpió las lágrimas. Se limpió las lágrimas con resolución de campesina orgullosa, me besó suavemente en la frente y ya no la he vuelto a ver llorar nunca más.
  No sé aún cuántos días llevo aquí, pero ahora estoy flojito, todavía me encuentro malucho, algo desconcertado por la reviviscencia.
Son las diez y media de una mañana de luces malvas que se van ampliando hacia el azul del mediodía valenciano. Josefina, no sé cómo habrá podido comprarlo, me ha traído un reloj, lo más parecido al que me regaló Vicente para mi boda y tuve que vender en aquel pueblito de Portugal para poder continuar viviendo. Me lo puso en la muñeca y me siento feliz al mirarlo. ¿Qué sentirá Vicente, en su continua enfermedad, en su reclusión de monje bueno, cuando le llegue de mi puño y letra la noticia de que podemos seguir siendo amigos y poetas?

viernes, 12 de agosto de 2011

Miguel Hernández, otra vez profanado



Ha sido en San Sebastián de los Reyes, Madrid, en la madrugada del viernes 12 de agosto, la hora de las ejecuciones.

http://www.cronicanorte.es/profanan-monumento-miguel-hernandez-en-san-sebastian-de-los-reyes/15277

Pero ya lo dijo él mismo, el Poeta: Quién amuralla una voz. Con la suya no podrán

sábado, 28 de mayo de 2011



Como viento del pueblo, la voz de Miguel Hernández se oye en la Puerta del Sol



Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué ponerse,
hambriento y sin qué comer,
el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.

Aunque le falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.





Sentado sobre los muertos, fragmento

martes, 3 de mayo de 2011

Mayo en El labrador de más aire de Miguel Hernández




Esta es una más de las obras de teatro fallidas que escribió Miguel Hernández. Tenía las claves de la estructura pero no atinó con los temas siempre, ni con los personajes ni el lenguaje que los tiempos modernos en que ya se vivían y otros autores (Valle-Inclán, Alejandro Casona, Federico García Lorca) explotaban con éxito.

¡Cuánto talento para alcanzar la belleza desperdiciada!

Miguel Hernández escribió El labrador de más aire en 1936, se publicó al año siguiente pero no fue representada entonces como él quería. Su deseo era participar en la vida cultural de la República con un drama rural de amor y lucha social, pero, mantienen los entendidos, Miguel está, aún, demasiado atrapado por la influencia y el gusto de un clasicismo lejano, tan remoto en sus planteamientos técnicos y estéticos como lo fue Lope de Vega, autor sobre el que Miguel Hernández hasta había impartido años antes una conferencia en la Universidad Popular de Cartagena.

Así como en poesía supo limpiarse pronto y fácil y provechosamente el lastre de su formación católico-rural, no consiguió lo mismo con el arte de Talía, no lo purgó del lirismo costumbrista, anticuado y facilón. Mas si El labrador de más aire no es una obra conseguida, la autenticidad y la emoción de la poesía hernandiana no habría de faltarle. Y a ello vamos.

Sin detenernos a desmigajar la trama de rebeldía rural en que se basa El labrador de más aire, sin traer a colación lo manido de sus personajes en cuyas maneras tópicas de expresarse la belleza alcanzada por el lenguaje poético se pierde sin remisión, destacamos solamente un factor argumental de la obra: el mes de mayo. Esta canción de amor doliente que aparece ya en el Acto Primero, resumante de erotismo, y que exclama a solas la intérprete:





ENCARNACIÓN



Pocas flores, mayo,
diste a mi vergel:
la del amormío
falta entre el clavel
y la malvarrosa
que te prepararé.
Nunca te llegaras
florido a mis pies,
que me desvanezco
desde que te hallé
por unas pestañas
de color de pez,
por unas mejillas
y por una piel,
que no se me borran
del pensar ni el ver.
Me crecen los pechos
bajo el aire de él,
me duele la vida
de tanto querer,
se me cae la lengua
cubierta de sed.
¡Cómo le diría
y no le diré:
besando tu boca
las horas me den!
Bésame a la una,
las dos y las tres,
bésame a las cuatro,
las cinco y las seis,
bésame en el tiempo
que tardan en ser
las siete y las ocho,
las nueve y las diez.
Las once y las doce
las oiga caer
al son de tus besos,
relojes de miel.

Pocas flores, mayo,
diste a mi vergel:
¡la del amormío
no va a florecer!


Enamorada de su primo e ignorada por él, Encarnación vuelve a exponer el desgarro amoroso, ahora en un cántico a la virilidad, antes las amigas. Es con todo un poema compuesto en tres décimas hermosamente y propiamente digno del Hernández de cada época, en el que alguno estudiosos aprecian las referencias míticas del «El niño yuntero» atrapado simbólicamente entre la tierra y la novia.


BLASA

¿Cómo te ha dado ese amor?

ENCARNACIÓN

No sé ni el cómo ni el cuándo:
sé que me hallé suspirando
un día a su alrededor.
Sé que le vi en la labor
un día de primavera:
labraba de igual manera
con el arado el barbecho
y con el vigor del pecho
el lienzo de su pechera.
La tierra que removía
con la reja y con la yunta
se alzaba de punta a punta
ruidosamente sombría.
La tierra se descubría
y abría su espesa rosa,
y al preparar una fosa
para la lluvia y la mies
le tiraba de los pies
como una novia celosa.
Le llamé a mi lado, y vino,
y palideció mi cara
como la flor de la jara
junto a la flor del espino.
Su aire alborotó un molino
como un fuerte ventarrón,
y ante el airoso empujón,
en la llanura desierta
sentí cerrarse una puerta
y abrirse mi corazón.



En el Cuadro Segundo del todavía Acto Primero, el tema de referencia, el mes de mayo, explosiona en la plaza mediante coros musicales de vitalidad sensorial y pictórica.


MOZOS

Lo mismo que un olivo
con una encina
me juntaré contigo,
morena mía.
¡Mayo de olor,
me mueven en tus aires
vientos de amor!

MOZAS

Como la madreselva,
florezco en mayo,
y me crecen los ojos
como los ramos.
¡Mayo de pan,
cómo me altera el aire
de mi galán!

MOZOS

Por mirarte a los ojos
estoy perdido,
que ni duermo ni labro
ni hago otro oficio.
¡Mayo de mieles,
no mirarla un momento
me da la muerte!

MOZAS

Una flecha de avena
me has disparado,
y me venzo de amores
sobre un costado.
¡Mayo de nidos,
una flecha de avena
me ha malherido!

En la nota al pie de estas canciones se lee:
«Los Mozos y Mozas intervienen cantando unas mayas (cantos de las fiestas de mayo), que con frecuencia constituían intermedios líricos en el teatro áureo.»


En medio de esa francachela ritual, propia de romerías primaverales que exaltan la presencia exuberante de la Naturaleza, su incitación a los sentidos y a la sangre por el logro del amor, surge el siguiente monólogo descriptivo de las virtudes y dones del mes de mayo en el campo. Juan Manuel Serrat, en el primer disco dedicado por entero a Miguel Hernández, se valió de esta preciosidad de romance y así lo popularizó con su música.


QUINTÍN

Por fin trajo el verde mayo
correhuelas y albahacas
a la entrada de la aldea
y al umbral de las ventanas.
Al verlo venir se han puesto
cintas de amor las guitarras,
celos de amor las clavijas,
las cuerdas lazos de rabia,
y relinchan impacientes
por salir de serenata.
En los templados establos,
donde el amor huele a paja,
a honrado estiércol y a leche,
hay un estruendo de vacas
que se enamoran a solas
y a solas rumian y braman.
Los toros de las dehesas
las oyen dentro del agua
y hunden con ira en la arena
sus enamoradas astas.
Remudan los claros ciervos
su cornamenta arbolada
igual que un ramo de rayos
y una visión de navajas.
La cabra cambia de pelo,
cambia la oveja de lana,
cambia de color el lobo
y de raíces la grama.
Son otras las intenciones
y son otras las palabras
en la frente y en la lengua
de la juventud temprana.
Los celosos chivos pierden
entre sus dientes sus barbas:
se rinden a cabezazos,
se embisten y se maltratan,
y en medio de los ganados
mueven, lo mismo que espadas
rabiosas y deseosas,
lenguas amantes y patas.
Van los asnos suspirando
reciamente por las asnas.
Con luna y aves, las noches
son vidrio de puro claras;
las tardes, de puro verdes,
de puro azul, esmeraldas;
plata pura las auroras
parecen de puro blancas,
y las mañanas son miel
de puro y puro doradas.
Campea mayo amoroso;
el amor ronda majadas,
ronda establos y pastores,
ronda puertas, ronda camas,
ronda mozas en el baile
y en el aire ronda faldas...



Y tras el explayamiento de la emoción verdadera por parte del personaje Quintín, siguen los coros mayiles en singular “enfrentamiento” entre mozos y mozas, piropeándose entre sí graciosamente, resaltando los méritos físicos de cada cual como en un cortejo y regocijo galante anterior a la unión amorosa.


MOZOS

De uno en uno nacemos,
lo quiere Dios,
para que nos queramos
de dos en dos.
¡Mayo de espigas,
de dos en dos mis labios
la besarían!

MOZAS

De dos en dos mis ojos
te van mirando,
y de dos en dos se abren
a ti mis brazos.
¡Mayo de flores,
me aguardan en sus labios
dos ruiseñores!

MOZOS

Tienes, como la almendra
de los almendros,
morenas las mejillas
y blanco el pecho.
¡Mayo de lana,
su pecho y sus mejillas
para mis ansias!

MOZAS

Altos tienes los brazos
como los chopos,
y relucen sus hojas
como tus ojos.
¡Mayo de abejas,
sus ojos y sus brazos
me bambolean!


NOTA FINAL: Viene a cuento esta larga presencia hernandiana de mayo para festejar un aniversario que mientras tanto se cumple. Yo me celebro y yo me canto, que pronunció Walt Whitman. Vale

martes, 5 de abril de 2011

Sin efemérides, siempre total, distinto, necesario: Miguel Hernández


Poema 11 de Romancero y cancionero de ausencias




Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.
Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.

Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.

Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.



De otra forma dicho, esta composición está en correspondencia íntima, subterráneamente unida, con los dos versos de Blas de Otero que citamos hace unos días.

viernes, 18 de febrero de 2011

Premonitorio Miguel Hernández, tantos años después de haberlo muerto, la ley y la injusticia de España sigue en su contra, le niega la revisión de su condena, lo mantiene preso. Pero el pueblo español lo vivifica a diario. 


Guiando un tribunal de tiburones,
como con dos guadañas eclipsadas,
con dos cejas tiznadas y cortadas
de tiznar y cortar los corazones,

en el mío has entrado, y en él pones
una red de raíces irritadas,
que avariciosamente acaparadas
tiene en su territorio sus pasiones.

Sal de mi corazón, del que me has hecho
un girasol sumiso y amarillo
al dictamen solar que tu ojo envía:

un terrón para siempre insatisfecho,
un pez embotellado y un martillo
harto de golpear en la herrería.

Poema 3 de El rayo que no cesa

jueves, 27 de enero de 2011





Palomar del arrullo
fue la habitación.
Provocabas palomas
con el corazón.

Palomar, palomar
derribado, desierto,
sin arrullo por nunca jamás.

De Romancero y cancionero de ausencias

viernes, 14 de enero de 2011

Miguel Hernández y el flamenco



El flamenco no podía faltar a la cita del Centenario. Primero de todos, en sus mejores tiempos de cantaor, Enrique Morente dedicó un disco titulado sentidamente así: Homenaje a Miguel Hernández. Grabado en Hispavox en 1971, con las guitarras de Parrilla de Jerez y Perico el del Lunar, el disco contiene los siguientes cantes: Sentado sobre los muertos (Romance), El niño yuntero (Malagueñas), Nanas de la cebolla (Nanas), El carro de mi fortuna (Tientos), Con la raíz del querer (Soleares), Un veneno pa que yo muera (Granaínas) y Dios te va a mandar un castigo (Bulerías por soleá).




Ahora es otra personalidad de este género la que se une, casi despidiendo los actos conmemorativos, a la evocación sonora del poeta mediante el cante:  Carmen Linares. El título de su espectáculo es asimismo uno de tantos deseosos y deseados versos del oriolano: Oasis abierto.


Casida del sediento

Arena del desierto
soy: desierto de sed.
Oasis es tu boca
donde no he de beber.

Boca: oasis abierto
a todas las arenas del desierto.

Húmedo punto en medio
de un mundo abrasador,
el de tu cuerpo, el tuyo,
que nunca es de los dos.

Cuerpo: pozo cerrado
a quien la sed y el sol han calcinado.




La «Casida del sediento» es uno de los últimos poemas que Miguel Hernández escribió en la cárcel de Ocaña, 1941, y hasta 1955 no se publicó por primera vez, siendo Concha Zardoya quien lo dio a conocer. Actualmente, el poema aparece en las sucesivas ediciones de Obras completas incorporado a los últimos poemas de Cancionero y romancero de ausencias.

Oasis abierto de Carmen Linares se inauguró ayer en Alicante. Al cante se une la música compuesta por Luis Pastor, que también ha puesto melodía a algunos poemas de Hernández. Versos convertidos en seguirillas, fandangos, soleás y malagueñas que suenan en la voz de la cantaora y a través del piano de Pablo Suárez. Oasis abierto se completa con algunas versiones jazzísticas, realizadas por el percusionista Tino di Geraldo y por el cantaor Tomasito, que hace su aportación dándole a los poemas sonidos con ritmo de rap.

El espectáculo, además, incluye una serie de proyecciones audiviosuales, creadas en su mayor parte para la ocasión. Tras el estreno de este montaje, el próximo 10 de febrero se presentará en el Teatro Circo Price de Madrid. Posteriormente, Carmen Linares y su Oasis abierto estarán en el escenario del Teatro Español de Madrid en la segunda mitad de este año.

No obstante, este acontecimiento no será el último homenaje que los creadores de distinta índole han realizado en memoria de Miguel Hernández al cumplirse los 100 años de su nacimiento. Si nos es propicio, daremos noticia de algún acto teatral y musical de importancia que hay a la vista.


Serrat y los cineastas junto a Miguel Hernández 

lunes, 10 de enero de 2011


Písame,
que ya no me quejo.

Ódiame,
que ya no lo siento.

No me olvides
que aún te recuerdo
debajo del plomo
que embarga mis huesos.


Miguel Hernández. Poema 129 de Romancero y cancionero de ausencias