Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest
domingo, 16 de septiembre de 2018
Diez chascarrillos fáciles sobre El Pueblo de Bujeo
miércoles, 12 de septiembre de 2018
Mis primeras lecturas
lunes, 7 de enero de 2013
Nochebuena de 1977. Una anécdota ejemplar
domingo, 1 de noviembre de 2009
domingo, 29 de junio de 2008
Naufragio colectivo
Las chicas de la barra... y sus clientes
Por la mañana, entre las siete y las ocho, antes de llegar a la ciudad y al tajo, las cuadrillas de albañiles que hormiguean desde los pueblos a los barrios nuevos de la ciudad, cuyo escaso tiempo se les nota colgado en los minutos de la parva barba, detienen sus furgonetas en el Álamo. De antemano, tienen la esperanza rota, el trabajo los espera cuesta arriba, y ha de serles, no obstante, complaciente, gentil o soñador, mirar las muchachitas dulcemente, darles bromas picantes... y seguir cuesta arriba, cuesta abajo.
Por la mañana, cualquier día del año, un camionero que va del sur al norte sale del baño con una toalla oscura sobre los hombros y el pelo húmedo, recién peinado. Desayuna en soledad apoyando los brazos en la barra, pero él empeña la mirada halagüeña, la blanca sonrisa que se pierde más allá del mostrador. Las muchachas, que se mueven con fluidez y a veces torpes y naranjas como el zumo natural, con aire sabioncillo dan la cuenta, y el hombre insatisfecho se despide, diciendo con el pecho, melancólico: adiós, mi corasón.
lunes, 5 de mayo de 2008
Contra el vicio de leer
La mayoría de los hombres de Talbania no son analfabetos, pero presume de serlo. La mayoría de los hombres de Talbania sabe leer y escribir, pero se jacta de no leer nunca un libro, ni apenas un periódico. El porcentaje de las mujeres de Talbania que sin ser analfabetas desacredita públicamente el uso de la lectura es menor. La mayoría de los hombres de Talbania lleva a gala no gustarle leer.
¿Habrá cosa más denigrante para una civilización libre que conoce el misterioso don de la lectura?
Lo dicen en voz alta, como si fuese un crespón de orgullo, dejados caer sobre las puertas de las tabernas mirando la sequedad del otro lado del río, donde crece el desierto.
La mayoría de los hombres de mi pueblo no son creyentes, pero se les pierde el culo por ir a misa. La mayoría de los hombres de Talbania, en quienes piensa quien escribe esta nota, no la leerá nunca, lamentarán que tal equipo de fútbol haya perdido la liga, o celebrarán lo contrario. Después, la mayoría de las mujeres de Talbania que no son analfabetas en absoluto, le reirá la gracia de oírlos exaltarse en la ignorancia.
lunes, 21 de abril de 2008
Fructuoso y Fertuosa
Ha muerto sin descendencia y fue la última mujer que, en Talbania, lució el nombre de Fructuosa. Si acaso también la única. Mas lo que son las cosas: el pueblo la recuerda por el nombre de Fertuosa la del cubano. Sin duda que ese equívoco turbulento de la pronunciación fue aceptado por ella misma desde chica, y hasta que no fue al juzgado a casarse no supo su verdadero nombre.
─Mujer, que ese nombre no existe ─le advertía el funcionario.
─Pues así me puso mi padre, Fertuosa, por mi abuelo el cubano.
Su abuelo sí fue cubano, y se vino a vivir allá en Talbania tras la pérdida de la colonia. El hombre arrastraba los dejes bembones de los mulatos caribes y puso un negocio de café para buscarse la vida. Iba también por los pueblos de la comarca con su paciente burrito y su mercancía de ultramar: Montalbán, La Rambla, Santaella, pero fue en Talbania donde los niños tomaron a burla su pregón callejero. En los otros pueblos lo vendía en grano y molido; en el suyo propio lo ofrecía ya para tomar trasportándolo en ambas damajuanas sobre el serón de su borrico. Por su modo lento de hablar, tardaba mucho rato en emitir las dos palabras con las que llamaba la atención de los vecinos. Los niños le cogieron el punto: cuando anunciaba un larguísimo «¡Cafeeé...!», le preguntaban desvergonzados: «¿Cómo está tu mujer?», terminaba él sin sentirse aludido el final de su pregón: «¡… caliente!»
Su marido murió sin haberle dado el don de la maternidad, pero al menos, el casamiento, le sirvió para descubrir cómo se escribía y pronunciaba su nombre. Realidad ortográfica y santoral que ni ella misma, ni toda la población, procuró corregir en lo adelante.
martes, 8 de abril de 2008
Roscos de vino y viagra
Es conocido como El Niño de las Tortas, pero cuando joven también le lució el sobrenombre de El Niño de los Roscos por una apuesta que ganó estando de canastero en la aceituna de
─Niño ¿es verdad que te colgaste dos docenas de roscos de vino y aún se te veía la punta?
Él se reía halagado sin desmentir y sólo afirmaba que sí, que lo que él más quería era tener una mujer para casarse. Con pareja credulidad contaba que había hecho obra en su casa, que la cuadra del borrico que tuvo el piconero de su padre la había rehabilitado para cuarto de baño, con ducha, bidel y bañera grande por si algún día caía la breva. Se entusiasmaba hablando, o mintiendo, con la baba de la sonrisa en el aíre de la ilusión, que también habían arreglado la cocina y los techos de cañizo de la cámara, poniéndoles cielos rasos de yeso, pues que ganaba tanto con la vendeja de las tortas que hasta tenía previsto cambiar las viejas puertas de tablón de la casa por otras de manera barnizada. Todo lo decía con un afán propagandístico, sin malicia pero con trichiñuelas, para que oyeran todas que la mujer que se quisiera casar con él no iba a vivir en la casucha derrengada que les dejó su padre al morir.
De modo que iba por la calle con su pregón cansino y obstinado desde por la mañana hasta la noche ofreciendo las tortas calentitas y azucaradas que elaboraban en la tahona de Talbania. Pregonaba en voz alta pero también llamaba a las casas donde había niños y personas regalonas: «Niña, ¿quieres tortas recién hechas?» Llegaba, como no, donde las costureras aprendían a cortar y a bordar y a sacarle punta a todos los chismes del lugar. Allí era donde más se entretenía, porque allí era donde más alusión les hacían las chavalas desinhibidas a la fama adquirida de bien dotado y donde, fantasiosas y burlescas, le proponían novias posibles entre las viudas jóvenes y las solteronas de buen ver.
─Niño ¿quién se comió después los roscos que te colgaste?
─Si los hubieras guardado para Fulana, seguro que ahora te decía que sí.
Él se lo tomaba todo en serio, bobaliconamente posible, y un día, instigado por la picardía de las otras y confiado de su planta, llegó a pretender a una soltera jacarandosa de la manera más rudimentaria y tradicional que, con ánimo sarcástico, le habían dicho que se declarase:
─María ¿quieres jabas?
─Con boronía ─le respondió en un desplante la mujer partida de la risa.
Y se quedó naturalmente soltero y, pasado el tiempo, el negocio de las tortas vino abajo, se hizo mayor y le arreglaron para cobrar una pensión por incapacidad laboral, pero en los últimos tiempos le ha vuelto la fama de haber sido El Niño de los Roscos.
No es hombre de taberna, aunque pasea bastante, casi siempre solo, y ve mucho la televisión, por lo que está enterado de los últimos y mejores inventos de la humanidad. Por eso sabe bien de la utilidad sustanciosa de la viagra, la cual, me dice, consume con frecuencia.
─Pero Niño, ¿tú con quién la usas? ─le pregunto sin salir de mi asombro de que pueda tener relaciones clandestinas con alguna mujer necesitada.
─Yo con nadie, pa cascármela. ¿Tú sabes lo güeno que está que se me ponga como antes, verrionda como cuando estaba en
La Laza. Ver La república hablanera
lunes, 24 de marzo de 2008
Los toreros del Abaú
Hace unos días hablábamos de un alcalde que hubo en Montalbán y pasó a la historia crepuscular, y triste, con el sobrenombre de El Alcalde Cipote, sin embargo, mucho tiempo después, tuvo Talbania un alcalde al que llamaron El Repoblador. Algo se ganó. Durante el gobierno de este último y del que le sucedió se abrieron nuevas calles en el pueblo. Se presentó una época de lluvias generosas, desbordantes, y fue menester canalizar el río para que su corriente no se desperdiciase por las vaguadas del desierto colindante ni se metiese, por la otra orilla, en las cocinas con vitrocerámica. También fue cuando, con motivo de la Feria Internacional del Ajo, que llegó a tener relumbre de grandeza y engarce con la Junta de Andalucía, un emigrante enriquecido en Suiza volvió e instaló la primera casa de alterne en las afueras del pueblo, denominada con el peliculero nombre de Club Nocturno, que sigue siendo una gozada en la comarca entera. Pero todo eso transcurrió hace ya mucho tiempo, y el pueblo sigue creciendo con la misma modernidad espeluznante.
El Repoblador y el sucedáneo fueron jóvenes alcaldes con el barniz de la ilustración aireado en las sienes. Por eso, a las calles nuevas se les puso nombres de artistas y poetas famosos, fueran o no oriundos de allá, de Talbania. De tal modo que el celebrado músico y cancionero Carlos Castellano, autor de la canción con ese toro tan raro que se enamoró de la luna, tiene una calle en su honor. Fue un alarde de justicia contra el olvido en que se hallaba aquel hombre, el músico, que por demás vivía entonces muy lejos del lugar donde nació. Como también se designó otra calle en memoria del escultor Enrique Moreno, un hombre cuya biografía nos dice que fue un fenómeno de talento al que asesinaron los nacionales al empezar la guerra. Un escultor vanguardista del que no hay ninguna obra en el pueblo, ni privada ni pública. Los pueblos suelen ser así: enaltecen la persona pero desprecian la obra. Menos cuando, sin menoscabo alguno, ignoran la obra y desprecian al autor al mismo tiempo.
Otros nombres escogidos, no sabemos si al azar o extraídos del magín de aquellos alcaldes con ideas de letrados, son los de Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Gloria Fuertes y Miguel Hernández. «Forasteros serán, como los toreros del Abaú», nos respondió un socarrón al preguntarle por la vinculación de estos autores con Talbania. «¿Y qué es eso del Abaú?» El interpelado, algo más solícito, pero sin dejar de sonreírnos por encima del hombro, nos aclaró que el Abaú fue un hombre de poco entendimiento, medio tonto, que vivió acá hace ya muchos años. Siendo joven, al Abaú lo llevaron en una ocasión a ver una corrida de toros a la capital. Al día siguiente y en el cortijo donde andaba de boyero, así como quien examina a un niño, le preguntaron que quiénes habían sido los toreros que vio. «Forasteros eran», dicen que dio por única respuesta el cándido, lo que ocasionó la risa general. Y he aquí que desde entonces quedó ese dicho para aplicárselo a todo aquel que, como los toreros del Abaú, sea forastero o desconocido por la población.
La del poeta Miguel Hernández es una calle empinada, recta desde principio a fin, que comienza en la Avenida del Río y sube hasta el Cerrillo la Cruz, y anaranjada. No de color naranja, sino con naranjos en las aceras. Fue otra de las virtudes, sino la principal, del alcalde repoblador o del que le siguió en el mando: la naranjomanía. Allá donde cupiera un plantón, se ponía un naranjo. Y donde antes hubiera aligustres, olmos o acacias, se arrancaron todos para en su lugar poner naranjos. Aunque los árboles sacrificados estuvieran en buen estado o recién inaugurados por el alcalde anterior. Hasta una vieja grevillea, que Periquito López había traído como maravilla de Argentina con la denominación doble de árbol de fuego y pino de oro, fue arrancada de cuajo porque, al parecer, nadie sabía ya el nombre ni el origen de aquella especie delatada como los toreros del Abaú: forastera. Pero la calle dedicada a Miguel Hernández, aun sin ser bonita, y pese a la estrechez de las aceras, tiene dos hileras de hermosos naranjos en cuyos arriates las vecinas pusieron rosales, geranios y otras flores aromáticas, como la yerbagüena.
El caso es que, tal vez no habiendo muchos habitantes de esta calle que supieran quién fue Miguel Hernández, o bien pasándote por el forro de los pantalones los méritos que la historia le asigna al de Orihuela, cada 29 de septiembre los vecinos de esta calle organizan una verbena allí mismo. Una verbena como las de antiguo, con sevillanas sonando en un tocadiscos y sopaipas de balde, sin más mengua ni más motivo que el celebrar la festividad de San Miguel arcángel. Puntos suspensivos.
«Ese sí que sería un buen torero para el Abaú: el arcangelito», me sopla al oído, ya achispado por la cerveza verbenera, mi amigo el Parra. El Parra, el que siendo chaval puso su órgano vital sobre el pupitre de su compañera de clase.
martes, 26 de febrero de 2008
Modos distintos de usar el cipote
Para conmemorar las 1000 visitas (desde los tiempos en que comenzamos el contaje) os contaré un cuento de verdad que ocurrió en Talbania recién pasada la guerra. Cuando acabó la guerra los alcaldes eran nombrados a dedo, es decir que no había elecciones municipales ni de las otras y al alcalde del pueblo lo nombraba el gobernador de la provincia. Claro que solamente podía ser alcalde, y concejales, aquellos ciudadanos que fueran adictos a la cosa. La cosa se llamaba eufemísticamente Régimen, con mayúscula y el sabor añejo de los sables decimonónicos, pero en realidad no era más que una dictadura sangrienta. Digo esto que todo el mundo sabe, supuestamente, por si hay entre nosotros algún lector (masculino o femenino) que piense que esto de los debates entre Zapateros y Rajoys ha existido desde que hay televisión. No: antes el alcalde lo nombraba el gobernador provincial y tenía que ser una persona “adicta al régimen”.
Y allá en Talbania ocurrió lo siguiente: el alcalde de turno era un pelantrín ricacho cuyo poder de mando y autoridad (más bien autoritarismo) se le salía por la grosería y el abuso y el estupro. (Copiamos aquí la cuarta acepción que da el DRAE sobre estupro: Antiguamente, coito con soltera núbil o con viuda, logrado sin su libre consentimiento.)
De modo que si a aquel alcalde vencedor se le presentaba alguna viuda de guerra o huérfana de republicano perdedor con algún problema vital que resolver en el ayuntamiento, dicen que les decía:
─No te preocupes, mujer. Esto lo arreglo yo en seguida con el cipote.
Así que aquel hombre no mereció una estatua en su pueblo ni una calle con su nombre, pero la gente mayor aún lo menciona, con la jocosidad de una amargura que padece otro, bajo el mote de “el alcalde cipote”.
Ahí tenemos el primer modo de usar el miembro viril: el de la soberbia con oportunismo. Aquel antiguo régimen, por desgracia, no penaba ese tipo de violación. Que se sepa.
El siguiente caso recoge el modo de usarlo con cachondeo y verdadera necesidad.
Ocurrió en el instituto de La Rambla cuando Montalbán todavía no tenía instituto ni sueño de tenerlo. De entre aquel grupo de alumnas montalbeñas había una tan bonita como las demás pero más desarrollada de pechos, lo que la hacía ser la más deseable para los zagales. (Sugiero que cada lector le ponga el nombre que más le guste). El chaval se llamaba Alfonso Parra y es muy popular en el pueblo por ser vendedor de huevos y tener un temple noble y particularmente simpaticón. Ahora cuenta la edad que le conocemos, pero aquel día del suceso, imagínenselo, el Parra era un mocetón con el cuerpo de ahora pero a medio pulir, desinhibido y sin complejos y con la calentura propia de edad por todo el cuerpo y la mollera. ¿Me siguen?
La chica estaba candorosa en su pupitre; el joven estaba “empalmao” como una tranca y acercándose a ella, con “ella” bajo el pantalón pero visible, la puso encima del pupitre y le dijo sin más ni más:
─Cucha, niña, la tengo pa partir almendras.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
El reserva
De ese modo me invitó un amigo a la boda de su hijo, de reserva.
¿Y sabes tú lo que hice yo? Me vestí con mi chaqueta y mi corbata, vaya que me puse el traje como pa ir a la boda sabiendo que la madre del Borles no se había muerto ese día, y me planté en la puerta del salón. Como te lo estoy contando. Pedí una silla y allí me estuve sentao hasta que salieron los amigos de comer.
Después se fueron todos, con sus mujeres, a tomar café an cá el Leoncio, pero yo, como estoy soltero, tiré para otro sitio. ¿Me comprendes?

Silvestre: ¿Y esto quieres tú que publiquemos?
Juan Luciano: ¿Por qué no? ¿No te parece suficientemente original?
Silvestre: La verdad es que no. Más me parece a mí esto un chiste de taberna, una de esas tantas anécdotas que cuenta la gente para pasar el rato, la gente ingeniosa o sin nada nuevo que decir pero que no quieren estar callados nunca y hablan por hablar.
Juan Luciano: ¿Quieres decir que no tengo nada nuevo que decir?
Silvestre: Quiero decir y digo que esto no es literatura, ni siquiera invención. Que es una anécdota que te ocurrió a ti y la cuentas sin contraste ni arista alguna.
Juan Luciano: ¿Piensas de verdad que mi relato, a fuer de corto, no supera el hecho anecdótico, ocurrente, raro?
Silvestre: Repito que esto no se equipara con las historias fabulosas que queremos contar para que Talbania crezca. ¿Dónde está aquí la magia, dónde la poesía, dónde el entrañamiento de la memoria?
Juan Luciano: ¿Y tú que dices, Pruden?
Pruden (bebe de su vino).
Silvestre: Si al menos hubieses puesto la foto de tu boda…
sábado, 17 de noviembre de 2007
Fahrenheit 212
Sábado cinco de julio. Mil novecientos ochenta y seis. No sabemos si fue un designio de los astros, un jugueteo de los dioses o la consecuencia macabra y turbulenta, generosa y añil de los hálitos ebrios del verano. Historia, anécdota y algarabía concurrieron de casa y casa y por las tabernas en una conmoción confusa por los sucesos dispares, pocas veces vividos, sufridos y celebrados al mismo tiempo en un pueblo pequeño. La crónica, con el título a medias entre película de amor y novela policíaca de Un sábado demasiado cálido, aparece anónima en el único periódico local, ese que solo ve la luz una vez al año y que no tiene nombre particular, sino el genérico de Revista de Feria. Con fidelidad por la memoria se reescribe después de que las aguas dislocadas de aquel tiempo discurren ya por sus cauces naturales. Dice así.
Ese nombrado día, sobre las ocho y media de la mañana, murió de un navajazo un hombre. Vivía en un pueblo más grande que está por donde el río se ensancha, igual que su agresor y eran cuñados ambos. El muerto y el matador eran cuñados y los dos habían nacido aquí, donde tienen familia y deudos y amistades, dueños de alguna hacienda por la que discutieron sobre lindes y achaques. Esa discusión, se comenta, dio lugar a la reyerta pero que no fue la única ni la primera que habían tenido estos dos hombres. Que la cosa venía de atrás y que el que resultó muerto era un individuo que para qué, y que el que le dio muerte parecía no haber roto nunca un plato pero se ve que caída la última gota que colma el vaso rompió toda la vajilla de una vez. Reminiscencias cainitas, posiblemente, de la sangre injuriada en un amanecer andaluz de
Pocas horas después de correr la noticia como una polvareda zigzagueante y triste, dice literalmente el anónimo cronista, otra sorprendente noticia agitaba las arterias humanas del pueblo:
Nosotros hemos constatado los dos casos, pues fueron registrados en el diario de la provincia pocos días después; el luctuoso, en la página de sucesos y el de la lluvia de millones, con grandes titulares, en la primera dedicada a los pueblos, por lo que apareció escrito en las letras de imprenta de un periódico de tirada amplia, y por primera vez en la historia, la existencia real, y desde entones mediática, de Talbania.
Las sorpresas son esas, pero los acontecimientos del día no se detuvieron en un homicidio extraño y en una casual fortuna, sigue narrando ardoroso el cronista anónimo de
Pero también aquel día de julio, nos informa finalmente el cronista, una nueva criatura nació a la agitación del pueblo. A ese bebé no se cita con nombre, porque aún no lo tendría, en la nómina de tanto lagareo. Solo hubiera hecho falta, concluye con cierto aire de jocosidad, que ese mismo sábado de hubiese inaugurado la piscina municipal, cuya puesta en práctica llevamos ya tres años esperando, o que cayera otra tormenta de similares magnitudes y desastres como aquella tan legendaria del Cirujano(*), de la que nos cuentan los viejos como cosa de fábula.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Bebedores solitarios
Los bebedores normales no les hacen apenas caso, sino que los dejan ser. Si acaso les dirigen la palabra no es para establecer una conversación, cuanto más los saludan con un mohín que es más de compromiso social que de afecto cordial. Hay bebedores solitarios que son afables y desde su retiro entablan conversación normal y están al tanto de todos los chismes y sucesos de la comunidad, pero eso es a ratos, o a días, y luego siguen solos sin darle coba a nadie.
Por su lado hay bebedores solitarios que no quieren serlo, o que no saben serlo, y se convierten en unos pelmazos. Esos son los peores, los que son solitarios porque nadie los quiere para beber con ellos y se creen en la obligación de hacerte compañía cuando te ven solo, la compañía que desean para sí y no tienen, sin pensar, o desconociendo, la verdadera condición del bebedor solitario.
El bebedor solitario no bebe más cantidad de bebidas alcohólicas que cualquier bebedor de pandilla. Los bebedores de pandilla beben más aprisa, arman más jaleo, y si no acaban emborrachándose casi todas las noches por lo menos se van bien achispados a sus casas. Además estos lo hacen solamente durante las horas establecidas por la norma: al mediodía los días de holgura y por las noches, antes de cenar. El bebedor solitario también tiene reloj y obligaciones, pero no sigue el son de ninguna música.
Hay que tener muy en cuenta que en Talbania también se bebe mucho aguardiente por las mañanas, antes de ir al trabajo. Pero eso es como un acto ritual, colectivo, y, a excepción de los días festivos y los días de lluvia en que la aguardientada dura hasta mediada la mañana, por regla general los aguardienteros se toman una o dos copas con el café antes de marchar a la brega. A esas horas apenas tiene sentido ser un bebedor solitario, pero haberlos, haylos. Qué duda cabe.
sábado, 15 de septiembre de 2007
20 viudas
La viuda más antigua es María la Londra, que vive en la casa frente a la nuestra, en la esquina noroeste de las calles Montealbo y Agua.
(Deberías de hacer una cruz cardinal, la rosa de los vientos, ya sabes, para situarte gráficamente sobre lo que te voy describiendo. Cuando yo estuve allí, Talbania era esto: cuatro calles en cruz, con la orientación casi perfecta de norte (Montealbo), sur (Calle Nueva), este (El Portillo) y oeste (Calle del Agua). Yo ocupaba la casa que hacía esquina entre Montealbo y El Portillo, con entrada por la primera y recibía el sol las 24 horas del día. Los días nublados era otro cantar en la azotea).
María la Londra (1ª) pasa temporadas en Córdoba, con su única hija, porque ya es bien vieja y está totalmente sorda, muy mal de las piernas y otro pelín mal de la cabeza, pero ha sido siempre vecina nuestra y cuando, para el día de los difuntos, vuelve a su casa vacía no deja de visitarnos escandalosamente, porque sorda sí que está, pero el tono de voz machihembrado no lo ha perdido apenas.
La calle Montealbo no tendrá más de unos cincuenta metros, y al final están las escuelas con el mismo nombre. Al final de la calle, junto al colegio, vive sin hijos porque no los tuvo con su esposo Currando, la Niña Viches (2ª), menuda y cojitranca, un punto quisquillosa con las travesuras de los chiquillos, pero simpática y cariñosa con el vecindario.
De modo que al no haber más viudas en esta corta calle, sino un viudo que fue el cartero del lugar durante toda la vida del franquismo y un poquito más, al que llamamos el Correo, más otro matrimonio de viejitos que ya no salen porque están siempre enfermos, al cuidado de sus hijas, giramos ahora hacia la izquierda por la calle Portillo, donde vive la Tota (3ª), viuda de Manolillo el de las Fachandas. La Tota es una mujer legendaria, natural del pueblo vecino de La Rambla y madre de siete hijos casi todos de la misma edad. Eran aún jóvenes y niños cuando murió el padre, a los que ha sacado adelante vendiendo verduras y frutas en la plaza y con un par de golpes de suerte que le proporcionó la lotería, de lo que se enteraban hasta los santos del cielo de las grandes voces con que lo anunciaba: ─¡Dulce, que me han tocao tres millones a los ciegos! ¡Toñi, Niña, Dolorcitas, Carmen…, que me han tocao los millones! ¡cuchás, nenas: tres millones! ¡Ay nuestro padre jezú de calvario! No hace mucho una nieta suya abrió un puesto de jeringos y allí está la Tota todas las mañanas con su gorro y su delantal blanco para atender y entretener a los clientes con su jolgorio y buen humor.
Pero la calle Portillo también es cortita, sólo tres casas en una acera y dos en la otra: la que ocupaba yo y la de mis caseros, y no hay otra viuda sino al final, en la esquina que da a vereda por donde pasa y se ve el campo; ahí vive Angelita la del Fachi (4ª), que es una mujer bonita y dulce, callada y hacendosa, pero su difunto marido era un saramanguti (término incluido en La república hablanera) de cuidado, pues se emborrachada el hombre casi a diario y volvía la calle arriba hablando solo, maldiciendo y diciendo disparates de su mujer y de su suegra, que también era, al contrario del decir del borracho, una santa verdaderamente. Así que habremos de volvernos al punto de inicio, en la confluencia de las cuatro calles. ¿Estás? ¿Me sigues?
De manera que ya tenemos cuatro viudas y un viudo en el cómputo de dos calles con un total de doce casas.
Ahora nos situamos en dirección a la calle del Agua, y justo en la primera casa de la acera izquierda, esquina suroeste, vive Carmen la del Cañas (5ª). Otra mujer típicamente andaluza en lo sufrida por su marido, por algunos de los hijos y por la vida de pobre que ha llevado. Pero es tan dulce y cariñosa y sonriente siempre esta mujer que dan ganas de besarla cuando te da los buenos días. Uno se pregunta: ¿cómo después de tantos años de sufrimiento se rehace la gente, algunas gentes, con tan benévola lozanía? Carmen del Cañas también está sorda y padece de asma, la pobre, y bastante cruz tuvo que arrostrar desde que a su hermano el Tate, soltero y subnormal, le cortaron una pierna y después la otra, hasta que murió benditamente. Pero ya tiene la Carmen sus cuatro guapísimas hijas y sus tres varones casados, gracias a dios, además de muchos nietos y cierta tranquilidad. Y ojalá le dure.
En esa acera izquierda de la calle del Agua, que nos lleva a la plaza del pueblo donde está el ayuntamiento, la iglesia, los bancos y las tabernas, no veo más viudas, sino solamente un viudo, pero en la acera de enfrente sí hay otras tres, Dolores la del Pelao (6ª), que es la suegra de la primera cubana residente aquí; Dolores la Frasquerra (7ª), también llamada La Niña Pepita, como se llamaba su propia madre, mujer que además de enviudar muy joven cargó con la crianza de su hijo pequeño y el cuidado de sus dos padres viejos y dos hermanos solteros; y la Chica Perragorda (8ª), jacarandosa y bullanguera mujer que, cuando pasamos por delante suya, se dirige siempre a mi compañera con el mismo piropo exultante: ─¡Niña bonitaaa!, ¡adiós! , como si se lo dijese a su propia hija que nunca llegó a tener.
Retornamos al punto inicial de la cruz cardinal, o al corazón de la rosa de los vientos, y, finalmente, nos encaminamos la calle Nueva abajo. Aquí, y casi sucesivamente, viven en la acera impar muchas viudas. Catarnica la de Luis el de la Pura (9ª), que tiene el hablar trastabillado pero siempre me preguntaba por mi madre y me decía lo mismo: que se acordaba mucho de ella porque desde chicas fueron vecinas y amigas, que estuvieron en los cortijos juntas y que juntas buscaron los novios. Maria Antonia del Garabato (10ª), cuya madre, citada en La república hablanera, vivió los 100 años con salud espléndida y un día de no hace mucho decidió morirse con la mayor tranquilidad del mundo. La Tere del Rapema (11ª), que con unos 40 años es la más joven viuda desde hace ya bastante y pasa impávida ante el vecindario. La Venena, que sufrió lo indecible con su esposo enfermo y borrachín (12ª). Lucía la del Bentri (13ª), aún guapísima y bien acicalada, de temperamento abierto y muy saludadora que rara es la vez que pasas y no se encuentra en la puerta, viendo el mundo transitar con alegría. La Morala (14ª), (aunque recientemente muerta ha sido viuda y vecina mía desde que vivo en esta calle), una viejita menuda, encorvada y triste, y de la que se contaba que, siendo tan bajita de cuerpo y en comparación a Morales, su grande esposo, que tenía un corpachón que doblada el de ella pero flojo y de condición simplona, se subía a una silla y lo llamaba imperativamente para pegarle. ─¡Morales, ponte aquí! ¡Plaf, plaf!, dos hostias. Pero eso debería ser una calumnia del connatural sarcasmo con que los vecinos de Talbania tienden a imaginarse lo que quisieran que ocurra.
Así que continuamos con Encarnación de Capaperras (15ª), que es la viuda más solitaria de todas mis vecinas, pues que no tuvo hijos y vive sola del todo y apenas habla, pero que pasa grandes ratos en el rebate de su casa, siempre puesta de pie, y cuando le dices adiós te responde igual, adiós, mas sin mirarte. A la casabajo vive otra de la que no sé el nombre, pero es la viuda de un hombre que traté con gusto llamado José y le decían el Ministro (16ª); ésta tampoco tiene descendencia, pero sí convive con una sobrina y su familia. Otra más de la que tampoco sé como se llama y con la que nunca he cruzado una palabra, pero que debe ser viuda desde antiguo porque nunca la he conocido de negro, pues que con ese color adusto es como visten casi todas las que hasta ahora he reseñado, es la hermana del Calvo (17ª), mujer discreta, gordezuela y con gafitas. Y casi al final de ese tramo de calle, en la misma casa donde está el despacho de pan de la Cooperativa vive Antonia la Señora (18ª), áspera y seria y bizcotur, palabra procedente del argot de La Colmena de Cela y quiere decir que, a más de ser bisojo y malencarado, que mira con aviesa intención; la Señora es hermana mayor de Encarnación de Capaperras. Fíjate que no digo perros, sino perras, porque la operación fuese más inverosímil.
Mas hay otra viuda que sin vivir en el barrio es vecina nuestra, pues es suya una cochera que ocupa la esquina sureste de Portillo y la calle Nueva, donde aún conserva el coche que sirvió de taxi a su marido, y ésta es Josefita la de Victorio (19ª). Josefita es una mujer muy hacendosa y celosa de su propiedad, y como quiera que sobre su pared pusieron los contenedores de la basura, lo que no le hace ni pizca de gracia por lo desconchones y suciedad que produce a su puerta, cada vez que va a enjalbegar la fachada de su cochera los pone en la esquina de enfrente, junto a la casa de María la Londra, quien siendo una mujer fuerte y brava de natura, con las mismas coge ella los contenedores y los vuelve a mudar al lugar anterior apenas la enjalbegadora se marcha. Ese trasiego de contenedores cesa cuando María se va a Córdoba.
Y en fin, ya sólo nos queda por repasar el lado derecho de la calle Nueva, donde a continuación de Carmen la del Cañas enviudó no hace mucho la Matutina (20ª), que me muestra mucho aprecio porque dice que soy el único que no le pone el coche tapándole la puerta de su casa. Tampoco tuvo hijos la Matutina de la Fertuosa con Vallejo, su esposo, que se llamaba Alfonso. Vallejo, los últimos años, se los pasó diciéndome cada vez que me pillaba a tiro ahí en las cuatro esquinas, donde se ponía a tomar el sol casi invisible bajo una grande pelliza, los años que tenía, más de 90, y que de su quinta ya no quedaban vivos nada más que él y fulano, y que precisamente hicieron la guerra en bandos distintos. Esta es la última viuda de mi barrio, pero aún se haya otra viejita adorable que aun teniendo el esposo vivo está sola, pared con pared de la Matutina, y es Dolores la del Pierres. Pierres sufrió hace ya bastantes años una embolia cerebral que lo dejó incapacitado para valerse solo, de modo que Dolores lo ha cuidado amorosamente hasta que ella misma cayó enferma y ya no puede hacer nada por su marido. Así que como los hijos viven en Córdoba al padre lo han ingresado en una residencia donde puedan atenderlo debidamente.
Y este es el cuento de las viudas de mi barrio. Otro día te hablaré de las ventiscas del Portillo.
martes, 4 de septiembre de 2007
La primogénita
En los últimos tiempos, quizá por la influencia del cine y la televisión, donde apenas sale una mujer que se llame de tal guisa, muchos matrimonios jóvenes querían romper la tradición onomástica. Se ve que el paso del tiempo sin problemas anubla los temores de la memoria. Y los tumores. Los más respetuosos con los antepasados propugnaron que si su primogénita no pudiera llamarse, por ejemplo, Ainoa, Chenoa o Rosiíto, pudiera llamarse Lola. El nombre de Lola, argüían los padres y abuelos, no dejaba de ser una falta de atención a lo debido. Decirle Lola a quien por derecho propio debe ser Dolores no deja de transgredir la tradición. Es de mala educación. Una irreverencia a la fortuna.
Para compensar la ruptura de la sacra obligación, debido a la presión de los jóvenes encabezados por el nuevo alcalde, la asamblea de ancianos reunida bajo la gran copa del Mesto de las Rosas, allá en el campo, adoptó la siguiente resolución: Si un matrimonio que tenga del primer nacimiento una niña y no quiera llamarle Dolores, no podrá tener macetas en la puerta de su casa. Porque esta es otra: todas las casas de Talbania estaban, hasta el día de aquel arreglo, hornadas de geraneos y claveles y yerbagüena, y ese era el orgullo elemental que los diferenciaba de los demás pueblos de la comarca. Solamente no había macetas en las fachadas cuyas casas, por desgracia, no dieran cobijo a una mujer llamada Dolores. La ausencia de flores a la vista suponía un agravio en el amor propio de la población.
De modo que esa fue la condena. Por lo que cada vez hay menos casas que adornen las calles de Talbania con las flores del abolengo.


