Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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domingo, 16 de septiembre de 2018

Diez chascarrillos fáciles sobre El Pueblo de Bujeo




·        En el Pueblo de Bujeo se han implantado grandes logros civiles y avances sociales desde que se instauró la democracia en El Pueblo de Bujeo.

·         A ojo de buen cubero, no hay casi ningún infeliz ni desgraciado en El Pueblo de Bujeo.

·       Se han ensanchado las aceras de todas las calles estrechas de El Pueblo de Bujeo, de modo que se prioriza al ciudadano el derecho y la seguridad para caminar, restringiendo la velocidad y el ruido de los vehículos a motor que eran la hostia.

·         Todavía existe la fantasía en El Pueblo de Bujeo.

·      En El Pueblo de Bujeo las personas sensatas, que son la mayoría, se han desprendido de las obligaciones irracionales. Han dejado de asistir a comilonas de bautismos, comuniones, bodas y navideñas que no les apetezcan. Y nadie se siente ofendido en El Pueblo de Bujeo.

·         La concordia y la tolerancia, en El Pueblo de Bujeo, es un hecho imprimible.

·      Los días de fiestas patronales, patrias o religiosas, los ciudadanos de El Pueblo de Bujeo ya no ven la necesidad de concurrir bien afeitados, y las mujeres, excepcionalmente, han superado la neura de estrenar vestido, zapatos, bolso, collares y chismorreos para cada ocasión. Van como se las arreglan por El Pueblo de Bujeo.

·   Es un fruto sin par, y exportable, esta felicidad sencilla que se respira ahora en las congregaciones de El Pueblo de Bujeo.

·      Adelantándose a los demás pueblos de la república y del reino, los jóvenes de El Pueblo de Bujeo han dejado de usar las calles como circuito de carretas con sus motos y coches nuevos. Son unos hijos benditos.

·       En fin, todos votan sin rencor ni mala uva en El Pueblo de Bujeo cuando hay que elegir un nuevo alcalde que gobierne la amena civilidad que signa al Pueblo de Bujeo. Ni en prosa ni en verso existen ya partidos políticos, sino grupos ideológicos enraizados en perpetuar la convivencia de El Pueblo de Bujeo.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Mis primeras lecturas


Por la salida sur del pueblo, en una ampliación de la vereda, estaba el vertedero municipal. Antes todos los residuos iban a parar al muladar que había en el corral de cada casa. Allí se pudrían, mezclados con las defecaciones de los animales, y con el tiempo se hacía estiércol. En nuestra casa, como había mulos y bastantes cabras, se sacaba cada año una buena cantidad de estiércol que se utilizaba tanto para abonar los olivos como para venderlo cuando sobraba. Todos los años sobraba porque los olivos no eran muchos: apenas una hectárea en la que había sembrados tan solo 52 ejemplares de diversa especie. Igual los había hojiblanca como picual y lechines. No se obtenía una gran producción de aceituna, pero la suficiente para producir el aceite que se consumiera en la casa para todo el año. Pero llegó el tiempo de recoger la basura con un carro tirado por un mulo. Una modernidad. No se utilizaban bolsas de plástico entonces. Los residuos, tanto biológicos como materiales, se echaban en un cubo grande que se dejaba a la puerta de la casa y el basurero los iba vertiendo sobre el carro. Así se pasaba el día entero, recogiendo los cubos de todas las calles y dando viajes al vertedero. Como quiera que el vertedero era tan solo un montón de sobrantes de todo tipo y estaba a campo abierto, los días que hacía viento se cubría la vereda de periódicos y de hojas sueltas de todo tipo. Hasta una carta me encontré una vez. Una carta de una novia a su novio en la que no le hablaba de amor, sino de cosas referentes al melonar desde donde se la escribiera. Por lo tanto, lo más provechoso que yo sacaba de aquel vertedero eran los periódicos. Los periódicos viejos que yo recogía del vertedero municipal fueron de gran ayuda para mis inicios de cabrero, pues todos los días salía por esa vereda con la piara de cabras a carearlas por los padrones en invierno y primavera y por los rastrojos durante el verano. De esos periódicos, o en ocasiones solo hojas sueltas, aprendí grandes cosas de las que no pude instruirme en la escuela ni en instituto alguno. Ahora que lo pienso, tal vez de esa curiosidad mía por leer los periódicos viejos, junto con unas revistas católicas (cuyo nombre no recuerdo) que mi hermano Valentín traía del seminario donde estudiaba, fueran la espita que despertó mi interés por la literatura. Por aquellas fechas de mi adolescencia yo tenía mucho respeto por todo lo escrito, pero en mi casa no había libros, excepto un Quijote resumido, tal vez con destino a escolares. Dudo que mi padre comprase ese libro, y se me ocurre pensar que tal vez lo comprara mi hermano el mayor, Currito, que al parecer fue un joven aplicado. Por supuesto que esa edición incompleta del Quijote la conservo yo. También recuerdo que en la casa había una historia novelada del bandolero José María el Tempranillo. Pero ese librito se perdió.
            Pues bien, siguiendo con los periódicos que recogía del vertedero municipal que estaba al lado de la vereda, en un lugar llamado La cuesta blanquilla, yo leí artículos del ABC tanto de José María Pemán como de Azorín. No recuerdo bien si a Azorín lo leí en ese diario, pero sí que de él leí por primera vez algo sobre el estilo en la literatura. Y eso me llamó mucho la atención: que para escribir había que tener estilo. Yo leía por igual las páginas que hablaban de política como las de cultura, que eran menos, pero que a mí me sustanciaban más que las primeras. Leía las noticias igual que las críticas a libros. Esto último creo recordar que era lo que más llamaba mi atención: el conocer nombres de escritores y aprenderme los títulos de sus libros. Libros que no podría leer de ningún modo, pues ni tenía dinero para ello ni en el pueblo había librería alguna. Lo que ocurrió fue que de mis hermanos mayores, que antes que yo habían vendido la leche, aprendí a sisar algunas pesetas diarias de esa venta que se realizaba por las mañanas. Era lo primero que hacía todos los días apenas me levantaba, ordeñar y vender la leche en presencia de las mujeres que iban a comprarla a nuestra misma casa. Como quiera que las puertas de la calle se abrían apenas se levantaban mis padres, recuerdo que el primer cliente todos los días era un viejo impaciente que se ponía al pie de la escalera que daba a la cámara donde yo dormía y todos los días me echaba la misma monserga para que me levantara, que no era otra que el siguiente refrán: Al hombre pobre la cama se lo come. De modo y manera que como mi hermano Gaspar o mi hermano Ángel me advirtieron, yo podía quedarme con algunas pesetas cada día y así tener mis propios ahorros. Mi madre no las echaría de menos, aunque si lo notaba nunca me dijo nada al respecto. Y con esos ahorrillos, fue como comencé a comprarme algún que otro libro.

lunes, 7 de enero de 2013

Nochebuena de 1977. Una anécdota ejemplar




Todavía se cantaba por las calles en la Nochebuena de 1977. Siempre se había cantado por las calles de este pueblo del sur: villancicos populares y otros originales de la población, en ocasiones hasta con guasa y retintín carnavalero. Se cantaban villancicos y otras murgas yendo de casa en casa arrastrando sobre el frío una tradición perdiéndose: la de pedir el aguinaldo.
Dame el aguinaldo carita de rosa
que tienes la cara de ser rumbosa.
Y si me lo das
que pases la Pascua con felicidad.

El sargento de la Guardia Civil y su esposa recibieron aquella Nochebuena el aguinaldo de la gratitud sin pedirlo acaso. Había sido destinado el hombre al cuartel de Talbania tan solo unos días antes, el 9 de diciembre, y aún no tenía amigos en el pueblo. Don Cesáreo Rodríguez Alvarado, un hombre tranquilo y noble, procedía de El Rubio, ese otro pueblo casi etéreo en las llanuras de Sevilla, pero tanto él como su esposa Isabel son nacidos en los pueblos míticos cantores de Huelva. Ahora todo el mundo sabe que hablo de Don Cesáreo, porque es de las personas a las que se les añade el don por derecho natural. Así lo conoce y lo nombra la gente del lugar sin remilgo alguno.

Me contaba la historia con cierta intriga sentimental, lo que despertaba mi emoción por el suceso. Llevaban solo unos días viviendo en el nuevo destino y la Nochebuena se hallaban recogidos y solitarios en el cuartel. Con descarada intención por mi parte, ocupando el cargo militar que le signaba como uno de los poderes “fácticos” de entonces en el pueblo, le pregunté si no lo habían invitado al Casino. No, me contestó sencillamente. Y continuó narrando. ¿Qué vamos a hacer toda la noche aquí, encerrados en el cuartel?, me decía mi mujer. Porque Isabel es una mujer alegre, comunicativa, dispuesta a divertir y a divertirse como el tiempo ha demostrado, y no quería pasar Nochebuena sin salir a dar un paseo por el pueblo. Venga, me decía, nos arreglamos y damos un paseo, aunque no vayamos a ningún sitio. Así fue como don Cesáreo e Isabel, con el ánimo tranquilo y expectantes, paseaban la calle abajo cogidos del brazo, sonriendo ante las pandillas de chavales que iban y venían con sus jolgorios. A esto, me contó, un hombre que está en la puerta de su casa me saluda. Nos conocíamos solamente de vernos en el mercadillo de El Rubio, a donde iba de vendedor ambulante todas las semanas. Nos saludamos y apenas se enteró que no teníamos un lugar concreto para reunirnos con nadie, me dijo que entráramos a su casa. Allí pasamos la Nochebuena, con su familia y sus amigos.

Aún no me había dicho quién era ese hombre singular que invitó al sargento de la Guardia Civil. Me dijo que tenían un cochinillo asado, y bebidas, y dulces, y que todos los amigos de este hombre y sus mujeres los acogieron con agrado. Ya no me resistía yo a saber de quién se trataba, y entonces don Cesáreo, tranquilamente hablando, me lo dijo: Tu hermano, el Tito de los zapatos…

¡Bendecido sea!, exclamé.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Para el día de difuntos



Un entierro


Los hombres de Montalbán
con el cuellecito limpio
todos al entierro van

Y las mujeres también,
compungida la sonrisa
dicen: Lo siento. Y amén

Pero el difunto soy yo,
serio y sin saber ni cómo
responder de corazón


Foto post mortem (de autor desconocido) antes de mi incineración



domingo, 29 de junio de 2008

Naufragio colectivo



Las chicas de la barra... y sus clientes





Por la mañana, sea lunes o viernes, diez kilómetros al sur de la ciudad, entre llanos y cerritos está El Álamo: estación de servicio, restaurante cutre que tuvo su esplendor antes de la autovía nueva. Unos días es atendido por chicos, dos, que se valen de mañas y a veces son simpáticos; a la semana siguiente te encuentras que quien te atiende son unas chicas, dos, que les cuesta trabajo ocultar lo que muestran. De espuma y con minifalda en uniforme, a ellas se les nota la sonrisa impuesta en el contrato de dos meses de prueba. Sirven café, copas de coñac y anís, cupones de la once, y despiden amables al viajante de seguros que se ufana de ser, ¡ya ves qué dicha!, asiduo y conocido aquí por ellas.


Por la mañana, entre las siete y las ocho, antes de llegar a la ciudad y al tajo, las cuadrillas de albañiles que hormiguean desde los pueblos a los barrios nuevos de la ciudad, cuyo escaso tiempo se les nota colgado en los minutos de la parva barba, detienen sus furgonetas en el Álamo. De antema­no, tienen la esperanza rota, el trabajo los espera cuesta arriba, y ha de serles, no obstante, complaciente, gentil o soñador, mirar las muchachitas dulcemente, darles bromas picantes... y seguir cuesta arriba, cuesta abajo.


Por la mañana, cualquier día del año, un camionero que va del sur al norte sale del baño con una toalla oscura sobre los hombros y el pelo húmedo, recién peinado. Desayuna en soledad apoyando los brazos en la barra, pero él empeña la mirada halagüeña, la blanca sonrisa que se pierde más allá del mostrador. Las muchachas, que se mueven con fluidez y a veces torpes y naranjas como el zumo natural, con aire sabioncillo dan la cuenta, y el hombre insatisfecho se despide, diciendo con el pecho, melancólico: adiós, mi corasón.


lunes, 5 de mayo de 2008

Contra el vicio de leer

La mayoría de los hombres de Talbania no son analfabetos, pero presume de serlo. La mayoría de los hombres de Talbania sabe leer y escribir, pero se jacta de no leer nunca un libro, ni apenas un periódico. El porcentaje de las mujeres de Talbania que sin ser analfabetas desacredita públicamente el uso de la lectura es menor. La mayoría de los hombres de Talbania lleva a gala no gustarle leer.

¿Habrá cosa más denigrante para una civilización libre que conoce el misterioso don de la lectura?

Lo dicen en voz alta, como si fuese un crespón de orgullo, dejados caer sobre las puertas de las tabernas mirando la sequedad del otro lado del río, donde crece el desierto.

La mayoría de los hombres de mi pueblo no son creyentes, pero se les pierde el culo por ir a misa. La mayoría de los hombres de Talbania, en quienes piensa quien escribe esta nota, no la leerá nunca, lamentarán que tal equipo de fútbol haya perdido la liga, o celebrarán lo contrario. Después, la mayoría de las mujeres de Talbania que no son analfabetas en absoluto, le reirá la gracia de oírlos exaltarse en la ignorancia.

lunes, 21 de abril de 2008

Fructuoso y Fertuosa



Ha muerto sin descendencia y fue la última mujer que, en Talbania, lució el nombre de Fructuosa. Si acaso también la única. Mas lo que son las cosas: el pueblo la recuerda por el nombre de Fertuosa la del cubano. Sin duda que ese equívoco turbulento de la pronunciación fue aceptado por ella misma desde chica, y hasta que no fue al juzgado a casarse no supo su verdadero nombre.

─Mujer, que ese nombre no existe ─le advertía el funcionario.

─Pues así me puso mi padre, Fertuosa, por mi abuelo el cubano.

Su abuelo sí fue cubano, y se vino a vivir allá en Talbania tras la pérdida de la colonia. El hombre arrastraba los dejes bembones de los mulatos caribes y puso un negocio de café para buscarse la vida. Iba también por los pueblos de la comarca con su paciente burrito y su mercancía de ultramar: Montalbán, La Rambla, Santaella, pero fue en Talbania donde los niños tomaron a burla su pregón callejero. En los otros pueblos lo vendía en grano y molido; en el suyo propio lo ofrecía ya para tomar trasportándolo en ambas damajuanas sobre el serón de su borrico. Por su modo lento de hablar, tardaba mucho rato en emitir las dos palabras con las que llamaba la atención de los vecinos. Los niños le cogieron el punto: cuando anunciaba un larguísimo «¡Cafeeé...!», le preguntaban desvergonzados: «¿Cómo está tu mujer?», terminaba él sin sentirse aludido el final de su pregón: «¡… caliente!»


Fertuosa estuvo casada con un hombre canijo y correoso y pálido que volvió perdonado, pero enfermo, de los campos de trabajo forzoso cinco años después de terminar la guerra. Durante el largo periodo de servicio militar primero, de soldado a continuación y de preso político por último, no dejó de escribirle cartas a su novia cada vez que pudo. En la dirección postal siempre puso el consabido nombre: Fertuosa Ramírez Bildasola, y nunca se le devolvió ni una porque el mismo cartero sabía que Fertuosa no había otra en toda Talbania.

Su marido murió sin haberle dado el don de la maternidad, pero al menos, el casamiento, le sirvió para descubrir cómo se escribía y pronunciaba su nombre. Realidad ortográfica y santoral que ni ella misma, ni toda la población, procuró corregir en lo adelante.

martes, 8 de abril de 2008

Roscos de vino y viagra


Es conocido como El Niño de las Tortas, pero cuando joven también le lució el sobrenombre de El Niño de los Roscos por una apuesta que ganó estando de canastero en la aceituna de La Laza. Los mozuelos más arrebatados presumían que su miembro, estando erecto, soportaría el peso de cuantos roscos de vino les cupiesen. Lo de las tortas le viene porque, cuando dejó de ser zagal, no tenía mañas ni habilidad para desarrollar un trabajo común en el campo como cualquier otro hombre dada su condición mental, ya que se quedó en un letargo de infantilidad feliz, y su madre lo puso a vender tortas por la calle con un canasto de mimbre colgado del brazo. Se hizo muy famoso y vendía mucho porque su inocencia cayó en gracia. Con su corpachón flojindango las mujeres chocarreras le daban bromas sobre la consabida dimensión extraordinaria de su hermanito pequeño.

─Niño ¿es verdad que te colgaste dos docenas de roscos de vino y aún se te veía la punta?

Él se reía halagado sin desmentir y sólo afirmaba que sí, que lo que él más quería era tener una mujer para casarse. Con pareja credulidad contaba que había hecho obra en su casa, que la cuadra del borrico que tuvo el piconero de su padre la había rehabilitado para cuarto de baño, con ducha, bidel y bañera grande por si algún día caía la breva. Se entusiasmaba hablando, o mintiendo, con la baba de la sonrisa en el aíre de la ilusión, que también habían arreglado la cocina y los techos de cañizo de la cámara, poniéndoles cielos rasos de yeso, pues que ganaba tanto con la vendeja de las tortas que hasta tenía previsto cambiar las viejas puertas de tablón de la casa por otras de manera barnizada. Todo lo decía con un afán propagandístico, sin malicia pero con trichiñuelas, para que oyeran todas que la mujer que se quisiera casar con él no iba a vivir en la casucha derrengada que les dejó su padre al morir.

De modo que iba por la calle con su pregón cansino y obstinado desde por la mañana hasta la noche ofreciendo las tortas calentitas y azucaradas que elaboraban en la tahona de Talbania. Pregonaba en voz alta pero también llamaba a las casas donde había niños y personas regalonas: «Niña, ¿quieres tortas recién hechas?» Llegaba, como no, donde las costureras aprendían a cortar y a bordar y a sacarle punta a todos los chismes del lugar. Allí era donde más se entretenía, porque allí era donde más alusión les hacían las chavalas desinhibidas a la fama adquirida de bien dotado y donde, fantasiosas y burlescas, le proponían novias posibles entre las viudas jóvenes y las solteronas de buen ver.

─Niño ¿quién se comió después los roscos que te colgaste?

─Si los hubieras guardado para Fulana, seguro que ahora te decía que sí.

Él se lo tomaba todo en serio, bobaliconamente posible, y un día, instigado por la picardía de las otras y confiado de su planta, llegó a pretender a una soltera jacarandosa de la manera más rudimentaria y tradicional que, con ánimo sarcástico, le habían dicho que se declarase:

─María ¿quieres jabas?

─Con boronía ─le respondió en un desplante la mujer partida de la risa.

Y se quedó naturalmente soltero y, pasado el tiempo, el negocio de las tortas vino abajo, se hizo mayor y le arreglaron para cobrar una pensión por incapacidad laboral, pero en los últimos tiempos le ha vuelto la fama de haber sido El Niño de los Roscos.

No es hombre de taberna, aunque pasea bastante, casi siempre solo, y ve mucho la televisión, por lo que está enterado de los últimos y mejores inventos de la humanidad. Por eso sabe bien de la utilidad sustanciosa de la viagra, la cual, me dice, consume con frecuencia.

─Pero Niño, ¿tú con quién la usas? ─le pregunto sin salir de mi asombro de que pueda tener relaciones clandestinas con alguna mujer necesitada.

─Yo con nadie, pa cascármela. ¿Tú sabes lo güeno que está que se me ponga como antes, verrionda como cuando estaba en La Laza y gané la apuesta de los roscos de vino?


La Laza. Ver La república hablanera

lunes, 24 de marzo de 2008

Los toreros del Abaú

Miguel y San Miguel


Hace unos días hablábamos de un alcalde que hubo en Montalbán y pasó a la historia crepuscular, y triste, con el sobrenombre de El Alcalde Cipote, sin embargo, mucho tiempo después, tuvo Talbania un alcalde al que llamaron El Repoblador. Algo se ganó. Durante el gobierno de este último y del que le sucedió se abrieron nuevas calles en el pueblo. Se presentó una época de lluvias generosas, desbordantes, y fue menester canalizar el río para que su corriente no se desperdiciase por las vaguadas del desierto colindante ni se metiese, por la otra orilla, en las cocinas con vitrocerámica. También fue cuando, con motivo de la Feria Internacional del Ajo, que llegó a tener relumbre de grandeza y engarce con la Junta de Andalucía, un emigrante enriquecido en Suiza volvió e instaló la primera casa de alterne en las afueras del pueblo, denominada con el peliculero nombre de Club Nocturno, que sigue siendo una gozada en la comarca entera. Pero todo eso transcurrió hace ya mucho tiempo, y el pueblo sigue creciendo con la misma modernidad espeluznante.

El Repoblador y el sucedáneo fueron jóvenes alcaldes con el barniz de la ilustración aireado en las sienes. Por eso, a las calles nuevas se les puso nombres de artistas y poetas famosos, fueran o no oriundos de allá, de Talbania. De tal modo que el celebrado músico y cancionero Carlos Castellano, autor de la canción con ese toro tan raro que se enamoró de la luna, tiene una calle en su honor. Fue un alarde de justicia contra el olvido en que se hallaba aquel hombre, el músico, que por demás vivía entonces muy lejos del lugar donde nació. Como también se designó otra calle en memoria del escultor Enrique Moreno, un hombre cuya biografía nos dice que fue un fenómeno de talento al que asesinaron los nacionales al empezar la guerra. Un escultor vanguardista del que no hay ninguna obra en el pueblo, ni privada ni pública. Los pueblos suelen ser así: enaltecen la persona pero desprecian la obra. Menos cuando, sin menoscabo alguno, ignoran la obra y desprecian al autor al mismo tiempo.

Otros nombres escogidos, no sabemos si al azar o extraídos del magín de aquellos alcaldes con ideas de letrados, son los de Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Gloria Fuertes y Miguel Hernández. «Forasteros serán, como los toreros del Abaú», nos respondió un socarrón al preguntarle por la vinculación de estos autores con Talbania. «¿Y qué es eso del Abaú?» El interpelado, algo más solícito, pero sin dejar de sonreírnos por encima del hombro, nos aclaró que el Abaú fue un hombre de poco entendimiento, medio tonto, que vivió acá hace ya muchos años. Siendo joven, al Abaú lo llevaron en una ocasión a ver una corrida de toros a la capital. Al día siguiente y en el cortijo donde andaba de boyero, así como quien examina a un niño, le preguntaron que quiénes habían sido los toreros que vio. «Forasteros eran», dicen que dio por única respuesta el cándido, lo que ocasionó la risa general. Y he aquí que desde entonces quedó ese dicho para aplicárselo a todo aquel que, como los toreros del Abaú, sea forastero o desconocido por la población.

La del poeta Miguel Hernández es una calle empinada, recta desde principio a fin, que comienza en la Avenida del Río y sube hasta el Cerrillo la Cruz, y anaranjada. No de color naranja, sino con naranjos en las aceras. Fue otra de las virtudes, sino la principal, del alcalde repoblador o del que le siguió en el mando: la naranjomanía. Allá donde cupiera un plantón, se ponía un naranjo. Y donde antes hubiera aligustres, olmos o acacias, se arrancaron todos para en su lugar poner naranjos. Aunque los árboles sacrificados estuvieran en buen estado o recién inaugurados por el alcalde anterior. Hasta una vieja grevillea, que Periquito López había traído como maravilla de Argentina con la denominación doble de árbol de fuego y pino de oro, fue arrancada de cuajo porque, al parecer, nadie sabía ya el nombre ni el origen de aquella especie delatada como los toreros del Abaú: forastera. Pero la calle dedicada a Miguel Hernández, aun sin ser bonita, y pese a la estrechez de las aceras, tiene dos hileras de hermosos naranjos en cuyos arriates las vecinas pusieron rosales, geranios y otras flores aromáticas, como la yerbagüena.

El caso es que, tal vez no habiendo muchos habitantes de esta calle que supieran quién fue Miguel Hernández, o bien pasándote por el forro de los pantalones los méritos que la historia le asigna al de Orihuela, cada 29 de septiembre los vecinos de esta calle organizan una verbena allí mismo. Una verbena como las de antiguo, con sevillanas sonando en un tocadiscos y sopaipas de balde, sin más mengua ni más motivo que el celebrar la festividad de San Miguel arcángel. Puntos suspensivos.

«Ese sí que sería un buen torero para el Abaú: el arcangelito», me sopla al oído, ya achispado por la cerveza verbenera, mi amigo el Parra. El Parra, el que siendo chaval puso su órgano vital sobre el pupitre de su compañera de clase.

martes, 26 de febrero de 2008

Modos distintos de usar el cipote




Para conmemorar las 1000 visitas (desde los tiempos en que comenzamos el contaje) os contaré un cuento de verdad que ocurrió en Talbania recién pasada la guerra. Cuando acabó la guerra los alcaldes eran nombrados a dedo, es decir que no había elecciones municipales ni de las otras y al alcalde del pueblo lo nombraba el gobernador de la provincia. Claro que solamente podía ser alcalde, y concejales, aquellos ciudadanos que fueran adictos a la cosa. La cosa se llamaba eufemísticamente Régimen, con mayúscula y el sabor añejo de los sables decimonónicos, pero en realidad no era más que una dictadura sangrienta. Digo esto que todo el mundo sabe, supuestamente, por si hay entre nosotros algún lector (masculino o femenino) que piense que esto de los debates entre Zapateros y Rajoys ha existido desde que hay televisión. No: antes el alcalde lo nombraba el gobernador provincial y tenía que ser una persona “adicta al régimen”.

Y allá en Talbania ocurrió lo siguiente: el alcalde de turno era un pelantrín ricacho cuyo poder de mando y autoridad (más bien autoritarismo) se le salía por la grosería y el abuso y el estupro. (Copiamos aquí la cuarta acepción que da el DRAE sobre estupro: Antiguamente, coito con soltera núbil o con viuda, logrado sin su libre consentimiento.)

De modo que si a aquel alcalde vencedor se le presentaba alguna viuda de guerra o huérfana de republicano perdedor con algún problema vital que resolver en el ayuntamiento, dicen que les decía:

─No te preocupes, mujer. Esto lo arreglo yo en seguida con el cipote.

Así que aquel hombre no mereció una estatua en su pueblo ni una calle con su nombre, pero la gente mayor aún lo menciona, con la jocosidad de una amargura que padece otro, bajo el mote de “el alcalde cipote”.

Ahí tenemos el primer modo de usar el miembro viril: el de la soberbia con oportunismo. Aquel antiguo régimen, por desgracia, no penaba ese tipo de violación. Que se sepa.

El siguiente caso recoge el modo de usarlo con cachondeo y verdadera necesidad.

Ocurrió en el instituto de La Rambla cuando Montalbán todavía no tenía instituto ni sueño de tenerlo. De entre aquel grupo de alumnas montalbeñas había una tan bonita como las demás pero más desarrollada de pechos, lo que la hacía ser la más deseable para los zagales. (Sugiero que cada lector le ponga el nombre que más le guste). El chaval se llamaba Alfonso Parra y es muy popular en el pueblo por ser vendedor de huevos y tener un temple noble y particularmente simpaticón. Ahora cuenta la edad que le conocemos, pero aquel día del suceso, imagínenselo, el Parra era un mocetón con el cuerpo de ahora pero a medio pulir, desinhibido y sin complejos y con la calentura propia de edad por todo el cuerpo y la mollera. ¿Me siguen?

La chica estaba candorosa en su pupitre; el joven estaba “empalmao” como una tranca y acercándose a ella, con “ella” bajo el pantalón pero visible, la puso encima del pupitre y le dijo sin más ni más:

─Cucha, niña, la tengo pa partir almendras.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El reserva





Una vez me invitaron a una boda de reserva. Sí, como lo oyes: de reserva. ¿Qué cómo se come eso? Vayas a pensarte que estoy hablando de broma, que tengo testigos. Vaya si tengo testigos: toda la pandilla lo sabe y cualquiera de ellos te lo puede asegurar como te lo estoy diciendo. Me invitó Fulano de Copas a la boda de su hijo, pero de reserva. La madre de Juanito el Borles se estaba muriendo, llevaba unos días agonizando pero no acababa de morirse, la pobre mujer. Entonces llegó Fulano y me dijo: Mira Juanluciano, que hemos echao las cuentas y no hay sitio pa tos en el salón. Que alguien tiene que quedarse atrás, y como tú estás soltero y te dará igual... Así que he pensao que como la madre del Borles se está muriendo, y como tú estás soltero, que si se muere antes de la boda él no va a querer ir, pues vas tú entonces en su sitio.

De ese modo me invitó un amigo a la boda de su hijo, de reserva.

¿Y sabes tú lo que hice yo? Me vestí con mi chaqueta y mi corbata, vaya que me puse el traje como pa ir a la boda sabiendo que la madre del Borles no se había muerto ese día, y me planté en la puerta del salón. Como te lo estoy contando. Pedí una silla y allí me estuve sentao hasta que salieron los amigos de comer.


Después se fueron todos, con sus mujeres, a tomar café an cá el Leoncio, pero yo, como estoy soltero, tiré para otro sitio. ¿Me comprendes?




Silvestre: ¿Y esto quieres tú que publiquemos?

Juan Luciano: ¿Por qué no? ¿No te parece suficientemente original?

Silvestre: La verdad es que no. Más me parece a mí esto un chiste de taberna, una de esas tantas anécdotas que cuenta la gente para pasar el rato, la gente ingeniosa o sin nada nuevo que decir pero que no quieren estar callados nunca y hablan por hablar.

Juan Luciano: ¿Quieres decir que no tengo nada nuevo que decir?

Silvestre: Quiero decir y digo que esto no es literatura, ni siquiera invención. Que es una anécdota que te ocurrió a ti y la cuentas sin contraste ni arista alguna.

Juan Luciano: ¿Piensas de verdad que mi relato, a fuer de corto, no supera el hecho anecdótico, ocurrente, raro?

Silvestre: Repito que esto no se equipara con las historias fabulosas que queremos contar para que Talbania crezca. ¿Dónde está aquí la magia, dónde la poesía, dónde el entrañamiento de la memoria?

Juan Luciano: ¿Y tú que dices, Pruden?

Pruden (bebe de su vino).

Silvestre: Si al menos hubieses puesto la foto de tu boda…



sábado, 17 de noviembre de 2007

Fahrenheit 212



Sábado cinco de julio. Mil novecientos ochenta y seis. No sabemos si fue un designio de los astros, un jugueteo de los dioses o la consecuencia macabra y turbulenta, generosa y añil de los hálitos ebrios del verano. Historia, anécdota y algarabía concurrieron de casa y casa y por las tabernas en una conmoción confusa por los sucesos dispares, pocas veces vividos, sufridos y celebrados al mismo tiempo en un pueblo pequeño. La crónica, con el título a medias entre película de amor y novela policíaca de Un sábado demasiado cálido, aparece anónima en el único periódico local, ese que solo ve la luz una vez al año y que no tiene nombre particular, sino el genérico de Revista de Feria. Con fidelidad por la memoria se reescribe después de que las aguas dislocadas de aquel tiempo discurren ya por sus cauces naturales. Dice así.

Ese nombrado día, sobre las ocho y media de la mañana, murió de un navajazo un hombre. Vivía en un pueblo más grande que está por donde el río se ensancha, igual que su agresor y eran cuñados ambos. El muerto y el matador eran cuñados y los dos habían nacido aquí, donde tienen familia y deudos y amistades, dueños de alguna hacienda por la que discutieron sobre lindes y achaques. Esa discusión, se comenta, dio lugar a la reyerta pero que no fue la única ni la primera que habían tenido estos dos hombres. Que la cosa venía de atrás y que el que resultó muerto era un individuo que para qué, y que el que le dio muerte parecía no haber roto nunca un plato pero se ve que caída la última gota que colma el vaso rompió toda la vajilla de una vez. Reminiscencias cainitas, posiblemente, de la sangre injuriada en un amanecer andaluz de 32 ºC. La insidia o el motivo, el desenlace del homicidio en fin, con sus pormenores declarados, sin duda habrán quedado en los anales de la jurisprudencia, pues que aquí se recuerda solo lo inaudito del hecho. El acto se cometió sobre sus mismas tierras, allá en el campo solo, y no hubo más testigos ni más pruebas que un cuerpo ya sin vida y la confesión inmediata de quien se la quitó con navaja cortijera. ¿Desde cuándo ese modo de morir o matar no había sucedido aquí, en este pueblo tranquilo y olvidado de Dios? Se cuenta que al proclamarse la primera República en 1873, un exaltado disparó su escopeta matando al boticario. Se supone que serían de ideas y de clases frontales, pero de un navajazo y entre miembros del mismo clan no alcanzan los recuerdos. Fue por tanto un asunto que esparció su inquietud sobre la población que no entendía mucho tan temprano.

Pocas horas después de correr la noticia como una polvareda zigzagueante y triste, dice literalmente el anónimo cronista, otra sorprendente noticia agitaba las arterias humanas del pueblo: la Lotería Nacional se dejaba caer con el suculento regalo de 170 millones de pesetas. ¿Quién no se siente alterado con un regalo así, aunque esté conmovido por una desgracia tan en carne viva? La desgracia era vecina pero ajena, por lo que el pueblo ya escandalizado se exaltó por la segunda noticia aún más que por la primera, que fue de sobresalto, pero esta corrió regocijándose por todas las esquinas del verano encendido. El propio cronista parece querer transmitir el entusiasmo popular subrayando que a un obrero agrícola, llamado Fulano de Tal, le han correspondido nada menos que ¡cien millones! de pesetas ─repite─, debido a la gracia de una bola especial que suele dar esas alegrías. Pero los afortunados fueron muchos otros jugadores que se repartieron el resto del pimporretazo de millones. Un clavo saca a otro clavo, suele decirse. Tampoco nunca había gozado el pueblo de un maná de números tan largos.

Nosotros hemos constatado los dos casos, pues fueron registrados en el diario de la provincia pocos días después; el luctuoso, en la página de sucesos y el de la lluvia de millones, con grandes titulares, en la primera dedicada a los pueblos, por lo que apareció escrito en las letras de imprenta de un periódico de tirada amplia, y por primera vez en la historia, la existencia real, y desde entones mediática, de Talbania.

Las sorpresas son esas, pero los acontecimientos del día no se detuvieron en un homicidio extraño y en una casual fortuna, sigue narrando ardoroso el cronista anónimo de la Revista de Feria. A esos dos acaecimientos que por sí solos ya son demasiado cálidos para un pueblo que «vive sus amores en la aventura de producir y vender ajos y melones» (le subió la poética rural), se sumaron otros aconteceres (sic) en los que la congregación ha de participar a su modo y manera. Todo en el mismo día, bajo el mismo calor de julio aunque en horas distintas, espaciadas las calles y con protagonistas diferentes. Por la mañana se dio sepultura a una anciana llamada Dolores Pérez Río (eso debiera ser disimulando el jolgorio de la lotería y comentando sotto voce el crimen) y por la tarde se casaron los jóvenes Antonia Moreno Pérez y Bartolomé Muñoz Jiménez, porque el amor no tiene espera ni lugar ni orden ni recato y todo lo demás le suena a flauta.

Pero también aquel día de julio, nos informa finalmente el cronista, una nueva criatura nació a la agitación del pueblo. A ese bebé no se cita con nombre, porque aún no lo tendría, en la nómina de tanto lagareo. Solo hubiera hecho falta, concluye con cierto aire de jocosidad, que ese mismo sábado de hubiese inaugurado la piscina municipal, cuya puesta en práctica llevamos ya tres años esperando, o que cayera otra tormenta de similares magnitudes y desastres como aquella tan legendaria del Cirujano(*), de la que nos cuentan los viejos como cosa de fábula.

(*) Para saber sobre la tormenta del Cirujano, ver la entrada Chozos de punta en La república hablanera. O preguntar a los mayores

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Bebedores solitarios

Cada taberna tiene su bebedor solitario, por lo común asiduo, fiel, imperturbable, pero también algunos miembros de este gremio van a todos los bares, o a casi todos. Un día a un bar y al siguiente a otro distinto, incluso lejano del anterior, y siempre como dándole de lado a los otros bebedores solitarios. El bebedor solitario les da más de lado a los otros bebedores solitarios que a los que no lo son, porque así se ratifican en la entidad de su categoría tabernaria.

Los bebedores normales no les hacen apenas caso, sino que los dejan ser. Si acaso les dirigen la palabra no es para establecer una conversación, cuanto más los saludan con un mohín que es más de compromiso social que de afecto cordial. Hay bebedores solitarios que son afables y desde su retiro entablan conversación normal y están al tanto de todos los chismes y sucesos de la comunidad, pero eso es a ratos, o a días, y luego siguen solos sin darle coba a nadie.

Por su lado hay bebedores solitarios que no quieren serlo, o que no saben serlo, y se convierten en unos pelmazos. Esos son los peores, los que son solitarios porque nadie los quiere para beber con ellos y se creen en la obligación de hacerte compañía cuando te ven solo, la compañía que desean para sí y no tienen, sin pensar, o desconociendo, la verdadera condición del bebedor solitario.

El bebedor solitario no bebe más cantidad de bebidas alcohólicas que cualquier bebedor de pandilla. Los bebedores de pandilla beben más aprisa, arman más jaleo, y si no acaban emborrachándose casi todas las noches por lo menos se van bien achispados a sus casas. Además estos lo hacen solamente durante las horas establecidas por la norma: al mediodía los días de holgura y por las noches, antes de cenar. El bebedor solitario también tiene reloj y obligaciones, pero no sigue el son de ninguna música.

Hay que tener muy en cuenta que en Talbania también se bebe mucho aguardiente por las mañanas, antes de ir al trabajo. Pero eso es como un acto ritual, colectivo, y, a excepción de los días festivos y los días de lluvia en que la aguardientada dura hasta mediada la mañana, por regla general los aguardienteros se toman una o dos copas con el café antes de marchar a la brega. A esas horas apenas tiene sentido ser un bebedor solitario, pero haberlos, haylos. Qué duda cabe.

sábado, 15 de septiembre de 2007

20 viudas

A Conchi Romero, que se imagina Talbania


La viuda más antigua es María la Londra, que vive en la casa frente a la nuestra, en la esquina noroeste de las calles Montealbo y Agua.

(Deberías de hacer una cruz cardinal, la rosa de los vientos, ya sabes, para situarte gráficamente sobre lo que te voy describiendo. Cuando yo estuve allí, Talbania era esto: cuatro calles en cruz, con la orientación casi perfecta de norte (Montealbo), sur (Calle Nueva), este (El Portillo) y oeste (Calle del Agua). Yo ocupaba la casa que hacía esquina entre Montealbo y El Portillo, con entrada por la primera y recibía el sol las 24 horas del día. Los días nublados era otro cantar en la azotea).

María la Londra (1ª) pasa temporadas en Córdoba, con su única hija, porque ya es bien vieja y está totalmente sorda, muy mal de las piernas y otro pelín mal de la cabeza, pero ha sido siempre vecina nuestra y cuando, para el día de los difuntos, vuelve a su casa vacía no deja de visitarnos escandalosamente, porque sorda sí que está, pero el tono de voz machihembrado no lo ha perdido apenas.

La calle Montealbo no tendrá más de unos cincuenta metros, y al final están las escuelas con el mismo nombre. Al final de la calle, junto al colegio, vive sin hijos porque no los tuvo con su esposo Currando, la Niña Viches (2ª), menuda y cojitranca, un punto quisquillosa con las travesuras de los chiquillos, pero simpática y cariñosa con el vecindario.

De modo que al no haber más viudas en esta corta calle, sino un viudo que fue el cartero del lugar durante toda la vida del franquismo y un poquito más, al que llamamos el Correo, más otro matrimonio de viejitos que ya no salen porque están siempre enfermos, al cuidado de sus hijas, giramos ahora hacia la izquierda por la calle Portillo, donde vive la Tota (3ª), viuda de Manolillo el de las Fachandas. La Tota es una mujer legendaria, natural del pueblo vecino de La Rambla y madre de siete hijos casi todos de la misma edad. Eran aún jóvenes y niños cuando murió el padre, a los que ha sacado adelante vendiendo verduras y frutas en la plaza y con un par de golpes de suerte que le proporcionó la lotería, de lo que se enteraban hasta los santos del cielo de las grandes voces con que lo anunciaba: ─¡Dulce, que me han tocao tres millones a los ciegos! ¡Toñi, Niña, Dolorcitas, Carmen…, que me han tocao los millones! ¡cuchás, nenas: tres millones! ¡Ay nuestro padre jezú de calvario! No hace mucho una nieta suya abrió un puesto de jeringos y allí está la Tota todas las mañanas con su gorro y su delantal blanco para atender y entretener a los clientes con su jolgorio y buen humor.

Pero la calle Portillo también es cortita, sólo tres casas en una acera y dos en la otra: la que ocupaba yo y la de mis caseros, y no hay otra viuda sino al final, en la esquina que da a vereda por donde pasa y se ve el campo; ahí vive Angelita la del Fachi (4ª), que es una mujer bonita y dulce, callada y hacendosa, pero su difunto marido era un saramanguti (término incluido en La república hablanera) de cuidado, pues se emborrachada el hombre casi a diario y volvía la calle arriba hablando solo, maldiciendo y diciendo disparates de su mujer y de su suegra, que también era, al contrario del decir del borracho, una santa verdaderamente. Así que habremos de volvernos al punto de inicio, en la confluencia de las cuatro calles. ¿Estás? ¿Me sigues?

De manera que ya tenemos cuatro viudas y un viudo en el cómputo de dos calles con un total de doce casas.

Ahora nos situamos en dirección a la calle del Agua, y justo en la primera casa de la acera izquierda, esquina suroeste, vive Carmen la del Cañas (5ª). Otra mujer típicamente andaluza en lo sufrida por su marido, por algunos de los hijos y por la vida de pobre que ha llevado. Pero es tan dulce y cariñosa y sonriente siempre esta mujer que dan ganas de besarla cuando te da los buenos días. Uno se pregunta: ¿cómo después de tantos años de sufrimiento se rehace la gente, algunas gentes, con tan benévola lozanía? Carmen del Cañas también está sorda y padece de asma, la pobre, y bastante cruz tuvo que arrostrar desde que a su hermano el Tate, soltero y subnormal, le cortaron una pierna y después la otra, hasta que murió benditamente. Pero ya tiene la Carmen sus cuatro guapísimas hijas y sus tres varones casados, gracias a dios, además de muchos nietos y cierta tranquilidad. Y ojalá le dure.

En esa acera izquierda de la calle del Agua, que nos lleva a la plaza del pueblo donde está el ayuntamiento, la iglesia, los bancos y las tabernas, no veo más viudas, sino solamente un viudo, pero en la acera de enfrente sí hay otras tres, Dolores la del Pelao (6ª), que es la suegra de la primera cubana residente aquí; Dolores la Frasquerra (7ª), también llamada La Niña Pepita, como se llamaba su propia madre, mujer que además de enviudar muy joven cargó con la crianza de su hijo pequeño y el cuidado de sus dos padres viejos y dos hermanos solteros; y la Chica Perragorda (8ª), jacarandosa y bullanguera mujer que, cuando pasamos por delante suya, se dirige siempre a mi compañera con el mismo piropo exultante: ─¡Niña bonitaaa!, ¡adiós! , como si se lo dijese a su propia hija que nunca llegó a tener.

Retornamos al punto inicial de la cruz cardinal, o al corazón de la rosa de los vientos, y, finalmente, nos encaminamos la calle Nueva abajo. Aquí, y casi sucesivamente, viven en la acera impar muchas viudas. Catarnica la de Luis el de la Pura (9ª), que tiene el hablar trastabillado pero siempre me preguntaba por mi madre y me decía lo mismo: que se acordaba mucho de ella porque desde chicas fueron vecinas y amigas, que estuvieron en los cortijos juntas y que juntas buscaron los novios. Maria Antonia del Garabato (10ª), cuya madre, citada en La república hablanera, vivió los 100 años con salud espléndida y un día de no hace mucho decidió morirse con la mayor tranquilidad del mundo. La Tere del Rapema (11ª), que con unos 40 años es la más joven viuda desde hace ya bastante y pasa impávida ante el vecindario. La Venena, que sufrió lo indecible con su esposo enfermo y borrachín (12ª). Lucía la del Bentri (13ª), aún guapísima y bien acicalada, de temperamento abierto y muy saludadora que rara es la vez que pasas y no se encuentra en la puerta, viendo el mundo transitar con alegría. La Morala (14ª), (aunque recientemente muerta ha sido viuda y vecina mía desde que vivo en esta calle), una viejita menuda, encorvada y triste, y de la que se contaba que, siendo tan bajita de cuerpo y en comparación a Morales, su grande esposo, que tenía un corpachón que doblada el de ella pero flojo y de condición simplona, se subía a una silla y lo llamaba imperativamente para pegarle. ─¡Morales, ponte aquí! ¡Plaf, plaf!, dos hostias. Pero eso debería ser una calumnia del connatural sarcasmo con que los vecinos de Talbania tienden a imaginarse lo que quisieran que ocurra.

Así que continuamos con Encarnación de Capaperras (15ª), que es la viuda más solitaria de todas mis vecinas, pues que no tuvo hijos y vive sola del todo y apenas habla, pero que pasa grandes ratos en el rebate de su casa, siempre puesta de pie, y cuando le dices adiós te responde igual, adiós, mas sin mirarte. A la casabajo vive otra de la que no sé el nombre, pero es la viuda de un hombre que traté con gusto llamado José y le decían el Ministro (16ª); ésta tampoco tiene descendencia, pero sí convive con una sobrina y su familia. Otra más de la que tampoco sé como se llama y con la que nunca he cruzado una palabra, pero que debe ser viuda desde antiguo porque nunca la he conocido de negro, pues que con ese color adusto es como visten casi todas las que hasta ahora he reseñado, es la hermana del Calvo (17ª), mujer discreta, gordezuela y con gafitas. Y casi al final de ese tramo de calle, en la misma casa donde está el despacho de pan de la Cooperativa vive Antonia la Señora (18ª), áspera y seria y bizcotur, palabra procedente del argot de La Colmena de Cela y quiere decir que, a más de ser bisojo y malencarado, que mira con aviesa intención; la Señora es hermana mayor de Encarnación de Capaperras. Fíjate que no digo perros, sino perras, porque la operación fuese más inverosímil.

Mas hay otra viuda que sin vivir en el barrio es vecina nuestra, pues es suya una cochera que ocupa la esquina sureste de Portillo y la calle Nueva, donde aún conserva el coche que sirvió de taxi a su marido, y ésta es Josefita la de Victorio (19ª). Josefita es una mujer muy hacendosa y celosa de su propiedad, y como quiera que sobre su pared pusieron los contenedores de la basura, lo que no le hace ni pizca de gracia por lo desconchones y suciedad que produce a su puerta, cada vez que va a enjalbegar la fachada de su cochera los pone en la esquina de enfrente, junto a la casa de María la Londra, quien siendo una mujer fuerte y brava de natura, con las mismas coge ella los contenedores y los vuelve a mudar al lugar anterior apenas la enjalbegadora se marcha. Ese trasiego de contenedores cesa cuando María se va a Córdoba.

Y en fin, ya sólo nos queda por repasar el lado derecho de la calle Nueva, donde a continuación de Carmen la del Cañas enviudó no hace mucho la Matutina (20ª), que me muestra mucho aprecio porque dice que soy el único que no le pone el coche tapándole la puerta de su casa. Tampoco tuvo hijos la Matutina de la Fertuosa con Vallejo, su esposo, que se llamaba Alfonso. Vallejo, los últimos años, se los pasó diciéndome cada vez que me pillaba a tiro ahí en las cuatro esquinas, donde se ponía a tomar el sol casi invisible bajo una grande pelliza, los años que tenía, más de 90, y que de su quinta ya no quedaban vivos nada más que él y fulano, y que precisamente hicieron la guerra en bandos distintos. Esta es la última viuda de mi barrio, pero aún se haya otra viejita adorable que aun teniendo el esposo vivo está sola, pared con pared de la Matutina, y es Dolores la del Pierres. Pierres sufrió hace ya bastantes años una embolia cerebral que lo dejó incapacitado para valerse solo, de modo que Dolores lo ha cuidado amorosamente hasta que ella misma cayó enferma y ya no puede hacer nada por su marido. Así que como los hijos viven en Córdoba al padre lo han ingresado en una residencia donde puedan atenderlo debidamente.

Y este es el cuento de las viudas de mi barrio. Otro día te hablaré de las ventiscas del Portillo.

martes, 4 de septiembre de 2007

La primogénita

Mi hermana se llama Dolores pero su hija, Estefanía. A mi hermana le correspondió este nombre por ser la primogénita. Mi madre, que fue hija única, también se llamó así: Dolores. Es ley no escrita, pero asaz respetada por la comunidad, que todas las familias de Talbania que tengan una niña al primer nacimiento le endosen este sonoro y anticuado nombre. En casi todas las casas de la ciudad hay una mujer que se llama Dolores, cuando no dos: entre abuelas, hijas, nietas y bisnietas. Esto, oí decir cuando chiquito, procede casi desde los tiempos de la segunda fundación de Talbania. Dizque hubo un grande terremoto en la comarca y en Talbania sobrevivieron nada más que siete mujeres y todas se llamaban Dolores. De modo que este nombre significa, para la mentalidad de la gente y la cultura de la vida, la perpetuidad segura de la especie humana.

En los últimos tiempos, quizá por la influencia del cine y la televisión, donde apenas sale una mujer que se llame de tal guisa, muchos matrimonios jóvenes querían romper la tradición onomástica. Se ve que el paso del tiempo sin problemas anubla los temores de la memoria. Y los tumores. Los más respetuosos con los antepasados propugnaron que si su primogénita no pudiera llamarse, por ejemplo, Ainoa, Chenoa o Rosiíto, pudiera llamarse Lola. El nombre de Lola, argüían los padres y abuelos, no dejaba de ser una falta de atención a lo debido. Decirle Lola a quien por derecho propio debe ser Dolores no deja de transgredir la tradición. Es de mala educación. Una irreverencia a la fortuna.

Para compensar la ruptura de la sacra obligación, debido a la presión de los jóvenes encabezados por el nuevo alcalde, la asamblea de ancianos reunida bajo la gran copa del Mesto de las Rosas, allá en el campo, adoptó la siguiente resolución: Si un matrimonio que tenga del primer nacimiento una niña y no quiera llamarle Dolores, no podrá tener macetas en la puerta de su casa. Porque esta es otra: todas las casas de Talbania estaban, hasta el día de aquel arreglo, hornadas de geraneos y claveles y yerbagüena, y ese era el orgullo elemental que los diferenciaba de los demás pueblos de la comarca. Solamente no había macetas en las fachadas cuyas casas, por desgracia, no dieran cobijo a una mujer llamada Dolores. La ausencia de flores a la vista suponía un agravio en el amor propio de la población.

De modo que esa fue la condena. Por lo que cada vez hay menos casas que adornen las calles de Talbania con las flores del abolengo.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Del olvido

Lo leyó en algún libro de viajes, o tal vez lo supo desde siempre, quizá se lo contó su abuelo debajo de la higuera el día que muriera, al fin, Francisco Franco: dijo que los masai no entierran a sus muertos, que los dejan allí, sobre la gran llanura gobernada por fieras y alimañas, que también abandonan su memoria no volviendo a nombrarlo nunca más, ni llamando a otro ser de igual manera, porque su dios Negöi, el dios sin ceremonias de los pueblos masai, no admite que la muerte sea un estado en paz, distinto ni supremo, sino que significa simplemente, sin miedo ni esperanza, ese don sempiterno que en la vida los hombres y mujeres llamamos el olvido