Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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miércoles, 10 de junio de 2020

Nadie nace odiando


Rubén Latino Salces Valle


Nadie nace odiando a otra persona por su color de piel, su origen o su religión La capacidad de Nelson Mandela de usar como único arma la fuerza de sus palabras fue lo más poderoso y que le acompañaron en su lucha por la igualdad en Sudáfrica. Vivir y morir por la igualdad era una de sus máximas: He luchado contra la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir. Decía el irrepetible líder.

Si escuchamos los nombres, por ejemplo, de Beyoncé, Michael Jordan o Barack Obama se nos viene inmediatamente a la cabeza fama, éxito, dinero, popularidad. O tal vez si pensamos unos segundos más, se nos ocurren conceptos relacionados con ellos como sacrificio, esfuerzo, constancia. Quizá estas tres personas cumplan con los cánones del producto que se vende desde el territorio norteamericano como “el país de las oportunidades”, donde “todos pueden llegar a donde se propongan”, pero está claro que el “sueño americano” no es asequible para todos por igual. Lo que debería estar ya a estas alturas normalizado, sigue siendo una gran lacra en la sociedad, el racismo. Y sí, Jordan y Beyoncé son negros y son unos referentes en sus especialidades. Como ellos, muchos negros antes han tenido que luchar además de contra las dificultades del momento, contra otras específicas de hospitales o autobuses solo para blancos; de exclusiones sociales; de desprecios, insultos y palizas por el simple hecho de la pigmentación de la piel. Palizas que a veces terminan en muerte. 

La asfixia posicional es una técnica que utilizan los policías para inmovilizar a detenidos (no tiene porque ser negro) y en la que se evita que los pulmones se expandan por la caja torácica y que mal usada, o usada en exceso deja sin respiración al delincuente de turno. Muchas veces hemos visto imágines sobrecogedoras de maltratos policiales y en gran parte de ellas, las víctimas son de color negro. El último caso conocido, George Floyd, que no era un peligroso atracador de banco, sino que usó un billete falso para pagar y le condenó como delito para que una patrulla lo denunciara primero, lo arrodillara después y tras poner la rodilla en su cuello durante casi 9 minutos, murió asfixiado ante la mirada del resto de policías y de varias cámaras que inmortalizaron la lamentable hazaña. Ya destituidos, se acusa a los policías de asesinato en segundo grado para el actor principal y ayuda e incitación al asesinato a los tres.

Otro acto similar al del pasado mes de mayo en Minneapolis, en los Estados Unidos de América, con igual repercusión mediática y seguimiento por parte de famosos y ciudadanos de todos los colores, fue en 2004 cuando Eric Garner murió igualmente ahogado por un policía neoyorquino. En aquel momento el deporte se solidarizó con el slogan I can´t breathe (No puedo respirar), siendo el popularísimo baloncestista Lebron James uno de los personajes más visibles y más implicados con la causa y secundado por equipos de todos los deportes, manifestaciones en varias ciudades e incluso el reconocimiento del entonces presidente Barack, que intentó parar las macabras técnicas de la policías, pero había sido otra "manzana podrida" de un policía, es un problema de racismo estructural.

Para que Beyoncé triunfe en la música, antes han tenido que luchar mucho Billy Elish, Diana Ros o Ella Fitzeral; para que Jordan triunfase en el deporte, antes han tenido que trabajar duro Mohamed Alí, Carl Lewis o Tommie Smith (el ganador de medalla de oro en los JJOO que en la entrega de medallas levantó el puño con un guante negro en honor a los conflictos raciales de la época); y para que Obama llegara al poder, en parte se lo debe al trabajo previo de Malcom X o del sueño de Martin Luther King.

Desde que la antropología estudia a los humanos y humanoides ha habido innumerables clasificaciones: Allá por el siglo XVI, las cinco razas humanas según Blumenbach eran: mongólico o amarillo; americano o rojo (nativo americano); caucásico o blanco; malayo o pardo (del sudeste de Asia); y etiópico o negro. Colores que nada tienen que ver con los Juegos Olímpicos, Según Coubertin, los colores de cada anillo con el fondo blanco representan los colores que aparecían en todas las banderas nacionales de los países, ni con los contenientes.  Algo más recientes, los estudios de 1960 se postulan con las siguientes razas geográficas: amerindia (América), europea (Europa occidental), asiática (Extremo Oriente), africana (África negra), india (Península indostánica), australiana (Australia), melanesia-papú (Melanesia), micronesia (Micronesia) y polinesia (Polinesia). A la conclusión que llegamos es que las razas no existen, ni biológicamente ni científicamente. Los hombres por su origen común, pertenecen al mismo repertorio genético. Las variaciones que podemos constatar no son el resultado de genes diferentes. Si de “razas” se tratara, hay una sola “raza”: la humana.

#BlackLivesMatters #LasVidasNegrasImportan

lunes, 21 de octubre de 2019

VOLVERÁS A TALBANIA


Manuel Bellido Mora
Redactor de Canal Sur Málaga





VOLVERÁS A TALBANIA

Manuel Bellido Mora
Redactor de Canal sur Málaga


Ocurre al escribir con la determinación de atrapar episodios fugaces de nuestra vida, quizá provenientes de los sueños ajenos. O tal vez aquellos que les hemos oído pormenorizar a nuestros antepasados.
En ese terreno, Prudencio Salces se desenvuelve como nadie, inscribiéndose por derecho propio en la crecida corriente de narradores que basan su obra en los recuerdos, pues de memoria estamos constituidos.
A partir de hechos que ha visto como testigo directo o que le han contado es capaz de rememorar. De reconstruir lo perdido. Y con ese material sensible y, como vemos moldeable a su antojo, consigue guiarnos por su mundo personal, invitándonos, de paso, a la reflexión.
Desde hace algún tiempo, el universo privado de Prudencio es un lugar denominado Talbania, de la misma forma que Gabriel García Márquez dispone de su Macondo o Juan Benet tiene acceso libre a Región.
La felicidad se pasea por estos lares, como también lo hace en el ficticio Shangri La, alojado en un lugar impreciso de la cordillera del Himalaya. Y desde luego también Los Beatles se apuntaron a esta moda con Pepperland, como se puede observar si nos adentramos entre los personajes de la película Yellow Submarine, donde los Blue Meanies eran unos tercos antagonistas de los irresistibles ritmos beat.
Pero se podría citar y no acabar. Y no se trata de eso.
En el fondo, gran parte de la cultura occidental se apoya, se sustenta con enorme solidez, en espacios inexistentes o sobre los que no es posible manejar una clara y rotunda certeza. Casi siempre son aquellos que nos vienen dados por cuestiones religiosas o fantásticas.
Talbania es una invención, eso está claro. Pero en ningún caso en un no lugar. No es una pura abstracción. Ni está diluido en el anonimato.
Y no lo es porque, aunque no lo encontremos en el mapa ni se pueda acudir a él conducidos por el más infalible GPS, sí que es posible adjudicarle unas coordenadas físicas, que, nítidamente, lo sitúan en el Sur, sin margen a la confusión ni a la duda.
Además, en quienes lo habitan (muchos de ellos seres entrañables) hay rasgos que hacen que inmediatamente nos resulten familiares. Nos suenan sus pasos, sus dramas y alegrías. Y él lo enuncia todo como si esto fuera una declaración de principios. Una certificación de la realidad. “Pues que escribir no es sólo la exhibición del dolor o de la soledad más querida”, afirma Prudencio en este Húmedo agosto.
He aquí la auténtica plasticidad de este texto que vuelve real lo inaprensible y lo hace penetrante como la pena negra. Así como la aridez, la sequedad de su paisaje, llega a calar el ánimo del lector. Es algo palpable, incluso cabe respirarlo.
Por eso no es disparatado afirmar que, mecido entre sus poderosas líneas, es posible morder el agua, masticar el aire, atrapar el viento. Cosas consideradas imposibles, como esto que digo, encuentran un cauce fiable y convincente en el relato de Húmedo agosto, que así se titula el libro que suscita estos comentarios.
Es la nueva entrega novelada de alguien que se deleita en el gozo espiritual de la literatura y la naturaleza. Ambas cosas lo salvan. Eximen de tristezas a quién, como él, se agazapa en las letras que es su tierra. Así se expresa y se desahoga. Y lo hace por varios cauces, en ocasiones asido a los versos, en otros momentos entregado a la prosa. Y si es necesario usando el heterónimo de Latino o vertiendo sus juicios y opiniones en Derivadario de Talbania. ¿Acaso podría llamarse de otro modo?
En las páginas de Húmedo agosto aprecio conmovido el hondo pulso poético de su autor. Él, mi amigo Prudencio, extrema el cuidado en las descripciones del ambiente norteño, la niebla que oprime sus picos, la yedra que trepa y devora vetustos muros de palacios abandonados.
Halla en estos parajes agrestes, donde las vacas pastan inamovibles como el tiempo, el placer de una vegetación frondosa de un verde perenne e insistente. Su contemplación le arranca metáforas y todo el conocimiento botánico que atesoran los campesinos y ganaderos de Cantabria.
Habla a través de una maraña de personajes. Se expresa, como quien tiene un don de lenguas, con diversas voces. La de Carmela, que ha viajado desde Talbania hasta esas lejanas tierras “para buscar el consuelo de un agravio que me ha provocado el amor”.
Escuchamos, en este relato cuajado de luces y sombras, a los parroquianos del Caravel, el bar refugio de estos montañeses. Sentimos a Ana, la tabernera, que atiende el negocio y desvela sus inquietudes. Es una mujer eficiente que vale un Potosí, se nos dice.
También oímos a Camila, atenazada por una densa amargura que ella, tan frágil y sin embargo rotunda, diluye en el alcohol, sabiendo el abismo al que esto le empuja.
Y nos acecha, como a la propia protagonista, la (mala) sombra de Vidal el Macaco, sus intrigas y maniobras con las que este detestable personaje atemoriza a la gente. Resulta desagradable, primario y chulo. Un peligro para Primo Juanito, a quien trata de engatusar en sus fechorías, haciéndolo acólito de su podredumbre moral.
Húmedo agosto también plantea la dicotomía norte-sur. No como polos contrapuestos, que lo son, sino como representación de dos estados de ánimo irreconciliables. La angustia sureña, la reseca y enlutada piel de un pueblo atrapado en sus costumbres atávicas. Paralizado por el miedo y receloso de las costumbres modernas. Es la Talbania en la que, a pesar de contratiempos, vigilancias y adversidades, se cuela un rayo de sol (Ramiro) para iluminar los nuevos tiempos. De eso, de esta pesada carga, se huye.
Carmela, el eje de la trama, busca serenidad y distancia en esta lejanía pasiega. Y da con ella, y la disfruta. No hay nada más que sumergirse en la belleza del lugar para comprobarlo. En estos párrafos, se pinta al detalle con derroche de sapiencia; como haría el naturalista que, en su paseo cotidiano, va identificando cada especie de la flora que le sale al paso. “Laureles y avellanos, los juncos y los helechos, espesas madreselvas y...chopos lúcidos de hojas temblorosas cual los adolescentes que se abren al primer beso de amor. Por todos lados laureles invasores, perfumados laureles...y los sauces. ¡Los venerables sauces de Cantabria!
Discurrir por el género narrativo no es algo nuevo en Salces. Le preceden valiosos testimonios probatorios de su soltura a la hora de estructurar el argumento y de perfilar los personajes. En este caso, como nota destacada, nos ofrece un discurso articulado en pasajes aparentemente inconexos pero que, juntos, van galvanizando un hilo perfectamente definido. Lo que hace es maniobras con diversas técnicas.
A modo de diario, o como cuaderno de notas, se entreteje un ir y venir en el tiempo, avanzando y retrocediendo según conviene. De esta manera, también se nos descubre un entramado sentimental. El que viven los padres y abuelos de esta hija de Talbania.
Esos tres Ramiros, prototipo de héroes que vienen a representar el cambio político y, a la vez, la inaplazable necesidad de “agiornar” sociedades tan cerradas como las de los pequeños pueblos andaluces en los años sesenta y setenta.
Con ella, con sus observaciones tomadas directamente de la fuente familiar, Húmedo agosto es un viaje en el tiempo, físico y espiritual.
Prudencio Salces, enraizado en la Campiña, resulta un escritor que sabe mirar para adentro, que tiene esa necesidad para comprender el paso del tiempo. En ese sentido, al igual que les pasa a algunos de sus personajes, se expone sin coraza.
Redacta en la cuartilla con toda naturalidad. En el folio, el poeta y el prosista, en su caso, van de la mano. La riqueza verbal aflora sin resultar recargante. No hay aquí excesos líricos sino una delicada ornamentación. “Este gozo encontrado, rutilante...beatitud, verde, quebrada y ancha la ladera del prado, y arriba...la cabaña gris, ocre de piedras pobres y uncidas de barro...”
Leo complacido estos renglones abundantes en voluptuosos jardines, tan queridos por Juan Ramón y sus tutelados hijos del 27, en cuya métrica las oraciones parecían desprender un suave perfume. A Prudencio le pasa lo que a Amancio Prada: que se solaza y se desvive por la palabra cuidada, devuelta y esmerada llevada a la voz.
Se enternece con los bosques. “Dicen – nos cuenta en unos de estos párrafos estremecidos- que si abrazas los árboles, puedes oír su voz, que te hablan como un espíritu benigno”.
Húmedo agosto resulta además un elemental manual de geografía humana. Nos refiere cualidades y defectos de sus habitantes. Y hace una relación de los nombres de sus pequeños pueblos, tan eufónicos: Polientes, Liérganes, Fontibre, Polanco, Cervatos, Renedo, Tudanca…
Por todos ellos deambulan sus personajes: la veterinaria María Sampuente, el poeta Jesús Cancio, a quien tanto se alude, y por supuesto, Tío Alberto, cuyos secretos de falso triunfador y turbulencias eróticas quedan al descubierto.
Entretenido con sus peripecias, me dejo arrastrar por un rápido caudal de acontecimientos. Pero también reparo, y degusto, pensamientos que el autor nos va dejando a cada tramo. “Pues que el ansia no es una posesión, sino el relieve de la infelicidad”.
En Cantabria, donde se cobija la luz tenue, a la lluvia mansa la llaman calabobos. Ese chirimiri termina por empapar con sus persistentes gotas menudas, casi vaporosos, leves como nube inocente.
Es igual a lo que sucede con este libro acuoso. Su lectura - en la que sobrevuela Miguel Hernández, Machado y otras predilecciones de su hacedor- apacigua el ánimo.
Reconforta, pero es verdad que también remueve algo profundo en el interior del lector. Especialmente si, como es mi caso, se es coetáneo de Prudencio.
Da la casualidad, no buscada, de que ha llegado a mí casi al mismo tiempo que Último Rollo, una obra de aforismos, asertos y sofismas de Rafael Aguilar Portero.
Nada tienen que ver entre sí en sus hechuras, salvo que ambas son confesionales, pero, creo, que se complementan muy bien.
Él, que comparte larga amistad con Prudencio, tiene otra  característica común en la que se asemejan. Ambos proceden de mundos terrenales, pero no localizados por ahora, aunque haya suficientes indicios para creer en su existencia. Uno es de Talbania. El otro de Munda.

MANUEL BELLIDO MORA
  




viernes, 21 de diciembre de 2018

Crónica del ultimo invierno






Crónica del último invierno es la cuarta novela del escritor Luis Quiñones. Una novela densa, hermosa y con carácter. Escrita con la pericia de tres voces, o tres registros narrativos que se van alternando, la del narrador omnisciente que nos presenta el tema argumental, la del cronista que nos introduce en el tiempo de la trama, y la del poeta que expresa los sentimientos de su propia memoria. Las tres voces o facultades narrativas nos trasladan a una España trágica y cambiante que no deja de estar en la actualidad: la de la llamada Transición. 
Una novela valiente que aborda los turbios sucesos sobre un joven anónimo que desaparece, cuya desaparición es soslayada por la policía, y un caso que pone en entredicho las artimañas de un estado que no se despoja de todas sus taras heredadas de la dictadura  franquista. Con un estilo directo y envolvente, la novela va creciendo en unos entresijos cada vez más alucinantes y verosímiles de un tiempo que el autor no quiere que pasen al completo olvido. La triste y trágica realidad de una juventud de barrios periféricos que se deja engatusar por los alicientes de la droga, desnaturalizándolos de sus congénitas raíces, y la ambición honesta de un periodista jubilado que desea poner en claro el porqué del comportamiento turbio de los herederos del franquismo. 
La concomitancia entre ficción y realidad engrandece esta novela bien escrita y, más aún, bien documentada con datos y hechos históricos que no desmerece su credibilidad. Ficción, realidad y memoria, los tres ejes de una historia para nada convencional sino más bien arriesgada tanto en el tema como en el estilo que bien quisieran tener muchos de los libros que aparecen (supuestamente apadrinados) en las grandes editoriales y que por lo tanto disfrutan de la atención de los medios. Por lo tanto, he aquí el mérito de un escritor sin avales mediáticos ni económicos que a despecho del poco tiempo que le deja su profesión y sus quehaceres diarios, se atreve sin tapujos ni guiños fáciles a escribir con el compromiso que la buena literatura merece. 
Crónica del último invierno (publicada por BohodónEdiciones) ofrece una lectura apasionante basada en la intriga, la verdad y la belleza donde el amor también tiene su cabida ambiental, nostálgica y vivificante. No en vano, cada una de las tres voces nos va interesando abrasadoramente en los factores propios de un tiempo que no es pasado sino presente continuo de la condición humana.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Hablando de la muerte




Uno va con sus cosas por la vida y el día menos pensando llega la muerte a tu cuerpo y ¡plaf!, al carajo la luz y la entrepierna.

Esto es lo que hay. Por el hecho de vivir, la obligación de morir.

Todos deseamos que nos llegue de pronto, con el menor dolor posible, pero si la parca se distrae unos meses (o incluso unos años) alterando las delicias de nuestro corazón, habrá que sobrellevarlo de la mejor manera, con la síntesis filosófica de saber que será el último dolor que nos allegue al insomnio. Es el aprendizaje que se nos pide durante la vejez, que no es resignación, sino de sencilla aceptación de lo que uno mismo es: materia desechable.

Antes fuimos hermosos y el vigor nos acaudaló de amor y de otras zarandajas futuribles. Pero fueron finitas. Mas en cualquier edad de nuestro devenir, la muerte nos conoce aun sin saber la talla que gastamos ni el vino que nos gusta.

Por todo ello yo me imagino muerto, cadáver silencioso y cadavérico en su caja. No debiera mi familia haber gastado tanto parné en una caja que ha de arder dentro de unas horas, conmigo dentro. Conmigo no, porque yo ya no existo; con el Prudencio aquel. Pobre hombre, con sus neurosis tantas, sus sueños perdularios, su empeño en ser poeta y novelista. Para nada.

Yo me imagino muerto y en mi caja y me reconozco en esta actitud obediente como yazgo. ¿De qué habría de protestar? ¿Para qué quejarme? ¿Acaso el llanto de los familiares hará más interesante al muerto? No. No debierais velarme en este tanatorio recién hecho. Ya muerto no me iré a ninguno de los cuatro bares cercanos. ¿Para qué? Aquí estoy bien. Iros todos a descansar o a vuestros menesteres.

Y la gente, los vecinos, los amigos, el tropel muchedumbre, que siga su camino habitual, que por una vez en la costumbre de este pueblo no monten el teatrazo de cumplir cariacontecidos. Es lo que me gustaría que hicierais, pero aun así haréis lo que os parezca oportuno. Tampoco protestaría aunque pudiera hacerlo. Pero pensar al menos qué gran coñazo es todo ese batiburrillo cordial para los dolientes.

Mi esposa y mis hijos, acompañados de mis muchos hermanos y cuñados, mis sobrinos hermosos que son gran cantidad, debieran cumplir mi voluntad adquirida: nada de ceremonias religiosas ni misas pedigüeñas. Es mi muerte y no las necesita, como tampoco en vida he comulgado más que con la incineración.
Votivo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

El fascismo que viene



En cierta ocasión escribí para mi libro El Mesto de las Rosas:

Hubo un tiempo una vez aquí en España que se llamó franquismo,
sinónimo de cárcel y de olvido.
No olvidarlo en la penumbra feliz de vuestros besos.

No era más que una opinión particular y un deseo emotivo para preservar la memoria de los jóvenes de un tiempo fatal que yo mismo viví y padecí. Pero cuando escribí eso los franquistas no estaban tan enardecidos ni mostraban su aversión a la democracia con la desvergüenza y el afán de taponar la verdad como hacen ahora. Ahora me resulta aberrante y hasta peligroso ver cómo las huestes del fascismo reivindican en la calle brazo extendido y cantando el Cara al sol como si exigiendo de nuevo el paredón para los que no piensan como ellos. Y la verdad es que me da miedo cuando los veo con su máscara de vengativos. Cada día son más y con gritos más delirantes. Son como la indecencia del horror personificada en gestos amenazadores. ¿Hasta cuándo esta desfachatez en un estado que se dice democrático? ¿No hay ley alguna que detenga tales exaltaciones de odio? Al parecer hasta la Comunidad Europea prohíbe cualquier reivindicación de la dictadura, pero en España sigue legalizada la Fundación Francisco Franco que es de donde se alimentan esas alimañas del pasado más negro de nuestra historia reciente. Es un lastre para la convivencia que me temo va a peor y cada días más fuerte.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Españolear




En verdad que siente uno esa especie de vergüenza ajena cuando al hablar de España cierta persona de la farándula más que del pensamiento crítico pide que el ejército salga a las calles de Madrid para quitar la basura.

Con el mayor desparpajo ante quienes le ríen las gracias, esta señora, que se llama Nati Mistral, se designa a sí misma como “fascistona”. No fascista, sino fascistona, como si de tal guisa folclóricamente españoleada pudiera quitarle hierro al peligro que el fascismo fue y supone para la humanidad, en el caso de que pudiera volver a imponerse.

No niego que por venir del mundo de la canción o del teatro una persona no tenga atribuciones para emitir su pensamiento sobre la España real. A lo que no doy crédito es a la necedad histórica, como para mi entendimiento este tal vejestorio viene haciendo gala en determinadas tertulias de algunas televisiones españolas privadas, esas más escoradas a la sinrazón y al insulto y la falta de ética democrática que practican la confusión más que la información y el debate sin revancha.

En una de esas ocasiones que le ofrecen a Nati Mistral ante las “inocentes” cámaras, la cantante vino a decir nada más y nada menos que aquello que ha recogido la historia como “La Transición” fue «muy flojita». Vino a decir que por parte de las gentes del poder fueron muy condescendientes con las exigencias del pueblo que reivindicaba la democracia perdida tras la guerra.

Otra de las perlas que me viene al recuerdo de esta señora descatalogada de las listas de ventas es su consideración sobre las libertades que gozamos los españoles. Al parecer para ella nada debió haber cambiado cuando al morir Franco se inició una etapa de renovación hacia la democracia, pues que como estaba España entonces, afirma la cantante, era como debiera estar ahora.

Y ante este tipo de declaraciones, así, vivamente dichas y sin complejo de culpa ni desmérito de su verdad, uno recuerda que el mismo Primo Levi* nos advirtió que el exterminio de los poderosos sobre los indeseables puede volver a repetirse. Ni era un traidor el que nos avisaba ni esa señora arrogante y resentida está sola en el mundo.


*Primo Levi, víctima sobreviviente del exterminio nazi en Auschwitz, de su libro Si esto es un hombre.

martes, 12 de noviembre de 2013

El hecho de leer





Copio de una entrevista las palabras que Juan Marsé decía al respecto de la democracia en nuestro país, pues que a su parecer ni siquiera hoy día está consolidada por el viejo vicio de no leer que tenemos los españoles. «Esa democracia que vivimos no ha estado nunca consolidada. Es frágil, y esa fragilidad ha conducido a un movimiento de retroceso, y no solo en el manejo de la economía. Es que este país sigue siendo inculto, un país que no lee. Se edita mucho pero uno de cada tres españoles no lee un libro en su vida. Absurdamente insólito».

No es que Juan Marsé nos descubra el Mediterráneo de nuestra idiosincrasia parlotera y sin embargo olvidadiza, cuando no impasible a la hora de escuchar y discernir sobre el discurso político de los políticos. Así el discurso de quienes nos gobiernan, nos han gobernado o pretenden hacerlo por la vía democrática. La clave está en el hecho de leer, no solamente en la ilusión de ir un mitin en tiempos electorales o estar atento a las proclamas que los políticos aspirantes al poder nos infestan por la televisión, sino en leer de un modo responsable y ávido con lo que nuestra capacidad de entendimiento se puede crecer en autocrítica.


Hay otro breve adagio castellano (no sé si de Unamuno o de algún contemporáneo suyo) que incide en que la enfermedad del nacionalismo se cura viajando. Esto es ya harina de otro costal, pero de la misma cosecha con la que se forma el sentido crítico de una persona. Porque si el nacionalismo rancio se cura viajando, como uno  piensa, la inmadurez política democrática se combate y enriquece con la lectura conciente. Tal vez solo leyendo o escuchando a los hombres de más talento e ideas actuales, u otras que son válidas para todos los tiempos, se pueda combatir la ignorancia y su primo hermano el fanatismo. Porque sino, ¿cómo es que en Italia haya gobernado un Berlusconi, que en España todavía tengamos monarquía parasitaria y que la Iglesia siga teniendo el mismo poder que cuando llevaba a Franco bajo palio? 

martes, 22 de enero de 2013

Cuarenta y dos coches (¡solamente!)




Es un gran consuelo saber que de ahora en adelante la casa real española no tendrá a su disposición más que ¡42 coches oficiales! Es un consuelo para nuestra economía y una gran esperanza (no sé si llamarla espiritual) saber que esos pobres vástagos azules que surgen del tronco del olivo nacional (parásitos, pienso que también pueden ser llamados) se ponen la mano en el pecho y se recortan voluntariamente sus derechos legítimos, los que les fueron dados por gracia divina (y con el beneplácito del pueblo español a punta de pistola).

A ver si a partir de este ejemplar dechado de desinterés y amor a la patria algún que otro vividor impasible de la política, de la banca o de las grandes empresas, consulta con su almohada y le retira, al menos, un teléfono móvil a su esposa. Y si así sucesivamente se sanea nuestra degradada integridad tribal, tal vez no sea menester invocar y reivindicar una asamblea constituyente que prensa fuego a todo maldito bicho que se come las matas de los melonares antes de ser productivos.

Porque eso de tener más de 70 coches oficiales al servicio de una santa familia que no da palo al agua (no sabemos nada de los yates) y que por ende es venerada por la clerecía chabacana de la España de charanga y pandereta (es que no se me olvida don Antonio, ustedes perdones el apropiamiento de sus palabras) era una cosa que ruborizaba hasta el mismísimo Borbón, tan noble como dichoso que es el hombre. Vale.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Un domingo de otoño, dos titulares de miedo



La muerte de una anciana causa la de su hija discapacitada por falta de cuidados


Aguirre:"La huelga general debería estar prohibida"


Uno quisiera tomarse la vida con humor, de buen humor, se entiende, porque el humor es una de las maneras más sanas e inteligentes, valga la redundancia y la retórica, para seguir viviendo como en mis tiempos se vive: entre las dos aguas de las dos españas. Pero ¿cómo es posible estar siempre de buen humor cuando en la misma tarde de domingo se leen esos dos titulares? ¿Quién se atreve a ponerle un adjetivo, que no se quede corto, a las palabras de esa señora marquesa? ¿Y cómo contener la bilis cuando, en plena guerra de desahucios y paro y rebusca en los contenedores, la prensa nos comunica el primer suceso aquí enunciado? ¡La huelga general prohibida!, ¡por san serení de las aguas expansibles!, ¿en qué piensa esa señora, en qué burbuja de cristal y oro y paños robados vive, ella y todos los de su calaña? No digo ya una huelga general indefinida a lo que nos aboca esta desvergüenza de política y corrupción consentida, sino una revolución es lo que necesita España, y toda la Europa capitalista y burda, tras la que lo único prohibido, amén de la pena de muerte, sea el enriquecimiento personal.

martes, 6 de noviembre de 2012

De insultos y amenazas



El concepto machadiano nos define como las dos españas. Pedro Almodóvar, en su española película Matador, las califica así: la de la envidia y la de la intolerancia. Habrá más ingenios o talentos que les hayan puesto otros apellidos igualmente conjeturados o definitorios, pero lo desconozco. De modo que me limito a considerar simplemente que la España actual (amén de ser un charco donde naufraga la dignidad) es el ring de los insultos. Uno se considera ideológicamente de izquierdas, ateo para el asunto religioso y republicano por el espíritu de equidad democrática. Por lo tanto pertenezco a una de las dos españas cuando solamente amo una patria.
Como prefiero el humor a las noticias televisivas, ese chisporroteo de la realidad cotidiana que te amarga la noche, procuro distraerme activamente con el programa del Gran Wyoming El Intermedio, porque al menos se le saca un chiste a cada imprudencia e idiotez y desarreglo de nuestros políticos y otros personajes fatuos de la fama. Lo que considero gratuito y mismamente provocador es que, a días, como anoche, dediquen gran parte del programa a poner en solfa lo que viene siendo la derecha mediática y sus perlas procaces.
Lo considero desmedido porque uno se siente mal al comprobar la violencia verbal que se desgañita por esos medios de la prensa, la radio y la televisión. Al parecer la derecha mediática se ofende cada vez que una persona de la izquierda opina sobre el estado de la nación o declara y defiende su parecer personal en torno a algún suceso reciente que le merezca el descrédito. Entonces, desde la derecha mediática, caen sobre ese individuo (y hasta sobre su familia) todo tipo de insultos españoles de la más declarada raza. Son cosas de la libertad de expresión: el opinar y el defenestrar impúdicamente la opinión adversa. La libertad de expresión, como todas las libertades, contiene la sinrazón de no ser bien practicada, sino solo oportunamente. Pero a uno se le avinagra el gusto de ser español (sin la intención de dejar de serlo) al comprobar que el pugilismo intransitable, declarado públicamente y con exacerbadas agallas de tiempos pretéritos, se ejerce en los medios como quien come paja y la digiere de forma natural pero que la defeca como si fuesen balas, puñetazos, flechas envenenadas de odio derechas al corazón de la otra media España.
            No Wyoming, le diría, no estoy de acuerdo con que os gastéis la pasta y el tiempo desvelando, aunque sea para ridiculizar la insensatez, cada uno de los insultos diarios que nos llueven desde los montes carpetovetónicos. La indiferencia, tanto ante el amor como frente al odio, también es un modo de ironizar y tal vez el que más le duele a quien de malas mañas nos ama o nos odia. Y no es por taparse los oídos, sino para que en la otra España no se cultive el mismo género de irracionalidad. Y le diría más: es que siento miedo, Wyoming. Siento miedo cada vez que, por ejemplo, sobre tu persona llueven chuzos de punta o que a un juez lo tratan de insurrecto y que a un actor valiente le llamen villano hijodeputa y a sus colegas gentuza de mierda. Siento miedo porque, aunque no estuve allí, recuerdo los fusilamientos y las sacas en Madrid y la plaza de toros de Badajoz y el bombardeo sobre Guernica

Nota al lector. El que salga el fondo en negro y la letra borrosa no es mi voluntad, sino el efecto de no dominar uno esta técnica bloggera 

sábado, 3 de noviembre de 2012

Naufragios (colectivos)




Anoche, cuando comenzó a llover y el frío me obligó a encender el bracero eléctrico, sentí una congoja por las personas que llegan a España de aventurado modo. Los cientos, o miles, no sé, de africanos que primero han de cruzar los desiertos, a veces andando, huyendo, buscando vete a saber qué, hasta llegar al norte del continente que los separa de la ilusión maldita o la esperanza a rastras. Allí también se encuentran altas alambradas que les impiden continuar andando, caminando, alimentando sueños sin raíces y ─según tengo entendido, porque nunca los he visto más que en la televisión y en la prensa─ son vejados y humillados como animales sin dueño. Y engañados y explotados, robados, por los seres que alimentan la mentira embarcándolos vilmente en una patera de juguete para cruzar el mar hasta las costas de la península Ibérica. Y ese es el momento que presentí anoche y me causó una congoja enardecida de ignorancia e ira mientras yo permanecía en un lugar seguro bajo la suave lluvia y el ascendente frío. ¿Dónde dormirá ese hombre negro que ha podido salvarse del naufragio y del control aduanero? ¿Tiene algún dinero para pagar la más humilde pensión donde acogerse? ¿Trae ropa suficiente para protegerse del frío y de la lluvia? ¿Conoce a alguien en este lugar del mundo que lo espera? 
En fin, veo que esta especie de meditación no es más que otra manera de decir que no a ciertas vicisitudes adversas de mis coetáneos pero asimismo, y subjetivamente ─ingrediente mental que detesto─ también representa el subterfugio de una mala conciencia occidental. Porque si no soy yo quien está esperando a ese hombre desvalido, huraño y desconfiado y triste por el miedo y la desolación que lo embargará, ¿qué derecho me asiste para expresar conmiseración? ¿Es un modo gratuito, hipócrita, de pedir a los demás, a alguien de los demás, que haga lo que yo siento? A los estados sobre todo. Pienso de corazón que esto también se llama naufragio. Mas no solo se trata de un naufragio personal.

miércoles, 24 de octubre de 2012

¿Así lo quiere Dios?

Preciosa perla medieval del imperio mañoso: Los embarazos tras una violación son porque “Dios quiere que pasen”. Sentencia de un tal político republicano estadounidense que dice llamarse Richard Mourdock. ¿Será verdad que esas barbaridades, públicamente expuestas, se las crean los creyentes? Yo quiero ponerlo en duda porque pienso que el entendimiento humano, la inteligencia, no es tan mezquina. Esas ofensas a la inteligencia y la razón, quiero entender, obedecen nada más que a las situaciones claves, álgidas, en las que los políticos se juegan el poder: una campaña electoral. Quieren el poder a costa de los sentimientos más absurdos de las personas que puedan acarrear a su cuenta bancaria. Se dirigen a las entrañas de la irracionalidad, donde debe de anidar el delirio, no al pensamiento del hombre adulto. Unir el sentimiento religioso a la voluntad política. Esa viene siendo la estratagema desde siglos atrás. El ejemplo más degradado lo vengo viendo en mi propio pueblo, en España, donde miles de personas que son de derechas porque así les viene en gana, pero que en absoluto son creyentes sinceros ni para nada cumplen los preceptos del cristianismo, abundan negramente en las procesiones y actos que organiza la Santa Iglesia Católica y Romana. Es una convicción añeja, no sé si inextricable, pero tan real y poderosa como inextricable es el poder de Dios.

martes, 23 de octubre de 2012

Sobre la desarmonía



Que si existe la armonía, preguntábamos. Pusimos la imagen de una mujer hermosa, caminando, algo tan real que no solamente se aprecia en la publicidad sutil como insinuábamos. Pero un día y otro y otro, y cada vez revestidos de más miedo, la imagen que más nos desasosiega es la desarmonía, expresada en los hechos reales, cotidianos, dolorosos, que vive la sociedad. Las clases bajas de nuestra sociedad.
            ¿Hace falta enumerar también aquí, como vemos en los diarios y los telediarios, los motivos amargos que provoca esta situación?
            Hoy mismo, otra vez más, y en esta ocasión con presencia mayoritaria de los Yayoflautas (es decir las personas mayores, padres y abuelos, que vienen acogiendo el desamparo de tanta juventud sin trabajo) la Plaza de Neptuno de Madrid está tomada por la indignación general. Pero nuestros gobernantes siguen haciendo oídos sordos a los problemas de la población.
            Mientras tanto, en tanto que esto ocurre, los políticos del PP aprobarán (¡por mayoría solemne!) los presupuestos económicos más ruines de nuestro periodo democrático. Por todo ello (y excusen el tono poético) la pregunta de la vez anterior: ¿Es verdad que existe la armonía?

Pancartas de la concentración de esta tarde en Madrid

domingo, 25 de marzo de 2012

Por sus hechos los conoceréis


No hace falta ni votarlos, ellos solos se tiñen de amenazas

La propaganda del PP destruye un mural contra la guerra

Lo dibujaron los chicos de un centro juvenil gaditano hace 9 años, con motivo de la invasión de Irak. Contenía un poema de Miguel Hernández y una pintura de Picasso

jueves, 1 de marzo de 2012

La primer vez

Para poder protestar contra la basura hay que tragar basura. Entiéndase que hablamos de la basura que nos enguildan los medios: televisión, prensa, radio, propaganda publicitaria, vídeos, redes sociales… Hay que meterse hasta el fango de esas inmundicias de la mediocridad, del más gusto y de la moral más rastrera, si bien que pertrechados de amor propio, acorazados en nuestra dignidad, y oler y aspirar hasta el fondo la carroña humana de la que se compone esa basura mediática. No se la puede esquivar porque te va rodeando cada día con más aprieto, en casi todos los escaparates de la humanidad. Puedes tal vez no hacerle caso, pero aún así la basura intentará por todos los medios enunciados, y por otros eludidos propositivamente, que tragues cada día una porción de sus detritus.

La paletada de basura más reciente que me ha salpicado los hocicos y los ojos, escogida al azar entre cualquiera de cada día, son esos vídeos de propaganda electoral que el partido de Vladimir Putin (tápense las narices por favor) emite en su país con la sana intención de atraer a los jóvenes que votan por primera vez. El truco perverso consiste en una frase (creo que también se puede decir eslogan) que expele el doble sentido de la sexualidad maniquea. Más duro resulta de ver y oír cuando el votante es una joven bella que dice “convencida” y melosamente: La primera vez, por amor y con Putin. Como tantas veces en la historia de la humanidad, la mujer es el cebo propicio para la humillación.

Si bien que lícito por tratarse del modo de atraer a los votantes, este tipo de cizaña, embadurnada con el hecho de perpetuarse en el poder, refleja la infamia de aquellos antiguos señores feudales, que eran dueños de sus ciervos y ciervas, de los grandes terratenientes de acá y acullá que siguieron imponiendo a sus glebas su tiránica voluntad, y, en fin, tratándose de las obsesiones pseudozaristas del señor Putin, qué menos que pensar que su benevolencia dictatorial (¿o será demencia?) se crea en el derecho de incubar en cada joven rusita que al tiempo que lo vota puede acostarse con él para perder la virginidad.


Este es uno de los vídeos, que no se entiende si no se sabe el ruso, pero hasta nosotros podemos comprenderlo por la persuación efectista de las imágnes



La primera vez no tiene por qué doler. Ha de ser por amor, y por eso ha de ser con Vladimir Putin. Así es el mensaje del último vídeo de apoyo al primer ministro, que concurre a las presidenciales del domingo para volver a ocupar el Kremlin, esta vez durante seis años.

viernes, 24 de febrero de 2012

Hablando de la muerte (2)



Desde niño he tenido la muerte muchas veces en mis manos. No era la muerte mía, sino la de tantos chivos como sacrifiqué con destino al comercio y al sustento de la economía familiar. No me estremecí ni una sola vez al clavar el cuchillo en el gaznate de los animalitos, ni mientras contemplaba su sangre (sin adjetivos ahora) cayendo sobre el plato son sal gorda para que no se coagulara y sirviese también de avituallamiento, ni cuando, como experimentado matador, los descoyuntaba a la postre pisándoles el cuello y tirando de sus patitas traseras. Era parte de mi profesión de cabrero, y nacían más chivos de los que necesitábamos en la piara.

Las personas que aman sobremanera a los animales, las que forman las organizaciones en defensa de los animales tal vez se sientan ofendidos, sus sentimientos heridos, por lo que digo. Pero fue verdad: después los despellejaba de pies a cabeza y los abría en canal para quitarles las tripas y grasas inútiles para los restaurantes. Pueden creerlo: nunca me sentí ni culpable ni triste en mis faenas.

En otras ocasiones había que ahorcar los perros que se hacían viejos e inservibles. Y los ahorqué, mirando su agitada muerte. A veces una perra paría muchos cachorrillos y nos mandaban a los zagales a matarles la mayoría de ellos. Los tirábamos con toda nuestra fuerza contra la pared o contra el suelo y ahí se quedaba su mínima vida. Después los enterrábamos en el muladar. Se pudrían en poco tiempo. No había conmoción alguna por nuestra parte, más bien nos divertía esa barbaridad. La muerte, entonces, formaba parte de nuestro crecimiento emocional. No había que temerle.

El último animal que he tenido que sacrificar se llamaba Badi. Una simpática perra ratera que perteneció a mi madre y heredé cuando ella murió. Vivió con nosotros varios años desde que murió mi madre y el animal ya había cumplido casi cuatro lustros. Le atacaron varias enfermedades que el veterinario intentaba paliar pero, al fin, se quedó casi ciega y un tumor le corroía las entrañas. La llevé de nuevo al veterinario, a sabiendas de que no tenia remedio, y él me habló claro. Entonces sí sentí la punzada de la muerte en mi pecho. Abracé a Badi y comencé a llorar repentinamente. Lloré con lágrimas de verdad, compungido, así como se llora si es un ser muy querido el que se te muere en los brazos. El veterinario me consoló y rogó que volviese media hora después. Cuando volví la había envuelto en la misma caja de cartón donde la llevé. La cogí y de seguido me fui con ella al huerto; hice un hoyo bajo el nogal y allí la dejé.

sábado, 18 de febrero de 2012

Hablando de la muerte (1)




Uno va con sus cosas por la vida y el día menos pensando llega la muerte a tu cuerpo y, ¡plaf!, al carajo la luz y la entrepierna.

Esto es lo que hay. Por el hecho de vivir, la obligación morir.

Todos deseamos que nos llegue de pronto, con el menor dolor posible, pero si la parca se distrae unos meses (o incluso unos años) alterando las delicias de nuestro corazón, habrá que sobrellevarlo de la mejor manera, con la síntesis filosófica de saber que será el último dolor que nos allegue al insomnio. Es el aprendizaje que se nos pide durante la vejez, que no es resignación, sino de sencilla aceptación de lo que uno mismo es: materia desechable.

Antes fuimos hermosos y el vigor nos acaudaló de amor y de otras zarandajas futuribles. Pero fueron finitas. Mas en cualquier edad de nuestro devenir, la muerte nos conoce aun sin saber la talla que gastamos ni el vino que nos gusta.

Por todo ello yo me imagino muerto, cadáver silencioso y cadavérico en su caja. No debiera mi familia haber gastado tanto parné en una caja que ha de arder dentro de unas horas, conmigo dentro. Conmigo no, porque yo ya no existo; con el Prudencio aquel. Pobre hombre, con sus neurosis tantas, sus sueños perdularios, su empeño en ser poeta y escritor. Para nada.

Yo me imagino muerto y en mi caja y me reconozco en esta actitud obediente como yazgo. ¿De qué habría de protestar? ¿Para qué quejarme? ¿Acaso el llanto de los familiares hará más interesante al muerto? No. No debierais velarme en este tanatorio recién hecho. Ya muerto no me iré a ninguno de los cuatro bares cercanos. ¿Para qué? Aquí estoy bien. Iros todos a descansar o a vuestros menesteres.

Y la gente, los vecinos, los amigos, el tropel muchedumbre, que siga su camino habitual, que por una vez en la costumbre de este pueblo no monten el teatrazo de cumplir cariacontecidos. Es lo que me gustaría que hicierais, pero aún así haréis lo que os parezca oportuno. Tampoco protestaría aunque pudiera hacerlo. Pero pensar al menos qué gran coñazo es todo este batiburrillo cordial para los dolientes.

Mi esposa y mis hijos, acompañados de mis muchos hermanos y cuñados, mis sobrinos hermosos que son gran cantidad, debieran cumplir mi voluntad adquirida: nada de ceremonias religiosas ni misas pedigüeñas. Es mi muerte y no las necesita, como tampoco en vida he comulgado más que con la incineración.

Votivo.

martes, 14 de febrero de 2012

Tiempos modernos, malditos tiempos



 LA MURALLA


¿Es que acaso no es nuestra esta muralla?
La han pintado de rúbricas celeste
y esperas amarillas de metralla
y la han hecho más grande. No es que apeste
ni parece talmente una muralla
si miramos con ojos del oeste.
Y hay quien dice además que es como un haya
que perfuma y que adorna por el este.
Quizá parezca un árbol o una rosa,
pero separa tantos corazones
la muralla que aplasta nuestros hombros.
Mirad que sobresale casi cosa
su mentido oropel sin ton ni sones
azuzando al gentío sus escombros.




Ahora sin patria, en cárcel, perseguido
por las sombras de siempre y a deshora,
habito a la intemperie, donde mora
la muerte emborrachada de mi herido

ayer. España. Europa. Cruel vaguido
de la historia truncada. Se demora
mi pulso en el ocaso y en la aurora
que sueños y esperanzas me han mentido.

Hueco clamor de negro poderío,
un imperio me crece por la frente
y otro enturbia mi sangre. Lluvia hiriente

que amaga el curso rápido del río
do naufraga el errante verso mío:
¡doliente flor en páramo insurgente!