Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

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lunes, 26 de agosto de 2013

Pincel



Todo es verde y azul, mediterráneo,
violeta en las mañanas tiritando,
ocres reverberando en los barbechos
y rojos horizontes al ocaso

Gris perla el olivar ingente,
naranja en las mejillas de un abrazo,
carmín la sensación de calles
que llevan hasta el campo el blanco

La luz combate al frío
con la congregación de los colores
tierra adentro, del mar Mediterráneo

Para cuando Anita Aneiros visite Talbania 

jueves, 16 de febrero de 2012

Invierno en Talbania



Todo es verde y azul, mediterráneo,
violeta en las mañanas tiritando,
ocres reverberando en los barbechos
y rojos horizontes al ocaso

Gris perla el olivar ingente,
naranja en las mejillas de un abrazo,
carmín la sensación de calles
que llevan hasta el campo el blanco

La luz combate al frío
con la congregación de los colores
tierra adentro, del mar Mediterráneo

jueves, 9 de febrero de 2012

La Argumosa y su autor


Paseando Madrid

El hombre se llama Alfredo Ruiz de Luna. En Madrid, para que una calle lleve el nombre de una persona debe haber muerto, pero solamente a dos se les ha concedido estando en vida: Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura 1977, y el mentado Afredito, que aún colea.

Por su lado, la Argumosa fue una señora de tiempos pasados de la que no se tienen referencias gráficas patentes. Según la historia, o la aceptación benévola, fue bastante guapa, pero no sé qué otros méritos afluyó a la villa castellana para merecer el nombre de una buena calle. Así que a la hora de haber de diseñar la placa referente, el ceramista tuvo que escoger una modelo; ¿y a quién escogería usted?; pues ¡a su señora esposa!

Observemos que las placas de las calles del viejo Madrid son artísticas, primorosas. De cerámica. Todas con el mismo diseño, con imágenes de la persona señalada o evocadoras de la ciudad.

De modo y manera que la mujer que luce en las placas de la calle de Argumosa de Lavapiés se llama María José, y es la esposa de Alfredo Ruiz de Luna. Círculo abierto a la investigación, o la curiosidad, o el entretenimiento castizo.

Y la pregunta coñazo, pero instructiva, es: ¿por qué este señor estando vivo y hablando por la radio tiene calle en Madrid?









Enlaces sobre Ruiz de Luna:
http://www.retabloceramico.net/bio_ruizdelunagonzalezalfredo.htm

http://www.retabloceramico.net/bio2_nuestrasenoradelprado.htm

http://www.rtve.es/alacarta/audios/esto-me-suena-en-rne/esto-suena-alfredo-ruiz-luna-ceramista-adornado-380-calles-madrid-09-02-12/1317830/

lunes, 6 de febrero de 2012

La escarcha


Con las grandes heladas del invierno, cuando el sol suavemente deshace la escacha, la tierra se vuelve porosa, tierna como de lana, y caminas pisando una materia nueva, extraña, así como de ensueño. La tierra esponjosa y los zapatos te transmiten entonces una experiencia ajena, particular, que te hace sentir la sensación afirmativa de que no todo es duro en los campos de El Pueblo de Bujeo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Viento de la media luna




La media luna de octubre, sin motivo aparente, se enfurruñó con el Pueblo de Bujeo y encarabanada en un viento bruto invadió de media noche las calles abiertas del Pueblo de Bujeo.

            Talbania dormía impávida, al oír el galopeo oscuro del viento calle arriba y calle abajo, comenzó a cerrar ventanas para que el viento gordo no urdiera la inquietud de las gentes del Pueblo de Bujeo.

            En tanto que Montalbán y que La Rambla contemplaban la media luna de octubre, se vieron zarandeas por los brazos del viento negro que entró de golpe atroz en el Pueblo de Bujeo.

            La luna a medio hacer trajo el viento y su sed al Pueblo de Bujeo a media noche, émulo de un galopar de miedo de caballos sin dueño, el viento correteaba los tejados en sombra del Pueblo de Bujeo, derribaba pasquines y azulejos sueltos, tumbó contenedores de basura y acojonó cornisas de colores.

            Las gentes de Talbania, sencillas en su hacer, se atormentaron sin decir palabra contra la media luna y soñaron temiendo que ese viento del norte, con su temperamento airado, su carácter sin orden, con su cuerpo invisible, no traería la lluvia sobre el páramo ardido del Pueblo de Bujeo.

            En Montalbán sintieron las veletas romperse por los manotazos que, incesantes contra los trabajados hierros, pegaba el viento fuerte avasallando la orientación hacia la paz del Pueblo de Bujeo.

            Amaneció en Talbania y el viento del Pueblo de Bujeo continuaba dueño de Montalbán de Córdoba, danzo coces veloces en persianas, latigazos crujiendo en los tejados, incordiando chiquillos sin colegio, derribando los puestos del mercadillo, donde bragas y cajas y camisas sin cuerpo y sin paciencia, huían por las calles desiertas y a los campos resecos del Pueblo de Bujeo.

            De locura arrugada, las parras de los patios del Pueblo de Bujeo derribaban sus hojas ya sin nervio sobre rincones pardos, igual que acobardadas se morían huyendo.

            Todo porque la media luna de octubre, sin gracia y embrujada, se exacerbó de luces contrariadas y mantuvo durante días nones el viento embrutecido sobre la sequedad de los olivos y las tierras sedientas del Pueblo de Bujeo.

Las gentes del Pueblo de Bujeo, de Talbania, de Montalbán, y hasta en La Rambla Limosa, clamaban en las tabernas enclaustras por la invasión del polvo achicharrado, que el viento terral arrastraba insepulto sobre las soledades de barbechos, sobre el añil del medio día fúlgido, sobre los olivares a la espera. El viento que encabritó la media luna loca de octubre con la embriaguez de su sequía incómoda, temática, indómita.

Pero llegó noviembre, con media luna humilde, creciente y pastelosa, y a rachas como dosis de clamor, la lluvia juguetea algunos días por las calles calmosas del Pueblo de Bujeo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Vacacionales. IX

Regreso…

De norte a sur el sol hiriendo la ventana delantera del coche, la luz que se apodera de mis órganos y me torna anodino, mi voluntad igual que dentro de un caldero, el temor a los días sucesivos bajo el impero azul de la naturaleza adversa.
Qué sensación de páramo, La Mancha. Pinos de verde oscuro, cansados olmos, enclenques olivuchos, amplia soledad calladamente habitada. Los molinos de viento en las colinas.
Colinas azul oscuro, lejos, con árboles metálicos, tres ramas solas, de ráfagas brillantes movidas por el viento autóctono. Su energía es la probable dicha de poder volver a verlos… esas colinas mágicas, sus árboles temáticos, ¿me llevarán de nuevo al norte?

Aldonzas jovencitas mezcladas con mujeres inmigrantes limpian un parque periurbano junto a una charca y una estación de servicio abandonada. Con instrumentos primarios, sin cubrirse la cabeza con pañuelo o sombrero alguno, me saludan, me sonríen, hablamos. Dos de ellas son bellas, una tercera es negra gordita que simpáticamente me alaba el habla; otra afea su escuálido semblante con un pircing en el labio inferior, y es la más discreta en la temática social de los parados; otra más debe de ser musulmana por la indumentaria y la piel y la servil postura de su cara oculta, continúa al margen del grupo su faena cansina, entre varias muchachas más que rastrillan los chinarros del suelo.
La temperatura va en aumento igual que la mañana avanza por la planicie de rumores ahogados. Aquí pudieron haber estado Sancho Panza y don Quijote, pero solamente se le representa al caballero airado mediante la figura redicha en una chapa de hierro negro. Hay una gran soledad que pesa aquí, en Villarta, pesada y aturdidora como la impertinencia gris de los mosquitos y los cardos resecos entre yerbajos mustios; una melancolía pesarosa que la explican sin eco las ramas pendulares de unos sauces obligados a estar junto a la charca de oscuras aguas serias. El añil de la mañana apenas lo interrumpe el revolotear, cerca del suelo seco, de unas cuantas urracas, un pajarillo anónimo, invisible que oigo entre los presumidos chopos, y este deseo mío de morir remedando el paisaje y su leyenda de pasiones temibles, la leyenda de don Alonso Quijano, ebrio por estos páramos de un ideal nombrado por sus sueños Dulcinea.
Dos de estas jóvenes son bellas, a una le he regalado una pequeña cosa que acepta agradecida, sonriéndome dulce, y la otra que me observa descarada y caótica tiene los ojos azules y los labios como un bocado de beso.
He de continuar, y ellas en sus faena terrestres. No volveremos a vernos


y final

Toda belleza
                              engaña,
seduce, subyuga,
                              mata.
Alcolea,
                  Talbania.
Córdoba
                  amada

lunes, 29 de agosto de 2011

Vacacionales. VIII

Evocación de una "enemistad" fraterna, la de Pereda y Galdós


Y junto a la cajiga de alimonando temple castellano y su color de sombra o ámbar, el laurel sempiterno, de manos de Pereda y de Galdós plantado, demiurgos de Atenas en Cantabria, sembrado aquellos tiempos y elevándose aún, leve rumor de estío, semillas por el suelo, sabor de tierra rancia, olor de dioses paganos, mudez de verso anchísimo entre montes.

            Los dos mirando al campo, tal vez hay un río desnudo entre los árboles del valle, quietud de hermanos dispares que en el cielo se dan la mano amiga, con naturalidad de brisa. Imperceptiblemente se rozan y se dejan de rozar por el juego del viento en sus alturas. La cajiga y el laurel se buscan, se separan como el hombre y el dios de Miguel Ángel en la creación de la Capilla Sixtina.

            José María Pereda; Benito Pérez Galdos; aquí en Polanco, monumental presencia de los árboles junto a la piedra tallada, modelada, humanizada para que yo lo supiera. Y que tú no lo olvides.

            Una campana humilde da las doce y media del mediodía mientras contemplo, siento, recuerdo y anoto. Campanada imprevisible ―¿ya son las doce y media?―, inesperada, anunciadora no obstante para el vermut rosado en el Bar Resquerín ―eso fue entonces, cuando ellos―, esa reliquia de casa, primor limpísimo, pintoresco palacete, brillante en la soleada humedad de hoy, donde ayer, entonces, aquellos dos genios bebieron, riñeron y rieron después de haber plantado el laurel al lado de la cajiga vieja.

jueves, 25 de agosto de 2011

Vacacionales últimas. VII


A mi compañera de trabajo Nieves Rodríguez Polo,
prototipo de mujer cordobesa,
cuyo marido puede corroborar mi apreciación


El último jueves. 8:15

A medida que la mañana se va ensanchando se evapora la niebla, se suspenden las nubes y las manchas del azul me invocan a recorrer una playa o a subir a Peña Cabarga, desde donde dicen que Rodrigo de Triana divisó tierra de las Indias. No sé. Ya solo quedan un par de días y un sinfín de espacios y lugares tirándome de las orejas del corazón, de las aletas de los ojos, de los brazos de mi deseo. Por cierto, en alguno de los dos cuadernos que suelo llevar en el bolsillo cuando salgo, en alguna hoja de papel ya escrita o en el rincón de un catálogo cualquiera, sé que un día anoté lo que ahora se me viene a repetir: Hay aquí más casas bonitas que mujeres guapas. Tal vez se lo he confesado a alguien en un correo o sms. Pues esto produce, probablemente, la única deficiencia sensorial para mis gustos. Esta misma observación visual me hice los primeros años que visité Cantabria, aunque entonces no había llegado yo a este nivel de viejo verde y me seducían otras cosas tanto o más que la belleza femenina. Refiriendo la cierta decepción a mi compadre de Madrid (profesor de algo) arguyó él, con determinados conocimientos ―o prejuicio― de genealogía histórica, que ese “defecto” se debe a que en tiempos de al-Aldaluz estas montañas no fueron inseminadas por los belicosos árabes. No se produjo el intercambio sanguíneo entre generaciones de jóvenes que diera a los pueblos dispersos de estos valles la sensualidad atractiva común de las mestizas. Por eso, me da por pensar ahorita mismo, hasta el mejor eslogan no alcanza la infinitud de la Verdad. ¡Oh Cantabria infinita!

domingo, 21 de agosto de 2011

Vacacionales. V

A la memoria de Jesús Cancio, Poeta del Mar
(Comillas, 1885-Polanco, 23 de agosto de 1961)


Cada 20 de agosto el matrimonio vuelve de Madrid a visitar el pueblo de sus padres. Traen sus dos hijas rubias ya mocitas, un gran ramo de flores y cinco avemarías. Tienen su hermosa casa aquí en el pueblo de la montaña, una casa heredada, registrada, reformada de piedras trabajadas y maderas nobles y cercada a cal y canto. La casa, como el coche del que se bajan y ellos mismos, sus gestos aprendidos, sus miradas de vuelo rasante, luce la ostentación y el poderío recaudado allá en Madrid. Acrecentado probablemente desde su juventud de abogados sin tacha, o constructores impolutos, o acendrados artistas de primera, o médicos sin vergüenza ni respeto por las personas que de verdad padecen y pagan la Seguridad Social. Tal vez no sean más que unos de tantos altos administrativos leales a su trabajo y dignos en su profesión. De cualquier modo, todos los 20 de agosto vuelven orgullosos, silenciosos, paradójicamente huidizos, a su rica casa del pueblo que les vio nacer.

La casa, su belleza hasta en las altas verjas que la guardan, es céntrica y respetada por todos los del lugar, aunque ellos, el matrimonio de Madrid, ya no conocen a nadie y con casi nadie se saludan. Las miradas altamente distantes; tal vez las sonrisas las guarden, o se les acabaran, viendo el Intermedio del Gran Wyoming, su programa más odiado de la televisión. Sí, la casa está cerquita de la iglesia colegiata sustentada sobre sillares y recubierta de moho y musgo oscuro que hacen de las piedras y la torre aún más venerables: delgados ventanales de colores, su primoroso retablo dentro, y ahí, en el costado izquierdo del templo, a la vista del mundo mundanal, intocable y erguido y ofendedor del tiempo transcurrido y ocurriendo, el monumento facha, franquista, victorioso. La gran cruz y, debajo, los nombres grabados con el odio endémico de aquel cincel.

A eso viene el cauteloso matrimonio de Madrid con sus hijas rubias y bonitas, con su ramo de rosas y sus avemarías entre dientes y resentido orgullo: a rezar y volver a exaltar sus Caídos por Dios y por la Patria…

viernes, 19 de agosto de 2011

Húmeda vacacionalidad. IV



Dos paquetes de tabaco y los árboles diarios. ¡Qué cosa! Este momento en mí, crepuscular. Aquí, ahí, frente a la terraza del Lollipop Tabern, un barecito “inglés” cabe a la carretera, al río Pas lo acurrucan en la proximidad de la noche, también durante todo el día, los brazos protectores de los fresnos, de robles y cagigas, de los álamos múltiples, los plátanos de sombra y allá al fondo, más allá de ese muro en movimiento leve y del murmullo de las aguas, los montes de eucaliptos insistentes y las nubes hermanas; todo el día queriéndose los montes y las nubes.
¿Me merecía esto, al fin? Doy gracias por esta beatitud ajena a mi acerado agnosticismo.
No se veía la lluvia esta mañana, de madruga ya la lluvia me soñaba con suavidad de yerba próxima a mi cobija, tras la ventana abierta. No se veía caer apenas la lluvia en los manzanos del huerto, más lloviznaba. Seguía lloviznando hasta mojarme la cabeza y la ropa cuando bajé la cuestuca para tomarme el primer café, seguido del segundo tres minutos después.
¡Qué cosa, hermanos del sur! Os tengo en mi apellido y en mi recuerdo cada vez más extraño y más profundo.
Ahora anochece desde la pulcritud; los coches, entre el río y mi rioja, no cesan de rodar. También son el paisaje, mi paisaje de agosto sin Talbania, sin Montalbán de Córdoba, sin La Rambla Limosa ni Montilla y sus pámpanos, ―pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente. Blas de Otero― y enumero los árboles, mi placer más augusto, sobre el hueso gentil de mi cuaderno.
Árboles del río Pas. ¿Y qué más, qué más? Zarzas, zarzas. La españolidad arañadora de las zarzas, siempre presente en todos los caminos, arroyos y baldíos por donde el hombre siembra el abandono. Laureles y avellanos, los juncos y los helechos, los yerbajos, espesas madreselvas y yedras que rampantes más airosas alcanzan la extensión de los chopos lúcidos, de hojas temblorosas cual los adolescentes que se abren al primer beso de amor. Por todos lados, laureles invasores, perfumados laureles …y los sauces. Ah, claro, la claridad de los sauces. Sauces como el demonio de antigüedad y resistencia, de colores diversos, distintos en el lucir de sus ramajes, de heterogéneos troncos y pecioladas sombras. ¡Los venerables sauces de Cantabria!
Sin embargo, sin querer he omitido las acacias, las hayas, la infinidad de arces y no sé cuántos más cuyos nombres no sé o habré olvidado, pero que están ahí, en ese ejército en paz de las riberas del río Pas. Oh, Pan, dios de los aqueos, cuánta belleza con nombre propio en derredor. Creo que ya voy entendiendo la proclama infinitud de Cantabria...

miércoles, 17 de agosto de 2011

Notas de un vacacionero en la humedad. III

Se vuelve uno a enamorar infelizmente y ves que la belleza que te absorbe, esta belleza externamente en paz de piedras y paisaje, de casas y de árboles que abstraen del espíritu su intensa curiosidad, su pena y su tormento, esta belleza, oh dios de los Aqueos, está manipulada, poseída, pisoteada por sus pobladores, nido de víboras insomnes que ofenden la memoria de mis ojos.

Lo contaré otro momento en que no me domine el asco a la Iglesia, sus hombres y mujeres, sus religiones dueñas del retiro que sueño, su obstinación obscena en el alarde de la barbaridad impresa en piedras dóciles, magníficas, todavía ostentando que el crimen fue en Granada y que los asesinos fueron estos: ¡Presentes! No puedo soportar la infamia y desvergüenza tanto tiempo acusándome de ser un perdedor, el derrotado de aquella pesadilla que azuzan con sus burlas estos hombres ruines, estas mujeres pálidas de tanta misa en ristre.

Lo contaré. Pero ¿qué habré de contar que no esté dicho y olvidado por estos semejantes más que azules, amarillentos, pardos de no querer mirar la sangre derramada, las cárceles que fueron puro infierno para tantos Hernández y hermanos humillados, que no quieren saber que las ejecuciones perpetradas tantos años después de su victoria siguen en las cunetas sin justicia. Detritus de sus obras.

A veces, me duele vivir imbuido en esta belleza todavía (¡cada día!) horadada por los escupitajos de la historia. Me duele España, sí, es mucho más que unas notas musicales que la representa en los juegos olímpicos, es mucho más que un trapo de dos o tres colores a la gresca: Hija de Yago. Madre y madrastra mía por la que Blas de Otero volvería a morir, con los ojos abiertos.

martes, 16 de agosto de 2011

Notas de un vacacionero en la humedad. II


 
¿Dónde los hombres?
Rafael Alberti


Entre el fútbol y el Papa y los banqueros con sus gobiernos sucios y cobardes, traicioneros del hombre y opacos en sus mañas, cercenarán el vuelo de las águilas. Pero ¿dónde las águilas? ¿Dónde un millón de águilas contra las alharacas de un millón de buitres sostenidos? Ese millón de buitres costeados ―otra vez el plato de lentejas que en la Biblia causara tal estrago― que emponzoñan la brisa de un verano acabándose, las ciudades de España mutando su crecida: el placer de la edad, los cuerpos sin cancelas, la libertad como base de la compartición sin añadidos religiosos, trocados en la felicitación de la ignorancia que, tribal, rebosa en los pesebres de las televisiones.

Porque adoro los árboles, por su estar crecimiento, por su fidelidad a la forma y a la tierra ―madre nutricia, alma de esposa, cálida mujer― será que la presencia de este valle del Pas me tiene predispuesto. Cerca del mar, donde el olvido acalle mis fútiles ensueños con la rosa del sur. La Lluvia sin espera ni señales, allá en su apartamiento no cautiva.

A ti, por si me estás mirando

lunes, 15 de agosto de 2011

Notas de un vacacionero en la humedad. I

Ayer volví al valle de Campoo de Suso, donde el Ibar se hizo Iberia, donde España continúa naciendo en un manantial umbrío que la geografía ha llamado, con belleza y raíz, Fontibre. El auto me llevó hasta Brañavieja, territorio del oso pardo y estación de esquí. Pa cuando nieva. Ni una nota al cuaderno. Hay emociones en la vida de los paisajes que un hombre elemental como el que ahora recuenta no tiene palabras que añadir. ¿Será verdad que desde aquí transmigran mis ancestros? ¿O será más al norte? ¿Más al este? ¿Más al oeste? Ah, las dudas, las dudas de esta sentimentalidad de secano bajo cuarenta grados de calor diarios. Y diariamente, que diría don Benito Pérez Galdós (éste sí que merece llamarse Benedicto). Hasta que septiembre, u octubre, o los manes de la meteorología, lo remedien.

A mi amigo Talbanés, que aún no ha visto esta luz, sus caricias callando, callandito

sábado, 13 de agosto de 2011

Apuntes de un viajero sin cámara fotográfica



Tercer día en Cantabria, domingo.

Madrugando he llegado hasta el sur de la Comunidad.

Sopeña, tierras de Campoo de Suso, idílico lugar con riachuelo en la base misma de una ladera altísima, frondosa, inaccesible para la sencillez de un hombre. Casa abandonada y ruinosa: se vende; al ladito mismo de un club de putas en lo que fuese un caserío hermoso. A continuación, tras un recodo del terreno, tres casas antiguas. Nada más es Sopeña; el ruido de la autovía al frente se mantiene constante, con la misma impasibilidad que el silencio de este lado del arroyo, igual que si la lluvia menudita.

Cervatos, pueblo lindo con colegiata románica del s. XII, de lujo austero por dentro, piedras en todas las calles, las calles empedradas, sonidos de esquirlas, silencio amoroso y unos cuantos turistas, parejas de mi edad, pero ni un bar…

Su historia: un alcalde cortó él solo un haya grande, con su barrena de mano fue cortando raíz a raíz y después la transportó con maquinaria para ponerla de mesa o decoración en el jardín de su casa. El tronco del haya mide más de un metro de diámetro. Está allí, yo lo he visto, lo contemplé engañado por la sensación de pensar lo que habían hecho con un árbol así. A menos que se hubiese secado de puro viejo. Pero no fue la vejez, sino la avaricia. Pocos meses después el hombre apareció muerto, tirado de cabeza en un hondo regato, con la maleza solo se le veían los pies y no se supo quién fue el ejecutor.

Esto me contó un vecino anciano.

El plinto de la vieja haya desmochada y desarraigada, centra el jardín de una casa señorial que fue de aquel alcalde. Ahora la casa y su alrededor es de otro individuo que la hizo nueva, pintoresca, sin árboles en su jardín de césped con piscina grande de plástico azul.

Reinosa, por fin veo una joven linda, la que atiende la cafetería junto a un parque donde desayuno, se llama Virginia. En la mesa de al lado está otra mujer de más de 40 años, recia y renegrida, que intercepta para darme ella la información que le he pedido a Virginia… Me dice con entusiasmo de gitana vendedora que vaya a Polientes, que es cosa digna de ver, pero yo me dirijo a revisitar el pueblito de Salces que tiene dos puentes de piedra dura sobre el joven Ebro. Después regresaré por el valle del Saja, y eso está en otra dirección.

viernes, 12 de agosto de 2011

Un balón "bombeao"


A las cinco semanas llegó Haydée para ver a su esposo Saturno que se había instalado en Soto de Agues, del consejo de Sobrescobio, para pintar la Ruta del Alba en todas las posibles perspectivas. Un peliagudo ascenso del alto Nalón donde perviven acorralados por el turismo ciertos bichos autóctonos desde pretéritos siglos, algunos peligrosos como sus condiciones de vida les exigen.

Debieras de cortarte las uñas, le aconseja, también las de los pies, sobre todo tendrías que cortarme las uñas de los pies para no seguir rompiendo calcetines.

Saturno asiente sin participar de las recomendaciones sobre su higiene personal mientras sigue preparando las mezclas de pinturas para el día siguiente. Haydée lo contempla y le habla con distancia de amor manoseado. Deberías de cortarte un día las unas de las manos y de los pies, Saturno, y también limpiarme los dientes, cepillármelos, digo. Tienes mal olor de aliento. Y esas pelusas blancas de las mejillas que se escapan del redil de tus barbas, esas te hacen más viejo, deberías quitártelas por tu bien, ya sabes, “por si se te presenta un balón bombeao”.

Me gusta la carga de ironía cuando Haydée le dice esa expresión a su sexagenario esposo en soledad, la del balón, ¿sabes? Es muy ocurrente esta mujer andaluza para decir las cosas con doble sentido. De tal guisa se payasea de él, ¿tú me entiendes?






jueves, 11 de agosto de 2011

Anotación desde la humedad

No tengo miedo ni esperanza.
Antonio Gamoneda


Para morir aquí, ¿qué será necesario, la paz o la belleza? Esta armonía de soledad y música con los ojos grisáceos que los montes recrean en el mar. Un mar que sometido al orgullo existente de las rocas, no se deja vencer y gruñe y canta también los días leves de humedecida bruma, y en la noche incesante contemplado por cuerpos estelares cuyos nombres y espacios y colores conocen las rapaces, el mar sigue avanzando, porfiando en las roca de los acantilados.

Las altas muchedumbres de los árboles cántabros, astures, vascongados, saludan sin asombro mi madrugar de andante, sin cámara de fotos, sin teléfono móvil, con sombrero de paja por si el sol quiere verme. Los cigarrillos, sí. Donde esté la humedad de los ancestros, donde el camino sigue ascendiendo entre helechos o hundiéndose en la hondura de los ríos pacíficos. Su nombre, a cada rato, me lo dictan las aguas. A cada rato un río y su nombre acopiado.

Allá arriba, en las fuentes, habrá un camino al sur por donde transcurrir en lontananza a la invención sedosa de Talbania. En un desierto verde. Más allá de los páramos donde el añil insomne reverbera.

Estas serán las huellas, las señales sin miedo ni esperanza.

viernes, 15 de julio de 2011

LA INVENCIÓN DE TALBANIA




Fuente en las cercanías de Calamorros y Tabarra*


En la cabecera del blog denominado Talbanés (http://talbanes07.wordpress.com/) se inscribe la siguiente cita:

 
TALBANÉS Gentilicio de Talbania, querida y legendaria patria chica. Mi pequeño rincón en el ciberespacio… es también el vuestro.

La satisfacción personal que uno siente por el uso difusivo de este topónimo imaginario no se cumple del todo en mi orgullo puesto que se elude la procedencia del sustantivo Talbania.

Este nombre apareció por primera vez en la primera edición de La República Hablanera, Córdoba 2005, y posteriormente comencé a usarlo en este mismo blog que usted contempla ahora.

Tras la publicación de La República Hablanera, salió mi libro de cuentos y relatos titulado genéricamente así: Talbania, Editorial El Páramo, Córdoba 2009. En espera de su publicación queda redactada la novela que lleva por título Talbania 1942, cuyo desarrollo versa sobre el modo de vida en un pueblo rural en aquel año de la postguerra.

Subida actual al cerro de Calamorros*

Ya que el amigo Andrés Ruz Pérez, autor del blog Talbanés, a quien le agradezco su “apropiación” aun sin habérmelo solicitado, puesto que así se hace más extensivo el neologismo local, copio aquí literalmente la entrada correspondiente a «Talbania» de la tercera edición de La Rapública Hablanera.

Talbania. Nombre legendario de Montalbán de Córdoba, cuyo significado es “tierra blanca de luz”. En tiempos del Imperio Romano se especula que,  en este lugar, hubo un asentamiento conocido como Segovia, al que se atribuye la catacumba descubierta no hace mucho en Tentecarreta(v), pero que no prosperó en el periodo visigodo. Por su lado, la creación de la supuesta Talbania ocurriría en el lapso del primer medioevo, pero situada más al sur del enclave actual, en el cerro conocido como Calamorros (ver Escarramolo), rico en manantiales, donde los arqueólogos siguen hallando vestigios del pasado no más remotos que el rey Wamba. Tal vez no sea casual el topónimo de Tabarra, con el que se nombra a un cortijo próximo de allí. Sus escasos moradores provinieron de algún rincón de la lejana cordillera cantábrica no romanizada; hablaban una lengua dispar y rudimentaria llamada ebut, que al parecer quería decir agua, y en torno a ese campo semántico se formaban todas las palabras, por lo que su embrollo no se avenía con el bajo latín en continua evolución de aquellas fechas y se extinguió sin pena ni gloria. La fugaz Talbania se calcula que fue dispersa con la llegada de los árabes a la Península sin haberse constituido nunca en verdadera población. Se desconoce, igualmente, el motivo del éxodo o migración que los trajese a estos cerros de monte bajo que fuese nuestra campiña entonces, pero, por tradición oral, se considera que algunos descendientes errantes de aquel poblado volvieron como carboneros desde Aguilar de la Frontera y como arrieros y vendedores de ganado desde Écija, y fueron conformando, junto con otras familias de moriscos conversos, el pueblo que hoy se conoce.


El término ha sido acogido con relativa simpatía por los montalbeños, y esto que cuento es un dato apreciable: durante esta estación, verano de 2011, un matrimonio se dispone a abrir un comercio en Montalbán. Con manifiesto deseo y respeto me piden que les autorice a que su tienda lleve el nombre de Talbania. ¿Verdad que es para sentirse orgulloso de haber inventado una leyenda?

* Fotos de Rafael Soler Salces



jueves, 10 de junio de 2010

EL CUARENTA DE MAYO








Llovió como si luz
y dicen que nevó en los altos montes,
allá en las cordilleras
lejanas de Talbania.

Mi espíritu intranquilo
que siempre está esperando que la lluvia
sea cada mañana y cada tarde
bálsamo y miel contra su ira seca,

mi espíritu y mi cuerpo
gozan del cielo así y el agua mansa
como quien fue ofrendado
por un vaso de amor ante el desierto.

¿Recuerdas aquel junio, aquel oasis
frente a los farallones
del verano al acecho
y un día por vivir únicamente?

Yo te cambié de nombre.
Tú venías del norte y su misterio.
Te nombré ─ya recuerdas─
Lluvia para que vuelvas cada junio.

lunes, 7 de junio de 2010

EL PLACER DE EVOCAR Y DE MIRAR

CONTIENE LA BELLEZA DEL SILENCIO

Foto de Daniel Mordzinski





la memoria se expande y surge la creación de los recuerdos.



Los sueños existieron, la crisis atenúa las marismas, mas quedan las palabras, su silencio esperando. Un horizonte en huelga general recorre Europa.





lunes, 17 de mayo de 2010

LA CULTURA DEL ÁRBOL

A Lola, en un aniversario de nuestra boda


En la entrada al pueblo, al inicio de la avenida Primero de Mayo, hay una encina joven. Es preciosa, bien formada, saludable, una de las primeras encinas que aquí se han plantado, aunque no la única. Creía un servidor que es más vieja La encina del Fermín, en la calle La Paz, pero él mismo me aclara que ambas son de 1991. Luego se han puesto otras en los parques que vienen cambiando la fisonomía externa del pueblo. Ya no podemos decir que Montalbán sea un pueblo sin árboles, como la nostalgia de algún poeta viejo pudiera evocar del año en que nació. Y esta encina en especial, la primera que digo, tiene la doble cualidad de refrescar, o atraer, la vista del visitante y ofrecer de nosotros el aprecio que siempre hemos sentido por esta variedad de Quercus, ilex rotundifolia, tan emblemática en nuestro paisaje como señalada en nuestro amor por los árboles.



Encina de la calle Primero de Mayo

La encina, además de autóctona, es hermosa aunque áspera al tacto, pero es hermosa y fuerte y resistente a los envites de las sequías como a los atentados del hombre. Taladas, quemadas, envenenas, roídas por el ganado hasta dejarlas en pequeños muñones duros y prietos como puños de ira, la encina resiste y brota y, si la dejan los tractores, volverá a ser un árbol centenario y fiel en su vereda.

El paisaje poético de don Antonio Machado está plagado de encinas y encinares. Andaluzas y castellanas encinas cenicientas que lo acompañan en el tren como actores de su vivir. No son objetos naturales que pasan por la ventanilla y quedan atrás del recorrido vital que lleva al poeta de una ciudad a otra, sino que son la acción, el verbo en extensión, de un reportaje intimista en el que cada encina vieja o añosa o florecida, o cargada de su fruto, significa un echo y un nombre de la historia de España.

Por eso a mí me gusta nombrar a la encina de la Avenida Primero de Mayo La del Andrés de Porritas, y a la de la calle La Paz La del Fermín. A mi entender, son los dos primeros ejemplares de encina que han tomado asiento en el cambio visual de nuestras calles y eso también debiera ser datado para el futuro.


Parque de las Terremonteras. Monolito y chopos

Muchos árboles en la historia de los pueblos tienen su nombre propio. No vamos a rebuscar en los archivos de la botánica comparada para documentar ejemplos. No cabrían en este espacio local tantas fichas universales. Bástenos recordar El árbol de Guernica y El Mesto de Las Rozas. Y como de los árboles de Montalbán se trata, quiero seguir mencionando otros ejemplares singulares que crecen en nuestras calles y jardines.


Grevillea, barrio de Las Viñas


Creo que merecen primera mención las diez Melias y la Falsa Pimienta que sombrean la pequeña plaza de la Constitución. Ya son venerables tipos que fueron traídos, como los eucaliptos de la Alameda y del Pozuelo, en tiempos de la dictadura, y creo recordar que por el mismo alcalde durante cuyo mandato se trajo el agua corriente al pueblo y se abrió la calle La Paz. (Algo meritorio debería quedar del aquel periodo.) Esta bonita calle, tan incómoda como peligrosa para los peatones, se adecentó en sus aceras con Chopos blancos que no quisieron vivir muchos años bajo el sustento de la cal y las palizas de los calores. Los Naranjos, esos eternos viajeros que van de parte a parte del planeta y que en todos los países son bien recibidos por su bondad, los suplantaron y ahí siguen, con su azahar benigno y el zumaque grasiento y feo que les chorrea de las hojas y frutos cuando enferman.

Los naranjos son nuestros más prodigados y afianzados emigrantes de entre todas las especies de árboles que gozamos. Tienen la virtud que todo el mundo aprecia y no es preciso abundar en esta página sobre su presencia múltiple y callejera. Tanto igual podemos decir de la cantidad de Alces y de Acacias, de Almezos y de Olmos, y hasta de Jacarandas y de Palmeras y Algarrobos y magníficos Cedros, como el que está al final de la calle Nueva, y del admirable Ciclamor que intensamente florece en azul antes de darnos sus abanicadas hojas, y de otras Coníferas y Frondosas que bordean el pueblo y delimitan y confirman, con sus verdores y alturas diversas que aquí, en Montalbán de Córdoba, está cundiendo la cultura del árbol. Y todo ello sin contar pero recordando los que se observan en corrales y huertos particulares, donde no solo existen frutales de toda índole.

(Sería la cosa de que alguien más dotado en la materia que este cronista realizara un detallado catálogo tanto de árboles como de arbustos. Obtendríamos un grato documento que sorprenderá a más de uno).


Parkinsonia, Parque del Pozuelo, sombreada por los dos eucaliptos que quedan.
A su izquierda, una pequeña encina.


Gracias a ello, a la cultura del árbol que prospera entre nosotros, mas no siempre respetada por los bichos destructores que nunca faltan, hay ejemplares únicos, o escasos, de otros árboles que por su singularidad y belleza debemos conocer y saber que están ahí, aquí, donados casi todos ellos por algunos voluntarios amadores o creciendo en los jardincitos más próximos a la casa de quien los planta. La araucaria araucana de la Cati de Quesadas en la calle La Paz es, tal vez, el más atractivo y alto. El Abeto "engurruñío" del aledaño de la iglesia no sé si algún día lo veremos formado y presumiendo de su elegancia familiar. En los arriates del colegio, lindero a Vereda de Málaga, se ofrece con sus hojas ovales, de color verde oscuro por el haz y verde blanquecino por el envés, y con su flor rosa malva, acampanada de junio, una Lagunaria patersonii, el llamado arbol pica-pica por el efecto que producen los pelos urticantes a la hora de extraer las semillas de los frutos.

En el jardincito del barrio Las Viñas he visto una Grevillea joven, pero firme, junto a una Albizia y un Laurel. No sé quién la habrá puesto, pero es un don esta Grevillea perennifolia, que alcanza gran altura en la adolescencia, árbol al que por el color rubio de sus hojas y flores se le llama pino de oro y árbol de fuego y roble australiano, roble sedoso, grevilea. Tienen muchas denominaciones algunos árboles; será que cada cual quiere apropiarse su encanto. Hay que contemplar y admirar estos árboles raros, bellísimos, y respetarlos como a las encinas o a las higueras y granados, porque formarán parte de nuestro patrimonio ornamental y biológico pese a ser venidos de tierras australianas, asiáticas, americanas o de las islas del Pacífico, como la lagunaria, o el níspero, tan generosamente adaptado a nuestro clima y suelo.


Entre la bastedad provechosa que ha transformado los terraplenes y cañada del Pozuelo, hay un admirable ejemplar de Parkinsonia, otra rareza floral de variados nombres y cambiante presencia. La Parkinsonia debe su nombre al botánico inglés J. Parkinson, extiende su origen desde Méjico al norte de Sudamérica y es conocida también como cinacina, palo verde, espino de Jerusalén, etcétera. Por ese sur del pueblo, a mano izquierda de la carretera, junto a la tapia del último huerto, junto a una joven sudamericana Tijuana tipu de esplendor y futuro, crece medio feliz, agobiado por el sol y multitud de caracoles, un gallego llamado Serbal. El famoso serbal de los cazadores y de los pajareros. En su etimología, se explica que recibe este nombre por haberse empleado sus frutos como cebo para atraer y cazar pájaros.


Ginkgo biloba, a la izquierda. En nuestro huerto.

Sin poder mencionar, por cuestiones de espacio, toda la varia riqueza que cunde en el Parte de las Terremonteras ni en los demás jardines y calles, no puedo dejar de mencionar que en Montalbán tratan de hacer posible su existencia dos ejemplares de Ginkgo biloba. El primero se plantó en Santa Fe, en 1997, ya adulto y bien formado, pero debe tener algún maligno adversario que todos los años le troncha las ramas. El ginkgo, entre sus muchas virtudes y propiedades, tiene también la cualidad indomable de un verso de Miguel Hernández: Como el toro me crezco en el castigo, pues pese a sus humillantes destrozos y al abandono de los cuidados municipales, ese arbolito no se rinde y todos los años vuelve a retoñar. El segundo, también donado por quien suscribe, se plantó este invierno en lo que será el Paseo de la Trocha.



Junto a todos sus vecinos y paisanos, dejemos que el Ginkgo siga su voluntad de ser uno más entre nosotros.



Nota. Los nombres científicos, descripción y demás conocimiento de todos los árboles aquí mencionados se encuentran en cualquier buena guía. Editoriales Mundi-Prensa, Blume, Naturat, S.A. Para interner se ofrece la siguiente dirección: http://fichas.infojardin.com/arboles/