Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

lunes, 5 de noviembre de 2007

Desterrados


(Carta apócrifa de José Saramago a Marcos Ana)


Querido amigo Marcos: Así como te anuncié cuando te visité ahí, en tu residencia desde hace tantos años, la cárcel de Burgos, ando ahora por el sur de España recogiendo paisajes y sensaciones para un libro que escribiré y que habrá de llamarse La balsa de piedra. Pero no es esto lo que quiero contarte, sino de dos hombres que he conocido en un lugar de estas tierras al que llaman Talbania. «Tierra blanca de luz», me aclara un poeta y músico anónimo que significa esta palabra. Quien me lo explica se llama Periquito López, locuaz y vegetariano, naturalista y solitario, cultivado y correoso campesino que anduvo de emigrante en la Argentina, a quien le ocurrió el chasco de que al volverse acá cambió sus pesos en pesetas de la República española y se encontró con que el nuevo régimen había anulado el valor de esa moneda. Con lo cual que no llegó indiano rico, como creía estarlo con sus ahorros. Mas Periquito López representa, a instancia de las semejanzas del hombre con su entorno, el mismo significado de Talbania, pues que esta población se encuentra orillas de un desierto verde y paralela a un río de caudal escaso que no se seca nunca.

Periquito López me habló de los desterrados en Talbania: un maestro de escuela y un médico.

Leonardo Vázquez Redondo se gana la vida instruyendo medianamente a los niños de los dispersos pegujales de La Dehesilla. La “Jezilla”, como llaman aquí a un latifundio cercano que está poblado de casillas donde viven los arrendatarios con toda su familia y ganados. Él tiene yacija prestada en el dormitorio común de los jornaleros del cortijo, y allí come cuando no lo invitan los propios campesinos a cambio de las clases que da a los zagales. Don Leonardo, como es solemnemente llamado por sus rústicos acogedores del campo, pese a la sencillez de su naturaleza y la pobreza de su estado, era maestro nacional cuando la República, a la que, como tú, no traicionó y por eso está desterrado en La Dehesilla, pero nadie sabe de dónde procede. Otros me dicen que su profesión no es la de maestro de escuela, sino la de abogado, que sabe de leyes mucho más que de gramática y de geografía, pero él es un hombre escueto que no presume ni de achaques, pero sí de conocer las vibraciones subterráneas. Que predice los terremotos y la erupción de los volcanes, me cuentan, y esa es una de las cualidades que a mí me atrae de este hombre extraño. Nadie sabe dónde pasó la guerra o si tiene familia, pero todos lo quieren y respetan y hasta le gastan bromas por que, como yo mismo he apreciado, es un ser noble y algo ingenuo. Luis el de la Pura, un hombrón fabulador y bastante guasón, cada día en la mesa le hace el mismo chiste con el que se ríen los jornaleros. «¡Don Leonardo Vázquez Cuadrado! ¡Sírvase usted primero!», le dice jacarandoso, a lo que con la serenidad de su estoicismo incombustible responde el maestro cada vez: «Redondo, Luis, no Cuadrado». «¡Ay, don Leonardo, perdone usted. Se me había olvidado». Probablemente durante la guerra ni siquiera pegase un tiro o si acaso fuese ayudante en la retaguardia de algún regimiento, puesto que es un hombre cándido, sin agallas, de ahí que no esté en la cárcel, pero tampoco en el pueblo, sino desterrado en medio de los campos andaluces.

El médico se llama Vicente Calahorra Durán. Fue director de un hospital en Valencia hasta los últimos días de marzo de aquel año que llegaron los nacionales. Su destino fue la soledad absoluta, pues no mantiene sociedad de casino con los labrantines del lugar ni en el lugar hay otra sociedad equiparable a su formación y espíritu. Antes de dar con sus huesos y familia en esta población, la Guardia Civil advirtió a los ricachones del casino qué clase de individuo es el nuevo médico, lo que bastó para que esa clase social le crease un cerco de indiferencia, cuando no de desprecio. Condiciones que él no ha movido un dedo por modificar. ¿Cómo es admisible que a un profesional de la medicina de esta cualidad se le disminuya desterrándolo en un pueblo donde apenas hay una farmacia y carece hasta de conexión con la capital de provincia? Iglesias sí tiene, por lo menos cuatro, pero ninguna sirve para el acogimiento y consuelo del médico republicano. El aislamiento es tal que el coche de línea que llaman Catalana no pasa del pueblo vecino que dicta diez kilómetros. Ángel el Recovero tuvo que ir anoche, atravesado por la lluvia, al pueblo más cercano, desde donde lo mandaron al de más allá, por unas medicinas de urgencia que necesitaba para uno de sus hijos al que perdía una extraña fiebre. Menos mal que este hombre dispone de un jaco para su trasiego y, antes de amanecer del todo, el médico puso pie en pared, expresión local que indica el modo de evitar un mal mayor, a la enfermedad de chico.

Otro día estaba yo en la casa de otro vecino, viendo unas canciones jocosas de un autor conocido como Enrique el Güeno que me había sugerido leer Periquito López, cuando en estas llegó don Vicente a poner una inyección de penicilina a Concha, la mujer de la casa. Porque esa función también le es dable al médico rural, lo mismo ha de curar unas fiebres que escayolar la rotura de un miembro y asistir a una parturiente. Esa rutinaria operación de poner inyecciones, cuando se trata de practicarlo a una mujer hay que recatarse en una habitación apartada, íntima de la casa, y aquí lo efectúan por lo común en el dormitorio matrimonial. Yo seguí, mientras tanto, con la lectura antropológica de las canciones satíricas de Enrique el Güeno, cosa de gusto y de risa, hasta que el médico volvió a recoger sus utensilios sobre la misma mesa en que me encontraba. No fuimos presentados ni yo me dirigí a él, pese a que tenía noticia de su condición de desterrado, solo que detuve la lectura y me quedé atento a su presencia. Esa habitación central de la casa en la que estábamos, a la que llaman la sala, es presidida por un retrato oscuro, una fotografía reproducida con mediana calidad en la que se representa un hermano de Concha fusilado en la posguerra. Un joven al que decían el Cojo Mediapanilla luciendo el uniforme de miliciano, con gorra de plato y estrellita de cinco puntas. Terminado su trabajo, el médico miró la fotografía y me miró a mí de seguido, y, tal vez por la sospecha de que a mí pudiera interesarme por el lado afectivo o por el opuesto, así como una confidencia que nadie le pidió pero en la que él puso el acento despechado del que no tiene nada más que perder, dijo con un natural distanciamiento de los hechos cotidianos: «Este es de los míos». Al parecer, fue un arrebato de la melancolía impuesta por la distancia y la derrota, pues que no se gasta, generalmente, esas confianzas de pensamiento con el personal.

Además de esto, amigo Marcos, he visto que Talbania tiene una calle dedicada al poeta indio Tabindranath Tagore, quien como sabes fue premio Nobel allá por 1913. Este profeta nuestro, me dicen, estuvo por estos andurriales visitando a un sillero que era admirador y devoto suyo. Se carteaban y Tagore le trajo de regalo semillas de yinkgo biloba, y a la puerta de la casa de aquel artesano, junto al río, se aprecia un hermoso ejemplar de este árbol oriental. El río de Talbania es una especie de frontera entre los campos de labor, donde predomina el olivar, y las tierras de secano, semidesérticas, que son acaparadas por grandes latifundios ganaderos. De igual modo, cada orilla del mismo río muestra un paisaje que las diferencia: la que abriga al pueblo está poblada de un gran soto, largo y frondoso, de sauces viejísimos, que al parecer sembraron los primeros pobladores procedentes de Cantabria; en la otra orilla nada más se aprecian unos cañaverales.


Ahora te escribo desde Granada, donde posiblemente sitúe la acción de mi novela futura, y desde donde te abraza tu amigo, José.


Marcos Ana. Poeta salmantino nacido en 1920 que pasó 23 años consecutivos en la cárcel por haber perdido una guerra.

José Saramago. Escritor portugués Premio Nobel de Literatura en 1998.

La balsa de piedra, Editorial Alfaguara.

3 comentarios:

i75mara dijo...

Llevo un buen rato reflexionando sobre este relato y otros anteriores. Sobre algún comentario que habéis hecho en otras bitácoras sobre la imparcialidad y la indiferencia...

Qué importante es el compromiso, ¿verdad? Saramago es reconocido por ser un escritor comprometido, aunque tenga sus contradicciones, como todos .. Y entrelazando reflexiones he llegado a esta de Susan Sontag: “Un narrador que se adhiere a la literatura es, por necesidad, alguien que reflexiona sobre problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, lo repugnante y admirable, lo lamentable y lo que inspira alegría y beneplácito. Ello no implica moralización en sentido directo o rudimentario alguno. Los narradores serios reflexionan sobre los problemas morales de un modo práctico. Relatan historias. Narran. Evocan una común humanidad con la que podemos identificarnos, si bien las vidas pueden ser distantes de la propia. Estimulan nuestra imaginación. Las historias que cuentan amplían y complican —y por ende, mejoran— nuestras simpatías. Educan nuestra facultad de juicio moral.".

Estoy totalmente de acuerdo con esto. Es lo que veo en vuestras Historias fabulosas de Talbania.

Un saludo

Bitácora compartida por Prudencio Salces, Juan Luciano Jiménez y Silvestre Marín Cañete dijo...

En efecto, Miguel Ángel, toda literatura o manifestación artística no es más que una visión personal del mundo, no una interpretación. La interpretación se presta a lo anecdótico más que a lo relevante. El compromiso, moral o político, debiera ser el primer eslabón para llegar a la belleza, que es lo que verdaderamente conmueve al lector/espectador. Sin una mínima conmoción de los sentidos, es muy difícil que se llegue a la participación entre lector y autor, al entendimiento no solo de pareceres, sino de actitudes éticas y estéticas. El lector está igualmente dotado para la estética que el autor, pero sin la “otra” visión personal que aporta el autor la obra se quedaría en una mera ramplonería. Y este es el mérito que nosotros apreciados de muchos autores contemporáneos entre los que escogemos, claro está, José Saramago. El hecho de que el hombre sea comunista no es más que un añadido a la simpatía. Lo que se llama empatía.
Gracias por tu comentario. Ya sabes que alguno de nosotros te aprecia públicamente.
Salud

Anónimo dijo...

Pero... ¿esto es ficción o realidad? ¿Será la realidad que se vive en Talbania?
A menudo me pierdo con lo que nos cuentas y aunque tenga que recurrir a mi imaginación para resolverlo, disfruto y me encanta conocer nuevos horizontes.