Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

jueves, 22 de noviembre de 2007

El prócer insepulto



Este post se lo dedicamos a África, hija de tal y de cuala, y a cuya mirada y pericia pertenece la foto que nos acompaña de un crepúsculo encendido y dos palmeras.



En la Calle del Prócer está la casa del prócer, y en la casa bañada por el polvo y la sombra, el prócer insepulto. Sus restos siguen en una urna o arquita de armazón de cobre y láminas de cinc, con la cubierta curva, translúcida, cuya sobria seguridad tanto los preservan de hormigas y polillas como impiden que se puedan ver con claridad sin antes abrirla. Lo cual ocurre cada vez que algún curioso interesado se lo pida al alguacil, quien, solícito y solemne, orgullo de su atribución te ofrece sus servicios municipales. Los restos del prócer, es decir el arquita, se expone y se silencia sobre una hornacina hecha en el hueco del muro de tierra, a modo de tabernáculo rústico. Como la luz es mínima en esa habitación cegada, sin ventana ni ventanuco alguno, cuesta trabajo distinguir unos huesos de otros; solo la calavera con los dientes completos se representa fiel a lo que fuera una cabeza hermosa de hombre rudo y militar decimonónico. Están ahí, más abandonados que reposando, desde los tiempos de la Segunda República, cuando siendo ministro de Gobernación Eloy Vaquero Cantillo, otro hijo ilustre, tramitó el traslado al lugar de nacimiento como había pedido en una de sus últimas voluntades el valeroso militar.

Silvestre Marín Cañete y Juan Luciano Jiménez contemplado los restos


El prócer, de nombre y apellidos Antonio Márquez y Gálvez, nació a primeros del siglo XIX destinado a ser gañán en alguno de los latifundios que orillan el desierto del término municipal, pues no había en la casa paterna más viandas que las que se consiguieran con aquellos jornales del reinado de Fernando VII. Las sequías y los diezmos, fieles depredadores anuales de los campos andaluces, se encargaban de mantener el hambre en los hogares pobres. Al llegar a la mocedad lo llevaron de soldado a las colonias africanas y allí sintió, primero, la afición a la instrucción y a las armas y, acto seguido, la llamada de la sangre. Sintió la vocación por el oficio de la guerra y bien que le valió la pena cambiar de profesión y de asentamiento, pues con el tiempo, dice su biografía, de soldado raso llegó a ser mariscal de campo. En la decisiva Batalla de Castillejos de la Guerra de África se dice que fue uno de los más destacados oficiales, lo que le dio fama para obtener las más altas distinciones en su carrera.

Grabado: Batalla de Castillejos, Guerra de África, 1860. Museo Romántico de Madrid


Murió en 1888 en la ciudad de Vitoria, poco después de haber dejado el cargo de gobernador militar que ocupó igual por sus valores que por su inteligencia para la estrategia castrense. Esos méritos le fueron reconocidos en vida y están inscritos en el canon de los ejércitos nacionales, que se halla en el Archivo General Militar de Segovia. Se había casado con una rica dama llamada Micaela y apellidos triples, pero no tuvieron hijos. Micaela murió estando todavía de luto recatado y no quedó nadie encargado de ejecutar la voluntad de traer el cadáver de su esposo a su lugar de nacimiento. La madre de Francisco Adamuz Pérez, escultor sin éxito conocido como Paco el de Pomposa, era prima de Antonio Márquez y recibió de parte de la viuda la noticia de su muerte y su deseo de ser enterrado aquí. Pero ellos tenían pocas alianzas con la administración y menos facultades económicas para llevar a cabo el empeño. Hasta que, tantos años después, don Eloy Vaquero, amigo de Paco el de Pomposa, se hizo hombre de gobierno y, a solicitud del escultor aficionado, se trajeron los restos del militar ya descuartizados, es decir desencajados de su orden y estructura. Venían así de revueltos en la misma arquita en que se siguen desintegrando. ¿Qué pasó, pues?

En sus Memorias (edición casera del autor, 1992), Paco el de Pomposa recoge una mínima biografía de su pariente lejano e incluye el epitafio que había fraguado para la tumba por las fechas en que esperaba el traslado de sus restos. Tiene intención de ser una décima y dice así:

“Del terruño de Talbania
nació tu valiente sangre
para defender España.
Francisco Márquez y Gálvez,
perdurarás en la historia”... Etcétera.

Obra de Urrutia, Gastador, 1841. Museo Romántico de Madrid



El Cronista Local de la Villa, sin embargo, nos refiere que esa poesía es atribuida a Periquito López, que Paco la publicó en sus Memorias porque la tenía entre sus papeles y no recordaría quién la había escrito. Lo que sí nos recuerda que Paco hizo en realidad, porque lo vio él hace tiempo en su taller, es un relieve en yeso del busto de Antonio Márquez y Gálvez con el proyecto de incrustarlo bien en la tumba, bien en la fachada de la casa donde nació. Por nuestra parte, hemos indagado en las actas de los plenos municipales de aquellas fechas, y lo único que consta como oficial no es el traslado y enterramiento de los restos en cuestión, sino nada más el acuerdo unánime de poner su nombre a la calle donde nació allá en el arrabal de La Veracruz. La calle se signa así, con su nombre y dos apellidos, pero los vecinos la venían mencionando honoríficamente como Calle del Prócer, y con tal nombre se conoce desde los remotos tiempos en que Antonio se hiciera famoso en otros reinos de España.

Empero, ocurrió que durante esas fechas sediciosas del bienio negro, revueltas también por estos lares, el pueblo no estaba para solemnidades ni privilegios, amén de que los hombres que componían el consistorio municipal, con el asenso de su responsabilidad republicana, decían desconocer, después de tanto tiempo transcurrido, la verdadera historia del antiguo militar. Como los ignoraban dudaron que sus méritos fueran merecedores de tan altas ceremonias y gastos para la comunidad. A la viuda no le dio tiempo de enviar el suficiente dinero para costear ni siquiera un nicho. De modo que sencillamente los llevaron a la casa, ya por entonces cerrada, sin habitar por ningún otro descendiente de los padres de Antonio Márquez, y allí se quedaron hasta hoy día.

La casa, de una sola planta y con techo a dos aguas y corral, pasó a registro del Ayuntamiento con la instauración de la democracia en España. En compensación se adoptó el compromiso de cuidarla para que no se caiga, mientras el arquita con los restos sea la única reliquia, y por si algún día cabe la posibilidad de instalar ahí un museo etnográfico.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimados amigos:
Cuánta alegría me ha dado observar que todavía el espíritu de ese prócer sigue vivo. Ha sido hermoso leer que todavía habita en la memoria colectiva de Talbania aquel hombre que fue el bisabuelo de mi abuela materna, Dolores Gálvez Jiménez. Yo, su nieto, llevo el nombre de aquel gran hombre, Antonio, y me acompañan los apellidos de Sillero Gálvez, conservado este segundo gracias a un error notarial, pues es en realidad mi tercero, que figura en mi documentación debido a que cometió un error el bueno de Pedro el Tintas, juez de paz y registrador municipal bien conocido por estas tierras allá por los años en que nací.

Un fuerte abrazo.
Antonio Sillero Gálvez.

Bitácora compartida por Prudencio Salces, Juan Luciano Jiménez y Silvestre Marín Cañete dijo...

Antonio Sillero: Hay algo en su amable comentario que no nos cuadra con lo que sabemos del famoso militar decimonónico, a saber: en su biografía se dice que no tuvo hijos del matrimonio con doña Micaela de Zuaxua y Díaz de Mendivil. Si es así, difícilmente vemos que la abuela de usted sea, o fuese, bisnieta de Antonio Márquez. ¿Acaso estuvo casado con otra mujer con la que sí tuviera algún descendiente?
Por lo demás, le damos la bienvenida a nuestra bitácora y deseamos que le sea de su agrado.
Atentamente,
Juan Luciano

Anónimo dijo...

Estimados cronistas:
Resulta que aunque efectivamente Antonio Márquez no tuvo oficialmente hijos, al menos con su mujer legítima, ya que según se cuenta era igual de aficionado a la guerra que a las mujeres. La hija, la única que reconoció, es de una relación que mantuvo con otra mujer, en situación ilícita, pero a la que sin embargo generosamente decidió prestar su apellido, amparándola legalmente.
Si me permiten ustedes amparar el anonimato de tal mujer, lo haré, pues ya se sabe que no está bien hablar demasiado, más sobre asuntos tan turbulentos como el que podría narrarles.

Un saludo. Antonio.

Silvestre dijo...

Estimado Antonio Sillero Gálvez. Pensamos que esa mujer que fue tu abuela puede ser muy bien un personaje de nuestras fabulosas historias. Dolores Gálvez Jiménez, según tú, fue producto de unos amores ilícitos del prócer, lo cual tiene su enjuncia y su prosapia, su morbo y su curiosidad historicista. ¿Fue pues, la bisabuela de Dolores, tu tatarabuela, mujer de este pueblo? ¿O cómo llegó su vástago bastardo (en el sentido riguroso del término, no lato ni peyorativo) a parar aquí e ir dejando descendencia hasta llegar a ti? Todo eso nos parece sabrosísimo, medio mediterráneo y medio crepuscular, lo cual es materia innata para la prosa de ficción que se nutre de algún dato verdadero, real.
Comprendemos que así por las buenas no desees espolvorear un pasado amable pero turbulento, como tú bien dices, que para la moral de sus tiempos y para la decencia de la moral actual, aún pueda levantar suspicacias en las mentes menos sensibles o comprensivas. Pero el suceso bien valdría la pena ser narrado por alguno de nosotros, bien como crónica sentimental o como cuento sin más. Es decir “cubriéndolo” con la imaginación y “desfigurándolo” con la técnica narrativa que, apreciablemente, cultiva Juan Luciano en esta bitácora de la talbanía. ¿Querrás reengancharte con nosotros para este asunto? Piénsatelo.
Atentamente,
Silvestre Marín Cañete

Ana Estepa dijo...

Qué interesante me parece este relato.
Enhorabuena Silvestre, está muy bien expresado.

Y digo yo: ¿A nadie se le ocurrió jamás darle a este señor una sepultura humana?

Pienso que una persona, merece un mínimo de dignidad, aún después de muerta y me parece obsceno y tétrico el mostrar los restos mortales, en una urna para que todo le mundo pueda verlo.

En cuanto a este poema:

“Del terruño de Talbania
nació tu valiente sangre
para defender España.
Francisco Márquez y Gálvez,
perdurarás en la historia”... Etcétera.


No parece una décima, más bien parece el comienzo de un romance. Ya que las décimas tienen una estructura de rimas muy determinadas e inamovibles. Son estas:

A
B
B
A
A
C
C
D
D
C

Y siempre en consonante.
Sin embargo en este poema las rimas son asonantes y comienzan:

A
B
A
B
C

Luego no puede ser una décima de ninguna manera. Sí un romance, porque en los romances las rimas son intercaladas y normalmente en asonantes.

Vaya, creo que he hablado más de la cuenta. Disculpadme si os molesta.

Saludos.

Silvestre Marín Cañete dijo...

En absoluto, mujer. Está muy bien todas estas explicaciones tuyas de preceptiva literaria, lo que pasa es que, como se dice en la crónica, el poetrastro quiso hacer una décima por el oído popular más rudo, no por el conocimiento de la estrofa, pues se ciñó a los diez versos octasílabos acabados en un pareado, y ale.
De cualquier modo, los restos no esá expuestos al público, sino que hay que solicitarlo y explicar el motivo para poder verlos.
Muchas gracias.