Evgueni Stuchenko: A la izquierda muchachos, a la izquierda, pero nunca más a la izquierda de vuest

lunes, 3 de marzo de 2008

La memoria perdida


Era hermoso cruzar el río por el Puente Romano todas las mañanas. Por el lado de arriba llegaba el agua remansada, y entre las pilastras producía una música suave pero extraña, lenta pero profunda; al salir del puente el río se aligeraba entre piedras, meandros y arboledas, su música entonces era más rítmica y violenta, pero igual de extraña para el muchacho aquel de la lechera. Un soldado sin uniforme militar, ataviado con un mono militar que llevaba la leche a la vieja viuda de un sargento allá en unas viviendas cochambrosas del Campo de la Verdad. Era muy hermoso cruzar el río todas las mañanas con la lechera, oyendo las dos músicas del río, cada una distinta a la anterior y las dos envolventes para el muchacho aquél.


El joven soldadito de los recados quería ser escritor, y se dejaba sentir por la envolvente magia entre la Mezquita y la Torre de la Calahorra, pero ahora no recuerda apenas si la vieja tenía nombre o pelos en la lengua. Aquel joven soldado era yo, Juan Luciano, que hice la mili en Sementales cuando ya ese cuartel de caballería de raza reproductora estaba desmantelándose como cuerpo militar para quedarse como ornato de la vieja ciudad donde nací. La pobre mujer aprovechaba los escasos minutos de mi visita diaria para contarme cosas. No recuerdo bien de qué me hablaba, pero sí que su tono era histérico y la expresión desaliñada, como su indumentaria matinal, pero debería hablarme de lo poco que la quería su hija, de lo poco que la quiso su marido muerto, de lo olvidada que la tenían los amigos del sargento, de la miseria que le pagaba el gobierno por ser viuda de un militar... No sé, no retuve las esencias de aquellos amaneceres tan hermosos, del patetismo de aquellas viviendas militares, la desesperación de la pobre mujer.



Juan Luciano Jiménez,
por cortesía de Remedios Rojas

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me entusiasma tu relato, me gusta el ginkgo y el girasol, me encanta el sauce porque es llorón como mi madre, porque busca la sombra y la frescura del agua (o de la lluvia). Qué pena que se olvide la esencia de las cosas, qué manía por renovar todo, qué desgracia que se pierda lo auténtico por culpa del consumo. Si se pretende impedir que pase el tiempo, que deje su huella, provocamos atrocidades como esta del antiguo puente romano de Córdoba. Más vale que conservemos lo que esté a nuestro alcance, los recuerdos.
Achuchones.

Victorio Domínguez dijo...

Hola a tod@s

Tan solo era para decir algo sobre este enorme girasol, el que acompaña a la zagala y al Ginko Biloba...

Pues al caso: Que con ese peazo de girasol, pues parece que este simpático rincón virtual es también de Los Verdes...

¡Por que VERDE, sí que lo es...!

Salú.

Victorio Domínguez dijo...

Ah, se me pasaba: Buen relato...

Y por cierto... Solo veo la zagala, el Ginko, y el Girasol de Los Verdes...

¿Dónde anda el Sauce?

Salú.

Anónimo dijo...

Pariente, el girasol va por ti (aunque mi voto esté decidido de antemano), el ginkgo representa a los inmigrantes, puesto que es un árbol foráneo al que le doy espacio en mi huerto y en mi corazón, y la zagala representa al sauce que es el símbolo de la paz continua: peremne y llorosa. ¿No es así la paz en este mundo?
Suerte y salud